Work Text:
Si cierras los ojos, oh, oh, oh,
verás lo que siento, oh, oh, oh.
Verás que te quiero a ti,
dime qué sientes por mí…
Aunque ya se conocían desde que Till entró a la universidad, nunca hablaron más allá de los gestos quietos con los que se saludaban en los pasillos, la charla trivial cuando se topaban en los espacios comunes o las preguntas casuales que le hacía cuando recién llegó al departamento de en frente, sobre cómo llegar a tal o cual lugar y cosas generales del edificio. A veces Ivan lo veía por ahí, en el campus, en la calle o en el transporte, y si bien lo saludaba cada vez que se lo encontraba, siempre mantenían distancia.
Por lo menos hasta que Luka organizó la fiesta de titulación de Hyuna en su casa, y Mizi convenció a Till de que fuera a pesar de no conocer a nadie más que a ella. Lo arrastró por toda la casa para presentárselo a todos sin importarle lo avergonzado que se veía. Cuando Ivan llegó, Till lo miró como si fuera un inflable salvavidas y se acercó a saludarlo con timidez.
—¿Ya se conocen? —preguntó Mizi con sorpresa.
—Somos vecinos —afirmó Ivan, notando las miraditas nerviosas con las que Till le estaba pidiendo ayuda en silencio. Se veía exhausto, probablemente de intentar seguirle el ritmo a Mizi, pensó—. No sabía que eran amigos.
—Íbamos a clases al mismo conservatorio, ¿verdad? —contó ella, dándole golpecitos a su amigo en el brazo hasta que este asintió con la cabeza—. Lo traje porque siempre se encierra en su cueva y no socializa para nada.
—Mizi…
—¿Qué? Sí es cierto —insistió y dio una mirada alrededor, buscando más personas a quién presentarlo—. ¿Ya conoces a Isaac?
—Ya me lo presentaste…
—¿Y a Dewey?
Ivan miró a Till con curiosidad, lo atrapó echándole miraditas avergonzadas y notó que su sonrojo se oscurecía un poco más conforme su amiga seguía hablando, parecía que quería que se lo tragara la tierra. Entendía la intensión de Mizi, pero también comprendía la situación tan vergonzosa en la que lo estaba poniendo, así que decidió hacerle un pequeño favor.
—Oye, ¿ya saludaste a Sua?
—¿Sí vino? —Mizi cayó de inmediato, mirándolo los ojos muy abiertos—. ¿Dónde está?
—La vi en la entrada, estaba platicando con Hyuna —indicó, señalando la puerta—. No sé si se vaya a quedar, ya sabes que no le encantan estas cosas.
En realidad él sabía que Sua sólo planeaba pasar a dejarle un regalo a su amiga. Se detuvo a conversar con ella un rato porque llegaron al mismo tiempo y la dejó en la entrada cuando Hyuna apareció y ambas comenzaron a hablar de asuntos que a él no le incumbían.
—¡Por ahí hubieras empezado! —reclamó Mizi y tomó a Till de los hombros con expresión apurada—. Ahorita vengo, no me tardo.
Con eso, salió corriendo a la entrada sin mirar atrás.
—Gracias —dijo Till, frotándose el cuello.
—No te preocupes.
—Sua no se va a quedar, ¿verdad? —adivinó, haciendo una mueca cuando Ivan asintió con la cabeza—. Agh, se va a ir con ella.
—Sí, lo más seguro —soltó una risita.
Todos sabían que la principal prioridad de Mizi era Sua, a ella no la obligaría a quedarse en una fiesta donde no quería estar, mucho menos si podían irse a su departamento para estar a solas.
Till suspiró.
—Debería irme. Ni conozco a nadie aquí.
—¿Cómo no? Mizi te presentó a todos —bromeó Ivan, riéndose cuando las mejillas de Till volvieron a enrojecerse.
—Qué vergüenza.
Ivan lo miró un momento, dándose el tiempo de realmente observarlo por primera vez. Mentiría si dijera que nunca le había llamado la atención, siempre se quedaba un poquito clavado con su forma tan intensa de expresarse, con lo curiosa que era su forma de hablar, oscilando entre el desacato y la cortesía, con su silueta delgada y su estilo tan estrambótico; debía admitir que lo saludaba cada que se encontraban porque le gustaba tomarlo desprevenido y ver el cambio de su expresión de algo severo a esa mirada tímida y el ligero rubor que le subía al rostro.
