Work Text:
"Sempiterno: Que durará para siempre; que, habiendo tenido un principio, no tendrá un fin"
[...]
Naruto odiaba los días de limpieza. Sobre todo cuando le tocaba ordenar el ático. No lo hacía a menudo; solía mantenerse limpio durante mucho tiempo ya que evitaba usarlo.
Pero eventualmente se cubría de tierra, así que tenía que limpiarlo. No le causaba nada de gracia.
Así que sin pensarlo mucho, el rubio subió los escalones hacia el ático, cada paso resonando con un eco amortiguado. Al abrir la puerta, un aire denso pero no del todo desagradable lo recibió, mezclando el olor de madera vieja con un toque de polvo asentado.
El polvo flotaba, lento y pesado, en los haces de luz solar que se filtraban por la claraboya, iluminando un universo de cajas olvidadas y muebles fantasmales. Naruto respiraba ese aire espeso, cargado de memoria. Cada partícula en suspensión le raspaba la garganta, pero el dolor en el pecho era un peso mucho mayor, un hueco familiar y devastador que llevaba meses intentando llenar. Pero ya no podía seguir escapando.
Cajas alineadas contra las paredes guardaban ecos de su pasado, sobre todo de su adolescencia: juegos viejos, ropa que ya no le quedaba, libros con tapas desgastadas y totalmente subrayados. Cada objeto era un recordatorio de momentos vividos, y es por eso que tenía miedo. Miedo de encontrarse con eso.
Naruto suspiró. Realmente no quería pensar mucho en lo que estaba o no en la habitación. Mientras antes terminara de limpiar, mejor para él.
Se adentró en el ático, sintiendo la madera firme bajo sus pies. El polvo se elevaba mínimamente a su paso, como una suave bruma.
Se arremangó la camisa con impaciencia, listo para la tarea. Abrió las ventanas a regañadientes, dejando entrar un poco de aire fresco. Tomó un trapo y comenzó a limpiar las cajas de manera mecánica, sin prestar mucha atención a lo que contenía cada una.
Limpió los muebles, el piso, las ventanas, y todo lo que tuviera una superficie, lo suficientemente profundo como para no tener que subir de nuevo durante un largo tiempo.
Realmente no sabía cuanto tiempo estuvo allí arriba, pero estaba satisfecho con como había quedado. El ático estaba limpio, pero Naruto sintió una falsa sensación de alivio. Había evitado lo que temía y por eso la tensión persistía en sus hombros. Cerró las ventanas, como si sellara el pasado nuevamente, y se encaminó a bajar las escaleras.
A mitad de camino, su pie tropezó con una madera suelta. Se tambaleó, extendiendo los brazos para recuperar el equilibrio, pero al hacerlo su mano golpeó una caja que había dejado sobre el piano; esta cayó al piso, volcando su contenido sobre el suelo.
Naruto maldijo en voz baja y se agachó para recoger las cosas. Parecían ser solo unos libros que ya no usaba de la universidad.
Hasta que lo vió.
Mierda. La suerte no estaba de su lado hoy, ¿no?
Era un álbum de fotos. Su álbum de fotos.
Lo tomó con manos temblorosas. Forrado en un terciopelo azul marino, tan oscuro como la noche invernal, las esquinas estaban blanqueadas por el roce y el tiempo. Lo sacó con una reverencia involuntaria, soplando suavemente para revelar el color original bajo la capa gris. Se sentó en el banco del piano, con las piernas cruzadas, y lo apoyó sobre sus muslos. El latido en su pecho era un tambor lejano, un presagio.
No pudo evitar sonreír. Dudó por un momento. ¿Debería abrirlo?
Al carajo; si ya había metido la pata, ¿Que más daba terminar de hundirla?
Al abrir la pesada tapa, el olor a papel viejo y a recuerdos encapsulados lo golpeó. No era desagradable. Pero era el aroma de una vida que ya no era suya. Las páginas crujieron al pasar, revelando fotografías amarillentas y un tanto borrosas. Naruto recordó cuando cumplió 13 años, cuando su padrino le regaló una cámara de fotos. Había dicho algo así como "para espiar en los baños de las chicas" pero el rubio sabía que Jiraiya se la había regalado para más que eso.
