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El tiempo te mantuvo conmigo

Summary:

Y del espacio inexistente, el pelirrojo hizo crecer otro sentimiento completamente desconocido, uno que Ango empezaba a dudar que se repetiría con alguien más, aún con el continuo paso del tiempo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: El océano que nunca olvidaré

Chapter Text

 

 

—Aún me intriga los ingredientes de la dichosa sopa, tuve que ir a trabajar aún con las náuseas —el hombre de gafas redondas sonrió a su acompañante. Una sonrisa suave y divertida, extraño, considerando que aquella creación le costó una visita al médico— No dudo que Dazai se lleve el secreto a la tumba.

 

Ango podía reír abiertamente de la infección estomacal obtenida, aun si en su momento regañó al castaño y al pelirrojo, al último por secundar la idea. 

 

Él sabía que sería uno de sus recuerdos más preciados.

 

Lo presentía.

 

—No estuvo tan mal.

 

—¿No dijiste que te prohibieron el curry picante por una semana?

 

Dazai se había retirado temprano, con la expresión decaída que duró unos fugaces momentos antes de recordar el porqué salía tan apresurado. 

 

Algo de ver el resultado de una trampa para cierto pelirrojo de baja estatura.

 

Ango lo compadeció en silencio.

 

—Hay mucho silencio sin la escandalosa presencia de Dazai.

 

Oda sonrió, con la copa en los labios— Es verdad.

 

El hombre más joven volvió a reír, sin razón, el alcohol estaba haciendo sus respectivos estragos en su sistema. Observó el escaso líquido que aún se mantenía en el cristal que yacía entre sus manos, dudaba de la cantidad de alcohol ingerido sea solo de uno o dos vasos ante su actitud risueña, no tan común en él.

 

De por sí ya era extraño que riera tan seguido en una sola noche.

 

Si se le puede considerar rareza disfrutar de la compañía.

 

Le agradaba el tenue aroma amaderado y picante de la canela que emitía el alfa, acompañado del licor servido, era fácil perderse en las notas.

 

Ango deseó impregnarse del olor.

 

Y casi al instante, corrigió ese pensamiento. 

 

Sabía que debía ir a casa.

 

Aún si no quería.

 

Pero entre querer y deber, podía alegar que el licor en su sistema ya había tomado la decisión.

 

El trabajo lo consumía como una vela encendida, ir de un lado a otro por el mundo recolectando la información que guardaba en la bóveda de su mente y eso era solo un trabajo. De solo repasarlo, las conocidas punzadas en su sien se hacían presentes, Ango decidió relajarse con el alcohol fluyendo por su sangre y que lo demás quedara congelado en otro plano, alejado del bar. 

 

Parecía que el pelirrojo a su lado estaba en una situación similar. Las mejillas ligeramente sonrosadas bajo la cálida luz lo dejaban en evidencia, si le sumaba la tambaleante y ligera sonrisa, Ango podía afirmar con certeza que Odasaku se encontraba ligeramente mareado.

 

Eran contadas las veces en que el hombre mayor tomaba más de la cuenta, Dazai no perdía la oportunidad para hacerle preguntas con las que divertirse luego. Si es que el joven ejecutivo no terminaba derramado sobre la barra, en un sueño profundo.

 

De lo comúnmente silencioso que era Odasaku, el alcohol encima lo volvía más abierto al diálogo.

 

Aun si era mínimo ese cambio.

 

A Ango le gustaba presenciarlo.

 

Se disparaba ese interés por escucharlo hablar con no solo frases cortas, saber más del alfa. Aún si él nunca compartía un dato personal, seguía anhelando con un crudo egoísmo conocerlo a fondo.

 

Una marcada inclinación hacía el hombre de la mafia que no mata.

 

Quien no tiene interés en subir de rango aun con las extraordinarias habilidades.

 

Quien adora el curry exageradamente picante.

 

Quien rescata niños a los que las tragedias les arrebataron todo.

 

—¿Y qué hay de los niños?

 

—Están bien, todos ellos.

 

—Vamos, Odasaku, dame detalles —Ango zarandeó ligeramente la conocida gabardina, robándole una ligera sonrisa al pelirrojo. 

