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Jayce ya no recordaba la última vez que había regresado a casa por vacaciones. Quizás hacía un año... o incluso más. Cada vez resultaba más difícil encontrar el momento, sobre todo en pleno semestre de su penúltimo año en la universidad de ingeniería. Incluso los fines de semana se los pasaba estudiando o enfrascado en alguno de sus proyectos personales, y al terminar la primera mitad del semestre, acababa tan agotado que prefería quedarse en el pequeño departamento que arrendaba a unas cuadras del campus junto a Caitlyn. Últimamente se dedicaban a vegetar durante las escasas dos semanas de receso que les daban entre clases, apenas lo justo para reponer fuerzas antes de volver a la rutina académica.
Y Jayce odiaba viajar en invierno. Pero ahí estaba: subido a un tren rumbo al sur, con destino a la casa de su infancia. Tres horas de trayecto.
Su madre lo tenía condenado. Cuando lo llamó por teléfono y le dijo que ya no podía recordar su cara, Jayce supo que era una exageración... pero también entendía el trasfondo. Él también la extrañaba.
Así que podía hacer un esfuerzo.
Esta vez pasarían juntos el veranito de San Juan. No podía seguir usando como excusa el frío o la lluvia, que siempre hacían que todo se sintiera más gris de lo que realmente era. No ahora. No cuando el clima, aunque invernal, se volvía misteriosamente más amable. Durante esos días, la temperatura podía subir hasta los 24 grados, como si el sur decidiera, por un instante, hacer una tregua con el invierno.
Al menos el tren se había modernizado. Ahora incluso tenía un vagón nuevo donde se podía comprar el almuerzo y algo caliente para beber. Muy diferente a los vagones vetustos y ruidosos en los que viajaron tantas veces durante su infancia. El café no era precisamente bueno, pero el hambre del trayecto lo hacía sabroso. El sándwich de miga seguía siendo su favorito. Al menos podía concederle ese punto a favor a esta travesía.
Llevaba puesto un polerón vintage, una chaqueta grande de franela, jeans holgados y unas zapatillas cómodas. Había llegado temprano solo para asegurarse de conseguir un asiento junto a la ventana. Mientras se acomodaba con la comida en el regazo y el vaso tibio entre las manos, recordó las palabras que su madre le había dicho por teléfono:
-Vamos a hacer todas las cosas que te gustaba hacer cuando eras más pequeño. Quizás podamos ver cómo te va a ir durante el resto del año.
Honestamente, ya no le interesaban las supersticiones. Tirar papas debajo de la cama para saber su suerte... ¿para qué? La suerte no había estado de su lado desde hacía bastante tiempo. Y últimamente, mucho menos.
Había terminado con una de sus novias hacía un par de meses, probablemente incapaz de sostener una relación estable por culpa de sus obsesiones egoístas. Sus notas también habían bajado, pese al esfuerzo. La perseverancia ya no parecía rendir frutos, y francamente, su motivación se había estado desvaneciendo desde hacía tiempo.
Ahora, a sus 24 años, sabía que la suerte era solo un juego de probabilidades. Un juego en el que, sin duda, no parecía especialmente hábil.
De pronto, una figura frente a él lo sacó de sus pensamientos.
-¿Está ocupado este asiento?
Un joven de tez pálida y expresión serena se había detenido junto a su banco. Jayce parpadeó, sorprendido. Miró a su alrededor; había muchos asientos vacíos, de hecho, el vagón estaba prácticamente desierto.
-Uh... no -fue lo único que atinó a responder. Tal vez habría sido grosero señalar que había muchos otros lugares disponibles. Así que, bueno...
-Gracias -respondió el joven, con un tono suave, mientras acomodaba su maletín en los compartimentos superiores. Luego se desabrochó el abrigo de lana gris jaspeada y lo dobló con cuidado sobre sus piernas. Un bastón delgado descansó ahora entre sus rodillas.
Jayce no pudo evitar observarlo mientras se sentaba. Había algo hipnótico en su forma de moverse, en la manera precisa en que sus dedos se deslizaban por la tela. Cuando bajó la mirada, notó un lunar justo al lado de su boca, y por algún motivo, su vista se detuvo ahí un poco más de lo necesario.
El chico volvió a mirarlo.
-¿Está eso... rico? -preguntó con una voz que sonaba como si acabara de despertar de un sueño largo y placentero.
-¿Qué? -respondió Jayce, aturdido.
El joven señaló, con un movimiento sutil del dedo, el vaso de plumavit entre sus manos.
-Oh. Creo que sí -dijo Jayce, bajando la mirada a su bebida-. Aunque... soy bastante fácil de complacer, así que... -Y se arrepintió inmediatamente de sus palabras. Su cara se calentó.
Una pequeña sonrisa se formó en la comisura de los labios del joven. Era una sonrisa contenida, casi discreta, pero genuina. Jayce subió un poco más la vista y se encontró con un par de ojos de un ámbar inusual, como metal fundido atrapado en cristal. Titilaban con la luz del tren mientras él apoyaba el rostro en su mano y observaba el paisaje brumoso que pasaba fugaz por la ventana.
Durante un breve instante, los ojos del joven se deslizaron hacia él y se encontraron con los suyos. Jayce desvió la mirada con torpeza. Otra vez se había quedado mirándolo. Sintió cómo una ola de calor subía por su espalda y le ardía en la nuca.
El vagón no estaba tan caluroso, pero de pronto le sobraban todas las capas que llevaba encima.
Debía pensar en algo. Algo que dijera para disimular... cualquier cosa.
