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Recuerda el calor de la pólvora en sus yemas, la estrellita consumiéndose, los fuegos artificiales del festival sonaban de fondo y había música. Él, callado, observaba a dos de sus amigos (Mina y Denki) molestar a Bakugō unos pasos más lejos, no recuerda por qué, era el primer festival al que asistían después de la graduación de la academia de héroes, hará tres años de eso.
Luego, viene la imagen del pelirrojo a su lado. No lo miraba a él sino al resto, pero sonreía, sus ojos brillaban por reflejo. Sero piensa en ello cada tanto, y más ahora, que lo tiene manejando su auto y él está de copiloto.
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La llave tintinea entre sus dedos, la puerta cruje cuando se abre. La silueta de Red Riot — de Kirishima en realidad, en ropa de civil; y un lastimado Sero Hanta se dejan apreciar en la penumbra del pasillo.
El primero en entrar es el pelirrojo para prender la luz y soltar lo que lleva en las manos. Atrás suyo, Sero tiene enyesado el brazo derecho y renguea, apenas puede mantenerse de pie sin sentir un dolor punzante.
—Con cuidado, ¿sí?
—No me digas…
Kirishima cierra la puerta y lo agarra de la cintura para que pueda seguir sin más problemas. Dentro, hace frío por la inhospitalidad de dos semanas. Ambos avanzan por el salón hasta llegar al dormitorio. Allí, lo ayuda a sentarse en la cama y comienza a sacarle los zapatos y demás.
—Gracias, amigo —habla el pelinegro. Se siente sofocado, desde que salió del hospital hasta ahora—. Muchas gracias, en serio.
Kirishima le sonríe de manera amable y niega con la cabeza, aunque ensimismado con su actividad. Por un segundo, Sero cree que puede olvidarse de todos sus males si el pelirrojo mantiene esa mirada para él.
—¿Llamaste a una enfermera para que te acompañe? —Sero mira para otro lado. No recibe respuesta—. ¿Siquiera algún familiar?
—Puedo solo, Kiri. Estoy bien, me sé manejar así.
Pero frente al pelirrojo no hay mentira que valga la pena repetir, lo conoce muy bien. Termina su labor de desvestir y recostar al otro, y se para firme frente a él.
—Me voy a quedar esta noche —avisa y se dirige a la cómoda. Encima, tiene un espejo, Hanta no puede evitar verse a sí mismo recostado y al otro moviéndose como si la casa fuera suya. Kirishima abre y revisa los cajones, sin vergüenza—. Mañana no trabajo, quizás podría decirle a Bakugō que-
—¡No hace falta! Ni que te quedes, ni que Bakugō venga. Pero agradezco que seas...
Kirishima le responde con monosílabos, no le está prestando atención real. Así que él simplemente se calla como acto de rendición.
—¿Dónde guardabas mi pijama?
No sería la primera vez que ocurre, de cualquier forma.
—En el placar de allá, abajo del todo, junto a las medias.
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El frío del ambiente lo envuelve hasta que el agua calentita se desliza sobre su cuerpo, le es reconfortante, le saca un suspiro del pecho.
—¿Está bien así?
Sero asiente, tratando de pensar en otra cosa. Al fin tiene algo más que un baño de esponja, aunque debe tener cuidado de no mojar el yeso. Relaja su postura y se lava la cara con una mano.
Kirishima lo ayuda con el shampoo, masajeando su cuero cabelludo. Es amable en su toque y Sero es un poco menos miserable que hace unos días. Luego, una vez termina él mismo de enjabonarse con su mano sana, decide mirar al pelirrojo. Él parece divertirse con la situación.
—De qué te reís, hijo de…—Agarra la ducha y le salpica agua.
—¡Dale! —El pelirrojo se aleja, riéndose más—. Estaba pensando en que te ves como el gato mojado del meme, déjame.
Sero frunce el ceño, aunque no está ofendido, no le parece gracioso.
—Ándate a…—Salpica más agua, mojan todo el baño.
Más tarde, Kirishima seca su propio pelo y el del otro antes de irse a dormir.
—Tenes el pelo más largo —dice una vez apaga el secador. Sin embargo, sigue pasando los dedos entre las hebras azabaches.
—No me va a crecer para adentro.
Kirishima resopla de gracia.
—Ojalá no. Vos pelado, te morís.
Una semana pasa. Luego dos y un par de días más.
Cuando quiere darse cuenta, falta poco para que se complete el primer mes de los tres de recuperación.
Sero está sentado en el sillón, mirando la tele. Fracturarse el codo no es la gran cosa, pero rompérselo teniendo su singularidad parece un chiste mal hecho.
Los días de reposo pasan tan lentos, tan aburridos. Pasan como si nada ocurriera en ellos. Está acostumbrado, son los gajes del oficio que aparecen desde los inicios de su carrera. Aunque el descanso le sienta bien, estar tanto tiempo fuera de la acción (y de la vida cotidiana en general) no es el mejor escenario para nadie, y mucho menos para (un héroe como) él.
La adultez lo ha cambiado, piensa mientras pasa saliva. Quiere fumar, tendría que salir al balcón para ello, mejor no. En otro momento hubiera sido más que feliz con estas vacaciones obligatorias, el insomnio y el estrés, sin embargo, tienen otros planes para él.