Ah, el rubor.
Le encantaba lo fácil que era hacerlo sonrojar, sentía una extraña emoción cada que lograba que se le calentaran las mejillas y balbuceara de nervios. Ahora que lo veía con más detalle podía ver cada una de sus micro reacciones y cómo se lo comía la pena: su cuerpo entero se tensaba, sus hombros se cuadraban, sus labios formaban una línea temblorosa y sus cejas se alzaban de forma un poco graciosa.
Se veía tan lindo, pensó, sintiendo que el corazón se le encogía de ternura. Le daban ganas de apachurrarlo y hacerle maldades para avergonzarlo más.
—¿No quieres quedarte a tomar algo? —se animó a preguntar.
—Pero Mizi fue la que me invitó y ya se fue…
—Bueno, haz de cuenta que yo te invité.
Till parpadeó, tardando un momento en procesarlo.
Cuando por fin comprendió, echó un vistazo al camino por donde desapareció Mizi y después lo miró con expresión tímida.
—Supongo que una cheve no hace daño.
Pasaron la tarde hablando, tomando un poco y comiendo las chucherías que les ofrecía Luka de vez en cuando. Se sentaron en uno de los muebles de ratán que había en el jardín, un poco alejados de la música y de los demás, su conversación se volvió tan animada que se olvidaron de sus botellas de cerveza y del plato de frituras.
Estaba fascinado con la risa de Till, con la forma en que se le iluminó el rostro cuando descubrieron que ambos estaban viendo el mismo arco de One Piece y cuando estaban de acuerdo en las mismas cosas; aunque también era interesante cómo se deformaba su rostro cuando diferían en opiniones. No se dio cuenta de que pasaron horas hasta que los mosquitos comenzaron a molestarlos y Till comenzó a espantárselos de la cabeza, sin dejar de hablarle sobre sus clases y sobre sus presentaciones los fines de semana.
—Debería ir a verte un día.
—Te van a comer vivo —se rio Till, atrapando un mosquito y sacudiéndoselo cuando se aseguró de que estaba muerto—. Allí cazan a los niños bonitos como tú.
—¿Quién? ¿Tú?
—Tonto —Till se sonrojó y desvió la mirada, pero Ivan ya había notado que lo miraba de arriba abajo cuando creía que estaba distraído.
Quizás era el vodka con refresco que le sirvió Hyuna hace un rato, pero se moría por besarlo, quería tocarlo por todos lados y pegarse a su cuerpo; morder su cuello, oler su piel y escucharlo suspirar de placer.
Jamás se había sentido así de atraído a alguien, tan sediento.
Consideró la posibilidad: no eran exactamente extraños, la situación en la que se encontraban se prestaba, la química entre ambos se daba naturalmente. No solía hacer ese tipo de cosas casuales y la idea de dejarse llevar lo puso un poco nervioso; sin embargo, las miradas pausadas que lo recorrían de pies a cabeza y los gestos coquetos de Till lo estaban volviendo loco, especialmente cuando sus dedos comenzaron a pasear por su rodilla.
Descubrió que era un hombre muy débil, pues cuando Till posó la palma sobre su muslo, sintió que el calor de su mano le traspasaba la tela y se extendía por todo su cuerpo.
Decidió que podía lidiar con una cruda moral de vez en cuando.
—Capaz veo unos capítulos cuando regrese —dijo Ivan, sin poder despegar la mirada de sus labios. Tomó aire y soltó el anzuelo, rogando al cielo que no se notara su desesperación—. Aprovechando que no está mi roomie.
—Ah, ¿y eso?
—Se va a su pueblo los fines de semana.
—Oh, tienes casa sola los findes.
—Sí… ja, ja —exhaló, casi ahogándose con el aire al sentir que la mano en su muslo subía un poco—. Eres bienvenido cuando gustes.
—Cuando guste —hizo eco Till, deslizándose un poco más cerca. Luego se inclinó hacia él, dándole espacio para quitarse si así lo quería—. ¿Hoy?
—Sí, si quieres —afirmó Ivan, tomándole la cintura para pegarlo un poco más, estaban tan cerca que sentía su respiración sobre la piel. Una mezcla de nervios y emoción le recorrió la espalda, no sabía cómo continuar—. Eh… sólo que dejé un desorden antes de salir y…
—Cállate ya.
