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Lenguaje de niños

Summary:

Tails, cansado de ser el saco de boxeo favorito de Shadow, se pregunta constantemente qué ha hecho para provocar tanto odio, sin saber que esa es la forma que tiene el erizo de decir: «me gustas».

Work Text:

La campana del instituto sonó y, como siempre, el caos se apoderó de los pasillos. Era la hora del almuerzo y los estudiantes corrían como si la pizza fuera a agotarse en los próximos cinco minutos.

En medio del bullicio, Tails avanzaba con cautela, sosteniendo una bandeja que contenía un sándwich, una caja de leche y una manzana; desafortunadamente, la pizza ya se había terminado. La cafetería estaba tan llena que no quedaba ni un asiento libre, así que decidió buscar un lugar tranquilo en el jardín. Allí encontró un banco bajo la sombra de un árbol y se dejó caer. Apoyó la bandeja sobre las piernas y, justo cuando estaba a punto de probar el sándwich...

¡Zas!

Un certero golpe en la cabeza lo hizo soltar un grito.

—Maldita sea... —chilló, llevándose las manos a la cabeza mientras contenía las lágrimas que amenazaban con brotar.

Tails se giró, esperando encontrar una pelota de fútbol perdida, pero no fue así. Allí estaba, como siempre, la figura oscura con los brazos cruzados y una expresión adusta: Shadow.

—¿Qué fue eso?

—Un zape —respondió Shadow con simpleza, encogiéndose de hombros.

—¡Eso ya lo sé! —gruñó Tails—. ¡Te pregunté por qué lo hiciste!

Shadow lo miró de arriba abajo y, con la tranquilidad de quien anuncia el clima, respondió:

—Porque se me dio la gana.

Luego se alejó el erizo, dejando a Tails con la cabeza adolorida y el sándwich inerte en el suelo.

El zorro observó con el corazón encogido los restos dispersos de su almuerzo, mientras un suspiro escapaba de sus labios y sus ojos seguían la imponente figura del erizo. No era solo el golpe lo que le dolía, sino esa pregunta que, año tras año, quedaba sin respuesta: «¿Por qué me odia?».

Desde que Tails tiene memoria, Shadow le ha hecho la vida imposible desde la primaria. Lo empujaba en las escaleras, untaba su silla con mermelada o, en aquella inolvidable ocasión, le pegó un chicle en la cola. El zorrito estaba convencido de que, al crecer, ese comportamiento desaparecería con la madurez. Pero se equivocó. Ahora, en secundaria, Shadow pasó de las bromas a las agresiones.

No era exactamente acoso. Shadow no lo insultaba, ni lo humillaba frente a otros, ni se burlaba de su apariencia. Simplemente lo golpeaba, como si esa fuera su forma de comunicarse. Paradójicamente, cuando alguien más intentaba meterse con Tails, Shadow intervenía con desafío: «Aquí, el único que molesta a Tails soy yo».

El zorrito suspiró, con la mano aún sobre la cabeza. ¿Algún día descubriría la razón de tanto ensañamiento, o estaría condenado a vivir con esa duda para siempre? Después de todo, era lo suficientemente cobarde para defenderse.

De pronto, una eriza de púas rosas lo envolvió con sus brazos.

—¡Taaaaiiiils! —canturreó Amy, su mejor amiga—. ¿Me pasas la tarea de matemáticas?

Tails no respondió; seguía sobándose la cabeza, como si intentara borrar la marca que Shadow le había dejado.

—Déjame adivinar —dijo Amy, frunciendo el ceño—. ¿Shadow?

Tails asintió con gesto solemne.

—Tienes que ponerle un alto —continuó, dando un sorbo ruidoso al jugo—. No puede seguir golpeándote cada vez que se le antoje.

—Si me defiendo, me pegará más fuerte —respondió.

—Mmm… creo que deberías verlo desde otra perspectiva

—¿Cuál? ¿La de paciente en un hospital? —replicó, medio enojado, medio resignado.

—Estoy segura de que le gustas a Shadow.

—Quizá no —respondió con simpatía—. Tal vez simplemente sea horrible, pero es probable que le gustes; así suelen comportarse los chicos cuando les gustas.

