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UN RESPIRO EN LA TORMENTA
Ya era hora.
Pasadas las diez, debía verlo. A él.
La bandeja tintineaba entre sus manos: gachas dulces, pan recién hecho y una taza de ponche de huevo caliente.
Excesivamente azucarado… pero al celestial parecía gustarle.
Caleb era el encargado de llevar todas las comidas, y aunque verdaderamente no le molestaba, solía quejarse con Derek del tedio que suponía.
Tolerar sus preguntas…
Soportar esos ojos verdes…
Sin embargo, esta vez halló la puerta de Darien entreabierta, sumida en la penumbra.
Las gotas de lluvia repicaban en los ventanales; su cama permanecía deshecha, y el viento sugería un clima nada acogedor. No podía haber salido.
Después de todo, ya era un prisionero más del palacio de Odelia.
En parte, por su culpa.
Él no le odiaba. Aunque debería.
Aquel rencor de los primeros días ya no se colaba en sus conversaciones.
Caleb nunca lograba descifrar lo que quedaba en su lugar.
Ojalá el don del celestial funcionara también a la inversa.
Que con un simple roce, pudiera revelar todo lo que una sola de sus miradas escondía.
Pero quizá era mejor así.
Conocerlo a fondo solo complicaría las cosas.
Tenía que centrarse en lo único importante: recuperar sus recuerdos.
Solo así podrían irse cada uno por su camino.
De nada le servía averiguar más sobre alguien que, inevitablemente, acabaría marchándose.
Dejó la bandeja sobre el escritorio. Mejor dejarlo estar.
Aún así, lo imaginó en la biblioteca, perdido entre otro gran volumen de historia y tradiciones. Como los que solía dejar desperdigados en cada silla de su habitación.
No podía estar más equivocado.
Unos pasos resonaron tras él.
Amortiguados por la alfombra, sin desaparecer por completo.
El roce de la tela mojada delataba su llegada.
Lo supo, ese latido tan familiar.
“El celestial”
Ya no tenía el alma de Darien aferrada al pecho, pero percibía su corazón.
Aquel ritmo que tanto lo calmaba.
Tras girarse, lo observó. Unas gotas se aferraban entre los mechones de su coleta, pero la túnica obsidiana no había corrido la misma suerte. Empapada, se ceñía al cuerpo por el peso del tejido.
Desvió su mirada de inmediato.
—¿Qué...?—apenas formuló la pregunta cuando atisbó en brazos del chico una bola de pelo calada. O eso pensó, hasta que la criatura maulló, frustrada.
—No preguntes—interrumpió el otro —. Fue idea de Ishtar.
—¿Así que no tuviste nada que ver?—bromeó Caleb, frunciendo el ceño con diversión.
—Órdenes de la princesa. Se queda hasta que pare de llover.
Por supuesto, tanto Darien como ella tenían demasiado en común: siempre tan buenos, tan nobles… para un mundo tan desmerecedor de ellos.
—Solo hoy. Ten cuidado de que la emperatriz no lo vea.
Esa mujer…adoraba a su hija, sí, pero la sobreprotegía en exceso por su enfermedad. No era conveniente que supiera de la existencia del felino.
A no ser que le desearan una inminente partida.
—Descuida, no soy tan cruel. Este pequeño solo necesita calentarse un poco.
Darien intentó resguardarlo mejor con su túnica, pero Caleb lo detuvo.
La bola de pelo se estremecía al tacto, temblando entre los pliegues húmedos.
—Así solo vas a enfriarlo.
—Pues ayúdame tú, ya que tanto sabes sobre cuidar gatos.
El chico, a despecho, lo puso en la palma de su mano.
Caleb notó al instante el frescor del pelaje pardo.
El minino agradeció la calidez con un ronroneo casi imperceptible.
—¿Qué hace aquí?— Caleb contuvo los labios que peligrosamente comenzaban a curvarse hacia arriba.
El palacio de la emperatriz era conocido por su impenetrabilidad. Nadie podía entrar ni salir por voluntad propia, por lo que la idea de que aquel gato se hubiese colado como si nada le resultaba… desconcertante.
Luego tendría unas palabras con Ishtar.
Pero por ahora, lo importante era mantener con vida al intruso.
—Unas mantas deberían bastar— Darien se limitó a escurrir la túnica a un lado, como si no estuviera empapado hasta las entrañas —. Ven.
Sin mediar palabra, se dirigió a su habitación, donde aún yacían las sábanas revueltas y el desayuno frío.
Con reticencia, le dejó pasar, aunque no sin antes suspirar.
Darien parecía consciente de cómo su investigación le había pasado factura al lugar , ahora repleto de libros apilados y desorden por doquier.
