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"Feliz aniversario~"
Él despertó con el cálido aliento en su oreja, se estiro un poco, sintiendo como las sábanas caían.
"¿Dormiste bien?" -siguió la voz cantarina- "Porque... Hoy tenemos un día ocupado~"
El felino frotó sus ojos tratando de adaptarse a la luz artificial de la lámpara de su lujusa habitación.
Sonrió al ver esa sonrisa pícara y ojos cuál sangre. El rostro delicado.
Su hermoso doncel.
"Cómo un bebé..." -respondió el pecador alado, su propia sonrisa expandiéndose- "Feliz aniversario, esposo mío..."
El ciervo frente a él inflo el pecho orgulloso, como si esas simples palabras fueran un trofeo.
Se acomodo más en el regazo del otro, una pierna a cada lado de su cadera y su pequeña cola moviéndose rápidamente por la felicidad y el leve carmín en su mejillas.
Husker rió. Siempre tenía ese efecto.
"¿Y qué maravillas ha hecho el increíble Demonio De La Radio?" -acarició la cintura con cariño, ocasionalmente tocando algo de piel debajo del pijama- "¿Se podrá comparar con lo qué hice yo el año pasado?"
Los ojos de Alastor brillaron con desafío.
"¿Dudas de mi excelencia?" -se llevó una mano al pecho fingiendo ofensa- "Supongo que tendré que recordarte lo maravilloso que soy..."
Se acercó con descaro al rostro del felino, sus labios a escasos centímetros.
"Me encantaría que me lo demuestres"
Se quedaron mirando un buen rato, ambos con sonrisas en sus rostros, hasta que el pecador rojizo le dió un beso rápido en los labios al gato.
"Vamos, antes que se nos enfríe el desayuno..."
"Tú mandas..."
Alastor se apartó con cuidado y se puso de pie con un gesto algo exagerado, provocando una risita por parte de Husker.
"Te espero en la cocina..." -se despidió en la puerta con un pequeño movimiento de su cola de ciervo- "No tardes..."
Una vez que Husk estuvo sólo, soltó un gran suspiro enamorado.
Cinco años casados.
¿Quién hubiera pensado que encontraría el amor después de la muerte?
Y entre todos los lugares... El infierno.
Se sentía el hombre más afortunado de la creación al poder despertar todos los días con el cuerpo de su amor abrazado al suyo, mirando aquel rostro pacífico.
Se puso de pie y empezó a caminar en el pasillo.
Recuerda perfectamente el día en que conoció a su esposo.
Estaba en una de sus rondas diarias, había decidido unirse a la partida viendo que aquellos pecadores que entraron a su casino eran presa fácil.
Unos cuantas rondas y ya habían perdido todo.
Sus almas le pertenecían.
Entre ellas una pequeña pecadora regordeta de cabello rubio.
"Bienvenido" -el delicioso olor interrumpió sus recuerdos, junto a la melodiosa voz- "Te preparé tus favoritos"
Ante su vista estaba una variedad de platillos: Tostadas francesas, baguette, croissants.
"¿Desde qué hora estás despierto?" -Husker se cruzó de brazos, entrecerrando los ojos para mirar a su pareja.
"No es importante..." -agito la mano, quitando impotencia al asunto.
"Al..."
El doncel solo tomo al hombre y lo guío con cuidado hacía la mesa.
"Hoy es mi turno de consentirte" -tomo la mejilla del pecador alado y la acaricio con ternura- "Siempre me consientes... Ya sea trayendo a tus deudores para que pueda usarlos para mí entretenimiento o dejándome comer mis bocadillos en la cama..."
"Eso no es para tanto..." -le dedicó una mirada preocupada- "Sabes que también me haces un favor con lo de los imbéciles de los deudores... Y..."
"¿Estás quitando crédito de los gestos que yo aprecio?"
Husker decidió que la mirada que se estaba empezando a endurecer era suficiente advertencia.
"Ni en lo más mínimo..." -respondió, alzando ambas manos en señal de paz, aunque la sonrisa ladeada no se le borraba- "Solo digo que... no hace falta que me consientas tanto. Con solo tenerte así, frente a mí, ya me siento más afortunado..."
Alastor entrecerró los ojos con un puchero que no logró ocultar su sonrisa real.
"Sabes que si dices cosas como esa, voy a enamorarme más..."
"¿Y acaso no es el punto?" -dijo el felino, estirando un brazo para jalar suavemente su muñeca y acercarlo a su lado- "Quiero que te acostumbres a que te recuerde lo afortunado que soy"
El doncel dejó que lo rodearan con el brazo, acomodándose con su plato en mano como si ese fuera su trono natural.