-¿Viajas? -disparó, sin pensar. Maldición. Qué estúpido.
-Quiero decir... claro que viajas. Digo... ¿a dónde te diriges?
El chico lo observó con ojos entrecerrados, como si evaluara si responder o no. Luego una chispa sutil cruzó su mirada.
-Voy a visitar a uno de mis tíos en el sur -respondió-. Escuché que estos trenes remodelados son más cómodos. Pensé que el viaje no sería tan pesado.
Mientras hablaba, apoyó una mano larga y delgada sobre su rodilla. Tenía movimientos precisos, elegantes sin quererlo.
-Oh, sí. Yo pensé lo mismo -respondió Jayce, ahora un poco más relajado. Se pasó una mano por la nuca-. Antes este viaje era agotador. Y el bus toma casi el doble de tiempo.
-Lo sé. Era un verdadero dolor de espalda -dijo el chico, soltando un suspiro breve.
Jayce soltó una risa, encantado por la naturalidad de la conversación.
-¿Y tú? ¿A dónde vas?
Y así, sin notarlo, la charla fluyó. Entre risas suaves y el aroma tibio del café con leche, el traqueteo rítmico del tren se convirtió en un fondo constante, casi hipnótico. Jayce ya no sabía cuánto tiempo llevaban hablando, pero tampoco le importaba.
-Oye -dijo de pronto, haciendo que el chico lo mirara con una leve sorpresa-. Me acabo de dar cuenta de que no te he preguntado tu nombre.
El joven suspiró, pero esta vez con una expresión relajada. Una pequeña curva se dibujó en el borde de sus labios, casi como si lo hubiera estado esperando.
-Es Viktor.
Jayce sonrió al escucharlo. Le gustó cómo sonaba. Y antes de darse cuenta, ya le estaba contando probablemente demasiadas cosas sobre sí mismo. Hablar con Viktor era fácil. Natural. Como si ya se conocieran de antes.
Después de un rato, lo vio sacar un libro delgado de su bolso de viaje.
-Em... disculpa, ¿te molesta si leo? Realmente necesito saber qué pasa a continuación -dijo Viktor, levantando ligeramente el ejemplar.
-No, claro que no. De hecho me encanta ese autor, aunque ese libro aún no lo he leído. Tienes que darme tu opinión cuando lo termines -respondió Jayce, mientras rebuscaba en su banano negro hasta dar con un par de audífonos inalámbricos. Pensó por un momento y, sin pensarlo demasiado, estiró el brazo y le ofreció uno.
-¿Te gustan los Arctic Monkeys?
Viktor lo miró con cierta pausa. Jayce apenas si alcanzó a preguntarse si había sido raro ofrecerle uno de sus audífonos, pero antes de que la duda creciera, Viktor respondió:
-Me encantan.
Sus ojos brillaron y, por primera vez, su expresión se volvió cálida de verdad. Se inclinó para tomar el audífono. Sus dedos fríos rozaron suavemente los de Jayce. Fue un toque breve, pero suficiente para dejarle el pecho extrañamente lleno.
Jayce desvió la vista, algo abrumado por la repentina energía que sentía en el cuerpo.
Urgó nuevamente en su bolso y sacó una pequeña libreta de tapa dura y un lápiz de carbón. Apoyó la mano sobre su muslo y observó lentamente a su alrededor, buscando algo que captara su atención.
Entonces vio a Viktor.
Se le veía cómodo. Tranquilo. Perfecto.
Acurrucado de medio lado hacia la ventana, con el abrigo gris cubriéndole las piernas, sostenía el libro entre las manos mientras el audífono descansaba suavemente en su oído. Tenía una expresión serena, como si el mundo exterior se hubiera disuelto por completo y solo quedaran él y la historia en sus manos. Un mechón suelto de su cabello oscuro se deslizaba perezosamente por su mejilla, moviéndose apenas cuando el tren vibraba. Sonreía de vez en cuando, casi imperceptiblemente, y esa curva tranquila en sus labios le pareció que era algo que quería capturar antes de que desapareciera.
Jayce no lo pensó mucho. Levantó el lápiz.
Y comenzó a dibujar.
No era solo la postura, ni la chaqueta cuidadosamente doblada sobre su regazo, ni la textura del libro abierto entre sus dedos largos y delgados. Era... todo. El contorno de sus hombros bajo la tela, la quietud de su rostro, la forma en que sus pestañas proyectaban una sombra sobre sus mejillas. Jayce trazó con lentitud el arco de sus cejas, el perfil suave de su nariz y los labios entreabiertos por la concentración.
Había algo en esa escena que lo tranquilizaba, que le daba una sensación de paz que no experimentaba con facilidad. Como si, por un momento, estuviera exactamente donde debía estar.
Sus ojos se detuvieron en los de Viktor. No podía verlos completamente desde ese ángulo, pero los había visto antes: ámbar, cálidos y brillantes. Los dibujó igual, guiado más por lo que recordaba que por lo que veía. Le puso especial cuidado, como si en esa mirada imaginada pudiera guardar algo importante.
A veces, Viktor levantaba apenas la vista del libro y lo miraba de reojo, curioso. Jayce intentaba disimular su atención bajando la vista hacia su cuaderno, pero una sonrisa delatadora se le escapaba sin querer. Una de esas veces, notó cómo las orejas de Viktor empezaban a enrojecer lentamente, apenas visibles entre los mechones de cabello desordenado.
Jayce no dijo nada. Solo sonrió un poco más, inclinó la cabeza y siguió dibujando, tratando de guardar esa imagen.
