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En alguna costa de la isla saturada de muertos vivientes, había dos individuos luchando por salir de las garras de la muerte que les pisan los talones constantemente. No es fácil huir cuando tantos zombies se agarran de tus ropajes, cuando la lluvia parece nunca cesar bajo una noche mortal y mucho menos, cuando tu compañero de luchas y aventuras se encuentra a punto de perecer y su cuerpo se hace aún más pesado cuando lo arrastras por el agua, intentando acogerlo en tus brazos y lejos de los zombies.
Rich tiene que pensar en un escape veloz, mira a su compañero –y querido amigo– Killer en sus brazos, inconsciente y con sus extremidades intentando flotar en la costa del mar. A medida que Rich se aleja de la orilla, nota que el agua repele a los muertos y se alivia por ello, pero la profundidad de las aguas le juegan en contra y sus botas empiezan a hundirse en la arena, así como Killer. En un atisbo de desesperación empieza a golpear las mejillas del rostro de su amigo mientras se hunde y poder observar alguna reacción es difícil cuando tu compañero carece de ojos. Es incapaz de soltarlo, no quiere soltarlo, no importa si pesa el doble que él, si poco a poco pierde la estabilidad y se resbala por las algas y el peso de sus armas e inventario, su brazo derecho sostiene a Killer y con el izquierdo lo reanima golpeándole el pecho.
Contra todo pronóstico, Killer despierta y se aferra al brazo que se encuentra sobre sus hombros; es una extremidad férrea y rasposa y no hace falta levantar la vista para identificar al dueño del brazo. Abre la boca para inhalar aire, pero el agua salada es lo que recibe y se desespera aún más cuando siente que se ahoga. Rich, a punto de desmayarse del cansancio, logra subirlo a la superficie con sus dos manos bajo sus brazos. El torrente lluvia choca con su cráneo y observa a Killer inhalar y exhalar con furia; mira a su alrededor, la lluvia acaricia su piel y se asusta por la negrura de la noche. Finalmente mira a Rich, y cualquier sentimiento de miedo y desesperación, desaparece.
“Toma comida” –Es lo primero que le dice Rich, busca en su mochila comida en bolsa y se la entrega a Killer–. “Es lo mejorcito que tengo”
“Tengo una patata”. –Es lo primero que le responde el peliblanco y Rich le responde con una mueca de seriedad, pero echa una risa ligera cuando observa la patata deshacerse en el mar salado.
“Allá hay un barco. Vamos a montarnos, tengo una idea”
Rich nada hacia un barco que se ubica a cuatro metros de ellos y con ayuda de una soga que colgaba de una punta, lo acerca a ellos y se monta él primero. Se voltea y tiende su mano a Killer, quien como puede se sujeta de la orilla de la barca, pero su bolso está tan pesado que hace complicado el subirse y hace tambalear la canoa. Rich lo suelta y se aferra al borde.
“¿Qué cargas en ese bolso, Killer? –ríe nervioso y vuelve a ayudarlo–. “ Tira cosas al mar”
“No puedo, conseguí algo tremendo. Ya te mostraré” –Finalmente, Killer sube y Rich empieza a remar lejos de la orilla.
Rich se sienta de piernas cruzadas y Killer todavía se acomoda. Debido a su altura y al poco espacio en la canoa, se ve obligado a estirar las piernas a los lados de Rich y quedan muy juntos. Rich le cede un poco de espacio mientras sigue remando. A los dos no les importa en lo más mínimo invadir el espacio personal del otro, están tan acostumbrados a ellos mismos que tales momentos son el día a día en sus aventuras como dúo inseparable. Lo único que ilumina el sendero marítimo que recorre Rich son las linternas incrustadas en sus uniformes.
“Apaga las luces, apaga las luces” –susurra Rich entre risas mientras piensa cómo va a explicarle a Killer su próxima jugada. Al instante que la claridad desaparece, Rich y Killer se parten de la risa en un volumen moderado, como si no quisieran que nadie más se enterara de sus travesuras–.”¿No tienes una antorcha?”
Como puede, Killer enciende una de sus antorchas y la clava en un hueco de las tablas del borde. La lluvia no la apaga y Rich vuelve a reírse, pero con más ganas. Cualquier persona en esta situación preferiría morirse, pero tanto como Killer como Rich disfrutan de este tipo de situaciones en donde la felicidad –para ellos– cunde en el temblor y en las sombras de aquel lugar que se halla detrás de las costas a sus espaldas. Entre risas, Rich se echa para atrás y da golpes con ímpetu sobre la rodilla de Killer como manera de apaciguar su risa. Killer toma los hombros de Rich y carcajea con ganas, olvidando por un par de minutos el infierno de donde escaparon.