 

—Bueno, la última vez que los visité, sentí que había algo extraño en el lugar, no peligro, sino…

 

Mientras la mafia se empeñaba en tomar la vida de Shibuzawa, aquel recadero se vio interesado por las vidas que solamente serían números en el registro, daños colaterales.

 

A quienes nadie les importaría.

 

Cuando el joven omega redactó los informes, conoció su existencia, se encargó de revisar sus expedientes. 

 

¿Quién diría que aquel hombre aparecería frente a sus ojos? Un día cualquiera, en una situación bastante irregular e incluso cómica.

 

Podría ser incluso irónico, pensó, un agente del gobierno interesado en un miembro de la organización a la que investigaba desde adentro. A los ojos de un tercero sería lo común si ese interés iba relacionado a obtener información que beneficie su labor…

 

Pero Ango adoraba escucharlo con el sencillo afan de admirarlo.

 

Quizás sea la sutil sonrisa, una leve alza en las comisuras que Ango no pasaba desapercibido.

 

Quizás sea la ligereza con la que los ojos azules adquieren un brillo al que quedar prendido, el oceano vibrante en el verano.

 

Quizás sea eso y más.

 

Él realmente prestaba atención.

 

Uno de sus codos se apoyó sobre la barra, apoyando su mejilla, donde su mirada luchaba por centrarse en las palabras y no en los labios que las emitían, aún si se dejaba llevar un poco al suavizar sus gestos.

 

Sakaguchi no era ajeno a sus sentimientos.

 

Oda le resultaba fascinante.

 

Un hombre que pasaba desapercibido, simple y sencillo, sin misterios o tretas, un libro con las páginas abiertas. De apacible mirada azulada, el hombre emitía una atmósfera en la que era fácil sumergirse hasta perderte en las profundidades del mismo océano.

 

No era la primera vez que sentía atracción hacia un hombre, tuvo encuentros fugaces, pero sí la primera en que algo más que simple deseo le aleteaba en el estómago, algo más íntimo, más suave que anhelar compartir una sola noche, algo que él se jactó como irracional, el querer darlo todo por una persona le resultaba ilógico, un futuro acompañado no sonaba propio para él.

 

Ango podía reír del mal chiste que resultaba, era un agente encubierto, ya era demasiado riesgoso sentir amistad hacia el par de hombres con los que se encontraba en aquel escondido bar, en un estrecho callejón de Miyuki.

 

Aun con el escaso espacio para los sentimientos, Ango logró uno para sus amigos, los primeros que obtenía, la posesión más preciada que poseía a sus veinte. 

 

Y del espacio inexistente, el pelirrojo hizo crecer otro sentimiento completamente desconocido, uno que Ango empezaba a creer que no encontrará en alguien más, ni con el continuo paso del tiempo.

 

Sin la capacidad de ver el futuro, lo supo.

 

En el constante caos en que vivía Ango Sakaguchi resultó imposible no sentir todo por la paz emitida por Oda Sakunosuke; deseando que permanezca como la última página de un libro. 

 

Si se hubieran encontrado en otra situación, en otro tiempo, habría deseado conservar el sentimiento, que explote en él ese anhelo de construir algo más allá de un presente, alterando sus planes de vida para integrar a Oda. 

 

Ango lo hubiera hecho.

 

En otra situación, cuando no sean sujetos de organizaciones enemigas, en una en que no oculte la verdad y sea la sinceridad la que inicie su amistad.

 

Ango ha estado al borde del abismo en múltiples ocasiones, tantas que ha perdido la cuenta y aún así, cumplía con su trabajo al pie de la letra. Pero qué complicado le resultaba mantener callado los sentimientos cuando una tonta sonrisa luchaba por emerger cada que iba dedicada al pelirrojo. 

 

Él rompía sus esquemas, su dedicada disciplina, con la fuerza del océano. 

 

Solo podía mantenerlo encubierto, un interminable silencio de miradas que sostenían sentimientos encerrados y de risas demasiado alargadas. 

 

Uno más de sus interminables secretos.

 

Uno que pesaba como un baúl contra su pecho.

 

Oda continuaba hablando, Ango intentó que su atención regresara a la anécdota, maldiciendo al alcohol al complicarle el labor.

 

Claro, el alcohol, se jactó en su mente. 

 

Una vaga excusa.

