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Offbeat

Summary:

La música tiene maneras raras de juntar a la gente. Izuku Midoriya brilla en el escenario con una luz que parece imposible de alcanzar, mientras Katsuki Bakugo escupe cada palabra como si fuera dinamita. Cuando sus caminos se cruzan, lo lógico sería que todo explotara… pero lo que aparece es una melodía extraña, fuera de ritmo, que ninguno sabe cómo callar.

Entre colaboraciones forzadas, festivales abarrotados y rumores en internet, sus discusiones se convierten en canciones, sus miradas en silencios que dicen demasiado. Touya Todoroki se mantiene como sombra entre ellos, recordándoles todo lo que no se puede perdonar.

Aun así, cuando el compás cambia y el offbeat marca el ritmo, Izuku y Katsuki tendrán que decidir si se quedan atrapados en el ruido… o si se arriesgan a crear algo nuevo juntos.

Chapter 1: La primera chispa

Notes:

¡Hola, seres vivos! 🩵
Sí, sí, ya sé lo que están pensando: “Ecos, deberías estar escribiendo tus otras historias, no empezar una nueva”. Y yo lo sé, LO SÉ, pero ¿qué quieren que haga si mi cerebro es como una radio mal sintonizada que de pronto me lanza canciones, dramas y escenas de baños incómodos? 😭 Así que aquí estamos, en vez de avanzar capítulos pendientes, les traigo un bebé nuevo que todavía ni gatea pero ya quiere correr.
Prometo que va a tener todo: tensión rara, gente que no sabe si pelearse o besarse, fandoms haciendo edits, y yo sufriendo con cada línea. Acompáñenme en este caos, que probablemente me robe horas de sueño pero también me haga sonreír como tonto en el proceso. Si todo sale bien, van a reír, gritarle a la pantalla y tal vez tirarme un zapato virtual por hacerlos sufrir. Pero hey, ¿qué es la vida sin un poco de sufrimiento ficcional?

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Título Alternativo: Baño ocupado (por problemas emocionales)

 

Sabía que no debía venir.

No es que me falten excusas para decir que no. Las tenía todas listas: agenda llena, dolor de cabeza, crisis existencial. Pero no. Aquí estoy, atrapado en un salón brillante, con luces blancas que parecen empeñadas en mostrar cada poro de mi cara, sonrisas falsas por todos lados y gente vestida como si compitieran en una subasta de trajes caros.

Y, por supuesto, Crashcore también está aquí.

Porque la vida tiene un sentido del humor muy cruel.

Si fuera cualquier otra causa, habría dicho que no sin sentirme mal. Pero no. Tenía que ser una gala de beneficencia de la Asociación de Apoyo Integral —los mismos con los que colaboré el año pasado para financiar terapias de salud mental en barrios vulnerables. Un proyecto que vi crecer desde cero. No puedo darles la espalda.

Así que estoy aquí, apretando un vaso de agua como si pudiera exprimirse, intentando esquivar cualquier mención de la banda de hard rock más ruidosa y problemática de la escena. Lo peor es que no es paranoia: ya vi a Mina Ashido —la bajista, imposible de ignorar con ese pelo— riéndose con un grupo de periodistas. Eso significa que Katsuki Bakugo no puede estar muy lejos.

Mi pecho se aprieta. Y no por emoción.

Suspiré, intentando relajar los hombros. Al menos Yoru no está solo.

Pensar en él me ayuda. Ese gato es mi cable a tierra, mi compañero de rutinas y, a veces, la única razón por la que me levanto de la cama en días malos. Yoru no entiende de fama, ni de conciertos, ni de escándalos en Twitter. Él solo quiere dormir en mi regazo y que le rasque la barbilla.

Dejarlo solo nunca me gusta, pero esta vez al menos lo dejé en buenas manos. Le pedí a Touya que lo cuidara. Bueno… “pedí” no es la palabra exacta; más bien lo llamé y él aceptó sin pensarlo demasiado, como siempre hace cuando se trata de Yoru.

El teléfono vibra en mi bolsillo. Lo saco con la esperanza absurda de que sea un mensaje de “puedes irte, todo se canceló”. No. Es una foto. Touya, con una de esas sonrisas que le salen sin esfuerzo, sentado en mi sofá. Yoru, medio dormido, hecho un ovillo contra su pierna.

Sonrío, sin querer. Me dan ganas de responder algo, pero me contengo. Aquí no.

Para cuando termino de dar mi cuarta entrevista de la noche —todas con las mismas preguntas y sonrisas mecánicas— siento que la piel me tira bajo el maquillaje.

Hora de respirar. Y retocarme, porque si me veo como me siento, parezco el protagonista de un documental sobre el estrés.

Me escabullo hacia los pasillos laterales, esos que no salen en las cámaras. La señal del baño está justo al final. Un par de pasos más y podré quitarme del ruido, al menos por unos minutos.

