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Elena jamás pensó que un correo pudiera cambiar tanto su vida.
Ni siquiera era un día especial. Elena había despertado tarde, con la pijama medio arrugada y el cabello hecho un desastre, y ahí estaba, brillando en la barra de notificaciones de su celular: una notificación de un remitente que jamás había visto.
"Has sido seleccionada para participar en el Programa de Combate y Colaboración Pokémon Æos. Lee los requisitos. El cupo es limitado."
Lo primero que pensó fue: Spam. Pero el logo que acompañaba el mensaje… ese sí lo había visto. El mismo que salía en comerciales del gobierno y en campañas internacionales y, por lo tanto, obviamente en las noticias.
Abrió el archivo adjunto, y ahí estaban todas las condiciones. Leyó cada una de ellas con atención, sintiendo una pequeña punzada de nervios crecer dentro de su estómago.
Edad entre 18 y 30 años.
Buena salud, comprobada con exámenes médicos.
Sin cirugías recientes, enfermedades de transmisión o embarazo.
Disponibilidad de dos a seis meses.
Y lo que más le llamaba la atención estaba justo hasta abajo del boletín: recompensa mínima garantizada de 2,500 dólares al finalizar. Más si su participación “aportaba significativamente al proyecto”.
Seguido del texto había un párrafo pequeño que señalaba lo siguiente: “Es obligatorio asistir a todos los torneos y actividades solicitadas. La ausencia injustificada implica expulsión y pérdida de beneficios.”
Se quedó mirándolo un buen rato. Sobrepensó cada posible acción y consecuencia, pero finalmente respondió “Acepto”.
La semana siguiente fue un mar de trámites: análisis, entrevistas, firmas. Todo iba demasiado rápido y era estresante. Un par de días después, ya estaba subiendo a un crucero que partía desde un puerto que ni siquiera sabía que existía en el mapa. Era discreto, no muy grande, pero plagado de vigilancia.
El mar estaba tranquilo, pero la brisa tenía ese sabor que se pega a la boca. A su alrededor, otros jóvenes cargaban mochilas y maletas pequeñas. Algunos iban hablando emocionados, chismeando, bromeando, y otros pocos, como ella, permanecían callados, aturdidos por la situación.
Cuando la isla apareció en el horizonte, lo primero que pensó fue que parecía sacada de un póster turístico: playas amplias, un puerto moderno, edificios altos en la costa. Pero en el centro, hacia el interior, se alzaban varias instalaciones similares a estadios de fútbol; eran tres: dos pequeños y uno grande, imponente y moderno. Un gigante de hierro que, por el momento, aún estaba esperando ser despertado.
Los recibieron apenas bajaron del barco. Habían armado un escenario especial para darles la bienvenida. Una mujer de traje blanco y sonrisa falsa salió a escena.
—Bienvenidos al Programa Æos. A partir de hoy, formarán parte de un proyecto internacional que une ciencia, deporte y trabajo en equipo.
Su voz sonaba tan pulida que parecía ser un anuncio grabado. La mujer explicó que ese mismo día les asignarían su Pokémon. Había siete especies disponibles, todas completamente evolucionadas, y la asignación sería “al azar”.
Uno a uno, los llamaron para recibir a su compañero. Cuando escuchó su nombre, Elena avanzó, intentando no tropezar frente a todos o pisar a alguien.
—Cinderace —dijo el encargado con voz monótona, y detrás de él salió aquel Pokémon de orejas blancas y “atuendo” de futbolista.
Medía más o menos lo mismo que ella, por lo que seguramente alcanzaba el metro sesenta. Pelo rojo y blanco, mirada profunda de pocos amigos. Sintió una mezcla rara entre emoción por esta nueva etapa y nervios por saber qué sería de su vida en el futuro. Le dijeron su edad y su género: masculino, un Pokémon recién entrado a la adultez. El hombre que tenía enfrente le dio una tarjeta con un chip.
—Tu pase de acceso. No lo pierdas —dijo el encargado—. Ten en cuenta que, cuando salgas al comedor o a donde sea, debes tener a tu Pokémon fuera de la Pokébola, de lo contrario obtendrás una sanción.
Elena asintió suavemente mientras aquel hombre de mediana edad le ponía una pulsera de color rosa, al igual que a su Cinderace. Ambas pulseras tenían la misma pequeña numeración: 97A. Después de eso, se retiró con su nuevo Cinderace caminando a su lado. Él parecía muy inteligente, pues captaba sus acciones con rapidez y la seguía a donde fuera. Comprendía la situación, de eso podía estar segura.
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Las primeras horas fueron un torbellino: acomodarse en los dormitorios, recorrer el complejo, conocer a otros participantes. El ambiente era… normal; gente emocionada, gente nerviosa, gente tranquila y uno que otro perdido.
El dormitorio que le asignaron estaba en la sección de mujeres, en la segunda fila de edificios, justo en medio. Las instalaciones parecían recién pintadas, con ese olor a limpio que no se sabía si venía de jabón o de químicos tóxicos.
El pasillo estaba en silencio, salvo por el eco lejano de maletas arrastrándose. Las puertas eran todas iguales, numeradas en orden. La suya: A-5.
Dentro, el espacio era más pequeño de lo que imaginó, pero cómodo. Una cama individual contra la pared, un baño diminuto con ducha y un refrigerador vacío salvo por una botella de agua y un par de barritas energéticas. No había cocina ni estufa; supuso que las comidas serían todas en las áreas comunes. Detrás de ella, Cinderace juzgaba la habitación, incluso podría decirse que la analizaba mucho más que ella misma, aunque no parecía molestarle el tamaño de esta.
La televisión y la computadora estaban encendidas con una pantalla que decía “Bienvenida” y un mensaje: “Explora responsablemente”. Navegó un rato por la computadora y confirmó lo que sospechaba: internet funcional, pero muchas páginas estaban bloqueadas. Nada de redes sociales sin autorización.
Esa noche, todas bajaron a la cafetería del edificio central. Era amplia, con ventanales gigantes y un buffet que, honestamente, se veía mejor que cualquier comida universitaria. Elena se sentó sola al principio, hasta que una chica de cabello corto y lentes le pidió si podía dejar sus cosas en su mesa.
—Están llenas las demás —dijo, sonriendo un poco para hacer menos incómodo el encuentro.
Le dijo que se llamaba Clara, venía de Johto, y que le había tocado una Gardevoir. Tenía un tono tranquilo, como si todo aquello le pareciera normal, aunque Elena todavía no se acostumbraba a la idea de estar allí.
corto y lentes le pidió si podía dejar sus cosas en su mesa.