**
Un sonido abrupto lo hizo levantarse de un salto. Parpadeó un par de veces, aturdido, con la cabeza pesada y un leve mareo que le entorpecía el juicio.
¿En qué momento se había quedado dormido?
Tardó unos segundos en enfocar. Todavía tenía la sensación cálida en su cuerpo. Como si lo hubieran envuelto con una manta -aunque no hubiera ninguna- el tipo de sensación que solo puedes obtener después de haber compartido el calor con alguien más.
Pero cuando miró al frente, se encontró con el vacío. El chico ya no estaba.
Solo quedaba el asiento desordenado, como si el otro se hubiera desvanecido.
Jayce giró hacia la ventana. El andén conocido desfilaba frente a sus ojos.
-¡Mierda! ¡Me bajo aquí! -dijo, sobresaltado, mientras se incorporaba de golpe. Se puso la chaqueta a toda velocidad, tanteó la mochila y tropezó con su propio pie al apurarse hacia la salida.
El tren silbó como si le advirtiera que no esperaría por él.
En su apuro, Jayce echó un último vistazo atrás para asegurarse de no olvidar nada.
Pero ya lo había hecho.
Qué idiota.
Podría haberle pedido su número, o su Instagram... ¿Twitter? ¿Correo electrónico? Lo que fuera.
Y ahora que lo pensaba... ni siquiera sabía su apellido.
¡Ni siquiera el maldito apellido!
Se quedó de pie en el andén, mientras el tren se alejaba con un rugido metálico que le erizó los brazos.
Un sentimiento extraño se asentó en su pecho. Una especie de hueco silencioso, como si algo hubiese quedado a medias. Tan vacío como el asiento que momentos antes había ocupado Viktor.
**
Su madre lo recibió con un enorme abrazo y varios besos apurados que le dejaron marcas rojizas en la mejilla. Labial carmesí, como siempre.
La casa olía a leña, a sopaipillas recién fritas y al perfume floral que ella usaba desde siempre. Jayce respiró profundamente, como si quisiera atrapar cada partícula del aire para guardarla en el pecho.
La chimenea crepitaba con un fuego vivaz, y el calor le rodeó placenteramente. La alfombra del living aún tenía manchas de pintura en una esquina -testigo silencioso de sus proyectos fallidos de infancia- y los visillos de croché seguían colgando en las ventanas, ligeramente amarillentos por los años pero impecablemente cuidados.
Nada había cambiado. Y eso era, en sí mismo, profundamente reconfortante.
Después de comer hasta sentirse como un globo inflado, su madre lo animó a acompañarla al jardín.
-¡Ven! ¡Mira cómo están los tomates! -le dijo con una sonrisa orgullosa.
La huerta seguía siendo un caos encantador de macetas disparejas y flores entreveradas.
Había plantado manzanilla, aunque no florecía demasiado bien, y los tomates se resistían a crecer más allá de un par de centímetros. Pero ella los cuidaba como si fueran oro.
-Y ahí está la higuera -dijo, señalando con la cabeza un árbol enorme-. Yo no sé cómo es que sigue creciendo.
Jayce sonrió. Siempre decía eso. Y la higuera, sin embargo, seguía firme. Inmensa. Inmutable.
Recordó cuando era pequeño y su abuela le contaba la historia de ese árbol.
Decía que su abuelo había aprendido a tocar la guitarra gracias al "cola de flecha", como le decían. Que nunca antes había tocado una nota en su vida, pero la noche en que fue a pedirle matrimonio a la abuela, se sentó bajo la higuera y, de pronto, tocó como un músico consagrado.
Después, el abuelo le enseñó a su padre.
Y luego... bueno. Fue el accidente.
La guitarra todavía seguía ahí, en el rincón del living, con su madera rajada por el tiempo, cubierta de polvo. Nadie más la volvió a tocar.
Años después, uno de sus primos le contó otra versión. Que en la noche de San Juan, si te sentabas bajo una higuera con una guitarra a la medianoche, el diablo -el cachudo- se te aparecía para enseñarte las notas infernales.
La historia lo aterrorizaba y lo fascinaba por partes iguales.
Durante años, intentó mantenerse despierto hasta medianoche para comprobar si era cierta.
Cada año fracasaba. A las diez de la noche, su cuerpo infantil lo rendía sin remedio.
Cuando finalmente fue lo bastante mayor para aguantar hasta las doce... ya no creía en esas cosas.
O al menos eso se decía.
Pero cada vez que volvía a casa, había algo en ese jardín, en esa higuera desgarbada y obstinada, que lo hacía pensar que tal vez -solo tal vez- todavía era posible que lo inexplicable viviera ahí, justo al borde de lo cotidiano.
**
La siguiente mañana fue soleada. Los rayos del sol se filtraban oblicuos a través del vidrio descolorido de su antigua habitación, formando figuras irregulares sobre las sábanas. Jayce abrió los ojos con lentitud, sintiendo el calor de la luz sobre su rostro, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió apuro por levantarse. Se estiró flojamente, dejando que sus músculos se desperezaran uno a uno, mientras una sonrisa tranquila se dibujaba en sus labios.
El aroma a pan tostado y café recién hecho lo envolvió antes de salir de la cama, y por un instante permaneció allí acostado, escuchando el silencio. No el silencio absoluto, sino ese característico de la zona rural: los trinos dispersos, el crujir leve de la madera, el viento suave colándose entre las rendijas. A diferencia del murmullo incesante de la ciudad, ese silencio lo reconectaba con algo más profundo. Algo simple, pero reconfortante.