Lo que olvidé —porque en mi cabeza estos eventos deberían tener un mínimo de justicia divina— es que los baños aquí son para todos.

Y que la suerte no suele estar de mi lado.

 


 

El baño está vacío cuando entro. Genial.

Me acerco al espejo, bajo la luz blanca que no perdona ni un poro, y saco el pequeño estuche de maquillaje que llevo siempre en los eventos. Nada grave: solo necesito retocar un poco la base y corregir la esquina del delineado. Fácil, rápido.

O eso creía.

La puerta de uno de los cubículos se abre y, como si el universo se hubiera aburrido de verme tranquilo, aparece Katsuki Bakugo. Sale sin apuro, se coloca frente al lavamanos y abre el grifo.

Me congelo.

Literalmente, dejo de moverme. El delineador queda suspendido a medio centímetro de mi piel. Él ni siquiera me ha mirado todavía, pero yo ya siento un nudo en el estómago.

Parpadeo, obligándome a reaccionar. Respiro hondo y retomo el movimiento, como si nada hubiera pasado. No voy a hacer una escena en un baño. No soy ese tipo de persona.

O al menos eso me gusta creer.

—¿Vas a seguir mirándome o vas a decir algo? —su voz rompe el silencio como un golpe seco.

Ok. Puede ser que él sí sea de los que hacen escenas en el baño.

—¿Yo? —levanto las cejas, fingiendo sorpresa mientras vuelvo la vista al espejo—. No sé de qué hablas.

Según las reglas sociales básicas, este sería el momento en que él retrocede y se calla. Claro que Katsuki Bakugo no sigue las reglas sociales. Me mira como si acabara de decir la estupidez más grande del planeta.

—Grosero —murmuro, bajando la vista a mis manos y volviendo a la brocha.

Eso es todo lo que necesita para encenderse.

—Seré grosero, pero al menos yo no defiendo públicamente a un abusador.

Mi cabeza se levanta tan rápido que casi me pego con el espejo.

Ok. Tal vez soy de los que hacen escenas en baños.

—¿Perdón? —la palabra me sale cargada, casi con eco.

Katsuki se seca las manos con una toalla de papel, tranquilo como si estuviéramos hablando del clima.

—No te perdono —responde sin siquiera pestañear.

Siento un nudo formarse en mi pecho, no de nervios, sino de pura molestia.

—Yo no defiendo a ningún abusador.

—¿Ah, no? —su tono es puro veneno disfrazado de curiosidad—. Porque yo recuerdo muy bien unas cuantas entrevistas donde parecías más preocupado por limpiar la imagen de cierto alguien que por reconocer lo que hizo.

Mi mano aprieta el tubo de base con más fuerza de la necesaria.

—No tienes ni idea de lo que estás hablando.

—No, claro —da un paso hacia mí, lo justo para invadir ese espacio personal que la gente normal respeta—. Yo solo estuve ahí.

Mi mandíbula se tensa. No quiero darle el gusto de verme perder el control, pero cada palabra suya es como un dedo presionando una herida abierta.

—Pues si estuviste ahí, deberías saber que las cosas no son tan simples como tú las pintas.

—Lo bastante simples como para saber que nadie se “accidenta” tres veces —su voz baja, casi un gruñido.

Respiro por la nariz, hondo, intentando que no me tiemble la voz.

—No empieces. —Lo interrumpo, pero mi respiración ya está acelerada.

—Tú empezaste con las miraditas. —Se apoya en el lavabo de al lado, invadiendo mi espacio personal como si fuera suyo.

—Estabas en mi campo visual —replico, apretando la mandíbula.

—Claro. Y yo estaba en Marte.

Suspiro, dejo la brocha sobre el estuche y cierro la tapa de golpe.

—No voy a hacer esto aquí.

—Pues yo sí —responde, con una sonrisa que no es una sonrisa.

—No sabes nada de él —escupo, más rápido de lo que quería.

—Y tú no sabes nada de mí —responde, afilado, antes de pasar junto a mí para tirar la toalla en el cesto.

El baño se queda en silencio otra vez, pero mi pulso sigue acelerado, como si estuviera todavía en medio de la pelea.

Notes:

Y hasta aquí el primer capítulo.
Lo sé, lo sé: me volví a dejar arrastrar por el enemies to lovers, pero ¿cómo resistirme? Uno dice “voy a escribir algo tranquilo, sin drama” y de pronto ya tienes a dos personas discutiendo en un baño como si fuera el fin del mundo.
Pero bueno, aquí estamos, y ya quedó sembrado el primer misterio: ¿a quién defiende Izuku? ¿y a quién odia Katsuki con tanta rabia? 👀 Yo sé la respuesta, obviamente, pero me encanta que ustedes teoricen porque así sufren conmigo.
Gracias por leer, de verdad. Los abrazo fuerte y nos vemos en el siguiente capítulo, donde prometo que el drama sigue subiendo (porque no sé escribir de otra manera).