 

Resultaba más sencillo frenar el mundo que detener el anhelo de ese toque en su rostro, en sus manos.

 

E incluso tocando sobre su traje.

 

Su propio consciente no tarda en reprenderlo por tales pensamientos, si no hubiera aprendido a manejar sus expresiones, sus mejillas se hubieran encendido en un instante, como si se tratara de un adolescente experimentando su primer amor.

 

Agradeció que Dazai se haya retirado, siendo tan observador ya lo hubiera descubierto y expuesto. 

 

Si es que no lo ha hecho ya.

 

—...entonces, quedé cubierto de harina y huevo, cuando entré a lavarme, mi cabello parecía tener una masa viscosa.

 

—Espera, ¿te frotaste todo eso encima?

 

—Sí.

 

Ango frenó la risa con los labios presionados y las mejillas hinchadas.

 

Hasta que la imagen del cabello caoba con una masa blanca en él fue suficiente para hacerlo estallar en carcajadas.

 

Se reía como nunca antes, como nunca creyó posible, al borde de las lágrimas y teniendo que sostenerse el estómago.

 

—Quizá, la próxima sea un pastel.

 

Al rato, Odasaku le siguió la risa.

 

En esa brevedad, en ese pequeño espacio del tiempo, Ango agradeció haber aceptado involucrarse en la mafia, sabiendo a cuestas el constante riesgo que corría.

 

Pero valió la pena, por haber coincidido con Odasaku.

 

Por ello le resultaba tan desolador abandonar el bar. El exterior gélido le recordaba que volvían a ser un informante y un recadero, por apariencias, hasta el día en que la verdad se asome a la luz y el agente encubierto no tenga más opción que desaparecer de sus vidas. 

 

Aunque esa noche no sería. 

 

Oda caminaba a su lado, con la vista al frente, no era rara la oportunidad en las que se mantenía su compañía hasta alguna calle en especifico, parecía que esa noche de luna llena decidió acompañar a Ango hasta su alojamiento.

 

Después de todo, el pelirrojo era así.

 

Si el corazón del agente se emocionó, no mostró pistas.

 

Estaban a una calle, tan cerca de mantener una vez más en silencio sus sentimientos hasta la siguiente vez en que la casualidad les permita reencontrarse.

 

Ango ya deseaba esa noche.

 

Un leve roce entre sus dedos le hizo caer en cuenta de lo cerca que se encontraban, a unos centímetros. 

 

El callejón no era lo suficientemente estrecho para orillarlos a tal cercanía.

 

De todas formas, él podía con ello.

 

—Cuando ríes, eres maravilloso, Ango.

 

De imprevisto, su paso frenó, atrayendo la curiosidad de Oda.

 

Ango lo miró desde su posición, acomodando sus gafas.

 

—¿Sucede algo?

 

Claro que sí.

 

Sucedía demasiado.

 

Temer caer es una tontería cuando ya se está en el suelo.

 

Ango sonrió en un suspiro, en rendición, quien ha perdido la guerra después de tantas batallas— Lo haces tan difícil, Odasaku.

 

Como era de esperar, el pelirrojo se mostró confundido. 

 

Aquel baúl de secretos podía aligerar su peso.

 

Una vez más podía culpar al alcohol y sus desenfrenados latidos que le impedían escuchar la razón.

 

Acortando la distancia, Ango delineó con sus manos las mejillas, recorriendo el contorno del rostro, adorándolo. El ligero picor de la barba recién afeitada contra su tacto le encendió el corazón. 

 

Oda lo observaba, atento, sin moverse, esperando el siguiente movimiento.

 

En el azul profundo buscó alguna duda, algún impedimento que lo aleje, que no permita que se incendie todo lo que ha luchado por conservar. Pero cuando Oda retiene el tacto en su rostro y se acurruca en sus manos. Ango sabe que perdió.

 

Sin perder el tiempo, tira de ese agarre hacia él, tomando el sabor del licor entre sus labios. Su corazón se encendió en una chispa que no podría ser apagada, avivada en el momento que Oda lo rodeó por la espalda, apretándolo contra su cuerpo.

 

Ango se sintió completo en ese lugar, como si siempre lo hubiera esperado.

 

Hecho a su medida. 

 

Hecho para él. 