Antes de bajar, se acercó a la ventana. El paisaje frente a él no había cambiado tanto. Algunas casas conservaban la misma pintura gastada de hace años, y los techos de tejas rojizas aún se inclinaban bajo la misma pendiente familiar. Sin embargo, aquí y allá comenzaban a levantarse construcciones nuevas, edificios de dos pisos con ventanales amplios que desentonaban con la estética original del lugar. Aun así, algo en el contraste le resultó... inevitable. El paso del tiempo dejaba sus huellas sin pedir permiso.
Mientras observaba, su mente vagó inevitablemente hacia la dia anterior, hacia la imagen de Viktor a la luz deslavada del sol. Sin darse cuenta, se acercó hasta la silla donde había dejado su bolso para alcanzar su libreta. Cuando lo abrió, se dio cuenta que lo había dibujado sin pensarlo mucho, pero había algo en su gesto que no podía dejar de recordar. Tal vez era la forma en que la que su ceño se fruncía de concentración al leer, o cómo sus dedos largos pasaban delicadamente las páginas, o la curva distraída de sus labios apretados cuando estaba absorto. Ese mechón de cabello que se le deslizó por la mejilla y que no se había apartado, como si no se diera cuenta.
Era extraño, pensó mientras sonreía solo, cómo algo tan simple y pequeño podía darle tanta calma. Aunque no terminó de procesar del todo ese pensamiento. O tal vez no sabía bien cómo hacerlo. Pero esa sensación de paz, de ternura inesperada, seguía acompañándolo incluso ahora.
Sacudió la cabeza suavemente, se colocó su mejor camisa y unos jeans oscuros. Esa mañana decidió no afeitarse; su barba incipiente le daba un aire más relajado, menos académico, más cercano. Se miró al espejo brevemente y asintió para sí mismo.
**
El desayuno fue tan sencillo como entrañable: café con leche, pan con mermelada de rosa mosqueta y un par de naranjas frescas recién sacadas del jardín. Las cáscaras se colocaron sobre la estufa Bosca, impregnando toda la casa con un olor dulce y tostado a cítricos.
Después acompañó a su madre hasta la catedral del pueblo para la misa de San Juan. Jayce no era precisamente creyente; la ciencia se había convertido hace tiempo en su forma de buscar respuestas. Pero aún conservaba cierto cariño por las tradiciones y, más aún, por su madre. Sabía cuánto significaba para ella, y no desaprovechaba ningún momento a su lado.
A la salida, varias de las amigas de su madre se acercaron como una pequeña tropa en formación. Algunas tomaron sus brazos con efusividad, otras pellizcaron sus mejillas con ternura desmedida.
-¡Yo te conocí cuando eras un porotito!
-¡Te voy a presentar a mi hija!
-¡Que Dios me lo guarde, mi guachito precioso!
Jayce, con infinita paciencia, sonreía. Asentía. Reía con los ojos. Su madre, divertida, le frotó la espalda con afecto.
-Perdona, mijito. Es que hace mucho que no venías. Vas a ser la novedad por un rato.
-Está bien, mamá -respondió Jayce con una sonrisa dulce, tomándola del brazo mientras empezaban a caminar de regreso.
-Qué bueno, mijito. Porque le dije a la señora Rosita que le ibas a ir a cortar la leña hoy.
Jayce soltó una carcajada suave. Qué rápido lo había vendido su madre. Lo vio venir, sí. Pero no le molestaba en absoluto.
Recordaba a la señora Rosita con cariño. Vivía sola desde hacía años y aún usaba la vieja estufa a leña, a diferencia de su madre, que había instalado una de pellet cuando él se fue a la universidad. Sabía que no era por falta de fuerza -su madre siempre fue fuerte-, pero desde el accidente con su mano, el hacha le era cada vez más difícil de manejar.
Jayce la miró con complicidad.
-¿Y qué me vas a hacer de almuerzo? Porque voy a volver con hambre.
Ella se echó a reír, dándole unas palmaditas en la espalda mientras caminaban.
-Ya sabes, come y calla.
**
Ya era tarde cuando terminaron de tomar la once, viendo la novela turca del momento que mantenía obsesionada a su madre. El vapor del té se alzaba desde una tetera de loza con dibujos azules, mezclándose con el aroma de la leche fresca. En la mesa, aún quedaban migas de pan recién horneado y restos de palta molida que se resistían a ser recogidos.
Su madre hablaba sin prisa, como si cada palabra fuera una hebra más en una manta tejida con paciencia. Le contaba sobre los nuevos vecinos, las remodelaciones de la casa, los matrimonios de los hijos de sus amigas. Todo con una minuciosidad tan increíble que Jayce se preguntaba cómo era capaz de guardar tanta información en su memoria.
Y sin embargo, eran esos momentos los que a veces más había echado de menos cuando estaba lejos. Tan simple como un pan con té, tan complejo como el peso invisible de los días. Aquí, el tiempo parecía doblarse sobre sí mismo, como si vivieran en un pequeño pliegue cálido dentro del universo. En ese bolsillo donde el reloj no importaba, el mundo se hacía soportable.
Jayce recogió la mesa y lavó los platos con esmero, casi como un ritual. Luego se dirigió al living, donde terminaron de ver una película antigua de los 90. Cuando su madre bostezó y se levantó del sillón, se despidió con un beso en la frente y una advertencia amorosa:
-No te acuestes tan tarde, mi guachito. Y abríguese la espalda -le dijo mientras lo envolvía con una manta de lana azul, una de esas que parecía desgastarse mientras guardaba los inviernos de generaciones pasadas.
