Work Text:
La extraña maldición empezó un jueves. Podía recordar perfectamente la fecha, la hora, el día, incluso recordaba como el sol, anaranjado del atardecer, se ponía sobre los campos de quidditch. Recordaba todo a la perfección porque era una maldita maldición.
Potter volaba, estaba en su saeta de fuego y reía con los demás Gryffindors en el entrenamiento. Yo miraba la hora, como todos, porque casi era nuestro turno, y si esos estúpidos Gryffindors se extendían un minuto más de su tiempo, tendríamos problemas.
Por eso sé el segundo en el que fue, cuando un Harry Potter despeinado dio un giro increíble en su escoba, levantó las manos del palo y atrapó la snitch antes de chocar con una columna, recuperando la estabilidad en segundos. El viento despeinaba su cabello a esa altura y el sol brillaba hermosamente en su espalda, fue ahí donde me di cuenta, estaba enamorado del maldito Harry Potter.
…
Las flores empezaron una semana después. Al principio fue inocente, una pequeña molestia en la garganta, una suave tos. Draco estaba en medio de una clase que compartía con los Hufflepuff cuando el primer pétalo escapó de su boca.
– Eso no se ve bien – le dijo una chica, no recordaba su nombre, no estaba en su casa y no era importante, así que no debía hacerlo.
– Hanahaki – le susurró ella al terminar la clase.
– Deberías ir a la enfermería con urgencia, o a San Mungo, es mortal. – Draco había escuchado ese nombre antes, conocía a alguien que la había tenido por años, así que prefirió ir con él primero.
El despacho de su padrino era sombrío y oscuro. Siempre le había gustado a Draco. Tocó la puerta y esperó un segundo. Su voz seca le dijo que entrara. Apenas abrió la puerta encontró al hombre corrigiendo ensayos en su escritorio.
– Las clases especiales son mañana. ¿O hay otra razón por la que estés aquí Draco? – el rubio lo miró con seriedad.
– Hanahaki – respondió secamente. – Creo que la tengo – y sin decir más le mostró el pañuelo, donde había más 10 pétalos de lirios violetas ensangrentados.
Snape trabajaba en la poción, mientras Draco miraba curioso. – Pensé que era mortal.
– Lo es. Esto no es una cura, si no un remedio para soportar la enfermedad. Yo lo inventé. Nunca se curará a menos de que tu amor sea correspondido o termine. Debes enfocarte en eso.
– Es imposible que sea correspondido.
– Entonces terminalo pronto. Es magia muy antigua Draco. Y tiene más fuerza en ti por ser sangre pura. Hoy en día los casos son contados.
– Pero tú la tuviste y estás bien.
– Porque yo la amo demasiado. No he dejado de hacerlo. Pero este tipo de amor, está casi extinto.
– Si no tomo la poción ¿moriré?
– Morirás de todas formas. Pero la poción retrasa el avance y adormece el dolor.
Durante la guerra creyó mejorar. La casi nula exposición a Potter, su mente enfocada en sobrevivir, el mismo Señor Oscuro en su casa se volvieron catalizadores para que su amor empezará a desvanecerse. Lamentablemente los eventos que siguieron hicieron que se enamorara aún más de él. Todo comenzó cuando Potter apareció en su casa.
Hermione y Ron estaban con él, su rostro había sido deformado con un hechizo pero era él, conocía esos ojos verdes. Siempre habían sido su fascinación. Era Harry. Los carroñeros los atraparon, reconocieron a Granger, pero no estaban seguros con Weasley y Potter.
– No estoy seguro – les dijo a sus padres mientras fingía mirar al chico con inseguridad.
– No soy tan cercano a Potter como para descubrirlo, su rostro está desfigurado – continuó. Su tía Bella estaba ansiosa y llena de furia.
– Nos recompensará si somos nosotros quien se lo entregamos Draco, vamos, es Potter o no?
El siguiente evento fue en Hogwarts, cuando creyó que moriría por el fuego maldito Potter volvió y lo salvó. Su corazón se estremeció y atribuyó al fuego la tos que lo invadió.