 

Los ojos verdes amenazaron con humedecerse, siendo detenidos por la llama que quemaba gracias al toque sobre su traje. Resultando imposible conservar la prudencia y calma, Ango empujó al hombre contra el muro más cercano, dejando que la animosidad entre sus bocas refleje el deseo que crepitaba por sus venas.

 

Siendo recibido con la misma intensidad cuando el alfa le aprieta la cintura contra él, un agarre firme que casi logra que Ango pierda la compostura en ese mismo callejón. 

 

Un suspiro se les escapó de entre los labios, en busca del dichoso oxígeno. Ninguno se movió de los brazos del otro, una leve mirada entre el océano y la pradera bastó para desear que el tiempo se ralentizara, que el pasado y el futuro no existieran, solo ese presente.

 

Era asfixiante, Ango se vio arrinconado a romper el espacio compartido ante la mirada azul atónita. Sin darle más tiempo a reaccionar cuando tomó su tacto con una de sus manos, entrelazando el toque áspero contra el suyo, sin la intención de soltarlo. 

 

Ango lo guió hacia el hospedaje, creyendo por un momento que Oda pudiera retractarse y huir de él. Más solo lo observó caminar a su lado, quizá hasta más rápido que el mismo, hasta caer dentro de la habitación. 

 

Con la puerta cerrada, Ango se vio arrinconado por unos labios ansiosos y un agarre en los hombros, en su cadera, en su cintura, ambas manos tocando por sobre la ropa con desesperación liberada. Él no se queda atrás cuando una de sus piernas se cola entre las de Oda, la rodilla rozando hacia arriba, lo suficiente para obtener suaves jadeos.

 

Entonces, el toque se detiene sobre los botones de su camisa. 

 

Oda luchaba por verbalizar su petición. 

 

Ango no frenó la suave risa que se le escapó.

 

—¿Puedo…?

 

—Puedes hacer lo que quieras.

 

Oda pareció procesar sus palabras, pero Ango no le dio tiempo cuando volvió a unir sus labios mientras las prendas caían, resultaba encantador, la inexperiencia que sacaba a relucir el alfa, tanto que permitió que el afecto sea liberado en sus gestos, que sus mejillas se enciendan y deje ir cada suspiro rendido entre besos que tanto ha añorado. 

 

Pero quería más.

 

Tomar más.

 

Emocionado ante el deseo egoísta de dejar marca en Odasaku, de regresarle tan solo una pequeña parte de lo mucho que ha conseguido introducirse en su cabeza.

 

La mayor parte de él gritaba que se sometieron al hombre que luchaba por seguirle el ritmo. Ceder el control por esa noche, por una única vez, permitiendo que lo adore con las yemas de los dedos.

 

Como nunca creyó que alguien lo tocaría.

 

Y así lo hizo, permitió ahogarse en el azul de sus ojos, dejándose llevar entre las sábanas, guiándolo sobre él, dándole su lugar entre sus piernas.

 

Guiándolo a su dolorosa necesidad. Ango se retorció ante los dedos que empujaban dentro y fuera de él. 

 

Oda carecía de experiencia, que era superada ante lo rápido que aprendía y tomaba el control.

 

Ango realmente lo necesitaba dentro, con urgencia.

 

—Espera, no cargo con protección. No puedo...

 

—Olvídate de eso, tengo pastillas. 

 

—¿No son dañinas para ti?

 

—Algo, sí.

 

Oda no luce convencido.

 

No piensa discutirlo, así que lo atrae con sus piernas, está siendo tan descarado que se desconoce, pero la forma salvaje en que el alfa lo mira basta para restregarse contra el miembro erecto. 

 

Se ofrece en bandeja.

 

—Por favor.

 

Pudo escucharlo tragar, solo es un momento y tiene lo que quiere al sentirlo alinearse en la húmeda entrada.

 

Ango gimió al sentirlo apretarse lentamente contra su cuerpo. Oda se acercó a él mientras tomaba una de sus manos, donde entrelazó sus dedos; con la mano libre sujetaba la cadera salpicadas en pecas, meciendo las propias hasta estar completamente dentro.

 

Oda lo observaba sorprendido, incluso maravillado, como si fuera irreal la imagen frente a él. 

 

O solo eran ilusiones del calor que le sacudía el cuerpo entero.