—¡Eso es ridículo! —su voz sonó más chillona de lo habitual—. ¡Ilógico!

—No tanto. Si lo analizas bien, descubrirás un patrón.

Tails quedó como una hoja en blanco. Cerró los ojos por un instante, y los recuerdos de Shadow haciéndole la vida imposible invadieron su mente.

—Pero Shadow es... —balbuceó—, es Shadow.

Tails no entendía por qué las chicas de su edad morían por tener una cita con él. ¿De verdad querían ser novias de un tipo antisocial, arisco y que solo se la pasaba gruñendo?

Sin embargo, tenía que reconocer con consternación que ese bruto tenía sus atributos: era alto, fuerte, atlético y, además, capitán del equipo de básquet.

—¿Por qué se fijaría en mí? —se preguntó.

Y, sinceramente, Shadow no era su tipo.

—Tal vez porque eres diferente —replicó Amy—, porque no te arrodillas ante su “popularidad” ni lo ves como un dios del básquet.

—Si me gustara alguien —murmuró, más para sí mismo que para Amy—, lo último que haría sería pegarle en la cabeza hasta dejarlo sin neuronas.

—Bueno, cada quien tiene su manera de decir “me gustas”, y Shadow eligió los zapes

El silencio se extendió entre ellos por un breve instante, mientras el viento levantaba hojas secas alrededor del banco.

Miles tragó saliva. Una parte de él quería reírse de lo absurdo que sonaba todo aquello; otra, mucho más oculta, lo hacía sonrojarse hasta parecer un tomate. Solo de pensarlo, sintió un nudo en el estómago, porque, aunque le temiera profundamente a Shadow, no podía negar que era detestablemente guapo. Había algo en la mirada del erizo que nunca había logrado descifrar.

—¿Entonces todo esté tiempo... Shadow me...?

—Digamos que no te odia tanto —ironizó Amy—. ¿Qué? ¿Acaso te estás sonrojando?

—¡No! —exclamó el zorrito, cubriéndose las mejillas—. Solo tengo calor.

—Ajá —ella se cruzó de brazos—. Claro, seguro. Y yo soy la presidenta de la NASA.

El zorro resopló, intentando cambiar de tema. Sin embargo, en el fondo, mientras recogía los restos de su sándwich y contemplaba a lo lejos la imponente figura de Shadow, rodeado por el equipo de básquet, la duda lo corroía.

¿Y si Amy tenía razón?

 

[...]

 

Después del almuerzo, el murmullo del pasillo se transformó en una estampida hacia las aulas. Tails caminaba con la mente en las nubes, repitiendo una y otra vez las palabras de Amy mientras se dirigía a la clase de química.

«Seguro que le gustas».

Eso era ridículo. Imposible. Shadow jamás...

Él jamás.

Sin embargo, al sentarse en su pupitre y girar un poco la cabeza, ahí estaba Shadow, recostado sobre su mano, con la mirada fija en el libro, como si la vida no le provocara la más mínima emoción.

Después de que el profesor Robotnik dio inicio a la clase, Tails, quien normalmente participaba activamente, permaneció en silencio por primera vez, con la cabeza llena de preguntas. Suspiró y, sin darse cuenta, observó a Shadow durante un largo rato, tanto que las palabras del profesor sonaban como un eco lejano, casi irreal.

—¡Miles Prower! —retumbó la voz grave del profesor Ivo Robotnik.

Miles dio un pequeño salto, derribando su libro de ciencias al suelo con un estruendo y todo el salón estalló en risas.

—¡Ay! —gimió, agachándose para recogerlo con las manos temblorosas.

El profesor lo miró con severidad e ironía.

—Señor Prower, si va a seguir observando al joven Shadow con tanto interés, al menos anote las reacciones químicas en el cuaderno.

Toda la clase estalló de nuevo en carcajadas y abucheos.

—¡A Tails le gusta Shadow! —se burló Scourge desde el fondo.

—¡Ay, qué romántico! —comentó Cream.