Por esa misma razón, cuando Potter, quien creía que estaba muerto, se levantó para enfrentar al señor Tenebroso, le aventó su varita dándole un medio para pelear. Cuando la batalla finalizó en el gran comedor sabía que estaba jodido. Su amor por Potter era más fuerte que nunca.
Creyó que podría superarlo, seguir adelante, dejar de amarlo. Pero entonces llegó el juicio. Potter lo defendió con fuerza. Insistiendo que Draco había sido una de las razones de la victoria, de cómo su intervención había protegido a Harry y que el rubio, al cambiar de bando en el último momento, entregó su varita para que Harry pudiera terminar con Voldemort. Incluso habló sobre la manipulación y cómo fue obligado a volverse un mortifago a su corta edad.
Draco consiguió un año en Azkaban. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su vida estaba terminada.
No lo tomó con coraje o tristeza. Simplemente se dió cuenta de que era una cruel broma del destino. Su propio karma, nada más. Incluso le agradeció a Potter, dándole un apretón de manos después del juicio.
Sus padres lloraron bastante. El chico solo pudo tranquilizarlos. Su padre estaría de por vida en Azkaban, su madre tendría un año como él. Aún así los tres lo sabían, Draco no sobreviviría al Hanahaki.
El primer mes no fue tan malo, claro estaba en Azkaban, los aurores lo golpeaban y maltrataban todo el tiempo, lo entendía, así que nunca se defendió o lloró, y tosía pétalos de lirios ensangrentados. Al menos no había dementores. Porque estaba seguro de que no sobreviviría a ellos.
Pero el tiempo pasó, sin la poción los síntomas se hicieron más severos, al poco tiempo se volvieron flores completas. Los aurores aumentaron su abuso. Sabían del Hanahaki, sabían que él iba a morir, y no dudaron en adelantar el proceso.
En su última noche, Draco empeoró. Empezó a toser espinas. Lo cuál se le hizo irónico, los lirios no tenían espinas. Aún así las espinas y las ramas lastimaban su garganta.
Se desgarró la garganta, los aurores escucharon, algunos incluso vieron como se ahogaba con su propia sangre llenos de placer. Murió solo en su celda. Mirando hacia un punto anaranjado en la pared, donde había una pequeña fisura, donde se veía el atardecer. Recordando aquella tarde en el campo de quidditch, cuando descubrió que se había enamorado de Harry Potter.
…
Harry estaba seguro de que tenía la peor suerte del mundo.
– Si no es una cosa es otra Hermione – le dijo con frustración a la chica, llevaba una semana tosiendo flores, campanillas de invierno, le dijo Hermione cuando finalmente le contó.
– Harry, ¿de quién estás enamorado? – le preguntó. Él mismo no estaba seguro.
Muy dentro lo sabía. Era Draco Malfoy, había estado soñando con él. Pero no lo veía como un enamoramiento, si no como un síntoma más de la guerra. Estaba seguro de que era culpa, porque el rubio estaba en Azkaban. Él había intentado ayudarlo, pero no lo salvó de la cárcel.
– No es Ginny – les aseguró, haciendo que Ron se sintiera incómodo.
– Quisiera que fuera Ginny, amo a Ginny, ojalá fuera Ginny, ¿por qué no es Ginny?
– Lamento decir esto amigo, sobre todo porque estamos en un problema serio. Pero no amas a mi hermana, si fuera así, no estarías escupiendo esas campanillas. – El moreno se estremeció. Era verdad.
– No es tan difícil Harry, ¿quien es? No diremos nada, pero debemos saberlo. – Pero el moreno seguía sin estar seguro.
Tuvo que tomar medidas extremas, y un poco de veritaserum, pero finalmente pudo decir su nombre. Draco Malfoy.
Al principio se negó, pero Hermione fue la primera en moverse. Las visitas a los prisioneros de la guerra estaban prohibidas, pero necesitaban reunirse, hablar, era de vida o muerte.