Jayce se arropó un poco más. El calor era distinto al de una estufa o una taza de té: era el de pertenecer, quizás a algo o a alguien. Pero que a diferencia de la mayoría de las cosas, no pedía nada a cambio.
La sala quedó en silencio, interrumpida solo por las noticias murmurando en la televisión. Sus ojos vagaron hasta la guitarra en la esquina del salón. Había estado allí desde siempre, como un testigo paciente.
La contempló por un rato, luego se levantó con decisión silenciosa y la tomó. Pesaba menos de lo que recordaba. Se sentó con ella entre las piernas, tanteó las cuerdas y dejó que algunas notas sueltas flotaran en el aire. Estaban desgastadas, pero aún vivas. Jugueteó con las clavijas hasta encontrar algo que se pareciera a un tono armónico.
Hizo una pausa. Sus labios se apretaron. Miró por la ventana.
Y si...
Era absurdo. Un viejo cuento de campo. Una fantasía heredada.
Pero ahí estaba, latiendo como una semilla que no sabe morirse. Tal vez era por las historias de su abuelo. Tal vez por la sombra amable de su padre. O tal vez... tal vez era momento de cumplir ese sueño infantil solo para soltarlo por fin.
Quizás, si tenía suerte, hasta conseguiría una historia digna de ser contada.
No.
La suerte no era más que un patrón entre millones. Se repitió como un mantra.
El orden natural del universo no tenía tiempo para sueños románticos.
Pero aun así...
Con la manta sobre los hombros, arrastró una silla de madera desde la cocina. En la otra mano llevaba la guitarra. Abrió la puerta del patio y salió.
La noche lo envolvió como un manto antiguo.
El aire estaba espeso, y para ser invierno, la temperatura era inusualmente alta. Ya el simple hecho de que no lloviera era, en sí mismo, casi un presagio.
En lo alto, la luna brillaba como una perla trizada y las estrellas dibujaban la Vía Láctea con una claridad que jamás podría verse desde la ciudad.
3 minutos para la medianoche.
Inhaló profundamente.
2 minutos.
Exhaló. El aire olía a madera húmeda y a tierra dormida.
1 minuto.
Las campanadas de la catedral viajaron desde el pueblo como un eco suave.
Y entonces, el silencio.
Jayce no se movió. Su pecho subía y bajaba con lentitud.
Nada.
Soltó el aire que no se había dado cuenta que sostenía. Una pequeña risa le brotó, nerviosa.
-Ridículo -susurró, revolviéndose el cabello como quien se despide de una idea terca.
Acomodó la guitarra entre las piernas.
Podía al menos tocar un par de acordes antes de volver adentro.
Rasgueó suavemente.
Las notas salieron dispares, un poco tímidas al principio. Luego, con algo más de decisión.
Y entonces, un sonido más firme, una vibración más honda.
Y en ese instante, como si el universo hubiera estado esperando justo esa combinación de sonidos, las flores del viejo higuera comenzaron a abrirse. Lentamente, como si despertaran.
Jayce se quedó inmóvil.
Tocó otro acorde.
Otro grupo de botones floreció entre las ramas.
-No puede ser... -murmuró.
Pero siguió tocando.
Las notas fluían como si la guitarra hablara por sí sola.
Una melodía intuitiva, misteriosa, salía de sus dedos y llenaba el aire.
Las flores estallaban en la corteza, trepando, cubriendo la higuera hasta volverla un estallido de vida.
Cuando terminó, jadeaba. Como si algo -algo más allá de él- lo hubiera estado guiando, o poseyendo.
Su pecho se agitaba.
Una gota de sudor le recorrió la frente, luego el cuello.
Su boca estaba seca.
Y entonces, un par de aplausos rompió el hechizo.
Jayce se congeló.
-¿Quién está ahí?
Miró en todas direcciones. A pesar de la oscuridad, la luz de la luna y las estrellas bastaban para iluminar el claro del jardín como si se tratara de un escenario encantado. Pero no había nadie.
-Ese fue todo un espectáculo, si me permites decirlo -dijo una voz suave, como miel que se enroscaba entre las palabras con una musicalidad antigua.
Jayce alzó la vista de inmediato.
Allí, sentado con una gracia inquietante sobre una de las ramas gruesas de la higuera, yacía una figura a contraluz. Una silueta que parecía formar parte del follaje y del cielo a la vez, como si siempre hubiera estado ahí, esperando.
Jayce tragó saliva.
-Mierda... -susurró, temblando, con los ojos desorbitados-. Eres... eres tú...
La figura no respondió de inmediato. Poco a poco, comenzó a tomar forma. Una sonrisa etérea se insinuó, como si naciera desde el interior mismo de su ser. No era una expresión ordinaria. La sonrisa estaba tejida de luz: una luz blanquecina que emanaba no solo de su boca, sino también de sus ojos y de cada fibra de su cuerpo, como si su existencia se filtrara por los poros del mundo físico.
El pulso de Jayce retumbaba en sus oídos. La adrenalina lo mantenía inmóvil, suspendido entre el miedo y algo más salvaje: la emoción pura de lo desconocido. Sintió el latido de la noche en su pecho cuando la criatura descendió, flotando en el aire como si no respondiera a la gravedad, como si su cuerpo fuera apenas un contorno entre dimensiones.