—Sí, señor.
Till lo rodeó con los brazos y lo jaló hacia su cuerpo, sus bocas se encontraron sin más preámbulo. Aunque la prisa los hizo chocar los dientes un par de veces, no les quitó las ganas de más e Ivan no perdió el tiempo cuando sintió su lengua acariciarle el paladar: exploró su boca entera, disfrutando cómo se derretía entre sus brazos, bebiéndose sus sonidos quietos de sorpresa cuando lo empujaba demasiado y esa expresión de impaciencia que tenía. El piercing de su lengua a veces chocaba con sus dientes, sus anillos le rozaban la piel cuando le acariciaba el cuello, su perfume comenzaba a trastornarle la cabeza.
Probó tocarlo un poco, acariciándole el pedazo de piel que tenía descubierto en la espalda baja, y su suspiro tembloroso le dio luz verde, así que metió las manos debajo de su playera.
Sintiendo la curva de su espalda, pensó que a lo mejor la posición en la que estaba era incómoda, lo tenía casi levantado sobre el mueble con muy poco apoyo. Como no quería interrumpir el momento haciendo preguntas estúpidas, bajó la mano hasta su cadera y en un movimiento rápido lo alzó para recorrerlo más cerca del respaldo.
—¡Ora!
—Perdón —se rio Ivan.
Le lamió los labios, recuperando otro beso de ellos.
—¿Perdón por qué? —negó Till con una sonrisita y se mordió los labios al apretarle los bíceps—. ¿Para eso son esos brazotes?
No pudo evitar sonrojarse, estaba acostumbrado a uno que otro comentario sobre su cuerpo, pero que Till lo mirara con tanto deseo le provocó una cosquilla de nervios en el estómago. Le dio un poco de ánimos saber que le parecía interesante, así que le recordó lo que estaban haciendo con un apretón en la cintura. Su cerebro se sacudió cuando sintió que volvía a derretirse con sus besos, que se arqueaba al sentir sus manos acariciarle los costados y la espalda.
Su cuerpo se sentía tan caliente que a veces tenía que separarse para respirar aire fresco, pero esa boquita rosada lo seguía y le daba besos en la mandíbula para tentarlo, buscando encenderlo más con su ronroneo.
Él se dejaba vencer sin poner resistencia.
—Ivan… —lo llamó Till en una de esas veces, su voz bajita.
—¿Sí?
—… Ivan…
—¿Mmh?
Pero la respuesta fue otro ronroneo, así que Ivan se aventuró a besar su cuello, sintiendo su cuerpo cada vez más y más suelto. Los brazos de Till comenzaron a pesar sobre sus hombros, sus manos quietas sobre su espalda, su respiración se sintió un poco más profunda, sus sonidos bajitos continuaban formándose en su garganta pero sonaban distraídos.
De pronto, Ivan sintió que la situación era un poco extraña, así que alzó la cabeza para mirarlo y el alma se le salió del cuerpo: Till tenía los ojos cerrados, estaba completamente suelto, se veía pálido.
Sus manos volaron hasta tocarle el rostro, buscando algún signo de consciencia.
—¡¿Till?!
Al escuchar su nombre, Till abrió los ojos de golpe y se enderezó en su lugar con expresión de susto. Ivan lo miró intentando no entrar en pánico.
—¡¿Qué pasó?!
—Fuck. Ivan, perdón —dijo él, tallándose los ojos furiosamente—. Me quedé dormido, perdóname, qué pena.
Ivan parpadeó, confundido.
—¿Te sientes mal?
—No, no. Te juro que no.
—¿Estás mareado?
—No… Bueno, sí. ¡No! O sea, poquito, pero no estoy borracho —trató de explicar, pero su expresión sólo lo preocupó más—. De verdad que no estoy borracho, sólo estoy muy cansado, no he dormido nada.
—Till, estás pálido.
—No, pero te juro que estoy bien, sólo es el sueño —insistió, ahora con un poco de pánico en el rostro también—. Es que no he dormido como en… tres días.
—¡¿Tres días?! ¡¿Por?!
—Tengo insomnio y he estado ocupado, es… complicado.
Su risilla nerviosa no alivió para nada su preocupación. Pensándolo bien, Till se veía bastante pálido desde que llegó y tenía las ojeras muy marcadas, pero no le pareció raro porque siempre las tenía así. Ahora que lo veía con la cabeza más despejada se daba cuenta de que lucía cansado, desorientado y desde que se sentaron juntos había notado que tenía los ojos muy irritados.