O eso esperaba, al menos.
Naruto lo extrañaba mucho. Agh, sabía que iba a llorar, pero no pensó que lo haría tan pronto.
En la primera página estaba una foto panorámica del paisaje desde su balcón, tomada al atardecer. El cielo era una herida abierta de naranjas, púrpuras y rosas profundos. Naruto recordó el frío del aire ese día, el viento haciéndole cosquillas en las orejas, la determinación feroz de capturar esa belleza efímera con su primera cámara decente. No había nadie en la foto. Solo la inmensidad del paisaje y la promesa de todo lo que estaba por venir.
Pasó la página. Se encontró con una secuencia de flores. Había un primer plano de una margarita blanca y perfecta, con gotas de rocío atrapadas en sus pétalos como diamantes minúsculos. La siguiente, una rosa roja semiabierta, sus capullos aferrándose unos a otros con una urgencia voluptuosa. Y luego, su favorita: un girasol gigante, su cara dorada inclinada hacia un sol invisible. Las había tomado en el jardín botánico de la ciudad, un domingo de primavera en el que se sintió extrañamente en paz, observando y reconociendo por primera vez la belleza de las flores.
Su mirada se dirigió a la página contralateral; era un collage de animales, específicamente de los que se encontraba en la calle. Había una foto de un gato callejero negro escondido bajo un auto, sus ojos esmeralda brillando con desconfianza. Debajo, había un colibrí revoloteando frente a su ventana; una vez había leído que si aparecía uno de estos en el jardín, era para contar que las almas de los que uno ama están bien, y no pudo evitar sacarle una foto. También había un perro durmiendo en un charco de sol en la acera, tan abandonado a su sueño que parecía derretirse en el cemento. Naruto sonrió, siempre había amado a los animales.
Luego, el álbum dio un giro. La soledad de los paisajes y los animales fue reemplazada por el calor desordenado de la gente.
El Team 7.
La foto estaba un poco torcida, fue tomada por el brazo extendido de Kakashi. Allí estaba Sakura, con su pelo rosa recogido en un moño desaliñado y una sonrisa tan amplia que le achinaba los ojos, llena de una confianza que aún se estaba construyendo. En la esquina de la foto, Kakashi, con su único ojo visible curvado en una sonrisa cansada pero genuina, dando una paz vaga a la cámara. Él mismo, Naruto, en el centro de la foto, con los brazos extendidos para abrazar a todos. Veía su propia sonrisa, la cual era como un faro de energía pura.
Y luego, Sasuke. A su lado derecho, ligeramente apartado, como si la fuerza centrífuga de la felicidad de Naruto pudiera expulsarlo del encuadre. No sonreía, claro que no. Su expresión era una máscara de fastidio adolescente, los brazos cruzados con rigidez. Pero Naruto, que conocía cada uno de sus microgestos, vio lo que nadie más podría: la suavidad casi imperceptible alrededor de sus ojos, la comisura de su boca que no se curvaba hacia abajo, sino que se mantenía neutra, lo que era un triunfo monumental contra su habitual ceño fruncido. No era felicidad, pero era tranquilidad. Y Naruto sabía que era por la presencia de ellos a su lado. El rubio pasó el dedo por la imagen de Sasuke.
—Te quejaste durante una hora por esa foto—susurró al polvo—Dijiste que era una pérdida de tiempo.
La siguiente imagen los mostraba a los tres sentados en las gradas del viejo campo de fútbol del instituto, compartiendo una bolsa de papas fritas. Ese día habían aprobado su último examen de la preparatoria. La luz era dorada, lo que indicaba el final del día y por ende, el crepúsculo.
Ese momento de la tarde siempre le había parecido muy romántico.
No sabía quien les había tomado esa foto, pero estaba eternamente agradecido. En ella, Sakura se reía de algo que Naruto había dicho, y él tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta en una carcajada silenciosa. Sasuke miraba al frente, no estaba mirando nada en especifico.
Pero estaba sonriendo.
Era una sonrisa pequeña, privada, que parecía dirigida a la bolsa de papas fritas, pero era innegable para Naruto que Sasuke realmente estaba cómodo. Y feliz.