 

—¿Qué te pasa? —preguntó Ango, empezando a sentir como la incomodidad disminuía. Sus manos recorrieron el cabello caoba, jugando con los mechones entre sus dedos.

 

—Nada, es que…eres muy hermoso, demasiado. 

 

Ango se sintió nervioso, incluso cohibido, su corazón dio un vuelco y cayó de un abismo, en que solo podía ser atrapado por las manos de Oda. 

 

Sin saber cómo reaccionar, optó por atraerlo hacia sus brazos, hasta el alcance de su oído, donde murmuró suavemente.

 

—Odasaku, muévete.  

 

Oda jadeó en un respingo, obedeciendo al volver a tomar las caderas, retroceder y estrellarse contra el delgado cuerpo, marcando un ritmo certero que volvió al agente un manojo de jadeos.

 

—¡Mmh…!

 

Los sonidos que escapaban de sus labios fueron silenciados al ser tomados por la boca de Oda entre besos húmedos y desordenados. Ango lo incentiva a ser más duro, más brusco y no se arrepiente de la decisión cuando Oda guía a una de sus piernas por sobre sus hombros y embiste.

 

—¡Joder!

 

El cambio repentino arremete contra la razón de Ango, las embestidas empiezan ser más frenéticas, golpeando tan profundo que su cuerpo se reduce a recibirlo.

 

Su piel ardía al igual que su corazón.

 

Ha compartido encuentros fugaces, pero nunca uno tan intenso, que le destrozaba los pensamientos, centrándose solo en lo bueno que era el alfa. 

 

Era perfecto.

 

Como si Oda fuera hecho para él.

 

Ango deseó que fuera eterno, seguir llamando a Odasaku mientras buscaban el placer mutuo, saciarse hasta acabar con el otro, porque dudaba que existiera otro. 

 

Solo quería que fuera él, solo él.

 

Le cedería el completo control de su vida si se lo pidiera.

 

Lo supo desde antes de conocerlo, de lo que podría llegar a significar, había tanto que lo cautivaba.

 

Aun si se iba, Odasaku siempre sería el tormento con su nombre grabado, ese daño que permanecerá de la forma más hermosa posible.

 

Lo había devastado por completo.

 

Deseó haberlo dicho esa noche antes de desplomarse en sus brazos a los segundos en que Oda terminó en él.

 

Deseó decir más, pero prefirió vivir el momento, dejar guardado el momento en Odasaku lo abrazó y besó su frente.

 

En unas horas, Ango se despertó en el mismo instante en que el alba se alzaba por la ventana, suaves destellos dorados colándose por la habitación iluminaron el cabello rojizo que se esparcía sobre las almohadas, armonizando con la expresión relajada. Resultó imposible no sonreír, deseando delinearlos con sus manos, encerrarse en el espacio entre sus brazos y no moverse de ahí hasta observar el azul despertar.

 

Deseó mucho para alguien como él, pensó, al terminar de vestirse y retirarse.

 


 

¿Era jueves?

 

O quizás era Martes. 

 

Ango no lo sabía, incluso sin conocer si el sol había caído o permanecía. Dudaba en sí había consumido bocado alguno que no sea un paquete de galletas o el despreciable café de la máquina, que en los últimos días le parecía más horrible de lo común, orillando a su estómago a arrojar.

 

Apenas recuerda las últimas semanas, desde que regresó a la División especial de poderes inusuales, el reloj había saltado de día en día. 

 

Pasando como páginas blancas, ausentes de historia, ausentes de relevancia.

 

Pero algo tenía muy en claro.

 

Oda había muerto.

 

Ango lo sabía.

 

No se atrevió a visitarlo, había algo que se lo impedía, aún si conocía el lugar donde descansaba. Prefirió encerrarse en su oficina, con trabajo pendiente y del que ni era relevante, privarse de la luz en esas cuatro paredes, fríos muros de inmensos papeleos, tomándolas como un refugio.

 

Uno que lo alejaba de la verdad del exterior.

 

Quizá así podía engañarse a sí mismo.

 

Negando los últimos días, como si nunca hubieran sucedido, siendo solo productos de su imaginación, un ataque de una habilidad desconocida.

 

Algo que le permita salir de esa pesadilla.

