Chapter Text
*Hola a todxs, gracias por leer esta historia. Para que os situéis, todo esto se basa desde septiembre de 1993, es decir, durante "El Prisionero de Azkaban". Espero que os guste y si pilláis alguna referencia o algo que os guste, hacédmelo saber :P*
La humedad de los gruesos muros del castillo se colaba por mi túnica, calando hasta los huesos. Pese a que solo era la primera semana de septiembre, ya comenzaba a hacer frío. Hacía un mes, el sol irradiaba un calor abrasador y me quemaba las mejillas. Ahora, en cambio, en el recóndito y magnifico Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería se me helaba la piel y el vello se erizaba. Parecía que nada había cambiado desde la última vez que había caminado estos pasillos, pero en realidad sí había pasado, y mucho.
Tan solo dos semanas antes había accedido a formar parte de la plantilla del profesorado de la escuela. Tras insistentes cartas y lechuzas por parte del director, Albus Dumbledore, de la subdirectora, Minerva McGonagall, y del jefe de mi propia casa, Filius Flitwick, decidí reflexionar. Nada iba excesivamente bien en mi vida, ni en lo laboral ni mucho menos en lo personal. Poco a poco iba asimilando que no podía dedicarme únicamente a la investigación y a la escritura si quería vivir cómodamente; por lo que sopesé la oferta. Mi vida era algo precaria y difícil: vivía por mi cuenta en un pequeño y destartalado apartamento en el centro de Londres, la editorial no quería publicar mis ensayos sobre Estudios Muggles porque consideraban que las obras autobiográficas de Gilderoy Lockhart eran mucho más interesantes, y me sentía irremediablemente sola. Consideré, por tanto, la idea de hacerme profesora. Sin embargo, esto me aterraba. Nunca había dado clases, ni siquiera a mis primos los muggles, por lo que no sabía cómo sería capaz de desenvolverme en el aula. ¿Los alumnos me respetarían? ¿Sería capaz de moldear y de enseñar a los hijos de grandes magos? A mis oídos había llegado los rumores de que el niño que sobrevivió cursaba tercero, junto con el único hijo de los Malfoy... En cuanto a mis compañeros, hacía menos de diez años que eran mis propios profesores, ¿cómo sería el cambio de alumna a profesora? ¿Me respetarían como tal?
Hervía el agua de mi té cuando llegó la séptima carta del señor Flitwick. Al terminar de leerla, contemplé a mi alrededor y entré en razón. Mi casa tenía lo básico para sobrevivir: un techo para cubrirme, un lecho sobre el que yacer cada noche, una rayada y desgastada mesa para mis estudios e investigaciones y una pequeña cocinilla cuya suciedad no se iba por más que intentaba limpiarla. Para una escritora bohemia, era un lujo; sin embargo, yo de espontánea y bohemia no tenía nada. La cabeza me iba a mil por hora, ellos necesitaban una respuesta urgente y tras meditarlo durante varios días, accedí.
El alboroto del Gran Comedor y una voz familiar que se dirigía a mí me despertó de mi aturdimiento:
- ¡Por las barbas de Merlín! Eglantine Price, mi queridísima discípula, qué alegría me da que ahora estés entre nosotros.
- A mí también, señor Flitwick. Es todo un honor. ̶ expresé sincera, después de separarme de su abrazo-
- Oh no, Price, dejémonos los formalismos a un lado, que ya no soy tu maestro. No me digas "señor" y llámame por mi nombre, por favor.
- De acuerdo, Filius. ̶ dije avergonzada.
- Oh, querida, qué gran adquisición para el profesorado. Qué maravilla que ahora seas una más de nosotros. ̶ se dirigió McGonagall hacia mí.
- ¡Profesora McGonagall! Cuánto tiempo sin verla... yo también me alegro mucho de volver a Hogwarts.
- Efectivamente, señorita Price, qué bueno es tenerla entre nosotros. Al final, hizo caso a mis súplicas... ̶ me giré hacia la voz de Albus Dumbledore, que reconocí tras de mí inmediatamente. Este iba seguido por Severus Snape, que me miraba con su frialdad de siempre.
- Mil gracias, profesor Dumbledore.