Cuanto más se acercaba, más podía distinguir Jayce. El tono celeste, brillante, casi ectoplasmático que se curvaba sobre una forma humana... o algo cercano. No estaba hecho de carne, y sin embargo había belleza en su materialidad incierta.
Cuando tocó tierra, su presencia lo envolvió como una ola. Jayce sintió que algo lo arrastraba, que su voluntad se diluía, que el mundo alrededor se difuminaba. Todo su cuerpo tembló, y su mirada buscó el suelo como un acto reflejo, como si arrodillarse con los ojos bastara.
-¿Fuiste tú quien me llamó a este lugar? -preguntó la criatura, y su voz era un canto subterráneo, profundo, suave... extrañamente familiar, como si ya la hubiera soñado.
Jayce apenas podía moverse, aún sentado en su silla de madera. La quietud lo había atrapado... pero la curiosidad le quemaba más que el miedo. Siempre sería así.
-Yo... -alcanzó a decir con dificultad, la garganta seca, la voz entrecortada-. No... no lo sé.
Alzó la mirada poco a poco. Sus pupilas estaban dilatadas, y lo que vio robó el aliento que le quedaba.
Unos zapatos de tacón alto, suspendidos apenas sobre la tierra, se enroscaban en los tobillos de unas piernas largas y elegantes. Estaban cubiertas por cuero ceñido, adornado con patrones antiguos que se alzaban hasta la cadera, donde se mecían con un ritmo imposible de reproducir. Unos cortes delicados dejaban entrever la piel luminosa de sus muslos, brillante como si estuviera hecha de otro elemento. Desde la cintura descendía una tela burdeos, vaporosa, que se arrastraba como niebla sobre el césped.
Más arriba...
Oh.
Más arriba, casi no había nada. El torso y los brazos estaban desnudos o casi. La luz en esa zona brillaba con aún más intensidad, como si aquel cuerpo se fundiera con el aire. Sobre el pecho, hombros y antebrazos, una especie de armadura etérea en forma de mariposa parecía respirar con él, tan delicada como viva.
No. Esto no era el demonio de San Juan. No era lo que decían los cuentos de terror. Era algo distinto. Algo que parecía venir de otro plano, más cerca de los muertos que de los condenados. Y, sin embargo, su sola presencia erizaba la piel.
Y entonces, lo vio.
Frente a él, a apenas unos centímetros de distancia.
Jayce intentó tragar saliva, pero su boca estaba seca. Con esfuerzo alzó la cabeza. Y cuando sus ojos se encontraron, fue como si todo lo demás perdiera sentido.
La luz de su mirada era intensa, sobrenatural. Una energía blanquecina, reverente, vibraba desde sus pupilas. Un poco de esa luz se filtraba entre sus labios, curvos, entreabiertos en una sonrisa que era malicia y sabiduría a la vez. Una capucha larga enmarcaba su rostro, ocultando partes de su identidad, acentuando otras, como si su verdadera forma no pudiera ser vista por completo.
Entonces extendió su brazo, largo, definido, con movimientos que desafiaban el tiempo. Su mano, de dedos interminables y fríos como la muerte, se posó sobre la de Jayce. La tomó con suavidad. La suya, caliente y sudorosa, se rindió ante el contacto. Dejó escapar un pequeño gemido, no de dolor, sino de rendición involuntaria, cuando soltó la guitarra. Esta cayó con una delicadeza mágica, como si flotara, hasta descansar sobre el pasto sin dañarse.
La criatura comenzó a rodearlo con la misma elegancia etérea. Una de sus manos se posó sobre su hombro, y una humedad fría se deslizó hasta su cuello, provocándole un escalofrío que lo dejó sin aliento.
Jayce temblaba. Pero no quería huir. No podía.
Había algo reverencial en todo aquello. Algo hermoso.
Como si el universo se hubiera detenido solo para él.
O al menos eso quería creer.
-Me llamaste -repitió la criatura suavemente, ahora más como una afirmación que una pregunta.
Jayce parpadeó. La criatura ya no estaba frente a él. Se había movido sin que lo notara, deslizándose a su espalda como un pensamiento furtivo.
Sintió primero la mano posarse sobre su hombro, liviana, casi etérea. Luego descendió con lentitud por su cuello, rozando apenas su piel, hasta apoyar la palma con una presión sutil sobre su pecho. Antes de que pudiera reaccionar, una segunda mano fría se deslizó hacia su rostro. Se posó sobre su mentón, y el pulgar trazó el borde de su labio inferior con una suavidad que rozaba lo hipnótico. El agarre era firme, pero no violento; una dirección más que una imposición, como si guiara su atención hacia algo que debía recordar.
Jayce alzó el rostro por la presión, y lo miró. El otro estaba inclinado sobre él, sus ojos brillando con una intensidad suave, curiosa. Tenía la cabeza ligeramente ladeada, como si observara una criatura frágil y fascinante. Su rostro estaba demasiado cerca. El resplandor que lo rodeaba lo envolvía en un aura inhumana, pero algo -una curva precisa en la comisura de sus labios, una expresión apenas insinuada- le resultaba... vagamente familiar.
En algún rincón de su memoria, algo pulsó.
-Me recuerdas a alguien -dijo la criatura, su voz deslizándose con una cadencia casi musical-. Alguien que conocí hace ya demasiado tiempo.
Jayce contuvo el aliento. Sus narices casi se rozaban. El aliento de la criatura era como aire de invierno, helando sus mejillas sin tocarlo. Su cercanía no era exactamente intimidante... pero sí desconcertante, profundamente íntima en su silencio.