Se sintió terrible por no haberse dado cuenta de lo mal que estaba.
—Eh… ¿En qué estábamos? —preguntó Till, con los ojitos brillosos de pena y un poco de esperanza.
—Till…
—Sí, okay, tienes razón —asintió él, frotándose el rostro. Luego dio un bostezo enorme, que no pudo contener por más que lo intentó, y se talló los ojos hasta que volvió a despejarse—. Debería irme.
Ivan se levantó, acomodándose la playera al notar que la tenía levantada. Aún sentía el rastro de sus manos acariciándolo y apretando los músculos de su espalda, respiró profundo para dispersar el calor que sentía recorrerle la piel.
—Te llevo —ofreció.
—No, cómo crees…
—Me preocupa dejarte ir solo —eso y además no quería despegarse de él todavía. Se sintió muy tonto por el anhelo que se le instaló en el pecho, sólo se habían besado, se recordó. Quizás aún tenía el efecto de sus besos atacándolo con dopamina, serotonina, oxitocina y todas esas cosas que su cerebro no dejaba de bombardearle. Para contrarrestar un poco su propia vergüenza, agregó—: De todas maneras iba a regresar temprano.
Till lo miró como si quisiera decir algo más, pero terminó por asentir.
Ignoraron la miradita curiosa de Hyuna cuando se despidieron de ella, Luka le pidió que le avisara cuando llegara a casa e Ivan asintió haciéndole un gesto grosero cuando nadie más lo veía. Sabía que esa era su forma sutil de pedirle que le contara lo que sucedió, no le interesaba realmente si llegaba bien a casa. Lamentablemente le terminaría contando porque su primera opción era Mizi y ella no se desocuparía hasta quién sabe cuándo, considerando que sus citas con Sua duraban días, por más espontáneas que fueran.
Cuando llegaron le dio pena ver su reflejo en la entrada del edificio: tenía el cabello despeinado, los labios enrojecidos y la expresión oscurecida en deseo. A pesar del susto, no había logrado calmarse en todo el camino, era vergonzoso lo mucho que quería volver a besarlo, a tenerlo entre sus brazos y sentir su calor.
—¿Qué haces solo en tu cuarto los findes? —preguntó Till de pronto, mientras subían las escaleras.
—Depende, hay muchas cosas que hacer —Ivan se alzó de hombros—, pero en la noche suelo hacer maratón de One Piece.
—Con razón avanzas tan rápido.
—Depende del arco que esté viendo —se rio, paseando los dedos por la baranda de la escalera—. Puedes venir a verlo conmigo cuando quieras.
El silencio se extendió hasta que subieron el último tramo hasta el descanso de su piso, Ivan comenzó a sentir algo de decepción. No sabía si volvería a tener una oportunidad para hablar con él como esa tarde, para volver a besarlo, para continuar lo que habían empezado.
Se preparó para despedirse cuando llegaron a la puerta de su departamento, vivían uno frente al otro y aun así se veían poco en su día a día, siempre de manera fugaz. Era tan tonto, ¿pero acaso sería muy intenso si lo invitaba a salir?
—¿Se puede hoy? —preguntó Till, dando un paso más cerca, acorralándolo contra la puerta, Ivan recién se daba cuenta de lo pegados que caminaron todo el tiempo—. Podemos seguir lo de hace rato… Si quieres…
—Till, estás muy cansado —le recordó, pero él tenía una expresión obstinada. Su cuerpo le rogaba que aceptara, pero su consciencia lo taladró para que intentara convencerlo—: Deberías ir a dormir.
—Ya no tengo sueño.
—Till…
—De todas maneras voy a estar despierto toda la noche —insistió, jalándolo de la pretina del pantalón. No cedía aunque estaba sonrojado de vergüenza, tenía un puchero berrinchudo que se imaginó mordiendo—. ¿O no quieres?
Ivan no pudo decirle que no.
Terminaron enredados en la cama, justo como había sido el plan inicial. Descubrió que Till podía besar aún más caliente cuando rodaba la cadera para seguirle el ritmo, que sus suspiros sonaban mejor cuando los tenía pegados a la oreja y que le gustaba acariciarlo con sus uñas hasta dejarle marcas rojizas por todos lados.
