Work Text:
Era una tarde de verano. Agosto había sido más cálido y húmedo que de costumbre, el sol más despiadado pero destellante como la bella estrella que era. Las calles parecían humear, el calor era despiadado y cada lugar donde Viktor y Jayce se pudieran resguardar era como volver a nacer, fuera en una tienda de abarrotes, una tortillería o incluso una carnicería; sin importar que sus mochilas rebotaran en sus espaldas, sus calculadoras científicas chocaran con sus botellas de agua o sus suéteres verdes doblaran sus libretas, ellos correrían en busca de un respiro.
Jayce había propuesto ir a su casa para realizar el proyecto que les habían dejado en el taller de electrónica, y a comer pues en sus palabras «mamá hace los mejores chiles rellenos». Viktor estuvo de acuerdo con ello, su tío ni de cerca cocinaba tan rico como su madre o abuela, y mucho menos cómo la madre de Jayce. Agradecería poder alimentarse de algo delicioso antes de llegar a casa y tener que acompañar a su prima Oriana en el martirio que era degustar los desabridos platillos de su tío.... especialmente porque no podía negar que a veces, cuando comía en casa de Jayce, sentía sus ojos llenarse de lágrimas ante los recuerdos del sazón de su abuelita, sabores que ella decía que también su madre era capaz de crear; era como regresar al recuerdo inexistente de una vida acompañado.
Mientras atravesaban la avenida principal del, pequeño pero adinerado, pueblo de Piltover Jayce recordó que tenía que hacerle un mandado a su madre. Y ahí estaban ahora, frente a la enorme y majestuosa catedral de Piltover, un lugar de religiosos y turistas, hermosa como dicen que es el paraíso pero un tanto ajena para Viktor.
Antes de entrar por sus portones enormes de madera de caoba garigoleada, Jayce giró para mirar a Viktor y, con su gran y cálida mano morena, persignó el rostro y pecho blanquecino del joven frente a él. Viktor sabía que Jayce había crecido en el seno de una familia católica, su mamá incluso era parte del coro de la iglesia, a diferencia de él que era agnóstico, cómo su tío y su madre, pero estas diferencias dogmáticas jamás tuvieron impacto dentro de su relación. Aunque no podía negar que, cuando de casualidad, pasaban frente a una iglesia y Jayce lo persignaba antes que a sí mismo, mariposas danzantes revoloteaban por todo su cuerpo, no solo su estómago; no creía plenamente en algo divino que cuida de todos, especialmente luego de crecer en un mundo sin su madre, pero cuando él tenía ese pequeño pero significativo gesto con él, pensaba que si «eso» existía, definitivamente se tendría que ver y sentir como Jayce. A simple vista parecería algo intrascendente, pero, el que su corazón deseara protegerlo del mal y le diera una bendición divina hacía que dalias rojizas crecieran en sus mejillas, recordaba cuando su abuela le contaba que su abuelo lo hacía desde que eran novios, antes de pensar en él, ella ya estaba protegida bajo la fe de su amor. El amor y la devoción que se le tiene al otro con quien se comparte el aliento, que viene incluso antes que el pensamiento de una figura divina, era el tipo de amor que Viktor siempre deseó, del tipo de amor que su madre siempre le hablaba, del que deseaba para su único hijo, lo único que le quedaba de su propio amor.
Ambos se acercaron a la pequeña entrada justo al lado de las enormes puertas y entraron con la frente en alto. Jayce conocía ese recinto como la palma de su mano, había ido a la misma iglesia con su familia desde que había comenzado a respirar, sus padres incluso antes que eso; dentro de sus pasillos de piedra volcánica habían contraído nupcias, su historia favorita en el mundo, las fotografías que había de la boda eran las que más amaba observar cuando extrañaba a su padre, su sonrisa mientras abrazaba a su madre era tan brillante como la recordaba. Deseaba poder besar a alguien que amara más que a la vida frente al altar lleno de flores, rodeado de velas y con su familia y amigos sentados en las bancas, observandoles unir sus vidas para siempre bajo el manto santo de Dios, la mirada atenta de quien creía que existía fuera del entendimiento humano, sólo alcanzable a través del fervor del amor que consume hasta el alma... amar a quien parece traer consigo la luz del sol, amar como él ama a Viktor.