Sero recuesta la cabeza en el respaldo al darse cuenta que está siendo pesimista. Podría ser peor . A veces, cuando Denki lo visita para jugar videojuegos y descubren que es más difícil de lo que parece usar el mando con una mano - o cuando Bakugō va y les prepara una cena que no sabe a quemado - o cuando Mina llega y le cuenta los mil y unos chismes que han ocurrido en su agencia, la vida es quizás menos insufrible.
No le queda mucho para empezar la rehabilitación de su brazo y luego volver al entrenamiento. Extraña la adrenalina de las misiones, añora la brisa fresca de la mañana, colgarse de las terrazas, columpiarse entre los edificios y observar la ciudad desde arriba.
Pero ahora, mira la tele y está aburrido, no le gusta este programa. El control remoto está en la otra punta de la sala, saludándolo a lo lejos, sin saber cómo llegó allí. Sero no quiere levantarse, sigue siendo doloroso, así que piensa.
Tal vez, si intenta apuntar con su otro brazo…
Tira y trae la cinta. Cae un jarrón de barro que, por suerte, no se rompe, pero hace el ruido suficiente. Unos pasos se aproximan rápidamente.
—¿Qué fue eso?
—¿Me alcanzas el control? —sonríe, tratando de verse impune.
—Sos un boludo.
Kirishima se sienta a su lado y pone una serie documental sobre Crimson Riot que han visto mil veces. Se ha tomado una semana de vacaciones del trabajo y está ahí, pululando en los alrededores del otro como si fuera parte de su deber.
A Sero no le molesta. Hacerse una rutina con Kirishima es más fácil de lo que parece. Incluso si no ha dejado de trabajar, el pelirrojo siempre consigue, de alguna forma, meterse en todos los rincones de su vida y mantener un ritmo ameno.
Lo difícil será desacostumbrarse a él.
Es irónico como alguien con una singularidad tan dura puede ser tan amable. Sero piensa en ello mientras el otro deja que se recueste en sus piernas.
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Como no puede dormir en las noches, Sero divaga entre sus recuerdos.
El día que se rompió el codo estaba peleando desde muy alto y cayó. Entonces, se dio cuenta de que no había nada de dónde agarrarse, estaba solo - y por segunda vez en su vida, sintió que iba a morir.
Esa sensación lo atormenta, el vértigo, la fragilidad, no lo dejan descansar. Supo improvisar sobre la caída para que el daño no fuera fatal. Estuvo en coma unos días, internado una semana más. Y lo primero que vio al abrir los ojos fue al pelirrojo sentado a su lado, esperando su regreso.
Luego, llegaron los demás para hacerle compañía cada que tenían oportunidad.
Sero nunca fue cercano a su familia, ahora no sabe lo que es vivir sin una.
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A su lado, Kirishima duerme plácidamente en el futón del piso. De a ratos, ronca. Pocas cosas perturban su sueño. A veces, lo observa, trata de adivinar cuando va a comenzar una pesadilla de una guerra que parece lejana, y él entonces debe despertarlo, pidiendo que le traiga agua.
Es noche de "reunión bakusquad". La excusa: Bakugō terminó la mudanza de su nueva casa, un lugar que es una especie de mansión en un barrio privado. Es un tanto alejado de la ciudad, pero no por ello inaccesible para el resto.
Además, a Mina le ha parecido buena idea proponer un intercambio de regalos entre todos (y es una excusa porque sino, el rubio no hubiera aceptado ningún presente).
—¡Bien, chicos! Para la reunión de hoy, la temática de regalo era "un pedacito de mí".
—Lo que sea que eso quiera decir —Bakugō murmura y Ashido, que está sentada frente a él en la mesa, lo patea.
—¡Quiero empezar yo!
Kirishima le extiende un paquete envuelto en papel rojo tornasolado a su mejor amigo. Bakugō lo abre, es un portarretrato con una foto autografiada de Red Riot adjunta.
—¿"Para mi mejor fan"? ¿Qué es esta mierda?
—¿No te gusta? —Kirishima hace un puchero—. Es coleccionable.
—Está horrible —responde Bakugō y luego estallan las carcajadas. Deja el cuadro sobre un mueble detrás suyo y la ronda de regalos sigue.
Bakugō le da unos clips para el cabello en forma de símbolo de enojo a Ashido, mientras que ella le regala un antifaz con estampado animal-print al otro rubio. Kaminari le entrega una bolsa al pelinegro, dentro hay un remerón con una frase y estampado ridículo. Y ahora sí, es turno de Sero.
Él saca una cajita del bolsillo de su campera y se la entrega al pelirrojo.
—Lo hice a mano, no existe otro igual —alardea, sonriendo.
—¡¿En serio?!
Kirishima desenvuelve el paquete con emoción.
—¿Con los pies lo hiciste?
El pelinegro le da un codazo fuerte a Bakugō. Kirishima chilla. Es un llavero con la forma del casco de Cellophane en miniatura, y se ve tan genial que nadie nota que en la otra punta cuelga las llaves del apartamento de Sero — o no se lo cuestionan.