- Severus, ¿recuerdas a la señorita Price? Fue la mejor de su promoción en Ravenclaw y de las mejores alumnas que ha pisado esta escuela.
̶ ¿Cómo olvidarme? Ha pasado mucho tiempo... Un gusto verla . ̶ sentenció Snape cínicamente, arrastrando las palabras.
̶ Igualmente, Severus.
Unos grandes pasos retumbaron por toda la sala de profesores, haciendo que todos nos girásemos hacia el sonido, cuando Hagrid entró corriendo. Estaba tal y como lo recordaba: larga barba, pelo desaliñado y de gran estatura y anchura. Me habían informado que para él también sería su primer año como enseñante en la escuela; sin embargo, no parecía feliz por esto. Todo lo contrario, su cara mostraba preocupación y miedo. El anciano director acudió a él y cuchichearon en voz baja con cara de preocupación, mientras que yo acudía al lado de McGonagall, atusándome la túnica. Esta me ayudó a colocar bien el broche de plata que llevaba en el hombro derecho, dejando que una larga capa de tul azul cayera por mi espalda como una cascada de agua cristalina. Me acomodé el pasador de pelo que retiraba la mitad de mi corta melena y le sonreí con gratitud. Minerva me hizo un breve pero cariñoso gesto, apoyando sus manos en mis hombros, y recordé cuánto la admiraba cuando nos enseñaba Transformaciones. En parte, gracias a ella, consideré la idea de volverme animaga... el impacto que causa ver sus pequeños ojos verdes en el cuerpo de un gato pardo no se olvida nunca.
Cuando parecía que los hombres habían terminado de murmurar, la puerta de la sala volvió a abrirse. Por ella entró un hombre alto, de aspecto pálido y algo enfermizo, con tres cicatrices que cruzaban su cara y vistiendo un roído traje que en algún momento debió ser nuevo. La túnica que lucía era vieja y desgastada, como la corbata negra que se escondía tras la chaqueta, y su maletín. Se acercó a nosotros lenta y tranquilamente, cojeando de forma muy ligera, sin ayudarse del bastón que llevaba bajo el brazo. Cuando estuvo realmente cerca pude comprobar que era mucho más joven y atractivo de lo que esperaba.
̶ Lamento el retraso, no esperaba que el viaje en el Expreso fuera tan movido. ̶ se excusó.
Dumbledore se acercó a él y le tendió la mano cariñosamente:
- No te preocupes por nada, Remus. Hagrid me ha informado de todo. ̶ el hombre asintió y Dumbledore se giró hacia el resto de los profesores. ̶ Creo que varios de vosotros recordaréis a Remus Lupin. Es un placer contar con él como nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.
El recién llegado inclinó ligeramente la cabeza, presentándose ante el resto de sus compañeros, y se hizo a un lado, dejando a Dumbledore que siguiera hablando:
- Precisamente, tenemos mucho que agradecerle a Remus, puesto que en el viaje en tren de camino a la escuela ha ocurrido algo verdaderamente inconcebible. Un dementor ha atacado a uno de nuestros alumnos, y no un alumno cualquiera... sino a Harry Potter. ̶ algunas profesoras se llevaron las manos a la boca asustadas, mientras que otros endurecieron el semblante. ̶ De no haber sido por él y su encantamiento Patronus, habríamos perdido al chico o lo que es peor, su alma. Gracias, Remus, por haber salvado a Potter.
Cuando el anciano hubo terminado de decir la última frase, Snape puso los ojos en blanco y bufó, mientras que el resto del profesorado aplaudíamos al unísono. McGonagall se asomó ligeramente por la puerta al Gran Comedor, comprobando que todos los alumnos se encontraban ya sentados, esperando con ansia el tradicional discurso del director y, posteriormente, saborear los manjares de la cena; así que anunció:
-̶ Albus, es el momento.