Dirigió de nuevo su atención al felino, reparando entonces en la olvidada bandeja.
—Perfecto, esto servirá—anunció.
—Vaya, parece que lo disfrutas, celestial.
—Seguro que más que soportar tu compañía.
Darien cogió una cuchara y la embadurnó con gachas, sin siquiera probarlas. El pequeño gato aceptó la comida a regañadientes, engullendo y manchándose el bigote a partes iguales.
Caleb lo miró desconcertado.
—Era tu plato.
—No importa —dijo él con indiferencia —.
Pero por la manera en la que seguía el movimiento de la cuchara, Caleb supo que no era cierto. Estaba tan hambriento como la bola de pelo que sostenía ahora entre los brazos.
—Mandaré a alguien para que te consigan más—respondió, pero ya era demasiado tarde para rectificar.
Esos ojos verdes lo escrutaban con desconcierto.
—¿De veras? Eso no es propio de ti.
—Te necesitamos vivo, celestial. No conseguiremos nada matándote de hambre.
Bien, ya lo había dicho.
Tenía que recordárselo, que no debía encontrar simpatía en alguien como Caleb.
Comprenderlo.
No iba a merecerlo. Ni ahora ni nunca.
Le repugnaba la simple idea de acabar cogiéndole el gusto.
A su presencia. A sus risas inquietas. A esa insolencia que solo se permitía cuando estaban a puerta cerrada.
Podría renunciar a muchas cosas, pero ya era imposible percibir a Darien como a un mero desconocido.
Absurdo.
Contradictorio.
Palabras que ni siquiera debería estarse formulando.
Con el cuenco vacío en las manos, el celestial tanteó la manta y se inclinó para trasladar al animal.
Pero al intentar levantarlo, el felino bufó, lanzando un zarpazo al aire.
Darien retiró la mano, sorprendido.
El minino parecía seguir recordando al villano que osó arrebatarle el calor, aprisionándolo contra la ropa mojada.
Entonces, como si nada, se enroscó contra la túnica del necromante, como si le perteneciera desde siempre.
Caleb alzó una ceja y lo acarició entre las orejas, gesto al que el animal no opuso resistencia alguna.
—¿Quién lo diría? Lo salvas y aún así parece preferirme a mí.
El otro frunció el ceño, fingiendo molestia, con una sonrisa apenas disimulada.
—Traidor… ¡Acabo de alimentarte !
—Tiene carácter…—alzó al gato a la altura de sus ojos—. ¿Acaso te gustaría servir a muerte, Tempestad?
Darien se quedó mirándolo, incrédulo ante la sugerencia.
—¿No decías que no nos lo íbamos a quedar?
Se encogió de hombros.
—De alguna forma tendremos que referirnos a él.
Ni él mismo se entendía. ¿Para qué buscarle un nombre ? ¿Para qué todo esto?
—¿Tempestad? muy original de tu parte.
Darien ahogó un bostezo contra la manga mustia, intentando que pasara inadvertido, pero el necromante no apartó la vista. Por lo que carraspeó, enderezando los hombros.
—¿Cuánto llevas sin dormir?—preguntó Caleb sin tapujos.
—Que bostece no quiere decir qu..
—Es evidente—lo cortó él—Aunque creo que puedes hacerlo mejor, celestial.
Las pulsaciones de Darien subieron al igual que la mentira, igual de poco elaborada.
—¿Cuánto llevo? Esa cosa no me ha dejado dormir ni un instante. La princesa lo dejó ayer conmigo y en cuanto me despisté… se escapó por la ventana.
—Sois grandes amigos por lo que veo.
Darien resopló, cruzándose de brazos.
— Tu concepto de la amistad es único.
Las telas que él llevaba seguían empapadas y los bordes de su túnica comenzaban a formar pequeños surcos sobre la parte delantera de sus botas.
Un leve temblor en los labios, casi imperceptible , delataba el frío que tanto trataba de ocultar.
En cambio , el recién nombrado Tempestad llenaba el recoveco entre mantas con su pelaje, ya seco y majestuoso.
—Ve a cambiarte—farfulló Caleb—. No pienso ser la razón por la que me toque explicar un resfriado.
Se encaminó hacia la entrada cuando una mano en su hombro le..
“Papá nos mira , jadeando entrecortadamente, hemos conseguido resguardarnos a tiempo pero aún así se ve algo molesto por tener que perseguirnos. Astrey todavía tiene esa expresión traviesa que se le queda tras sacarlo de sus casillas. Aún así no rechista cuando nos pone a ambos unas mantas sobre la cabeza.
—¡Habráse visto! un día vais a darme un infarto.”
El recuerdo se desvaneció tan pronto como llegó a paladearlo.
Cuando Darien dejó de proporcionarle su contacto.