Había luchado mucho para conseguir esta cita. Pero estaba emocionado. Vería a Draco, y algo en su corazón pensaba, que si había tenido tanta suerte toda su vida y seguir aquí, tal vez Draco podría corresponder sus sentimientos.
Estaba fuera de Azkaban, esperando, pasaron algunas horas, estaba desesperado, pero su furia creció cuando le dijeron que no podría ver a Malfoy.
Peleó, amenazó con su varita, pero al final se le prohibió ver al rubio y no le quedó de otra más que volver a Londres. Al día siguiente estaba en la oficina del Ministro de Magia, listo para pelear. Pero la realidad fue otra.
–Hubo un inconveniente en Azkaban. – le aseguró el hombre.
– Lamento ser el portador de malas noticias, pero se me informó que Draco Lucius Malfoy, falleció hace tres días.
Las palabras le hicieron zumbar los oídos, la fuerza de sus piernas cedió mientras el aire comenzó a faltarle. Era la tos. Comenzó suave, pero se volvió más agresiva a cada segundo. Los pétalos blancos manchados de sangre que solía expulsar fueron reemplazados por flores completas.
– No… Draco no - apenas pudo decir entre la tos y las flores que salían de sus garganta.
– Potter – el ministro mostró preocupación, entregándole un vaso con agua.
– No me digas… Malfoy – le respondió con tristeza.
– Malfoy…
– Esto es extraoficial. Hay un problema en Azkaban. Algunos aurores están tomando justicia por mano propia contra los mortifagos.
– ¿Draco fue asesinado? – le preguntó mientras se levantaba furioso, pero en su interior solo había pánico, imaginando todo lo que el rubio tuvo que sufrir los últimos dos meses.
– No, lo de Malfoy fue diferente. Tenía una enfermedad vieja, casi extinta, Hanahaki, ¿has escuchado de ella? ¡Claro que has escuchado de ella maldición, la estás sufriendo! .
– Llegó a un punto crítico. Las espinas desgarraron su garganta. No pudimos hacer nada… pero estoy seguro de que los aurores omitieron la enfermedad solo para verlo sufrir. Lo lamento Potter.
Un nuevo ataque de tos lo invadió.
– Te curarás, la persona a la que amas está muerta. Se ha mantenido en secreto, te imaginas por qué, es el único remedio que puede curar la enfermedad.
Debo pedirte que mantengas esto en silencio. Si la gente supiera que esta enfermedad está de regreso, habría pánico. Es casi imposible que la contradigas, debes de ser de sangre “limpia” o amar tanto a la persona que estás dispuesto a dar tu vida por él.
Pero Harry no se mantuvo callado. Al salir del ministerio no habló sobre el Hanahaki, pero sí sobre los abusos que sufrió Malfoy ahí.
Dos semanas después Narcissa Malfoy estaba libre, las revueltas contra los aurores se movieron bastante rápido. Había mucha gente que odiaba a los mortifagos, pero no aceptaban esa crueldad. Ella había sido liberada en compensación por lo que su hijo había sufrido.
Lucius Malfoy se había suicidado en prisión. En su carta, explicó como se sentía culpable al llevar a su hijo hasta este punto. Se culpó directamente por su muerte y mordió su lengua, para morir de la misma forma.
Tres días después, el trío de oro se encontraba en la sala de la Mansión Malfoy.
– Era el favorito de Draco – les dijo Narcissa ofreciéndole el té. – Negro con unas gotas de limón.
– Debe sentirse feliz por estar libre – le dijo Ron con una pequeña sonrisa.
– Estoy libre porque mi hijo murió sufriendo, ahogado en su propia sangre. Con gusto volvería a Azkaban de por vida y aceptaría el beso del dementor si eso lo trajera de vuelta. – les aseguró. El ambiente se volvió incómodo mientras Hermione lo fulminaba con la mirada.
Harry tosió un poco, la flor se escapó de sus labios. Narcissa lo miró sin sorpresa.
– Hanahaki … – susurró con delicadeza.
– Si, sobreviviré. La persona a la que… – soltó un suspiro.
– Tranquilo, es tu día de suerte. Draco también la sufría. Hay una poción para evitar que la enfermedad empeore.