Si bien Till se quedó dormido apenas se vino, Ivan aún creía que había sido una de las mejores noches de su vida. Despertar con la boquita de Till besándole el cuello con pereza fue lo que terminó por convencerlo: no quería que fuera algo casual, y quizás era muy dramático, pero necesitaba tenerlo entre sus brazos cada mañana al despertar.
La noche de sueño decente hizo maravillas en el semblante de Till y lo energizó tanto, que tuvo a Ivan temblando en minutos, rodando los ojos y jadeando en la almohada. El sexo mañanero lo trastornó un poquito más, le hizo ver promesas en sus ojos, cariño en sus gestos; su corazón se clavó en la gentileza con la que Till le besó los muslos al notar que no dejaban de temblarle mientras lo limpiaba después de terminar; y cuando desayunaron hablando de todo y de nada a la vez, se imaginó que quizás todos los días de su vida podrían ser así.
—No me sorprende —le dijo Luka el lunes siguiente—. Siempre has sido un romántico, claro que te ibas a clavar.
—A lo mejor se me pasa después de un rato…
—Bueno, ya tenías rato que decías que te llamaba la atención —le recordó, comenzando a separar los juegos de copias que acababa de sacar de la máquina—. Date la oportunidad de conocerlo mejor, deja que todo fluya.
—Okay, claro, puedo hacer eso —excepto que fluir no era exactamente su especialidad: le gustaba planear las cosas, saber qué sucedería a continuación y tener una respuesta preparada para todo. Improvisar no era precisamente su fuerte—. ¿Y si nada fluye?
—No seas ridículo, no lo pienses tanto —Luka rodó los ojos, le pasó la engrapadora y el primer juego de copias, las hojas estaban tibias—. Mejor ayúdame, ándale.
—… ¿Este no es el examen para mi clase?
—Igual te sabes todas las respuestas —se justificó, pasándole el siguiente juego. Ivan se alzó de hombros y comenzó a engrapar, a veces recordaba que su amigo también le daba clases en la facultad a pesar de no tener mucha diferencia de edad, era un poco gracioso—. Mira, puedes pensarlo así: tu misión ahora es conocerlo y averiguar si sí te gusta de verdad o si sólo te hace falta amor propio.
—Eso suena más complicado… pero supongo que puedo empezar por conocerlo —admitió, imaginándose que Sua le diría algo similar cuando le contara. Mizi probablemente se emocionaría, le diría que estaban destinados a casarse y lo ilusionaría más; tendría que esperar a verla para que le validara su nuevo plan de vida que incluía una boda de 300 personas. Resignado a “dejar que las cosas fluyan” mientras tanto, miró las hojas en sus manos—. Tienes un error en la pregunta tres.
—No me digas eso.
—Y en la siete escribiste “veritente” en lugar de “vertiente”.
Luka leyó las hojas con las cejas fruncidas y lo siguiente que hizo fue darle la tarea de triturar todas las copias mientras él se encargaba de corregir el examen en su computadora.
Desde entonces aprendió muchas cosas de Till.
Lo veía en el pasillo, en el campus, en el gastronómico y en cualquier lugar donde Ivan desviara la vista lo suficiente para notar su cabello gris pasar como una ráfaga. Siempre parecía atareado, corría a todos lados con la mochila abierta y las agujetas hechas un nudo, cuando pasaba a su lado dejaba un aroma a champú mezclado con el olor dulzón de la lata de energizante que siempre llevaba en la mano y del cigarro cuando regresaba de tocar en esos bares de mala muerte donde se presentaba los fines de semana.
También daba la casualidad de que se lo encontraba tomando pequeñas siestas en donde sea: lo había encontrado dormido en sillones, en el bus, en los jardines del campus y en clases. A veces de cuclillas en la banqueta esperando a que Mizi saliera de su turno en la cafetería para acompañarla a su casa; recargado en la pared detrás de un anuncio publicitario en un descanso de su trabajo; en el piso justo al lado de una puerta de vidrio poco transitada, porque hacía frío y el sol lo había arrullado; también lo había encontrado debajo de mesas y escritorios y alguna vez subido al techo del almacén de su facultad.