“De alguna u otra manera estamos vivos y en medio de la nada” –empieza a decir el más bajo–. “¡Vamos a dar la vuelta a toda la isla y nos vamos a estampar contra la isla de las torretas!
Killer ríe, nuevamente, porque este tipo de planes son los que seguiría hasta el fin de los tiempos, siempre y cuando sea Rich que los proponga, y sea Killer quien lo acompañe.
“Es un plan que me gusta, la verdad. Pero ¿no crees que va a ser un coñazo? Duraremos como media hora”
“Sí, pero me flipa que seamos sólo tu y yo. En plan, tu- tú…” –Rich cae en cuenta que está a punto de hablar de más y como puede, desvía el tema. Killer nota aquello, pero lo deja pasar–. “Todo el mundo muriéndose por los zombies allá adentro y nosotros aquí. ¿Tú escuchas algo?”
El ruido de la lluvia es quien contesta.
“Yo no escucho ni un mísero zombie, Killer” –El susodicho ríe cuando escucha la respuesta y golpea la espalda de Rich jocosamente–. “Es que, tío, imagina que esto fuera una isla tuya y mía y mañana venimos y vamos a una dungeon, yo qué sé…”
Rich sigue hablando de escenarios ficticios, dejando de remar con la misma intensidad que antes. Por un momento, Killer deja de prestarle tanta atención debido a que empezó a jugar con la linterna en su pecho iluminando el mar. Pero sobre todo porque Rich está usando ese tono de voz que sólo Killer conoce; un tono de voz de un muchacho ilusionado, tranquilo y con la creatividad a mil por hora. Es el tono de voz que usa Rich cuando habla desde la emoción y no desde el raciocinio, cuando su faceta de hombre serio lo abandona y divaga entre sus ideas locas.
No podía encajar mejor con la personalidad de su persona más querida, y adoraba que fuera solamente él testigo de tal carácter.
“Ah, te iba a mostrar lo que tengo en la mochila” –dice en un momento el peliblanco, poniendo su mochila entre sus piernas. Abre la cremallera y aparta a un lado las municiones, comidas enlatadas y armas defectuosas. Como puede, enrolla entre sus dedos una tira de plástico y hala hacia arriba, sacando del fondo de su bolso un six-pack de latas de cerveza. Algunas latas estaban abolladas, otras empezaban a sufrir los efectos del óxido, pero cada una de ellas mantenía su pestaña de sello intactas. Las alza al aire y las coloca a la vista de Rich, quien ladea la mirada en dirección a las bebidas–. “¡Ta-chán!”
“¡Ey! ¿Eso dónde lo conseguiste?”
“En unos de los edificios, estaban dentro de un refrigerador y como no las vi abiertas… pues, las tomé”
Despegó uno de los anillos de plástico y le convidó al chófer del bote, quien deja de remar por un segundo para aceptar la lata y la abre. Toma un, dos, tres sorbos con ganas y baja la lata para ver el diseño y el nombre. Por un momento ignora que es cerveza caliente, que es más espuma que líquido y que puede sentir un leve mareo con tan sólo tres tragos; está contento porque es algo diferente que toma luego de tres días de agua de dudosa potabilidad. Rich se acomoda en el bote y se sienta con la espalda a una de las orillas del bote, quedando de perfil ante Killer. La primera imagen que aparece ante sus cuencas vacías es el peliblanco tomando hasta el fondo la lata mientras su garganta se infla y se desinfla con cada trago, posteriormente, baja la lata vacía y la hace añicos entre sus dedos, suspirando y relamiendo los restos de sus labios.
“¡Provecho!” –exclama Rich y tiene ganas de aplaudir por ese fondo blanco perfecto, pero ríe y un sonoro eructo se escapa de él sin permiso. Inmediatamente se tapa la boca con una mano de la vergüenza, mirando a otro lado mientras escucha a Killer reír con ganas con esa voz tan aguda y dulce que le sale cuando está de buen humor.
“¡Provecho para ti también!”
Y en ese radio de cinco metros, lo único que se escuchaba –además de la lluvia–, eran risas cargadas de ánimo, burlas mutuas y comentarios inocentes entre el dúo. Pasa un rato y cada uno va por su tercera y última lata; quien más lo lamenta es Killer, pues si fuera por él, pasaría sus últimos minutos de vida bajo los efectos del alcohol.