Dumbledore se colocó en primera posición, dejando que la subdirectora fuera tras él, después los jefes de las casas, y posteriormente, el resto de profesores. Yo esperaba tras la profesora de Adivinación, Sybill Trelawney, cuando vi por el rabillo del ojo que Lupin se acomodaba tras de mí. Le dediqué una ligera sonrisa que él me intercambió con timidez, mirando posteriormente a sus zapatos. Cuando observé de cerca sus profundas cicatrices, se me erizó la piel. Disimuladamente, las contemplé: la primera surcaba su frente sobre la ceja izquierda; la segunda cruzaba su cara al completo, desde el ojo derecho, pasando por la nariz, hasta el mentón por el lado izquierdo; la tercera debía ser la más reciente, porque la herida en su pómulo derecho seguía tierna.
"Debe de ser auror", pensé.
Albus nos invitó a entrar al Gran Comedor y la imagen me impactó más de lo que esperaba. La sala estaba abarrotada de adolescentes, gritando y riendo, y yo era allí una desconocida. Después de haber visto durante siete años consecutivos a los profesores entrar desde las largas mesas, estar al otro lado impresionaba.
- Toda la vida viéndolo desde abajo y ahora aquí arriba. Qué distintas son las vistas, eh. - parecía que Lupin me hubiera leído la mente al dirigirse a mí mientras íbamos hacia nuestro asiento.
- Vaya que sí... ̶ asentí impresionada.
Cada uno de nosotros nos acomodamos en nuestra correspondiente silla, quedando yo entre Snape y el recién llegado Lupin. Cuando este ya se había sentado a mi lado izquierdo, no pude evitar dirigir una mirada hacia él. Nuestros ojos se toparon una milésima de segundo, pues ambos éramos demasiado vergonzosos como para mantenerlos en el del otro, pero eso ya hizo que un extraño nerviosismo alterara el compás de mis latidos.
Los alumnos del coro entonaron una bonita canción, dirigidos por Flitwick y acompañados por unos grandes sapos que llegaban a notas de barítono. La lluvia golpeaba en los cristales y los niños sonreían felices, un ligero aroma a chocolate llegaba por mi izquierda y el vino sabía dulce. Irremediablemente, me sentí muy agradecida en ese momento. Parecía que, por fin, mi vida iba encarrilándose y por un ligero instante, olvidé todos los malos augurios que llevaba mascando desde hacía un par de semanas.
Al terminar el coro, el director Dumbledore se acercó al atril, haciendo callar a todos los alumnos simplemente alzando la mano derecha.
"Eso lo tengo que aprender", me dije a mí misma.
- Amigos, bienvenidos un año más a Hogwarts. Me gustaría dedicaros unas palabras antes de disfrutar de nuestro gran festín. Primero daré la bienvenida al profesor R.J. Lupin, que ha accedido amablemente a hacerse cargo de Defensa Contra las Artes Oscuras. Buena suerte, profesor. ̶ este se levantó y realizó otra ligera reverencia acompañándose de una sonrisa, presentándose ante sus alumnos.
Tres muchachos en particular aplaudían con más entusiasmo, y al contemplar a uno de ellos, ya sabía de quienes se trataban. Su pelo azabache, acompañado por unas gafas redondas y la cicatriz en forma de rayo sobre su frente lo delató. Era el niño que sobrevivió y al que Remus había salvado un par de horas antes, Harry Potter. Por supuesto, iba acompañado de sus inseparables amigos, Ronald Weasley y Hermione Granger. Conocía sus nombres por una foto que apareció en el Profeta un par de años atrás, después de haber logrado derrotar al profesor Quirrell y al espectro del Señor Tenebroso en su nuca. Miré instintivamente a mi derecha y comprobé la mirada de desprecio de Snape hacia Lupin. No era de desdén y frialdad como me había mirado a mí antes, ni mucho menos. En sus ojos había arrogancia, asco y odio. Me llamó la atención y me dejó algo abstraída, pensando a qué se debía.
Sin embargo, este pensamiento se esfumó de inmediato, puesto que sabía que a continuación, Albus me presentaría a mí. Mi corazón comenzó a palpitar aprisa, las manos me sudaban y no había pensado qué debía hacer. ¿Tenía que levantarme y saludar como lo había hecho mi compañero? ¿Sonreía o, en cambio, me mantenía seria para que los chicos comenzaran a respetarme? Mil pensamientos me rondaban la cabeza cuando los aplausos se atenuaron y Dumbledore prosiguió con su discurso:
- También estoy muy feliz de anunciar la incorporación de vuestra nueva profesora de Estudios Muggles, la señorita Eglantine Price. Estoy seguro de que la adoraréis, como todos nosotros. Un aplauso, por favor.