"Oh, mi amado jugador empedernido..." -canturreó con teatralidad, mientras tomaba una tostada- "si sigues así, quizás te dé un regalito extra más tarde"
"¿Más?" -Husk fingió sorpresa mientras mordía un croissant- "¿Y ya se puede saber qué regalito tengo preparado ahora, o es sorpresa?"
"Sorpresa, mi querido gato..." -Alastor lo miró por encima del borde de su taza de café- "Pero te daré una pista: Es algo que solo tú puedes despertar~"
El pecador alado sonrió para besar la mejilla de su esposo.
"¿Por qué esperar?" -susurró mientras los besos descendían- "¿Puedo tomar mi regalo ahora?"
"Oh, no des ideas..." -el ciervo inclino la cabeza con una pequeña risa mientras seguía bebiendo su café- "Aunque esa última me tienta"
Ambos rieron.
El Overlord de la fortuna dió un último beso a su amado para volver al festín matutino que tenía delante, claro, sin dejar acariciar la cintura del pecador rojizo, queriendo sentir el calor que emanaba.
Por unos instantes, no hubo más sonido que el de los cubiertos, el tenue murmullo de la radio tocando algo suave, y las colas de ambos moviéndose tranquilas.
A ninguno les importaba el hecho de estar en el infierno, tienen su paraíso justo allí.
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El típico traje color rojizo de Alastor había sido reemplazado por un elegante traje negro con detalles dorados de cola larga, con un símbolo de poca y dados justo en el pecho.
El símbolo del Overlord de la fortuna.
"No sueles usar mucho ese traje..." -Husker se acomodo las mangas de su propio smokin admirando la belleza frente a él- "Dices que... No es tú estilo"
"Quise darte el gusto..."
"Hubiera preferido un vestido..."
"¡Husk!"
El pecador alado sonrió y le ofreció el brazo a su esposo.
"Vamos, que te tengo una sorpresa..." -dijo Alastor, tomando el brazo de Husker con delicadeza, guiándolo por los pasillos.
Caminaron para bajar por las escaleras, pasando por la lujosa mansión. Ambos eran figuras altamente influyentes en el circulo del orgullo.
Dos grandes Overlords cuyo poder antigüo inspiraba terror... Pero que entre ellos se podía respirar dulzura.
No tardaron en llegar a una enorme puerta doble, hecha de ébano tallado y marcos dorados. Alastor la empujó lentamente.
No suelen salir de su hogar a menudo, debido al constante acoso por parte del hombre de pantalla plana y otro Doncel albino, a veces ambos solo querían que se desaparecieran.
Cuando las puertas dejaron ver el otro lado, Husker se quedó sin palabras.
El salón de baile estaba iluminado por cientos de candelabros flotantes, cada llama danzando al ritmo de una suave melodía que salía de un gramófono antiguo.
En el centro, una pista vacía. Una mesa pequeña a un lado, con una botella de vino oscuro y dos copas talladas.
"¿Al...?" -murmuró Husker, con un nudo en la garganta- "¿Dormiste? Porque recuerdo claramente que ésto no estaba aquí ayer"
"Te recuerdo, amado mío... Tengo magia y varios apéndices para poder hacer una decoración sin riesgo alguno"
"¿Y por qué un baile en particular?" -preguntó el pecador alado ya suponiendo todo.
Alastor se acercó al centro del salón, y con un gesto, la música cambió: un vals suave, envolvente.
"Porque gracias a un baile... Me enamore de tí" -el ciervo río mientras sentía como el felino entrelazaba sus garras con las suyas- "Tú estabas borracho, y yo… bueno, fingí no saber bailar para tener una excusa y que me guiaras"
Husk soltó una carcajada ronca, y genuina.
"Recuerdo haber pisado tu pie"
"¡Más de una vez!" -rió- "Y aún así, no puedo ser más perfecto"
El doncel jalo al otro Overlord, invitándolo.
"¿Me concedes esta pieza, esposo mío?"
Husker la tomó sin dudar.
Y comenzaron a girar.
Sus cuerpos se movían con una armonía que solo se gana con los años. No había prisa, ni técnica impecable. Solo dos demonios, dos pecadores, dos almas enlazadas girando en un mundo que parecía haberse detenido para verlos.
Alastor apoyó su barbilla en la cabeza de su amado, cerrando los ojos.
"Gracias por cinco años de amor..." -susurró- "Y por todos los que vendrán"
Mientras giraban lentamente, Alastor deslizó una de sus manos hasta la nuca de Husker, acariciando suavemente el pelaje. Su cola se movía con ritmo nervioso, aunque su sonrisa seguía serena.