Los tópicos de sus charlas cambian cada dos minutos; hablan sobre aventuras pasadas, pranks antiguas, grupos de amigos. Hablan sobre lo sucedido en la isla que están rodeando con el barco, sobre otros compañeros de batallas. Pero también hablan de proyectos individuales, cada uno se toma el tiempo de hablar de sus proyectos personales y el otro le escucha con suma atención, aunque Rich hace lo posible para no perder el hilo de lo que habla Killer mientras sigue jugando con una de las latas entre sus robustas manos huesudas, haciéndole huecos al aluminio con sus dedos inquebrantables. Killer sabe que Rich ya está mareado por la cerveza porque habla de más. Mas es común que a Rich le afecte más la bebida; es un esqueleto sin carne
“Hace falta música” –comenta Rich en un momento para él mismo, ya estaba cansado del sonido de la lluvia chocar con su cráneo, tal como cierta tortura medieval. Había vuelto a tomar los remos, siguiendo con su misión de perecer en la Isla de las Torretas. Se siente ebrio, perdido en sus pensamientos e ideas, pero por nada del mundo suelta el volante. Por otro lado, Killer es mejor en disimular su estado, no es que tres latas lo hayan tumbado, él no es mal bebedor, pero cuando en su estómago sólo hay patatas cocinadas y comida enlatada, tres latas de cerveza se sentían como cincuenta.
“Mmh” –asiente Killer. Su walkie talkie se halla colgando de su correa. Toma el walkie talkie y empieza a toquetearlo en busca de un botón que lo convierta en radio. Pega un pequeño brinco cuando música de estilo hawaiano empieza a sonar del dispositivo. Rich suelta un sonido de alegría–. ¡Anda, sirve como radio!
“Deja esa, suena bien” –Rich empieza a ladear la cabeza al ritmo de la canción y la tararea con un tono calmado. Killer deja el aparato descansar sobre sus piernas y clava su mirada en el mar que tiene a su alrededor mientras descansa sus codos en el borde de la canoa, su cabeza reposa sobre sus manos.
La música hace más amena la situación y se relaja escuchando la melodía y la voz de Rich tan tranquila. El olor a sal lo inunda y divaga en la idea de echarse una siesta hasta llegar a la Isla. Estudia la idea mientras acomoda sus codos y su cabeza en sus manos, buscando una postura que no sea tan incómoda, estira sus piernas a los lados de Rich y relaja la espalda. Cuando estaba a punto de sumergirse a la somnolencia, Rich suelta un comentario que le quitó todo atisbo de sueño.
“Parece música de cita”
Killer, sin despegar su cabeza de sus lados, ladea en dirección de su amigo. Pero no dice nada, escucha la música con atención y, efectivamente, parece música de cita.
“Puedo cambiar la emisora si deseas”
“¿Por qué? Me gusta esa emisora y ese tipo de canciones” –dice con calma–. “Una cita con Killer”
El susodicho mira el mar, luego mira a Rich, luego el walkie talkie y por último las latas en el suelo de la barca. Nop, no halla qué decir.
“Estás borracho” –refuta Killer con un deje de burla.
Hay silencio por diez segundos exactos.
“Lo digo en serio”
Rich voltea y alza la vista, mirando a Killer. Éste se ríe de los nervios y siente los efectos del alcohol multiplicarse por diez porque se tapa la cara de la vergüenza ante tal comentario. Ese “Lo digo en serio” suena como el eco de algo que nunca terminó de revelarse, capaz por miedo, tal vez por falta de tiempo, pero lo sienten latiendo en la piel y en el aire, algo que no se nombra porque no cabe en palabras ni en acciones. Han pasado muchos años, han compartido tanto, pero ninguno de los dos se atreve a definir tal trato, pero todos a su alrededor lo perciben. Se escapa entre esos comentarios inocentes e indirectas muy directas, que se esconde entre lo prohibido y lo sagrado, un sentimiento que ni ellos logran atrapar. Podrán ser muy profesionales, nada ni nadie logra huir de ellos cuando están juntos, siempre se salen con la suya, pero cuando se trata de aquello, lo dejan ir con el viento.
El choque con tierra firme saca a Killer de su trance y cuando observa al frente, una gran muralla protegida por mallas de púas, torretas y faros que iluminan al mar se imponen ante ellos. Killer sabe que llegaron a los brazos de su verdugo y observa a Rich tomar sus cosas; su mochila, su última comida y sobretodo un arma de alto calibre y gran tamaño, regalo del presidente de Farfania y líder de la actual misión. Abraza el arma mientras que con sus manos toma sus cosas, pero no se levanta, se queda sentado.
