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Volar con un sociópata

Summary:

Scott descubre que su amigo Warren no es tan estable como parece

Work Text:

Nunca había sido de tener muchos amigos, mucho menos con alguien que acababa de conocer pero, con él fue diferente, lo conoció la navidad pasada, donde en la ciudad de New York había rumores d un ángel salvador, que resultó ser Warren Worthington , un hijo de una familia rica que ocultaba su mutación por miedo al rechazo.

Él y Rogue nunca lo obligaron a nada, le dieron su tiempo y finalmente se unió a los X-Men el semestre pasado, lo cual fue bien, al principio , Warren siendo un chico atractivo, gracioso y carismático no tardó en encajar con el equipo.

Scott incluso se sintió medio celoso de que le fuera tan fácil, pero no tardó en hacerse amigo también, se la pasaban entrenando juntos en la sala del peligro, scott esquivando los ataques aéreos de Warren y Warren manteniéndose atento con los ataques de scott.

Esa tarde Scott no entendió lo que pasó.

Habían estado entrenando normal, como siempre Scott tirando sus rayos ópticos y Warren esquivándolo, Scott hizo un mal giro y lo perdió de vista, lo buscó hasta que sintió algo en su espalda, Warren que lo golpeó levemente en la cabeza.

-ojos en el juego, summers- le dijo con gracia, scott lo acepto, no era la gran cosa, pero algo lo dejó inquieto a scott, no sabía por qué pero, algo le encendió una alarma con respecto a él.

No entendía porque, si a simple vista, era encantador: alto, atractivo, con una sonrisa que parecía desarmar las tensiones. Pero detrás de esa fachada, había algo que no terminaba de encajar. pero lo ignoró. No debió pero lo hizo, Estaba acostumbrado a convivir con personas con pasados complicados —de hecho, él mismo tenía demasiados fantasmas—, así que prefirió ver en Warren a un nuevo amigo.
Entrenar con él era entretenido; había algo liberador en competir contra sus maniobras aéreas, y Angel tenía ese tipo de humor que podía hacer ligera hasta una tarde pesada en la Sala de Peligro.Pero pronto lo divertido comenzó a volverse inquietante. Porque…
Warren parecía no reconocer los límites.
Al principio fue tierno, Scott pensó que solo no sabía qué más hacer, porque lo seguía, a todos lados, a la sala del peligro, a la cocina, incluso en los baños que Scott le dijo más de una vez que era raro que hiciera eso.

Aparecía en los pasillos cada vez que Scott quería estar solo, se sentaba demasiado cerca, tocaba su hombro más tiempo del necesario. Y, aunque todos en el Instituto tenían sus rarezas, con él había algo... distinto. Frío. Como si pudiera reírse con ellos y al segundo mirar sin emoción alguna, solo calculando.

Scott trató de pasarlo por alto.

Hasta aquella noche.
Se había retirado temprano, había sido un día largo y solo quería descansar, despejar su mente y pensar en eso.

Miró hacia afuera de su habitación, estaba anocheciendo bastante rápido, no tardaría en ponerse oscuro, pero no le molestaba, podría ver las luces de la ciudad desde su balcón, además esa era una noche donde necesitaba aire, Abrió la puerta del balcón de su habitación y se dejó envolver por el aire fresco.
Le gustaba mirar las luces de Bayville a lo lejos: era su forma de recordar que, allá afuera, había una vida normal de la que no formaba parte.

Estaba tan concentrado, pensando en el equipo, en el comportamiento de Warren, pensaba que era por algo por su familia complicada (por una parte tenía razón) que no escuchó nada detrás de él.

Ni el crujido del suelo, ni el movimiento de alas. Solo un "Hey" cerca de su oído , demasiado cerca, lo sacudió. Scott dio un salto, llevándose la mano a las gafas instintivamente.

—¡Warren! —su voz salió más cortada de lo que quería—. No te escuché llegar...

Warren sonrió, como si su reacción lo divirtiera. —Eso es bueno. Significa que soy sigiloso —dijo con un extraño brillo en los ojos.

Scott se tensó. Tratando de suavizar la situación, apoyó los brazos en la barandilla. —Lo siento, Warren, estoy medio cansado para hacer algo, creo que me voy a ir a dormir.

—¿Dormir? —repitió Warren, inclinando la cabeza como si no entendiera la palabra—. Es temprano todavía. Vamos, ¿por qué no hacemos algo?

—No tengo muchas ganas. —Scott intentó sonar firme, pero sabía que sus negativas rara vez surtían efecto con él. Warren frunció apenas el ceño, como un niño al que le negaban un capricho. Y antes de que Scott pudiera retroceder, sintió las manos del otro en su cintura.

