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Ahí estaban otra vez, esos malditos murmullos. No paraban aún cuando se encontraban en la iglesia, pero eso no era novedad. Quizá hasta le sorprenderían que pararan alguna vez. Ya sea por el color de su cabello o por su delgada contextura, alguien diría algún comentario ridículo y un grupo de ineptos reiría a coro a sus espaldas. Era usual. Ser parte de un grupo de niños pequeños era asquerosamente agotador. Ya quería poder volver a casa y quejarse todo lo que quisiera frente a su hermana mayor, ella siempre tenía esa actitud divertida que le aliviaba y a la vez le hacía querer seguir sacando toda la ira contenida que llevaba en sí. Kori, de catorce años, solía decir que si los otros niños le molestaban terminarían siendo enviados al infierno y arderían como pedazos de pollo asado. Su hermana tenía formas ingeniosas de imaginarse los finales más entretenidos para quienes le fastidiaban.
“Recuérdalo Igi, como pollo asado”.
Sí bueno, eso ayudaba a mantener la mirada serena dentro de la basílica por más murmullos fastidiosos escuchara.
Por un momento giró la vista sobre su hombro, arriba en el palco, sus familiares parecían orgullosos y solemnes pero Kori le interceptó la mirada y le saludó con su habitual gran sonrisa. No tuvo de otra que volver a ponerse firme si no quería ser reprendido.
Día de primera comunión, que ceremonia tan obsoleta. ¿Era necesario hacer todo eso para poder ir a comerse un pedazo de pan? Y eso que se sabía los sacramentos al pie de la letra. Sea como sea solo debía permanecer quieto, escuchar la ceremonia, cantar un par de veces y luego proceder a que tuviera su maravilloso primer bocado de eucaristía. Cuando todos los demás comenzaron a hacer filas terminó quedándose detrás, tratándose de él no le importaba mucho con tal de cumplir. Pero entre ese atropello de niños volando para ordenarse había golpeado el ramo que llevaba consigo y la ira brotaba de su joven cuerpo tratando de ver quién demonios había sido el salvaje. Claramente no lo encontró, pero sus nervios estaban comenzando a ser difíciles de tranquilizar. Resopló y volvió a arreglarse el ramo y el arreglo floral de su tocado. En efecto debía verse puro y perfecto, como un buen angelito.
No faltaba mucho para que fuera su turno de comulgar, pronto terminaría el suplicio. No esperaba que nada más faltar uno o dos mocosos terminara siendo empujado con fuerza hacia un lado. La ola de impacto había venido desde la parte de atrás y hasta el sacerdote había carraspeado y regañado a toda la fila.
Realmente estaba a una de reventar pero volvió a acomodarse intentando regularse una vez más. Estaba siendo demasiado para sus nueve años de edad. Sea como fuera logró su cometido de modo impecable, ceremoniosamente comulgó y agradeció a la Virgen Santísima su sacrificio para ellos, pobres pecadores.
Salió de la cola y al fin pudo reagruparse tras los estúpidos, es decir, tras el resto de su grupo de comunión. Los cuales seguían siendo demasiado ruidosos, un comentario más y no iban a contarla. Al final, cuando ya estaban retirándose y volando de regreso por la parte trasera de la catedral, notó por qué la fila había estado tan alborotada. La fila de mocosos se movía incómoda y había terminado dejando atrás a uno que era demasiado lento para seguirles el paso y vaya que tenía sentido que fuera lento.
—¡A un lado, cerdo!
Escuchó, seguido de burdas imitaciones del sonido de los cerdos que solo los mocosos usarían para burlarse de otras personas. El último niño en fila tenía el cuerpo grueso y la túnica blanca le parecía apretar, casi asfixiar. ¿Es que no hacían esas cosas a la medida? Suponía que rara vez tenían que ser usadas por niños así de… prominentes. A la vez también entendía que lo compararan con los cerdos… tomando en cuenta que su rostro se había coloreado por el esfuerzo que le requería mantener a vuelo ese pesado cuerpo suyo y a la velocidad que los demás se movían. Seguramente lo habían estado molestando toda la ceremonia.