Y entonces, sin aviso, se alejó.
Jayce se recompuso con torpeza, soltando al fin el aire que había contenido. Su voz tembló cuando logró hablar.
-Yo... lo siento. No sabía que esto iba a suceder. Solo quería... saber...
Pero la criatura ya no lo miraba.
Había vuelto el rostro hacia la higuera que se alzaba sobre ellos, y ahora contemplaba las flores que crecían en sus ramas con una atención ajena, como si en ellas se proyectara algo lejano. Extendió la mano hacia una de las flores y la sostuvo entre los dedos con delicadeza.
Su semblante había cambiado. No del todo -no tenía un rostro expresivo, como el de un humano-, pero algo en su postura, en la forma en que tocaba la flor, había perdido el peso inquisitivo de antes. Ahora era otra cosa. Nostalgia, quizás. O una tristeza demasiado antigua como para nombrarla.
-Pronto morirán - dijo con voz profunda y melancólica, casi como un susurro. Más como un pensamiento que se escapó de sus labios.
Jayce podía sentirlo. Como una corriente eléctrica en el aire, como un recuerdo que no era suyo. Como el eco de una visión atravesando su mente.
Con un gesto casi ceremonial, la criatura cortó la flor y la sostuvo sobre la palma. Se volvió hacia él una vez más.
Jayce sintió el corazón martillarle en el pecho. Cada paso que daba la criatura hacia él intensificaba esa pulsación, hasta que fue lo único que pudo oír.
Con lentitud, la criatura tomó su mano derecha -aún cerrada con fuerza sobre su pierna- y la envolvió con sus dedos. Una energía extraña recorrió su piel, subiendo por su brazo, pero ya no le temblaban las manos. Respiró profundo.
-Abre -dijo simplemente.
Y Jayce obedeció.
La flor fue depositada en su palma. Pequeña, blanca, resplandeciente. Frágil. Hermosa. Tan efímera como quien la entregaba.
Hubo un momento de pausa mientras el momento se asentaba entre ellos como pequeñas partículas eléctricas. Como si ese pequeño momento diera tregua al peso de las palabras que por tanto tiempo no eran capaces de pronunciarse.
-Espero que te traiga prosperidad -dijo la criatura, y por primera vez, sus palabras parecieron profundamente sinceras. De pronto, una corriente de aire cortó el ambiente como una daga en la oscuridad. Jayce tuvo que cubrirse un poco, dejando su cabello alborotado, nublándole parcialmente la visión, mientras notaba que la figura frente a él parecía desaparecer durante unos segundos. -Creo que debo dejar este lugar ahora.
Jayce vio cómo sus dedos jugaban en el aire, como midiendo fuerzas invisibles.
-La carga atómica de este mundo es inestable para mi cuerpo -murmuró más para sí que para él-. Puedo sentirlo.
Jayce apenas comprendió lo que decía. Aunque algo dentro de su cabeza pensó que de alguna forma ese argumento tenía sentido. Aunque no lo hacía menos inquietante. Tal vez él mismo aún estaba demasiado confundido con la situación como para procesarlo del todo.
Pero quería hacerlo.
-¡Espera! -exclamó, como si pudiera retenerlo con solo una palabra.
Pero la criatura ya había comenzado a desvanecerse. Volvió la vista hacia la flor en su mano. Ya empezaba a marchitarse. Los pétalos, antes tersos y luminosos, se tornaban quebradizos, marchitos. Tan fugaz como un sueño.
Un viento gélido sopló a su espalda, haciéndolo cerrar los ojos con fuerza. Cuando los abrió de nuevo, la criatura había desaparecido.
La flor también. Solo quedaban partículas flotando a su alrededor, suspendidas en el aire como polvo de estrellas.
Como si nada de lo ocurrido hubiera sido real. Como si solo quedara la certeza de algo que rozó su alma... y se fue.
**
Las aves ya se escuchaban cantar al borde de la ventana, dando aviso de una nueva y soleada mañana.
Podía sentir su cuerpo tan pesado, como si estuviera a punto de fundirse con la cama. Y los ojos pegados, imposibles de abrir.
Ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta allí anoche.
De pronto, todas las imágenes de la noche anterior vinieron como una oleada en su cerebro adormecido.
¿Qué? ¿Había sido solo un sueño?
Contrario a la razón y a la coherencia, algo en el dolor de su cuerpo le decía que no. Aunque bien podría haber estado pasando por un episodio delirante. Sabía que no habría sido la primera vez, de todas formas.
El pensamiento lo hizo querer removerse entre sus sábanas. Sentía que se estaba volviendo loco.
Y justo entonces, algo crujió bajo su almohada.
Estiró el brazo y lo sacó: un pequeño ramo de flores medio aplastadas.
-¡Mamá, te dije que no pusieras flores bajo mi almohada! -gritó Jayce, ya escuchando el traqueteo familiar de su madre por el pasillo.
Aún era muy joven para casarse. Y si realmente había todo había sido un sueño... difícilmente era uno que pudiera predecir a su futuro compañero.
Ella entró en la habitación con una sonrisa grande y luminosa, abriendo las cortinas de la pieza con entusiasmo.
-Ay, corazón, ¡tienes que contarme con quién soñaste!
-Mamá, por favor... -suspiró Jayce, cubriéndose la cara con ambas manos en un gesto de exasperación.
-Oye, si tú no le pones empeño al asunto, lo tengo que hacer yo. Ahora dime, ¿cómo va a ser mi futura nuera...?
Siguió vociferando mientras se alejaba hacia la cocina.