Me incorporé y sonreí lo más ampliamente que fui capaz. Comprobé que algunos alumnos de los últimos cursos me miraban con incredulidad, mientras que los más pequeños lo hacían boquiabiertos. Debía ser por mi edad, al fin y al cabo, seguía siendo muy joven para ser profesora en la escuela.
- Es preciosa... ̶ escuché a Hermione Granger decir a sus amigos.
Le sonreí a modo de agradecimiento y la muchacha se sorprendió al darse cuenta de que la había oído, pues ya comprobarían que poseo un oído muy fino. Cuando procedía a sentarme y arreglar mi ropa, me di cuenta de que el profesor Lupin me miraba insistentemente. Posé mis ojos en los suyos. Él los apartó de inmediato, como había hecho poco antes de salir de la sala de profesores, mirando a la lejanía del Gran Comedor; mientras que yo logré disimular una pequeña sonrisa y el calor que se acomodaba en mis mejillas.
- Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas ha decidido jubilarse, con la intención de las pocas extremidades que le quedan. ̶ ante semejante comentario, no pude evitar soltar una ligera risilla, la cual se atenuó ante la inquisidora mirada de Snape a mi derecha. Dumbledore continuó: ̶ Me es grato anunciaros que su asignatura será impartida por nada menos que nuestro Rubeus Hagrid.
Este, al no levantarse, fue instado por McGonagall con un codazo. Al incorporarse, desplazó con su gran tamaño la mesa y volcó un par de copas, mientras que la mayoría de los alumnos chillaban y aplaudían con ilusión.
- Finalmente, y en tono menos jovial, a requerimiento del Ministerio de Magia, Hogwarts estará vigilado hasta nuevo aviso bajo el amparo de los dementores de Azkaban, hasta que Sirius Black sea capturado. La sala quedó en silencio, con el único ruido de un par de cuchicheos de los alumnos y el repiquetear de las gotas contra las ventanas:
- ¿Cómo? ̶ exclamó uno de Hufflepuff.
- Oh, no, Sirius Black... -suspiró otro de Gryffindor, llevándose las manos a la cabeza.
Nosotros, los profesores, debíamos mantenernos tranquilos y serenos, no podíamos transmitirles el miedo a los niños. Sin embargo, solo de imaginar la mirada de locura que tenía Black en la portada del periódico el día que escapó se me erizaban los vellos de los brazos.
- Los dementores vigilarán todos los accesos del lugar. Aun habiéndose comprometido a que su presencia no perturbará nuestras actividades, recomiendo precaución. Los dementores se alimentan de vuestros mayores miedos, no se dejan engañar por trucos o apariencias. Por tanto, debo pediros a todos y cada uno de vosotros que no les deis motivos para que os hagan daño. No está en la naturaleza de un dementor ser compasivo. Pero como sabréis, la felicidad puede hallarse hasta en los más oscuros momentos... si somos capaces de usar bien la luz.
Verdaderamente no sabía si era producto de la tensión que el discurso de Dumbledore había causado en mí, o la belleza de esa última frase, pero no pude evitar emocionarme. Una pequeña lágrima bañó mi rostro, pero no hice nada por remediarla o limpiarla, quería que cayera porque esta me hacía atar los pies a la tierra. Snape posó sus oscuros ojos sobre ella y me miró incrédulo, pero no me giré para observarle. Permití que este momento fuera tan mío y recordarlo durante tanto tiempo, que me di el lujo de sonreír después de ello. Tras años y años de arduo trabajo, era por fin profesora en Hogwarts, y aún no era consciente de lo feliz que allí volvería a ser.
Tras la elección por parte del Sombrero Seleccionador de los nuevos alumnos, en la cual Slytherin reclutó 10 alumnos nuevos, Hufflepuff 7, por parte de Ravenclaw 5 y Gryffindor 12; una ingente cantidad de comida apareció en la mesa con un simple movimiento de mano del anciano director. Me encontraba terriblemente hambrienta, por lo que no tardé en atacar al pollo en salsa de calabaza y al hígado de bacalao, dejando algo de hueco para el estofado de ternera y vaca bañadas en cerveza de mantequilla con jengibre, y el postre, un delicioso helado no derretible de fresa y nueces. Mientras degustaba el primer plato, una voz a mi izquierda se dirigió hacia mí:
- Señorita Price, ¿quiere más vino? ̶ Lupin sostenía una gran jarra en su mano derecha, dirigiéndola a mi copa.