“Bueno, llegamos” –murmura Killer cuando se levanta del barco, lo hace tambalear, pero Rich sigue quieto. Primero se baja él y moja sus botas y la mitad de sus pantorrillas, se postra frente a Rich y éste alza la vista cuando la luz escandencente deja de cegarle. Killer está a contraluz, y le tiende una mano a Rich, no para levantarle, sino para animarlo. Sí, fue idea de Rich venir hasta acá, pero como todo ser vivo, siente miedo–. Ven, levántate.
Rich toma su mano y lucha con el desequilibrio que ocasiona ponerse de pie en una barca, pero logra sacar las dos piernas de allí y pisar tierra firme. Alza la vista y no le da tiempo de admirar la brutal construcción ante él porque un beso fugaz se sitúa cerca de su boca, cae en la comisura, no lo saborea del todo, pero el resquicio de una bebida alcohólica pasa por su boca y hace una mueca buscando más de ese sabor. Killer le sonríe, está un poco rojo hasta las orejas y Rich lo mira con sorpresa.
“¿Estás listo?” –pregunta Rich, quebrantando el silencio entre ellos.
“No” –responde Killer, con sinceridad–. “Vamos”.
Empiezan a trotar en dirección a la gran muralla y divisan muertos vivientes gimiendo del hambre corren hacia ellos. Los esquivan como pueden, pero son demasiados, los efectos del alcohol les generan a los dos cansancio y no son capaces de dar su doscientos porciento para acercarse a las torretas. Empiezan a disparar a la horda de zombies y tumban algunos, pero otros se arrastran con sus extremidades sanas. La música de cita se sigue escuchando desde el walkie talkie colgando de la correa de Killer y Rich encuentra la situación graciosa. Empiezan a hacer un pilar hacía arriba con madera y barro, pero bloque que ponen, bloque que rompen los zombies. La muerte les pisa los talones y tanto como Rich como Killer sienten una corriente de adrenalina en sus cuerpos.
Las torretas disparan a los zombies y a todo aquel que se atraviese en sus ráfagas, Killer es el primero en caer cuando tres disparos penetran su abdomen y logra no caer de su pila de bloques, Rich está más arriba de él y lo anima a seguir, ayudándolo a escalar hasta lo más alto de la muralla, pero una torreta también alcanza a Rich, dándole en las piernas y haciéndole perder el equilibrio. Cae de su pila y ahora Killer está por encima. No pueden hacer más.
Killer se da una vuelta y se acuesta boca debajo sobre su pila, observando a Rich entre el césped. Rich, –quien si no gana, empata– toma como puede su arma y le proporciona a los zombies una ráfaga de balas, pero otros lo toman por las piernas heridas y empiezan a devorarlo. Killer grita, desesperado y estira su brazo, como si fuese a alcanzar a Rich. Éste lo mira desde abajo y también alza su brazo por una última vez.
Posteriormente, es tapado por un montón de zombies. Esa fue la última imagen que tiene Killer de Rich.
Había perdido mucha sangre, y puede sentir sus pulmones llenarse de tal líquido carmesí. Es en ese momento que decide dejarse ir y tomar la siesta que no pudo tomar antes.
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El amanecer encandece y quema a los muertos vivientes que quedaban sobre la isla. En la televisión han informado que la misión fue un rotundo éxito mientras imágenes de tres helicópteros volando toman protagonismo en los televisores de los hogares.
El líder, Farfadox, se tira en uno de los asientos del helicóptero y deja caer el peso de su mochila a un lado de su asiento, estirando los hombros y escuchando a los sobrevivientes del mismo helicóptero gritar en victoria y llorar desconsoladamente del alivio, otros por tristeza. Farfadox respira con tranquilidad y divisa la isla a una escala diminuta a través de su ventana. Puede ver la Isla de las Torretas y se reincorpora en su asiento cuando ve dos cuerpos inertes postrados cerca de las torretas.
Un cuerpo uniformado y blanco como el papel, sin rostro, con un manchón de sangre en su abdomen se hallaba en una pila de bloques variados, con el brazo cayendo a un lado.
El segundo cuerpo –más bien, esqueleto– se encontraba a un lado de dicho pilar, acostado boca arriba con un brazo también estirado hacía arriba en el césped. Un grupo de zombies se quemaba a su alrededor, pero el fallecido se mantenía intacto.
Murieron juntos, al menos, piensa el Caballero y pierde la vista de la Isla por completo desde su ventana.