-¡... o yerno! -se le escuchó gritar desde allá.
Jayce soltó un quejido y se dejó caer otra vez sobre la cama.
Luego se levantó de golpe. Rodó sobre el colchón y estiró el brazo debajo de la cama hasta tocar algo duro y redondo.
-¡Mamá! ¡También las papas, en serio! ¡Te dije que no las pusieras debajo de la cama!
Le había explicado más de una vez cuando era pequeño que eso era solo un ritual antiguo. Pero su madre aún insistía cada año.
Jayce recordaba su voz con claridad: "Elegir al azar una papa pelada es señal de austeridad, una papa a medio pelar es señal de cambios y una papa con piel es símbolo de prosperidad. La flor bajo la almohada te dirá en sueños con quién te casarás."
Ridículo. Y sin embargo...
Recordó lo que ella le había dicho apenas unas semanas atrás mientras hablaban por teléfono:
-Parece que la higuera va a comenzar a dar frutos.
Sería una bendición encontrar una flor de higuera este año.
Dicen que florece justo a la medianoche de San Juan, por solo unos segundos.
¿Recuerdas lo que decía la abuela? Quien la vea, tendrá suerte y prosperidad para siempre... aunque bueno, ya sabes, son solo cuentos.
Jayce había rodado los ojos en su momento.
Pero la había visto.
La había sostenido en la palma de su mano.
Y luego, como una estrella fugaz... desapareció.
Apretó los dedos sobre su palma vacía, recordando ese resplandor breve.
Tan real. Tan efímero. Como todo lo importante en la vida.
**
Su madre lo acompañó hasta la estación, pese a sus insistencias de que no era necesario. Pero ella quería despedirse como era debido.
Se abrazaron con fuerza.
Jayce sintió que una parte de él se aflojaba un poco, como si recién entonces comprendiera que algo había cambiado.
El silbato del tren interrumpió ese momento. Jayce corrió, girándose justo antes de subir para hacerle un gesto amplio a su madre.
Ella agitó la mano con energía desde el andén, con lágrimas contenidas y una sonrisa serena.
Ahora el vagón estaba mucho más lleno que la última vez.
Jayce tuvo que recorrer varios pasillos antes de encontrar uno un poco menos concurrido. Fue entonces cuando vio una melena castaña de espaldas.
Imposible.
El chico se giró para buscar algo en su bolso, revelando su perfil.
Era él.
Y esta vez, el destino había dejado un asiento libre justo en frente.
-¿Está ocupado este asiento?
Viktor se giró rápidamente, sobresaltado por su voz.
Sus ojos parpadearon, abiertos por la sorpresa. Un leve tinte rosa subió por sus pómulos.
-Oh... hola. No, está desocupado -dijo, aferrando la tela de sus pantalones mientras desviaba la mirada. Llevó uno de sus largos dedos a los labios, como meditando algo.
Jayce le dedicó una sonrisa de lado.
Se acomodó lentamente en el asiento mientras se concentraba en ordenar sus pertenencias.
Pronto se percató de que el silencio perduraba y se asentaba pesadamente entre ellos. Ya no era como la vez anterior. De alguna forma, era distinto.
¿Lo había hecho sentir incómodo la última vez?
Tal vez no planeaba volver a verlo y ahora lo estaba forzando a sentarse con él nuevamente.
Miró al suelo unos instantes mientras pensaba, cuando de pronto recordó algo.
-¡Ah!
Viktor se sobresaltó en su asiento. Esta vez lo miró directamente a los ojos.
-¿Qué pasa? -preguntó con una ceja arqueada.
-Recordé que mi madre envió algunas de sus galletas para el viaje... ¿te gustaría probarlas?
Viktor parpadeó, un poco más sorprendido de lo que debería.
-Sí... sí, me gustaría mucho -dijo con un tono más firme.
Jayce rebuscó rápidamente en uno de los grandes bolsillos de su abrigo donde había dejado la bolsa de galletas, cuando sintió algo más.
Un papel doblado.
Jayce lo sacó y comenzó a abrirlo lentamente.
¿Un mensaje de su madre?
Pero cuando lo abrió, su corazón dio un vuelco.
"Llámame cuando quieras.
Viktor
+569XXXXXXXX"
Jayce agarró el papel con tanta fuerza que casi se despedaza entre sus dedos.
Cuando levantó la mirada, la cara de Viktor era de un lindo tono rosa brillante, desde la nariz hasta las orejas.
Una de sus manos intentaba cubrir sus ojos tintados de vergüenza. Casi podía verlo sacar humo.
Era encantador.
Hizo que su corazón palpitara fuertemente.
Jayce se echó a reír, cubriéndose la boca para no hacerlo demasiado notorio. No por burla.
Sino por ternura. Por alivio.
Entonces vio a Viktor levantar la mirada y fijarse en él.
-Te queda bien -dijo Viktor, haciendo un pequeño gesto apuntando a su propia barbilla-. No la tenías la última vez que te vi.
Jayce se llevó la mano a la barbilla imitando el gesto.
No se había afeitado hacía ya tres días.
Soltó una risa nerviosa. Esta vez fue su turno de sonrojarse hasta el cuello.
Recordó cuál de las papas había sacado de debajo de la cama esa mañana.
Una papa con piel.
Gran fortuna.
El tren arrancó, y el paisaje comenzó a moverse lentamente a través de la ventana.
El viaje de vuelta se haría demasiado corto otra vez.
Y probablemente tendría mucho que contarle a Cait a su regreso.
