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El portal no había sido un destino, sino un accidente.
Sakura, una joven entrenadora cuyo único objetivo era explorar lo desconocido de su propio mundo, se topó con un pozo de agua que vibraba con una luz extraña, un mosaico de colores que parecía bailar sobre la superficie. La curiosidad, siempre su fiel compañera, la empujó a acercarse demasiado. En un parpadeo, una fuerza invisible y voraz la arrastró hacia el abismo acuoso. Su grito se ahogó en el momento en que el brillo la engulló por completo.
Emergió escupida en un río de aguas cristalinas, el sabor a dulce tierra en sus pulmones. No fue ella quien la sacó a flote, sino su leal Swampert, que había salido de su Pokébola sin permiso, como un guardián silencioso. Su cuerpo pesado y poderoso la sostuvo contra la corriente hasta que la arrojó sin aliento sobre una orilla suave y cubierta de hierba.
Sakura vomitó agua dulce sobre la orilla, sus pulmones ardían. Alzó la vista, desorientada. El sol se alzaba en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados. El aire era cálido y perfumado con el olor de flores silvestres. Grandes árboles de hojas verdes y frondosas se alzaban como gigantes benevolentes, proyectando sombras suaves sobre el paisaje.
Su Rotomdex salió de su riñonera, con el mismo aspecto desorientado. El pequeño fantasma eléctrico, encerrado en su carcasa metálica, parpadeaba con frenesí mientras intentaba, sin éxito, localizar una señal, una coordenada, un solo punto familiar.
—Nada— susurró Rotomdex, su voz robótica llena de frustración. —No hay señal. No hay datos. Solo la PC funciona.
Mientras el sol se alzaba sobre ellos, Swampert la cargó con cuidado. Sus pecas, esparcidas por el puente de su nariz, destacaban sobre su piel pálida, y su cabello rosa, empapado, se adhería a su rostro. La llevó a un claro cercano, un refugio improvisado bajo la sombra de un gran roble.
Una a una, sus Pokébolas se abrieron, liberando a sus compañeros. Charizard, imponente y majestuoso, el pequeño y leal Bulbasaur, la elegante Gardevoir, el gentil Aggron y el estoico Lucario. Todos compartían la misma mirada de confusión y preocupación.
Aggron fue el primero en reaccionar, usando su cuerpo macizo para proteger a su entrenadora de cualquier peligro. Bulbasaur, con su instinto práctico, se arrastró fuera del claro para recoger ramitas secas, mientras que Rotomdex intentaba hacer funcionar el localizador .
—Gracias a todos— Dijo Sakura, su voz apenas un suspiro, con el corazón hinchado de gratitud.
Charizard, con una suave llamarada, encendió la pila de madera que Bulbasaur había reunido. El calor de la fogata fue un bálsamo bienvenido en el claro. Sakura aprovechó para quitarse la ropa empapada y la colgó en un tendedero improvisado, sujetándola con ramas y una cuerda
—¿Y bien?— Preguntó, dirigiéndose a Rotomdex.
— Nada— Respondió el pequeño Pokémon. —Es como si no estuviéramos en el mapa. Como si no estuviéramos en... nuestro mundo.
Sakura soltó un suspiro tembloroso, la realidad de su situación golpeándola como una ola fría. Estaban solos.
Sacó comida de su mochila y la repartió entre sus Pokémon, una pequeña cena de consuelo. Luego, desplegó su saco de dormir y se acurrucó dentro, sus Pokémon apiñándose a su alrededor. Bulbasaur, el más consentido, se metió en el saco con ella, acururcandose en el hueco de su costado.
No había nada más que pudieran hacer por ahora. Mañana sería otro día. Y quizás, solo quizás, mañana tendrían alguna pista sobre dónde se encontraban.