—Oink, oink.
Las risas estallaron, solo el grupo de ineptos seguía burlándose del muchacho que había quedado rezagado. Sus carcajadas no eran poco comunes para él, después de todo, había tenido que vivir con burlas similares porque él era demasiado delgado y aún así jamás habían sido palabras tan asquerosamente crueles. A este niño lo trataban con aún más despreció.
A los ojos de los compañeros de comunión un relámpago de cabello rojizo se abalanzó sobre el grupo que no había dejado de reírse, metió su hermoso ramo decorado en la boca de uno y había noqueado a otro con un derechazo en la quijada. El resto de niños que habían estado burlándose salieron despavoridos clamando a su catequista por ayuda.
—¡Chrzanowski! —el grito reprobatorio del adulto llegó justo cuando el niño golpeado comenzó a gimotear imparablemente—. ¡En el nombre de la Virgen! ¡¿Qué haces aún en casa de Dios?!
No sabía bien por qué lo había hecho, podría culpar a su propia rabia contenida de toda la ceremonia. O también a que ya lo tenían harto desde hace más que esa ceremonia. De cualquier modo, no tenía excusas. Su mirada ni siquiera se cruzó con el niño que habían estado molestado pero todos habían empezado a murmurar lo ocurrido mientras se llevaban al agresor Chrzanowski casi tomado del cuello como si se tratara de un delincuente juvenil.
Le había costado quedarse en detención luego de clases, copiando partes de las Sagradas Escrituras hasta que terminara el año escolar. En realidad no era un castigo tan fastidioso tomando en cuenta que venía de una familia noble regular, había tenido suerte de que aquel mocoso llorón no fuera de mayor poder que sus propias influencias. Claro que sus padres habían estado molestos, reclamando su falta de modales más que preguntándole por qué lo había hecho. Kori solo había dicho que debía tener más cuidado si no quería terminar siendo expulsado, eso, entre risitas. Una gran hermana.
Ahora solo tenía la luz que se filtraba por las cortinas de un aula vacía mientras copiaba versículo tras versículo de las enseñanzas de San Santiagus. Estaba tan metido en sus cavilaciones y maldiciones que no notó que alguien más había ingresado a su aula. Mientras revolvía su propia melena rojiza pensaba a cuántas prácticas de luftball faltaría por ese ridículo incidente y por no saber controlar su propio carácter. ¿Acaso era esrúpido?
—Chrzanowski…
Oh. Era él. El niño al que le costaba volar en la ceremonia. Viéndolo más de cerca hasta parecía alguien tímido con esa postura encorvada.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Tú…
—No lo hice por ti.
Una vez más volvió la vista a sus apuntes. No estaba mintiendo, estaba seguro de que si ese día habría estado de mejor humor no habría terminado atacando a ese niño estúpido y no estaría en esa situación. Que le agradecieran solo corroboraría, en dado caso, que por ayudar a otro había terminado castigado. Prefería solo culparse a sí mismo, gracias.
Pero aquel, de porte tranquilo, solo asintió a sus palabras aceptando su respuesta como válida y sin insistencias.
—De acuerdo.
Se había terminado sentando a su lado sacando una merienda. Aparentemente esperaba poder compartirla o eso parecía sobreentenderse. ¿Por qué más se quedaría allí sino?
—No como carne.
Masculló a su invitado no deseado, éste le miró con genuina sorpresa como si preguntara el por qué.
—No me gusta… tiene un… sabor extraño.
—También tengo dulces.
Dulces. Bueno, eso no era desagradable.
—¿Qué tienes ahí?
—Dulce de los reyes y Corona de virgen.
Ah, coronas de virgen… sus favoritas. Solo eran azúcar glaseado batido en formas de flores pero tenían un sabor espectacular y una textura que se derretía solo al contacto con su lengua. Sus ojos debieron hacer denotar su interés porque el benefactor pareció complacido.