Naruto recordó el sabor salado de las papas, el leve calor del sol en su nuca, la sensación abrumadora de pertenencia. Era uno de esos momentos en los que uno piensa: "Quiero que esto dure para siempre" a pesar del conocimiento de que no es posible. Porque el tiempo pasa, los sentimientos cambian, los momentos se escapan como si fueran arena entre los dedos y las personas se van.
Y entonces, el álbum se volvió subversivo. Se convirtió en un secreto a plena vista. Las fotos de grupo se espaciaron, y empezaron a aparecer retratos robados. Y de su mejor amigo, de hecho.
Las páginas se llenaron de fotografías de un Sasuke distraído, la mayoría tomadas sin que él se diera cuenta (en las que se veía igual de guapo) y había algunas donde miraba fijamente a la cámara con su cara seria natural, pero se notaba el cariño en su mirada.
Naruto se detuvo en una, donde el pelinegro estaba dormido en la biblioteca. Su cabeza reposaba sobre un libro abierto de química avanzada, sus pestañas oscuras creaban medialunas perfectas bajo sus ojos. La luz cálida de la lámpara del escritorio acariciaba la línea de su mandíbula y la curva de su labio inferior. Su expresión era de una paz tan vulnerable que le quitó el aire a Naruto entonces, y se lo quitaba ahora también. Había tomado esa foto arriesgándose a que lo descubrieran, con el corazón martilleándole en el pecho, sabiendo que estaba cruzando una línea de la cual aún no era consciente que no podría regresar.
Ese solo era el comienzo del amor a la belleza absorta de un Sasuke Uchiha desprevenido.
Naruto avanzó unas páginas. Encontró otra foto de Sasuke, esta vez mirando por la ventana del aula. La lluvia corría por el cristal detrás de él, destellando como lágrimas de cristal. Su perfil era una línea de melancolía perfecta, y su mirada estaba perdida en algo que Naruto no podía ver. Entonces, no pudo evitar tomar una foto. Porque Sasuke era tan hermoso que el rubio podría observar su rostro por horas hasta memorizar cada marca de su piel, cada pestaña en su mirar y cada vez que la comisura de sus labios se elevaba brevemente ante un recuerdo memorable.
Debajo había otra fotografía de Sasuke, comiendo ramen en Ichiraku (obviamente, arrastrado hasta allí por Naruto). Un hilo de caldo le manchaba la comisura de la boca. Tenía los ojos ligeramente entrecerrados, concentrado en la tarea como si fuera la cosa más importante del mundo. El rubio había reído al ver la mancha, y Sasuke había alzado la vista, confundido, con un fideo colgando de sus labios; ese fue el momento captado. La foto era torpe, divertida, y profundamente humana. Y fue en ese preciso instante, mirando a través del visor de la cámara al chico perfecto e inalcanzable con un bigote de caldo, que la verdad le golpeó con la fuerza de un rayo:
Estaba enamorado. Y profundamente.
No era admiración, no era rivalidad. Era amor. Puro, terrorífico y sempiterno.
El álbum, entonces, dio un gran giro; Las fotos ya no eran robadas. Eran compartidas. Naruto observó la primera selfie juntos. No era del Team 7. Era solo de ellos dos, apretujados en el encuadre del teléfono de Naruto. El rubio sonreía y brillaba como el mismo sol, su ojo azul demostraba pura alegría. Sasuke, detrás de él, tenía la barbilla apoyada en el hombro de éste. No sonreía, pero sus ojos negros sostenían la mirada con una intensidad tranquila, una posesividad serena, y un alivio inconmensurable.
Era la mirada de alguien que había llegado a casa.
Naruto recordó el calor del cuerpo de Sasuke contra su espalda, el olor a su shampoo y el vértigo de tenerlo tan cerca; nunca se había sentido así, con la sensación de acariciar el cielo cada vez que él lo tocaba.
Porque para este punto, Naruto era tan de Sasuke que jamás volvería a ser de él mismo. Al menos no completamente.