- Sí, por favor. Pero no eche mucho, que mañana tengo que estar presentable para mis primeras clases.
Ambos sonreímos y contemplé cómo la bebida granate inundaba mi copa de plata. Le indiqué en qué momento era suficiente y el profesor realizó un pequeño gesto con la cabeza mientras apartaba la jarra. Me permití observarlo más detenidamente: debía ser más alto de lo que parecía, pero se escondía bajo una ligera chepa que enfatizaba su timidez; su pelo estaba perfectamente peinado con una raya en el lado derecho y el bigote que lucía no era excesivamente poblado, pero tampoco clareaba. Había algo en él que me llamaba la atención, pero no era consciente qué.
- Llámeme Eglantine, por favor. Ya que vamos a ser compañeros, creo que podríamos tutearnos y llamarnos por nuestro nombre de pila, ¿no crees?
- Por supuesto, Eglantine. Al fin y al cabo, tendremos que compartir mucho tiempo juntos. ̶ asentí ante su respuesta y me sorprendí por su pregunta: ̶ Eres muy joven para ser profesora, ¿cuántos años tienes?
- Oh, Remus, no te conocía hasta hacía apenas una hora, no esperarás que te diga mi edad. ̶ ambos reímos más fuerte. ̶ Pero sí, hasta hace algo más de una década era alumna de esta institución.
- Mmmm... por lo tanto, ¿26? ̶ inquirió. No pude evitar soltar una pequeña carcajada ante la ocurrencia de él, y repliqué.
- Casi, 27. ̶ Remus asintió, chasqueando los dedos.
No tardó en darse cuenta de lo que yo había caído hacia un par de minutos.
- Espera, yo tengo 33... ósea que debimos coincidir al menos... dos años aquí, ¿no?
Mis manos comenzaron a sudar y mi corazón palpitaba rápidamente. Me estaba poniendo nerviosa, no sabía cómo reaccionar en este tipo de situaciones.
-Sí, así es... debes de ser de la misma promoción que...
- De Sirius Black, efectivamente. ̶ interrumpió Snape a mi lado.
A juzgar por la cara de Remus, le irritó que hiciera ese comentario, y a mí que se metiera en una conversación ajena.
- Efectivamente, Severus. Espero que me recuerdes tan bien como yo a ti. Me quedé incrédula y observé a cada uno de ellos como en un partido de tenis. La tensión se cortaba en el aire con cuchillos y recordé los actos de desprecio de Snape a Lupin... ambos tenían la misma edad, por lo que habían estudiado juntos. ¿Sería que tenían cuentas pendientes desde su etapa escolar?
- Cómo olvidarte... ̶ el profesor de Pociones arrastró las palabras, haciendo muestra de su odio hacia él.
Para relajar el ambiente, intervine:
- Fue una cosecha intensa... también fue el año de los Potter, ¿verdad?
- Así es. ̶ respondió Severus secamente, apartando la mirada.
Cuando hube pronunciado esas palabras, el rostro de Lupin se volvió triste y desolador, como si una nube negra se hubiera plantado sobre él. Dejando de lado a Snape, me dirigí a él:
-¿Y cómo accediste a ser el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras? ̶ Remus se obligó a sonreír y me dirigió una mirada cálida.
- Bueno, Albus me envió una carta este verano ofreciéndome el puesto y sin dudarlo, accedí. Me dio un poco de vértigo, puesto que nunca había dado clase, pero me emocionó la adrenalina y creo que tengo vocación. Además, necesitaba el dinero y jamás recibiría una oferta mejor.
- Eso es cierto... pero piénsalo por el lado bueno, después de la desfachatez de Lockhart el año pasado, cualquier cosa que hagas será un gran trabajo.
- Cierto... pero es un puesto que impone, ¿no crees?
- Y tanto...