—Solo una vuelta —murmuró con una sonrisa amplia, desplegando sus alas.

—¡Espera! —Scott alcanzó a decir, pero el aire se cortó en su garganta cuando el suelo desapareció bajo sus pies.
Warren lo levantó como si no pesara nada, sujetándolo con fuerza. El batir de sus alas retumbó en la noche mientras ascendían.

Scott sintió un nudo en el estómago: no era el vuelo lo que lo asustaba —había estado en el Blackbird mil veces—, era la mirada de Warren, clavada en él como si todo aquello no fuera un gesto amistoso, sino una prueba. Una manera de demostrarle que, allá arriba, en el cielo abierto, no tenía control alguno.

Y Scott entendió algo que no había querido ver: Warren no solo era un amigo extraño. Era impredecible. Y lo tenía atrapado.——————————————————————————El aire cortaba contra su rostro, frío y violento. Scott forzó en los brazos de Warren.

—¡Bájame, ahora mismo! —gritó, levantando la voz más de lo que pretendía. El otro se rió, como si se tratara de un juego.

—Relájate, Summers. Va a ser divertido.

—¡No quiero! ¡Suéltame! —Scott sintió que el corazón se le aceleraba, la impotencia quemándole el pecho. Warren ladeó la cabeza, con una sonrisa torcida.

—¿Soltarte? —repitió con una calma inquietante—. Con gusto. Y de repente frenó en seco. Sus alas se doblaron un instante y sus manos dejaron ir a Scott.

Scott no tuvo tiempo ni de gritar: el vacío lo engulló. La sensación de caída libre lo paralizó, el viento azotándole las orejas mientras veía el suelo acercarse con una velocidad mortal.

El instinto lo obligó a llevarse las manos a las gafas, a punto de lanzar un rayo al suelo para amortiguar la caída, pero en el último segundo unas garras de acero —los brazos de Warren— lo sujetaron con fuerza. El golpe del impacto lo sacudió, aunque no llegaron a tocar el suelo. Warren lo levantó con facilidad, como si nada hubiera pasado.

—¿Ves? Te tengo. Siempre te voy a tener. —Su tono era casi dulce, pero Scott sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Estás loco? —rugió, forzando con furia—. ¡Casi me matas!

Pero Warren no se detuvo. Golpeó las alas con más fuerza, elevándolos aún más alto, atravesando nubes que oscurecían la luna. Bayville quedaba muy por debajo, reducido a un mapa lejano de luces parpadeantes.

—Más lejos, más alto... —murmuró Warren, y sus ojos brillaban con una emoción difícil de descifrar
—. Aquí nadie nos molesta, Scott. Aquí estamos solos.

Scott sintió un nudo de miedo real. Esa sonrisa no era la de un amigo jugando, sino la de alguien que disfrutaba tener control absoluto. Y él, atrapado en brazos ajenos, sabía que una sola decisión de Warren lo separaba de la muerte.

Scott respiraba agitado, el corazón martillándole en las costillas. Intentó modular la voz, aunque se le notaba la tensión en cada palabra. —Oye... estuvo bien, ya. Muy divertido, ¿sí? Pero creo que es suficiente. Bájame, Warren.

Warren lo miró de nuevo, y en su sonrisa había algo extraño, como si supiera que Scott intentaba mantener la calma.

—¿Suficiente? Recién empezamos. Todavía queda tiempo.Antes de que Scott pudiera protestar, el golpear de las alas cambió de ritmo y, de golpe, lo impulsó hacia adelante.

La velocidad era brutal, tan repentina que el aire le arrancó un grito ahogado. En segundos habían dejado atrás el cielo sobre el Instituto y se lanzaban directo hacia el corazón de Bayville.
Las luces de la ciudad se acercaban como un mar brillante, cada edificio pasando bajo ellos a una velocidad que hacía imposible calcular la altura.

El viento le golpeaba tan fuerte que apenas podía mantener los ojos abiertos detrás de sus gafas de cuarzo. Y, a pesar de todo lo que quería resistirse, Scott se aferró a él. Sus manos se apretaron contra los hombros de Warren, los dedos clavándose en la tela de su chaqueta. No fue una elección, sino instinto puro: el miedo a caer, a ser liberado otra vez, lo obligaba a sujetarse a quien más temía en ese momento.

Warren sonrió, notando el agarre desesperado.

—Eso es... confía en mí.

Pero Scott no confiaba. Sentía la contradicción arder dentro: querer empujarlo lejos y al mismo tiempo no soltarlo nunca. Porque ahí arriba, a esa velocidad, cualquier error podía costarle la vida.

Y Warren lo sabía.