El rubio dio vuelta la página, para encontrarse con la foto del acuario. Estaban de pie frente al tanque de medusas, bañados en una luz azul etérea y pulsante. Le habían pedido a una chica que les tome una foto, pero se ve que les había sacado un par incluso cuando no estaban posando. En ella, sus caras estaban iluminadas por las formas fantasmales que flotaban detrás del cristal. Naruto miraba las medusas, boquiabierto. Sasuke no. Sasuke miraba a Naruto. Su brazo rodeaba la cintura del rubio con una naturalidad que hacía que el corazón de Naruto se acelerara de nuevo al verla. El amor en la expresión de Sasuke era tan claro, tan desprovisto de toda barrera, tan puro. Naruto recordó haberse vuelto y encontrarse con esa mirada, y el mundo entero, con todos sus acuarios y sus peces, se había desvanecido. Y solo existían ellos dos, flotando en esa luz azul.
También estaba la selfie en la feria del balneario. Sasuke, vestido de negro, estaba sosteniendo un enorme peluche de un zorro naranja que le había ganado en un puesto de dardos. Parecía consternado y absurdamente orgulloso al mismo tiempo. Naruto, a su lado, se doblaba de la risa, casi sosteniéndose el estómago. Esa noche olía a algodón de azúcar mezclado con la suave brisa salada del mar cercano. El cielo estaba lleno de luces parpadeantes, provenientes tanto de los focos de la feria como de las estrellas, que parecían brillar más que nunca. Sasuke había gastado más dinero del que estaba dispuesto a admitir para ganar ese zorro, solo para ver sonreír a su rubio cuando se lo regaló.
A su lado, encontró otra imagen. No era la foto más llamativa del álbum. No tenía el colorido de la feria, la belleza etérea del acuario ni la alegría explosiva de las selfies. Estaba pegada en una esquina de la página, un poco ladeada, como si hubiera sido colocada en un arrebato de timidez o de urgencia. Pero para Naruto, era una de las más importantes. Era el acta fundacional. La fotografía capturaba solo sus manos descansando sobre la madera gastada de la mesa en una cafetería. Los dedos de Naruto, bronceados y llenos de pequeñas cicatrices, se entrelazaban con los de Sasuke, pálidos y de uñas impecables. Junto a ellas, dos tazas de café medio vacías.
Naruto recordó la electricidad del momento. No hubo grandes declaraciones. Solo un silencio cargado, una mirada intensa cruzada sobre la mesa, y entonces, el movimiento valiente de Sasuke al deslizar su mano junto a la suya. Naruto giró la palma y sus dedos se encontraron en un encaje perfecto, un apretón firme que selló todo lo que no necesitaba ser dicho. Ese fue su sí. Su por fin. El día que oficializaron lo que ambos ya sentían. Fue el momento en que dejaron de ser solo amigos para comenzar a ser ellos.
Cada foto era un universo. Un tesoro. Habían decorado las páginas juntos, riendo, discutiendo sobre la disposición. Pegaron tickets del cine, el corcho de la primera botella de vino que compartieron (y que, por cierto, a ambos les pareció horrible), un pétalo seco de la primera rosa que Naruto le regaló a Sasuke ("Porque es terca, bella y espinosa como tú", había dicho).
Ese álbum era su álbum, su prueba tangible de que el amor más grande que eran capaces de experimentar existía.
Pero ese amor no fue suficiente. Porque si bastase con amar, las cosas serían demasiado sencillas. Y la vida no es sencilla.
La sonrisa de Naruto se había desdibujando por completo, ahogada por un mar de nostalgia tan profundo que era físicamente doloroso. Cada recuerdo era un cuchillo dulce, que se hundía cada vez más profundo a medida que avanzaba en cada página. Sabía lo que venía. Su respiración se volvió superficial, un aleteo de pájaro atrapado en su garganta. Con manos que empezaban a temblar, pasó a la última página. Y ahí estaba.
La última foto.
No tenía adornos. No había cinta de colores, ni calcomanías, y mucho menos frases escritas a mano. Solo la foto, pegada en el centro de la página, como un epitafio.
Era de su vigésimo cumpleaños. Estaban en su casa, en la sala de estar. El día se estaba muriendo, bañando todo en un oro líquido y melancólico, digno del crepúsculo que tanto amaba. Naruto tenía una corona de papel dorado, ridícula y adorable, colocada sobre su rubia y rebelde cabellera. Frente a él, sobre la mesa, había un pastel pequeño, casero, con veinte velas titilando como pequeñas estrellas. Su rostro estaba iluminado por su llama, sus ojos azules cerrados, los labios hinchados y redondeados en el instante preciso de soplar. Estaba congelado en un éxtasis de pura felicidad.