 

Negándose una y otra vez.

 

Pero había algo que pesaba tanto, dentro de su pecho, amenazando con quebrar sus costillas. 

 

Podría considerar las lágrimas no derramadas, que se negaban a aceptar la partida.

 

O que trataba de evitar el fresco recuerdo de  aquella mirada de profunda tristeza, una tormenta iracunda que amenazaba con quebrarse. La última que le dirigió Oda antes de marcharse. 

 

La recuerda bien.

 

Era justo que no lo haya dejado terminar, rompió su corazón y con el de él, el suyo.

 

Ango resopla, a penas pudo redactar el informe más complicado de su vida laboral.

 

Lo sucedido entre Mimic y Port Mafia.

 

Como PM obtuvo el permiso comercial calificado, todo por obra de Mori Ougai, una estrategia prácticamente perfecta. 

 

Ango tuvo que tomarse lapsos de tiempo para continuar redactando, pero sin importar cuanto lo aplazara, el tormento solo crecía como la presión en su pecho.

 

Considerando cada suceso, la posibilidad de haber hecho las cosas diferentes surcaba su mente, cada posible camino que hubiera llevado a un diferente desenlace, pero solo fue usado desde un inicio. Después de todo, él guió la idea de que ambas organizaciones se enfrentaran.

 

Y el resultado obtenido llevó a Ango a tomar el papel entre sus manos y apretarlo con toda sus fuerzas, esperando que la historia desaparezca. 

 

Sus manos tiemblan con ira contenida, debería ser contra Guide quien disparó el arma, contra Ougai por orquestar todo el plan desde un inicio, incluso contra el mismo Oda por ir a su muerte segura, pero entre todo el pastel de la responsabilidad, Ango solo puede ver la porción que se sirve frente a él.

 

No puede hacer más que dejarse caer sobre el escritorio, entre sus propios brazos. 

 

Está tan cansado, mataría por un jugo de tomate, pero no por uno de cualquier bar, ninguno sabría igual, incluso el del propio Lupin.

 

Entre unas hojas, retira un trozo de papel y lo mira con los ojos cansados.

 

Es aquella foto. 

 

Él, Oda y Dazai.

 

Ango tiene que tragar el mal sabor de boca que se acumuló sobre su lengua.

 

Aun cuando hizo de lado aquella noche, Oda lo permitió, no lo presionó, le dio su espacio, sin alejarse de su lado. Ango deseó tanto un peor trato, uno que no le permita desear volver a tener sus labios sobre los suyos. 

 

Él sabía bien, que si abría la boca para revelar sus sentimientos, confesaría todo, cada secreto caería de su boca.

 

Lamentablemente, no fue el único secreto que salió a la luz, parecía que todo se alineó para salir de su escondite, una burla de la vida al cortarle de improviso la compañía en el bar. 

 

Ango sabía que se había acabado, que su tiempo con ellos había llegado a su final. Dazai lo descubriría con la misma facilidad que se emplea en quitarle un listón a un obsequio y Odasaku sabría la verdad.

 

Pero de entre las posibilidades consideradas, el pelirrojo había llegado para salvarlo, basado en una corazonada.

 

Una corazonada. 

 

Ango podría haberlo golpeado por la imprudencia, pero su corazón solo se emocionó como un tonto. Aun con cada prueba en su contra, Oda eligió creer en él, sosteniendo el engaño como si se tratara de la única verdad.

 

¿Cómo Ango pudo verlo a los ojos y continuar con la falsedad? 

 

De entre todos los escenarios posibles, observarlo postrado contra el césped mientras le pedía que huyera fue el más cruel qué la vida le pudo guiar. 

 

La cabeza le empieza a punzar a niveles graves, su corazón se oprime, dolorosamente.

 

Aun así, no aparta los ojos, sus dedos recorren el centro de la foto.

 

Ango aún puede recordar la tranquilidad de sus ojos, aún si cierra los suyos, recuerda cada toque en los rincones de su cuerpo que aún si se arrancarara la piel jamás serían borrados.

 

Fue una noche, solo tuvo que compartir una con el hombre mayor para querer su vida entera a su lado. Despertar y que lo primero que vea, sean los mechones caoba sobre sus mantas. 