Mizi decía que dormía como los gatos, que podía dormir donde sea e ingeniárselas para meterse en cualquier rincón extraño para tomar una siesta. Ivan comenzó a buscarlo en todos lados, a asomarse en esquinas y rendijas, casi siempre lo encontraba ahí donde los rayos del sol calentaban los climas fríos o en espacios oscuros y frescos cuando hacía calor. Se había convertido en un juego del diario, su premio por encontrarlo era su expresión confundida, su semblante suavizado por el sueño y las raras ocasiones en las que se le acurrucaba en el pecho, saludándolo como un gatito que busca atención.
Le fue imposible no enamorarse.
—Till —lo llamaba Ivan cada vez que se lo encontraba esperándolo en la escalera del edificio—. Till, despierta.
—¿Qué pasó? —decía él con los ojos casi torcidos del sueño—. Ah. Hola, Ivan.
—Hola. ¿Me esperaste mucho?
—Algo.
—¿Sí sabes que puedes entrar a mi cuarto a dormir mientras me esperas?
—Sólo estaba descansando los ojos un rato —lo cual significaba que se había quedado dormido sin darse cuenta—. ¿Comiste?
—¿Tú comiste?
—Eh...
E Ivan se lo llevaba a su departamento a comer algo, después veían algo en la televisión y por lo general terminaban rodando en la cama hasta que el cansancio terminaba por desvanecer a Till entre sus brazos. La mañana siguiente siempre era Ivan el que quedaba tembloroso y sin aliento al ser víctima de su energía renovada.
—Si yo durmiera ocho horas diarias sería demasiado poderoso —dijo Till alguna vez, tras recuperar suficiente energía para terminar todas las tareas de todas sus clases, doblar turno en el trabajo, escribir la letra de una nueva canción y llenar medio cuaderno de bocetos; aunque sólo hizo las últimas dos porque lo obligó a quedarse a descansar por una vez en su vida—. Por eso diosito me nerfeó.
Ivan y su espalda sabían que no mentía.
—A lo mejor dormirías mejor si dejaras de tomarte tres latas de Volt diarias —sugirió, acariciándole la piel por debajo de la sudadera. Adoraba sentir que se acomodaba contra su pecho y que le hiciera espacio para que le recargara la barbilla en el hombro, lo adoraba tanto—. Eso, o dejas de tomar café.
—No metas al café en esto, Ivan.
—Por eso te dan taquicardias.
—Soy nervioso de nacimiento —insistió él, comenzando a distraerse cuando sintió sus manos bajar hasta meterse debajo de su pantalón—. Ora, pide permiso.
—¿Me das permiso?
Till bufó una risita y dejó lo que hacía para darle toda su atención.
El mayor miedo de Ivan era que todo se estancara, que no fluyeran, que su rápida ilusión arruinara algo que deseaba fuera suyo. Pero su relación fluyó, fluyó y continuó fluyendo. Todo era perfecto, excepto que Ivan no estaba seguro de a dónde se suponía que debían llegar y cada que creía que por fin podía relajarse y disfrutar de lo que sea que fuera lo que tenían, lo asaltaba la duda.
Al final del día no eran nada, se repetía.
¿Y si Till no quería nada con él? ¿Y si no lo quería como él lo quería? ¿Y si…?
Un año después de su primera noche juntos, el roomie de Ivan se graduó y el de Till se fue de intercambio a otro país, lo más lógico fue mudarse al mismo departamento. O al menos eso decían cada vez que salía el tema, la realidad era que se la pasaban en el cuarto de Ivan y que ninguno quería despegarse del otro. Se inventaban una y tantas razones para no despedirse cuando se hacía tarde, para verse por lo menos un rato en la noche cuando debían hacer sus propias cosas por separado y para dormir juntos cada fin de semana.
Desde luego, no fue sorpresa para nadie cuando sus amigos se enteraron de que vivían juntos; de hecho, la mayoría asumía que vivían juntos desde tiempo atrás.
Un año viviendo en el mismo departamento sólo los había vuelto inseparables, se la pasaban pegados día y noche, se besaban más a menudo y tenían sexo cuando se les antojaba. Ivan se sentía en el cielo y en el infierno al mismo tiempo: estaba viviendo a su lado, comportándose como si fueran una pareja de años, pero la incertidumbre se lo tragaba vivo todos los días. No quería arruinar lo que tenían preguntando qué eran, si sentía lo mismo que él, si podía ilusionarse un poco más; todos los días se imaginaba que llegaría por la noche para encontrar el departamento vacío, sin rastros de Till.