Viktor buscó una banca donde sentarse y reposar su pierna mientras Jayce entraba deprisa con el sacerdote a la oficina parroquial. No podía negar lo hermoso que era, con sus pilares de piedra que sostenían el techo lleno frescos contando historias que se derramaban en los vitrales como las lagrimas de las virgenes de porcelana que adornaban las paredes y nichos. Había pasado un tiempo desde que había estado dentro de una iglesia, la última vez tal vez fue en la misa que hicieron para su abuela luego de su fallecimiento, era borroso, no podía terminar de recordar todo, solo podía pensar en los hipidos que percibía con su propia voz, sus brazos sosteniendo a Oriana mientras lloraba y la mano temblorosa de su tío Corin sosteniendo la suya. Tres corazones rotos sentados en una banca idéntica a esa donde ahora se encontraba, su estómago se revolvió un poco ante el leve rastro del recuerdo de un adiós frente al altar.
Trató de disimular su gesto adolorido pero Jayce fue más veloz en su observación. Recién salía de la oficina, su voz clara y animada resonando como una canción en las bóvedas pintadas, era hermosa y dulce, embriagante como el alcohol que ambos habían tomado a escondidas de la cantina de su tío en el cumpleaños de Viktor, esa tarde de invierno en la que el nuevo año parecía querer tomarlos con la mano y unirlos de una vez por todas... y lo hizo. Antes de que se diera cuenta, las manos tibias de su novio sostenían su rostro, Viktor sentía ríos cristalizados viajar por sus mejillas y un pulgar que gentilmente limpiaba sus lágrimas. Jayce estaba hincado frente a él, su rostro iluminado de colores por los vitrales que decoraban las paredes cerca del altar, la luz de la tarde atravesando los cristales de colores para entregar una vista hermosa, su piel del color del cobre que se forja en Santa Clara, sus ojos pareciendo ventanas a la selva Lacandona y sus labios rosados y acaramelados como el turrón, era majestuoso como solo un ángel puede serlo.
El sacerdote había regresado a su oficina al ver la escena, Jayce le había contado que era un hombre con una mente muy abierta a comparación de sus colegas, él entendía lo que era el amor en todas sus facetas, él entendía que lo que somos no solo viene designado por el poder de un ser lejos de lo humano más cerca de lo divino, él deseaba la felicidad de todos, especialmente la de la familia Talis, en la que ahora Viktor era miembro. Eran adolescentes, si, pero él entendía que incluso el corazón más joven puede llenarse de amor verdadero.
Y entonces, de entre el murmullo del mundo se escucharon las más bellas promesas. Dos corazones latiendo al unísono, dos adolescentes que aún cursaban el bachillerato, dos hombres que apenas comenzaban a serlo, Jayce y Viktor que se conocían y amaban desde niños. Un amor que es y solo es, en todo momento, en todo espacio, en cada vida.
—¿Qué pasó, Vik?— el nerviosismo se colaba entre las silabas.
—Mhp,— Viktor apretó los labios— es que, me da miedo perderte... sé que es tonto pero, no quiero que nada nos separe. Ni la gente, ni el miedo, ni la muerte y mucho menos Dios.
—Viktor, —la voz de Jayce no fue más que un suspiro— aquí, frente a este altar, juro que cuidaré tu corazón y vida hasta que el sol deje de brillar y yo deje de amar inventar cosas contigo.
—Eres un bobo, —su risa airosa hizo que sus lágrimas pararan— ¿cómo frente a un altar, Jayce?
—Si, frente a un altar, porque si pudiera casarme contigo justo ahora lo haría, le diría a Dios que me deje amarte a ti y solo a ti, para la eternidad.
—¿Te casarías conmigo incluso en nuestros uniformes de la prepa?— un suspiro que se convirtió en una rosa suave golpeó el corazón de Jayce con una fuerza devastadora, amorosas.
—Incluso así, lo haría porque eres tú, Viktor, siempre tú.
Y entonces, bajo los vitrales del altar, Viktor y Jayce juraron amor, en todas las líneas de tiempo, en todas las posibilidades, ellos y nadie más que ellos. Dos corazones amantes frente a la inmensidad de lo divino, un amor que supera la devoción.