"Siempre agradeceré que Mimzy haya decidido no hacerme caso..." -murmuró- "Ella perdió su alma, y yo gané una..."
Husker soltó una risita por lo bajo y apoyó la barbilla en su hombro.
"Desde que cruzaste la puerta de mi casino, no pude estar más hipnotizado por tu manera de hablar..."
"Y yo de esa mirada tan miserable..."
El pecador más bajo le dió un beso justo en la clavícula, sobre el traje. Alastor soltó un pequeño respingo.
"Una mirada vacía hasta que el rubí de tus ojos la llenó..."
"Qué poético, querido" -ronroneó Alastor, levantando ligeramente una ceja- "Casi me haces sonrojar..."
"¿Casi?" -Husker lo giró con más fuerza, atrayéndolo contra su pecho- "Tus mejillas están rojas como fichas desde que llegamos"
Alastor bufó con elegancia, aunque se dejó llevar por el paso sin oponer resistencia.
"No puedo evitarlo si tu voz suena más grave cuando susurras... Y menos si me tomas así, tan... fuerte"
Él acercó los labios a su oído, apenas rozándolo.
"¿Y si te dijera que quiero más que un baile esta noche?"
El doncel jadeó con teatralidad.
"¡Husker! ¡Qué atrevido!" -bromeó, aunque sus ojos brillaban de emoción- "¿Y si yo te dijera que ese era precisamente el plan?"
Los dos rieron al unísono.
La música siguió envolviendo, la melodía antigua pareciendo tejer hilos invisibles a su alrededor. El tiempo se volvió un eco suave, lejano. Solo quedaban ellos dos, danzando con pasos familiares, corazones sincronizados por años de amor.
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El dormitorio estaba tibio, bañado por una luz tenue que escapaba de la lámpara antigua junto a la cama.
Las dos copas de vino y ron reposando en la mesita de noche.
El felino se sentó en la orilla del colchón, soltándose el moño con un suspiro mientras observaba a su esposo.
El pecador rojizo estaba de pie, girando con gracia sobre sí mismo como si aún estuvieran bailando.
"¿Te gustó la sorpresa?" -preguntó, con ese tono coqueto que solo usaba cuando estaba planeando algo.
"Me encantó. Aunque sigo pensando que hubieras estado más lindo en un vestido'
Alastor soltó una risita y se acercó, sentándose sobre su regazo con toda la naturalidad del mundo.
'Y yo sigo pensando que eres un viejo lujurioso, Husker~"
"¿Y tú un cervatillo coqueto…?"
"Un cervatillo muy felizmente casado, gracias"
Se miraron un segundo. Luego rieron juntos.
Después de las risas, el silencio se prolongó solo un instante.
Los ojos color sangre y los de color dorado se apreciaron entre ellos, cada vez más cerca, queriendo comprobar que lo que sucedía no era una alucinación por parte de la muerte.
Se besaron, lento, como si el tiempo estuviera de su parte por primera vez.
Husker dejó que sus manos acariciaran la cintura de Alastor, deteniéndose en la costura del traje. Sintió como el más alto rodeaba su cuello con sus delgados brazos.
"¿Te ayudo a quitarte esto, señor Overlord?"
"Solo si prometes no romperlo esta vez… fue carísimo"
"No prometo nada..."
"¡Husker!"
Rieron de nuevo, ahora más bajito. Alastor se acomodó mejor en su regazo. Frente a frente.
La larga cola del felino se enredó en un muslo del ciervo, mientras que la pequeña colita de ciervo se movía rápidamente por la emoción de lo que estaba por venir.
"¿Sabes?" -susurró el doncel- "A veces siento que el infierno no fue tan malo… si al final me trajo a ti"
"Y yo siento que gané la mejor apuesta de mi vida"
Un silencio dulce los envolvió.
Aferrados el uno al otro, sin prisa, sin máscaras. Ellos se vieron como lo que siempre fueron, dos demonios rotos, pero, que se eligieron... y aprendieron a amarse.
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"¡Husker~!"
La danza de ambos cuerpos era magnífica.
La presión justa en la cintura, el roce pausado de una mejilla, la cola enlazada como una promesa de que nunca lo soltaría.
Y cuando la última nota del vals que sonaba en la radio de fondo murió. Solo el latido compartido de dos corazones pecadores, se escuchó en aquella habitación.
Alastor apoyó su frente contra la de Husker, los labios apenas separados.
El resplandor de las luces dibujaba sombras suaves en sus rostros, ambos sonrientes.
Porque a veces, la condena más hermosa… es no poder imaginar la vida sin esa sonrisa.
