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La luz anaranjada del atardecer se filtraba a través de los ventanales polvorientos del gimnasio, iluminando la amplitud con calidez. El eco de cada nota sacude el lugar hasta morir en el silencio.
En el centro, sentada sobre una silla plegable y mirando una partitura arrugada colocada descuidadamente en un atril, Nava sostenía el oboe contra sus labios con firmeza. Tenía el cabello adherido a la frente por el sudor y las manos temblorosas por el cansancio, sus pulmones ardían con cada respiración profunda y una incómoda resequedad se extendía por su boca.
Suspiró con frustración y estrelló su zapatilla contra el piso sonoramente. Tomó la hoja entre la tensión de sus dedos y la releyó sin parpadear un par de veces más. Quería estar segura de hacerlo perfecto, sin errores o pausas prolongadas entre cada nota.
La puerta del gimnasio se abrió, sacándola del trance de manera inevitable.
Giró la cabeza y su vista se posó sobre la figura en la entrada. Keila.
Keila sonrió tímidamente. “Lo siento,” vaciló un segundo, “por la interrupción.”
Nava suspiró e hizo un gesto despreocupado con la mano, sosteniendo el oboe sobre las rodillas y sonriendo para no parecer hostil. “Está bien, estaba por irme.”
“Podés quedarte, si querés.”
“No creo que puedas concentrarte con mis intentos mediocres de tocar el oboe de fondo.”
Keila rió suavemente, asintiendo con la cabeza. “Bueno, tenés un punto.”
Nava bajó la mirada, encontrándose cohibida de pronto. Se inclinó para guardar el instrumento dentro de su estuche y cerró la tapa con un clic seco, alzándolo después y sosteniéndolo contra su pecho con cierta torpeza. Restregó sus manos sudorosas contra su camiseta y se levantó, caminando hacia la entrada con pasos suaves y meticulosos.
“Nos vemos, Nava.” Keila sonrió, inconsciente de la tensión que comenzaba a pesar sobre el cuerpo de Nava.
“Nos vemos.” La voz de Nava abandonó su garganta en un convincente intento de seguridad, teñida de su característica amabilidad. Se permitió girar hacia atrás sólo un momento, sonriendo con la misma dulzura con la que Keila le había sonreído tan sólo un par de segundos atrás.
Al cruzar la puerta, sus ojos se abrieron como platos al encontrarse con el apresurado latido de su corazón, palpitando dolorosamente entre sus costillas. Sacudió la cabeza y no detuvo su marcha hasta estar en casa.
Keila y Nava no son tradicionalmente amigas. No se buscan después de clase, no comparten grupo social y probablemente no se contarían secretos personales, pero han hecho buenas migas gracias a las lecciones extra de inglés que ofrece la escuela.
La interacción constante ha creado una cercanía ligera pero genuina entre ellas.
Fuera de las lecciones, quizá se saluden en el pasillo, intercambiando algún comentario breve o una sonrisa. Y es esto último lo que hace que Nava se sienta tan estúpida ahora mismo. ¿Qué carajos fue eso en el gimnasio?
Como sea, ahora está tumbada sobre su cama mientras Momonga, su mejor amiga, habla sin parar sobre Youngmiko y… ¿Dónde dijo que quiere que le ponga las manos?
La imagen de Keila, bañada en luces de tonos rosados y anaranjados, mientras hablan con su distintivo acento y su risa rebota entre las paredes del gimnasio se hace presente en su mente por milésima vez en el día.
“¡Puta sea, Nava! ¡Te estoy hablando!”
“Eh, perdón.”
Momonga la mira con una mezcla de molestia y confusión mientras se estira sobre la cama. “¿Ya vas a decirme qué te pasa o no?”
Nava toma una almohada de su lado y hunde la cara en ella, amortiguando un grito que abandona lo más profundo de su garganta de forma grutural.
“A la verga...”