Y a su lado, Sasuke, el cual no miraba el pastel. Miraba a Naruto. Su brazo rodeaba los hombros del rubio en una posición relajada, natural. Y en su rostro... había una sonrisa. Pero no la pequeña y contenida como en las fotos de grupo.
Era una sonrisa completa, auténtica y desvergonzada.
Alcanzaba sus ojos oscuros, iluminándolos desde adentro, creando pequeñas arrugas de felicidad en sus comisuras. Era una sonrisa de adoración absoluta, de orgullo, de un futuro infinito y prometido. Era la sonrisa de un hombre que está exactamente donde quiere estar, con la persona que ama, en la cúspide de una felicidad que cree que es solo el principio.
Naruto recordó el sabor del pastel. Demasiado dulce, la crema de mantequilla un poco grumosa, porque Sasuke, a pesar de todos sus talentos, era un pésimo repostero. Pero aún así fue el mejor pastel de cumpleaños que tuvo en toda su vida.
Recordó el peso del brazo del pelinegro, firme y seguro. Recordó el susurro de Sasuke en su oído, después de apagar las velas: "Por todos los cumpleaños que vendrán, idiota"
La promesa. La maldita, hermosa y rota promesa.
Un temblor violento recorrió el cuerpo de Naruto. Las lágrimas que había estado conteniendo—lágrimas de amor, de gratitud por haber tenido eso—se transformaron en algo más oscuro, más profundo, más físico. E insoportablemente doloroso.
Porque esa fue la última foto. La última noche.
No fue una tragedia épica. No fue una enfermedad larga y desgarradora. No hubo heroísmo ni poesía en ello. Fue la brutal y aleatoria estupidez del destino. Un accidente de tráfico. Un cruce. Un conductor que se saltó un stop. Un impacto instantáneo e irrevocable. No hubo tiempo para las últimas palabras, para los dramáticos adioses o una llamada telefónica.
Porque dos horas después de que esa foto fuera tomada, el mundo de Naruto se hizo añicos.
El álbum se cerró de golpe con un sonido sordo que resonó en el ático silencioso. Naruto no lo vio. Sus ojos estaban cegados por un diluvio de agonía. Un sonido gutural, animal, se desgarró de su garganta; un grito ahogado que era el eco de su alma partida en dos. Se dobló sobre el álbum, abrazándolo contra su pecho con una fuerza desesperada, como si pudiera fundirse con las páginas, con los recuerdos, con el fantasma del calor que aún creía sentir.
Los sollozos lo sacudieron con una violencia tempestuosa. No eran lágrimas silenciosas de un duelo aceptado. Eran las lágrimas crudas y frescas de una herida que se abría de nuevo cada día, cada hora, cada vez que respiraba. El dolor no había menguado. No se había transformado en una tristeza amable. Era agudo, fresco y cortante. Un huracán de ¿por qué? y ¿cómo? y necesito que vuelvas lo golpeaba una y otra vez.
Gritó contra el terciopelo azul, ahogando su angustia en la tapa del álbum que contenía toda su luz y toda su oscuridad. Gritó por el pastel que nunca volverían a comer, por las sonrisas que nunca más vería, por el futuro que le fue robado. Gritó por el peso insoportable de un amor que no tenía a dónde ir, que seguía vivo y palpitando dentro de él, condenado a chocar eternamente contra el muro de la realidad.
El amor había el más intenso en su vida. Y ahora, el dolor que era su sombra, también lo era. Ese dolor no tenía fin. Aún está ahí, vivo, latiendo en cada recuerdo, en cada espacio vacío de la casa, en cada página del álbum polvoriento.
Duele como si fuera ayer. Duele como si fuera hoy. Duele como si fuera siempre.
Se quedó allí, en el suelo ya no polvoriento del ático, aferrado al ataúd azul de sus recuerdos, mientras el sol seguía su camino indiferente, a la par que Naruto lloraba por un hombre que se fue demasiado pronto, y por un futuro que nunca tendrán, porque azul y negro no volverán a chocar. Nunca más.