 

Sabiendo que lo suyo estaba destinado a ser la brevedad de un momento.

 

La ausencia de futuro.

 

Se preguntó, ¿si se hubiera quedado, el pelirrojo lo hubiera despertado con un beso en los labios? 

 

Ango rió amargamente.

 

Se repitió incontables veces, engañándose con la idea de que podría vivir con no volver a compartir una copa con Odasaku.

 

Pero nunca estuvo preparado para su eterna ausencia.

 

Quizá, en algún lugar de su ilusoria mente, creyó que en un futuro podría buscarlo.

 

Lo siguiente, es borroso, Ango no recuerda más que la infinita oscuridad.

 


 

Subió las escaleras, a aquella colina en la que un frondoso árbol se alzaba y creaba una extensa sombra.

 

Sus zapatos golpearon contra los charcos de agua.

 

Lo único que escuchaba era el incesante caer de las gotas de lluvia, el clima ceniza y la densa neblina le impedían admirar el océano.

 

No había nada azul brillante, ni el mismo cielo, todo era tan carente de color.

 

Cada paso se sentía irreal, apunto de desfallecer y caer en la humedad del césped.

 

Esperando que en algún momento su mente acabara con el sufrimiento.

 

No tenía que ser un intelectual superior para saber que no sería así.

 

Nunca quiso decir adiós, porque no quiso que sea el final.

 

¿Por qué se tardó tanto en decirlo? Creyó estúpidamente que aún tendría tiempo.

 

Tiempo.

 

¿Qué tiempo?

 

Ya no quedaba nada.

 

Porque él se había ido.

 

Sus pasos se detienen frente a la lápida y con ello, cada fibra de su corazón se quiebra como hilos desgastados, que ya no son capaces de tolerar el dolor que sostienen.

 

Los labios le tiemblan, están resecos, tiene una sensación de vértigo que amenaza con desplomarlo al mínimo suspiro.

 

Pero ya no lo va a callar más.

 

—Te amo. 

 

Porque Oda se había ido.

 

Y nunca se lo diría al rostro, nunca volvería a verlo sonreír.

 

Nunca más.

 

—Te amo, lo siento. Lo siento tanto…

 

Murmuró una y otra vez, en un hilo de voz quebrada, hielo delgado que mostraba sus grietas ante cada paso y solo se extendía, más y más.

 

Es inminente la angustia, lo golpea como un desastre, es incapaz de frenarla y se deja consumir, cuando su vista se humedece. Aún cuando las trata de detener al frotar bajo las gafas, solo termina por sentir su rostro húmedo.

 

Aún si buscó entre sueños, un lugar donde no haya arruinado nada, donde Oda todavía se encuentre mirándolo con destellos de sol en los ojos, como si nunca hubiera existido esa última conversación en el bar. Se encuentra en esa noche, en ese hostal de paso, volviendo a los brazos seguros de Odasaku mientras le reparte besos en el rostro hasta conseguir despertarlo.

 

Entonces, despierta y las mantas están frías.

 

Odasaku decidió terminar con su vida.

 

Ango se quiebra.

 

Aquella delicada calma se deshizo, no volvería a existir. 

 

—Lo siento, lo siento, lo siento…

 

El cuerpo de Sakaguchi no aguanta más, se desploma de rodillas contra la humedad de la tierra y el césped, el paraguas queda tendido a un lado.

 

Su mirada recorrió una y otra vez el nombre escrito en la piedra pulida, la respiración se le acortaba entre cada palabra, ahogándose en su propio llanto— Lo siento, lo siento…

 

Oda se había ido. 

 

Y no volverá.

 

No puede más que convencerse que es culpa suya, él guió ese camino. Mató a Odasaku, no importa cuanto intente verlo desde otra perspectiva.

 

Era responsable de la muerte del hombre que amaba.

 

Y era responsable de la muerte del padre de la vida que crecía dentro de él.

 

Una de sus manos cae sobre su vientre, era imposible sospechar su estado hasta que cayó inconsciente en su propio escritorio y los exámenes le arrojaron la cruda verdad.

 

No pudo evitar preguntarse si Odasaku hubiera habría cambiado de opinión sobre enfrentar a Guide si conocía la existencia de su bebe.

 

¿Hubiera sido suficiente?