El pobre Tails enrojeció como un tomate, queriendo meterse debajo del pupitre. El corazón le latía tan fuerte que podía jurar que lo oían todos. Shadow, en cambio, apenas levantó una ceja y luego desvió la vista, indiferente, como si la escena no tuviera nada que ver con él.

Genial, pensó Tails. Ahora todo el mundo cree que me gusta Shadow.

Intentó esconderse tras su cuaderno el resto de la clase, pero el suplicio no terminó ahí.

El profesor Robotnik se giró hacia el pizarrón y anunció:

—Para la próxima semana tendrán un proyecto en parejas. Quiero que elaboren un volcán de bicarbonato y vinagre, pero no solo como experimento: quiero la explicación química completa, bien redactada y presentada.

Los estudiantes gimieron al unísono. A nadie le entusiasmaba la idea de escribir más de cinco párrafos.

—Las parejas ya están decididas —anunció el profesor, sacando una lista—: Amy con Sonic, Knuckles con Rouge, Cream con Charmy...

Tails empezó a sudar frío, esperando que mencionaran su nombre. Robotnik había formado equipos con la mitad de sus amigos.

—Y... Miles Prower... con Shadow the Hedgehog.

El aire se le escapó de los pulmones.

—¿¡Qué!? —exclamó el zorrito.

Las risas estallaron de nuevo. Amy, desde el otro lado del salón, le lanzó una mirada pícara.

Miles se hundió en su asiento.

Shadow, por su parte, no mostró emoción alguna. Solo lo miró de reojo y masculló:

—Espero que no seas un estorbo.

Tails tartamudeó:

—¡Y-yo no soy un estorbo! —dijo—. ¡Soy muy eficiente!

—¿Eficiente? —Shadow arqueó una ceja, divertido por primera vez en toda la clase—. Apenas puedes sostener tu sándwich sin que se te caiga.

Los compañeros rieron de nuevo. Tails bajó la cabeza, sintiendo que se derretía como el vinagre en el volcán que todavía ni empezaban. 

Robotnik golpeó el escritorio para imponer orden.

—¡Silencio! ¡El proyecto cuenta con el cuarenta por ciento de la calificación! Así que cooperen, o reprobarán juntos.

El murmullo disminuyó. Miles todavía temblaba, pero una voz interior le decía que aquello era más peligroso que manipular ácidos sin guantes.

Al parecer, tendría que pasar horas trabajando con Shadow.

Y si ya le resultaba difícil soportar sus zapes en el recreo, ¿qué haría ahora que Amy había sembrado la duda de que todo eso quizá… era otra cosa?

Miles tragó saliva y se dijo a sí mismo:

—Maldita sea...

 

[...]

 

Eran ya las cinco de la tarde y el timbre sonó. El salón se vaciaba poco a poco: mochilas cerrándose, risas apagándose en los pasillos y la luz anaranjada del sol entrando oblicua por las ventanas. Quedaban apenas unos cuantos estudiantes, y entre ellos, Tails, sentado con los dedos entrelazados sobre su cuaderno, respirando hondo como si fuera a lanzarse a un precipicio.

Lo era.

Hablar con Shadow siempre era como saltar sin paracaídas.

Se levantó tambaleante y se acercó al erizo que guardaba sus cosas con la calma de quien no le debe nada a nadie.

—S-shadow —lo llamó, con la voz a punto de quebrarse.

El erizo apenas levantó la vista, con esa mirada que lo congelaba.

—¿Qué?

Tails tragó saliva.

—Quería saber si vamos a hacer el proyecto de química en tu casa... o cada quien, pues... lo hace en la suya.

El silencio se estiró un par de segundos. Shadow cerró su mochila, se la echó al hombro y respondió con toda naturalidad:

—En mi casa. Más cómodo.

El corazón de Miles dio un vuelco. ¿Su casa? La idea lo hacía sudar, temblar y sonrojarse. Con su mente adolescente, ya se imaginaba escenarios absurdos: ¿y si conocía a la familia de Shadow? ¿y si lo hacían sentarse en la sala? ¿y si notaban lo nervioso que estaba y pensaban que había ido para...?

Sacudió la cabeza. Concéntrate, Miles, es un proyecto escolar, no una cita.