—Perdona.
El celestial se disculpó, con un deje de aflicción en la voz.
—¿Qué dijimos sobre esa palabra ?
Caleb seguía sin girarse , con la palma de la mano apoyada en el marco de la puerta.
Hasta que consiguió murmurar.
—Soy yo quien debería pedirlo.
Abandonó la sala sin mayor dilación, dejando a la bestia parda en manos del celestial.
Sin previo aviso, una calidez agradable se le instaló en el pecho.
No le resultaba sencillo pensar en aquellos tiempos, pero sin querer, Darien le había regalado algo que no podía evitar añorar: años más sencillos, un pasado en el que se encontraba Warlic.
Algo que, en la vida que llevaba ahora no se podía permitir
Ni gatos ni celestiales que lo despistaran.
Necesitaba una distracción.
Cualquier cosa, antes de dejar que la línea de quien estaba dispuesto a ser se difuminara más.
Moverse no sería un problema: el castillo siempre lo guiaba a donde quería ir.
Terminó en la sala de entrenamiento.
Cuchillo en mano, perdiendo la noción del tiempo.
Practicó hasta que le ardieron los brazos y el sudor perló su frente y espalda.
Estaba enfocado.
Estaba enfoc—
Una sombra se cruzó en su campo de visión.
El filo se detuvo a escasos centímetros de dejarle una cicatriz a Derek, justo en medio de su tatuaje.
—¡Woah! ¿A ti qué te pasa?
— Estabas en medio—se defendió Caleb, con una ceja alzada.
—Tampoco te pases, llevas aquí horas.
Caleb salió del trance y atisbó por la ventana un destello anaranjado que rompía el gris del cielo. La luz del mediodía ya había quedado atrás, dando paso a la víspera de la tarde.
Darien
Maldición.
—Me ha tocado volver a pasarle la comida—se quejó Derek, sacudiéndose el polvo inexistente del hombro—. No me lo endoses así.
—Pensaba que empezabas a tolerarlo.
—Que lo tolere no quiere decir que vaya a hacer esto todos los días. Y eso incluye al gato.
— Ishtar no puede quedárselo. Estaba con Darien por eso.
Su amigo ladeó la cabeza con una sonrisa torcida.
— ¿El gato o tú?
—El gato—aclaró Caleb—. Pretende soltarlo pronto.
Sin querer, le dio pena pensar que Tempestad no volvería a quedarse acurrucado en su regazo, ronroneando como antes .
Pero así eran las cosas.
Nada duraba para siempre.
—Al menos de la cena te encargas tú. No querrás dejar abandonado a tu celestial.
Derek le endosó de golpe una bandeja. Ligera, con apenas una sopa y alguna clase de mejunje que supondría una exquisitez para el felino.
El necromante suspiró. ¿Tanto pesar le suponía hacer una sola cosa por Darien?
—Él no es nada mio.
Derek carraspeó, un sonido breve, con peso, que Caleb prefirió ignorar.
—Dale un respiro— posó la mano sobre su hombro—. Le ha puesto ganas a cuidar del bicho.
Caleb soltó un bufido y agarró la bandeja.
—Lo que tú digas.
No valía la pena discutir…y, en el fondo quería comprobarlo por sí mismo.
Mientras caminaba, el castillo, como siempre, parecía guiarlo sin desvíos.
El bullicio de la sala de entrenamiento quedó atrás, reemplazado por el murmullo lejano de la lluvia golpeando los ventanales.
Sus pasos resonaban huecos, acompasados por el ritmo de sus latidos.
Se detuvo frente a la puerta, inspiró hondo…y giró el pomo.
Al abrir, se quedó sin palabras.
La criatura dormía a los pies de Darien, acurrucada entre el centenar de mantas que él mismo había insistido en colocar.
Al menos por ahora, reinaba la tregua.
El celestial descansaba, despreocupado, vistiendo ropa seca, con la cabeza apoyada sobre el escritorio.
Sus propios pies no se movían; estaba tan cerca y a la vez tan lejos, como para rozarlo. Solo podía concentrarse en la monotonía de sus respiraciones.
En como las puntas de sus dedos se cerraban en torno a su mejilla.
Sin saber el porqué , se encontró, igual que su padre, depositando una manta sobre los hombros de su presunto enemigo, el hombre al que no debería comprender.
—Es tu elección, ¿sabes? No tienes que cuidarlo si es una obligación para ti—
susurró Caleb, antes de cerrar la puerta con delicadeza.
Se estaba encariñando.
Oh, no.
Rápido, cubrió esa sonrisa que amenazaba con escaparse.
Si Derek o Ishtar se enteraran, no lo dejarían en paz. De eso estaba seguro.