 

Pero nunca lo sabría.

 

—Lo siento. Lo siento tanto…

 

Ango alzó la voz a medida que lo repetía, llegando a los gritos, que la lluvia luchaba por sofocar. No importaba si quebraba su garganta, su cuerpo temblaba ante la fuerza que ejercía. 

 

Ni su cabello húmedo, ni las lágrimas que nublaban su vista le impedían leer el grabado de piedra.

 

S.Oda

 

Su cuerpo le traicionó ante los espasmos del incesante llanto qué derramada contra su rostro, el cielo parecía quebrarse y con él, Ango compartía el sentimiento. Las manos temblaron violentamente contra la gélida piedra, todo en el amenazaba con desmoronarse con un suave soplo.

 

En algún punto, su cuerpo se reclinó contra la lápida, sin cesar su llanto, el gélido viento lo orilla a abrazar sus rodillas húmedas, como si en aquella posición pudiera alcanzar algo de calor. 

 

No en esta vida Odasaku, pero quizás, en la siguiente, piensa, con una sonrisa rota.

 


 

El calor de agosto era insoportable.

 

Los ojos verdes se pierden en el cielo despejado, completamente azul.

 

Ango es meticuloso, calculador, tiene todo cronometrado y aun así, no previó el infierno que viviría en una camilla al dar a luz, si fue el constante dolor de las contracciones o la ausencia de una compañía. No lo pensó mucho, porque si continuaba por ese rumbo, el aire que a duras penas podía respirar, se volvía afligido, doloroso, considerar que podría tener a Odasaku a su lado.

 

Incluso a Dazai.

 

Pero no era así. 

 

Y nunca sucederá.

 

Si Ango derramó unas lágrimas, lo atribuyó al dolor que le quedó después del parto.

 

Siempre fue alguien que prefirió valerse por sí mismo, que caminaba sin nadie a su lado.

 

En cuestión de minutos, traerían al pequeño ser que dependería de él. 

 

Resultaba incluso aterrador.

 

Aun después de nueve meses, sigue resultando irreal encontrarse en esta situación. 

 

—Señor Sakaguchi, ¿está listo para conocer a su bebe? Es un niño sano.

 

Ango apenas podía moverse del dolor, pero eran más las ganas de ver a su bebé. 

 

Su bebé, una gran dicha floreció en sus venas y lo recorrió de extremo a extremo.

 

La enfermera le ayuda a acomodarlo contra su pecho, sus ojos cansados no tardan en recorrer cada ángulo de piel enrojecida, apreciando al pequeño ser que tantos problemas le ha causado.

 

Desde los antojos por comida picante hasta las incómodas patadas en las madrugadas.

 

No se pierde de ningún detalle, deslizando su tacto por la pequeña nariz de botón, por las mejillas regordetas hasta detenerse en los delgados cabellos. 

 

Fue lo que atrajo su atención de inmediato, Ango apreció el color del fuego en ellos, su sonrisa no disimuló la felicidad que sostenía su corazón, mientras unas ligeras lágrimas se acumulaban en sus ojos.

 

Hormonas, entornó los ojos.

 

Debía elegir un nombre.

 

Por más que haya tenido tantos en mente, no dio con el indicado y creyó que en el momento en que lo tuviera entre sus brazos, lo decidiría.

 

Ango lo acerca hasta su rostro, dándole de su aroma y le plasma un beso en los pequeños mechones.

 

El bebe reacciona, lo reconoce como su madre al acercar sus pequeñas manos a él  y deben ser sus hormonas alborotadas, porque le parece tan hermoso. Hasta que sus párpados dejan ver ligeramente lo que esconde tras ellos.

 

Ango no reprime el sonido de sorpresa que se le escapa, parece que su hijo eligió no tener ningún rasgo suyo a pesar de que cargó con él por 38 semanas. 

 

Pequeño traidor.

 

El azul del océano encapsulado en los ojos de su pequeño.

 

Los mismos que creyó nunca volver a mirar.

 

Entonces lo tiene.

 

Acaricia los suaves mechones— Kaito, mi pequeño Kaito.

 

 

 

 

M

 

 

Notes:

Kai significa océano y el to, viene a ser como volar o elevarse, de todas formas, la forma en que Ango lo llama es Kai ;u;