Shadow lo miró de reojo, con esa mezcla de fastidio y desdén.

—Pero no estorbes —dijo con sequedad y, como si no pudiera romper su costumbre, ¡zas!, le dio un zape en la cabeza antes de caminar hacia la puerta.

—¡Auch! —se frotó la cabeza con rabia y le gritó con una voz que ni él sabía que tenía—: ¿Por qué eres así conmigo? ¿Qué te hice para que me trates como si fuera tu saco de boxeo?

Las palabras rebotaron en las paredes vacías del salón. Shadow se detuvo en seco, giró lentamente y le clavó una mirada tan profunda que a Tails le pareció como si le tiraran agua helada por la espalda.

Temblaba, sí, pero no bajó la mirada.

No esta vez.

Shadow caminó despacio hacia él, hasta quedar a unos pasos.

—¿Quieres saber por qué? —preguntó con voz baja.

Miles asintió, aunque su cuerpo le urgía a correr.

Shadow lo observó de pies a cabeza, sus ojos oscuros brillando con un extraño fuego.

—Porque todo en ti me molesta —prácticamente escupió.

Tails parpadeó, herido y confundido.

—¿Q-qué…?

Shadow dio un paso más.

—Me molesta tu inteligencia, siempre con las respuestas correctas; tu alegría, como si nada pudiera romperte. Me repudia tu inocencia, tu fragilidad... y ese despiste eterno.

Miles retrocedió, herido.

Shadow continuó:

—Odio tus ojos azules porque brillan demasiado; odio tu rostro redondo porque no puedo apartar la mirada. Odio tu sonrisa cuando resuelves algo difícil; odio que tropieces con todo y, aun así, te levantes. Odio que no puedas salir de mi mente ni un solo segundo.

Miles abrió la boca, pero no salió ningún sonido. ¿Eso era odio…? ¿O era algo más?

Y entonces, Shadow bajó la voz, casi en un susurro, como si temiera que el mundo escuchara su confesión más íntima:

—Me molesta todo de ti. Me enferma tenerte cerca porque mi corazón se descontrola cada vez que te veo, porque me llama como un tonto, deseando acariciar tu pelaje, entrelazar mis dedos con los tuyos y...

La distancia entre ambos se redujo a nada. Shadow estaba a milímetros de los labios del más bajo.

Tails sintió que el aire desaparecía. No sabía qué decir ni qué hacer. Estaba seguro de que sus mejillas ardían, enrojecidas hasta las orejas. El ambiente había cambiado; era tan suave y esponjoso que, por un momento, el zorrito juró estar parado sobre una nube. No sabía cómo detener el tamborileo de su corazón, ni siquiera recordó cuándo cerró los ojos, ni cómo sus labios se entreabrieron buscando ese contacto, ese beso que prometía cambiarlo todo. Estaba loco por besar al chico que le golpeaba todos los días de la semana. Era una locura, pero una locura hermosa.

El silencio, el calor de la cercanía y, de pronto...

¡Clonk!

Un cabezazo.

—¿¡Estás loco?! ¡Me partiste el cráneo! —chilló Miles, abriendo los ojos y llevándose ambas manos a la frente.

Tails balbuceaba un reclamo torpe mientras Shadow arqueaba una ceja. Ese zorro era tan parlanchín que alguien debía callarlo, y Shadow sabía exactamente cómo hacerlo.

El erizo inclinó ligeramente la cabeza, estudió el rostro contraído del zorro por un segundo, y luego —sin pedir permiso, como todo lo que hacía— cerró la distancia que quedaba entre ellos.

Fue un beso impoluto, casi castrense.

Los labios de Shadow presionaron los de Tails con una seguridad que contrastaba con el temblor incontrolable del zorrito. Paralizado, con los brazos pegados al cuerpo y los ojos abiertos como platos, Tails jamás había imaginado, en sus joviales doce años, que besar a alguien se sintiera así, como un cortocircuito en el cuerpo.

Entonces Shadow hizo algo que Tails no esperaba: separó apenas los labios, un milímetro, solo para presionar de nuevo con menos fuerza y más despacio.