– ¿Draco creó algo así? – Hermione estaba impresionada.
– Oh no cariño. Estoy segura de que mi hijo habría encontrado la cura si hubiera tenido tiempo. Pero con todos los problemas que tuvo en sus últimos años de vida, apenas podía sobrevivir.
– La poción la creó Severus. Se enamoró de alguien en su infancia, apenas supo lo de Draco le enseñó a prepararla.
– Me estoy curando… – dudó un poco – Era Draco. Por eso fui a buscarlo a Azkaban.
Narcissa dejó salir una pequeña risa.
– Oh, Harry, la vida puede ser realmente cruel. No necesitas la poción, vas a curarte enseguida – le aseguró dándole un sorbo al té. Los tres la miraron sorprendidos y preocupados por su salud mental después de verla reír así.
– Eras correspondido Harry – continuó ella. – Tu eras el amor no correspondido de mi Draco. Su Hanahaki empezó por ti en su quinto año en Hogwarts. Te amó desde entonces.
El corazón de Harry volvió a romperse. Draco lo amaba desde hacía tanto tiempo.
– No sabía que mi hijo representaba las campanillas de invierno, irónico, una flor que representa la esperanza, pero hermoso. Tu eres un lirio. Escupía lirios violetas. ¿Será por tu madre? – Le preguntó curiosa.
Un año después Harry tocó la puerta.
– Narcissa, prometiste esperarme, quería ayudarte con la mudanza – le dijo a la mujer mientras entraba en su casa.
– Harry, basta por favor, me siento incómoda con tanto amor de tu parte. Siempre he sido una mujer fuerte, puedo mudarme yo sola.
– Lo sé, lo sé, pero eso no evita que quiera ayudarte. Para mí es un placer – continuó mientras se sentaba en la sala.
– Francia te queda bien. Siempre creí que su casa quedaba en algún lugar por París, pero me sorprendió ver la playa.
– Draco amaba la playa de niño, así que compramos una casa aquí – le aseguró. –Pensé que esto me llenaría de nostalgia o me deprimiría, pero este lugar está lleno de felicidad. Me hace bien, no como la mansión.
– Eso es bueno, aunque me costará más visitarte.
– Harry por favor, eres un joven, vive tu vida, no te encierres conmigo. Sigue adelante.
– Lo sé, lo sé, es solo que, creo que Draco hubiera disfrutado esto, nuestra relación. Ni siquiera lo conocía bien pero, es algo que he sentido siempre.
– En eso tienes razón. Draco hubiera disfrutado muchísimo que tu y yo fuéramos cercanos, estoy seguro que, donde está, le hace feliz.
– Vendré a verte, no puedes negármelo – bromeó el moreno – disfruto mucho tu compañía.
– Y yo la tuya… oh por cierto, encontré algo en la mansión. No sé si es buena idea o algo cruel dártelo, pero siento que te pertenecen. – Le mostró una caja, llena de diarios viejos.
– Son de Draco, y te menciona bastante.
Cuando Harry volvió a su casa, tomó los diarios y los ojeó, hasta que una entrada llamó su atención.
La extraña maldición empezó un jueves. Podía recordar perfectamente la fecha, la hora, el día, incluso recordaba como el sol, anaranjado del atardecer, se ponía sobre los campos de quidditch. Recordaba todo a la perfección porque era una maldita maldición.
Potter volaba, estaba en su saeta de fuego y reía con los demás Gryffindors en el entrenamiento. Yo miraba la hora, como todos, porque casi era nuestro turno, y si esos estúpidos Gryffindors se extendían un minuto más de su tiempo, tendríamos problemas.
Por eso sé el segundo en el que fue, cuando un Harry Potter despeinado dio un giro increíble en su escoba, levantó las manos del palo y atrapó la snitch antes de chocar con una columna, recuperando la estabilidad en segundos. El viento despeinaba su cabello a esa altura y el sol brillaba hermosamente en su espalda, fue ahí donde me di cuenta, estaba enamorado del maldito Harry Potter.