—Soy Kundert, de la clase G.
Kundert. ¿Kundert? Creía haber escuchado ese apellido… Sus padres alguna vez lo habrían mencionado en casa.
—¿Y tu nombre?
El tal Kundert pareció sorprendido, no esperaba su interés.
—Igor… Igor Amile.
¿Amile? Que nombre tan peculiar.
—Por casualidad…
—Sí yo… alguna vez fui a tu mansión. Mis padres y los tuyos tienen una buena relación porque…
—Somos mestizos.
La palabra pareció dejar más vacío el espacio, como si fuera algo prohibido que no debían mencionar por más evidente que esto fuera. Kundert se limitó a asentir.
—Oh…
La sonrisa entonces fue una sorpresa aún más grande para Kundert, aún más que el pedirle su nombre.
—Entonces conoces a mi hermana.
Kundert asintió.
—Y creo que ya había visto a tu familia alguna vez —recordó Chrzanowski.
—Te vi jugar…. Te gusta el luftball. Practicabas en tu patio.
—¡Sí! Ah… Soy Ignatz, Ignatz Iris. No suelo atender a las visitas, como verás mantener el protocolo no siempre es lo mío. Así que me dejan entrenar a gusto.
Kundert asintió.
—Ah pero si vas la próxima vez quizá podamos jugar juntos, entrenar en soledad es bastante aburrido. Pero como verás… es difícil conseguir compañeros de juego cuando suelen burlarse de uno.
Kundert asintió una vez más.
—De cualquier modo tienes que entrenar mucho, tu peso no te deja volar con facilidad. ¿Cómo vamos a jugar así?
Kunder volvió a asentir, esta vez con algo de pena en su mirada. Sacó los dulces que quería convidar y se los dejó sobre su escritorio.
—Entreno a diario, pero solo he ganado más peso…
—¡Cómo es posible!
—Debe ser parte de mi herencia… tener un cuerpo pesado…
Chrzanowski guardó silencio, observándole mientras engullía un par de coronas de virgen. Luego quedó pensativo como si su creatividad comenzará a volar observando el limpio pizarrón.
—Kunigami.
Claramente lo vieron confundido, parecía haber hablado en otro idioma.
—¡Te llamaré así! “Kun… Ig… Ami” A menos que solo quieras que te diga Ami.
El rostro del pobre niño terminó coloreándose ante la cercanía que Chrzanowski parecía demostrar con él. Al final solo bajó la mirada y asintió sin rechistar.
—Kunigami, entonces. No quiero que me digas como mi hermana, suele hacer todo tipo de cortes extraños para llamarme. “Igi” “Iri” No, es que tenga mucha creatividad.
—Creo que suenan bien.
No esperaba que el comentario terminara haciendo que el buen humor de Chrzanowski se convirtiera en una afilada mirada en su contra. Kundert levantó ambas manos en señal de paz.
—Quiero decir, suenan… lindo.
—Justamente por eso no me gustan.
—Bueno… qué tal… Chrz… ¿Chrzigi?
—Eso no tiene musicalidad.
Kundert pareció esforzarse, realmente le parecía que llamarle Igi o Iri no sonaba mal, pero si quería ser digno de esa cercanía debía lograr el mejor apodo para Chrzanowski.
—¿Ch…ig…iri?
Este intento era hasta gracioso, Chrzanowski rompió en risas. Kundert jamás había visto a una niña reír así y le parecía que era muy bella si estaba feliz.
—Chigiri. Está bien, lo acepto. Por lo menos es original. Entonces ya somos amigos.
Kundert asintió con tranquilidad. Su primer amigo, o amiga, era una persona agradable.
—Por cierto…
Las sonrisas aún seguían siendo honestas en ambas partes, pero Chrzanowski intuía que algo no estaba del todo bien con esto.
—Soy varón.
El viento sopló ligeramente entre los dos niños, poco a poco dejando que el sonido entrara en los oídos de Kundert.
¿Qué?