Esa segunda presión fue la que derritió a Tails.

Sus rodillas flaquearon. Un pequeño gemido —que jamás admitiría haber emitido— se escapó de su garganta, y sin saber muy bien cómo, sus manos temblorosas terminaron aferrándose al cuello de la camiseta de Shadow. No para apartarlo sino para no caerse.

—Respira —murmuró Shadow contra los labios de este, obedeciendo sin dudar. Inhaló por la nariz y entonces ocurrió el milagro. Shadow inclinó la cabeza hacia un lado, ajustando el ángulo con los labios, y cuando Tails volvió a exhalar, el erizo aprovechó para deslizar su lengua contra el labio inferior del zorro.

Tails dio un respingo. Sus colitas, que hasta ese momento habían estado tranquilas, comenzaron a revolotear con un ritmo nervioso e incontrolable. No sabía besar; nunca lo había hecho. Pero cuando la lengua de Shadow rozó la suya, el zorrito olvidó por completo esa inseguridad.

Su boca se abrió un poco más y Shadow, que nunca necesitaba que le repitieran las cosas, profundizó el beso.

No fue hambriento ni salvaje. Fue... paciente. Una lentitud que contrastaba con todo lo que Tails creía saber de él. La mano de Shadow apareció de repente en la nuca del zorro, sus dedos enredándose en el suave pelaje de la base de su cabeza. El contacto hizo que Tails soltara un suspiro tembloroso, directamente dentro de la boca del erizo.

—Mm...

Los dedos de Tails se enredaron aún más en la tela de la camiseta del azabache, arrugándola sin permiso. Sin querer y sin pensarlo, se puso de puntillas —porque Shadow era más alto y necesitaba estar más cerca— y entonces sintió su agarre.

Los brazos de Shadow lo rodearon por completo: una mano en su espalda baja, apretándolo contra un pecho que no era especialmente blando, pero que en ese momento le pareció el mejor cojín del mundo; la otra, en su posición actual, ejerció una presión firme.

Tails permaneció de puntillas mientras la lengua de Shadow exploraba el sabor de la suya, y sus propias manos subían desde el cuello de la camiseta hasta los hombros del erizo, aferrándose como si fuera a caer. Se quedó así incluso cuando el aire empezó a faltarle, porque resultaba que respirar era opcional cuando Shadow lo besaba de esa manera.

Cuando finalmente se separaron, lo hicieron con un pequeño pop húmedo que causó en Tails una vergüenza tremenda. Estaba sonrojado desde las orejas hasta el cuello y jadeaba como si hubiera corrido un maratón. Sus ojos azules —esos que Shadow decía odiar— estaban empañados, brillantes y completamente perdidos, como si acabaran de despertar de un sueño del que no querían salir.

—Yo… —intentó decir el zorrito, pero su voz sonó extraña, rota y tierna al mismo tiempo—. Eso fue…

Se llevó una mano a los labios; aún sentía el hormigueo.

Se llevó una mano a los labios. Aún sentía el hormigueo. Lo había besado tan bien que incluso el dolor del cabezazo desapareció por completo durante lo que debieron ser treinta segundos, que sintieron como una hora.

—No me duele —murmuró, atónito—. La frente. No me duele nada.

Shadow lo miró con esos ojos carmesí que ya no parecían fríos, sino intensos como brasas. Su pecho latía enloquecido, un poco más rápido de lo normal, aunque jamás lo admitiría.

—¿Y ahora qué?

—Ahora, deja de distraerte en clase mirándome.

—¿¡Después de besarme me dices eso!?

El zorrito lo fulminó con la mirada, y a Shadow le pareció tan divertido que incluso lo comparó con un tomate.

—Mañana, en mi casa, después de clases, Miles —dijo Shadow, refiriéndose al proyecto de química. No añadió nada más sobre el beso ni sobre lo que eso significaba; simplemente se giró hacia la puerta como si nada hubiera pasado.

Tails se quedó estupefacto y se dejó caer en la silla más cercana, pensando que su vida se había convertido oficialmente en un desastre.

Un desastre del que no quería escapar.