Respiraba de alivio cuando llegaba y lo encontraba encorvado dibujando, practicando su nueva canción o directamente durmiendo en algún lugar raro, como si se hubiera apagado ahí mismo sin querer.
No sabía qué haría el día que de verdad decidiera irse de su vida.
—Puedes invitar a tu marido —le dijo Hyuna, lo estaba invitando a la noche de juegos de mesa de la siguiente semana, recién había comenzado a organizarlo con sus ex compañeros de la carrera, a quienes Ivan conocía por equis o ye razón—. Sirve que lo sacas de su cueva.
—Sólo es tímido —respondió él, sintiendo la cara roja—. Y no es mi marido. No andes diciendo eso, ¿qué tal si te escucha?
—Ay, por favor, Ivan —ella se partió de la risa, le dio unas palmadas en el hombro y lo miró con burla—. Till jamás duerme en su propia cama, comparten ropa, comen juntos todos los días; hasta le guardas su acta de nacimiento en la carpeta de tus documentos.
—Porque ya la perdió una vez.
—¿Y lo demás?
—Tiene insomnio y dice que mi cama lo arrulla —ignoró la miradita conocedora de Hyuna, no admitiría en su cara que a menudo arreglaban su insomnio con una o dos rondas de sexo, ni que era él quien a veces no lo dejaba irse de su cuarto—. A veces se nos mezcla la ropa cuando lavamos.
—Porque lavan la ropa juntos.
—Para ahorrar —tampoco iba a decirle que tenían largas sesiones de besos mientras la lavadora hacía su trabajo—, y no veo nada de malo con que comamos juntos.
—Ajá.
—No somos nada.
—Define nada.
—Hyuna…
—Okay. Bueno, puedes invitar a tu “no marido” —hizo comillas con los dedos y se despidió soltando una carcajada que sonó hasta el final del pasillo.
Era imposible ganarle.
No pudo dejar de pensar en Till el resto de la tarde, aunque eso no era novedad.
La tarde ya había enfriado cuando Ivan se dio cuenta de que el sol comenzaba a ponerse en el horizonte. Miró el reloj en su muñeca pero los números de la pantallita flotaron frente a él, tenía horas trabajando bajo la misma lámpara, la última vez que tomó un descanso apenas se levantó para rellenar su botella de agua. Estiró los brazos por encima de la cabeza hasta que le tronó la espalda y con un largo suspiro se quitó los lentes.
Era hora de irse a casa.
Pidió prestado el libro en la biblioteca hace días, así que seguiría trabajando una vez tomara la cena y su estómago estuviera lleno con sobras de la cena de anoche. Guardó sus cosas en la mochila con una pesadez de la que no se había percatado, su cuerpo estaba entumido. Tomó su chaqueta del respaldo de la silla, y cuando estaba por pasar el segundo brazo por la manga se dio cuenta del bulto que había en el sillón al lado del espacio que estaba utilizando para estudiar. Sabía quién era, podría reconocer su silueta donde fuera.
No pudo evitar sonreír.
Una vez que terminó de ponerse la chaqueta, se colgó la mochila sobre el hombro y se dirigió en silencio hacia el pequeño sillón. Cuando estuvo de frente se dio el lujo de mirarlo a gusto: no le sorprendió la posición en la que se encontraba, ya le conocía esa costumbre de dormir todo desparramado, como si el cuerpo no le diera para más. Se inclinó un poco para mirar mejor su rostro y se encontró con que juntaba las cejas en un gesto de incomodidad, probablemente por la luz que le daba directo en la cara.
Se veía cansadísimo, las ojeras ya eran parte de él, no recordaba haberlo visto jamás sin ellas; desde que vivían juntos dormía y descansaba un poco más porque no lo dejaba tomar turnos extra en el trabajo, pero no podía hacer milagros. Hoy en particular notaba su semblante caído, su piel pálida, tensión en su cuerpo, había aprendido a identificar qué tan cansado estaba con un solo vistazo.
—Till —lo llamó con voz suave, pero este no se movió. Subió ligeramente su voz la siguiente vez—. Till.
No hubo respuesta, era una de esas veces en las que Till estaba tan cansado que le costaba reaccionar. En un día normal se despertaba apenas decía su nombre pues, además de insomnio, también tenía el sueño ligero. Últimamente dormía unas tres horas diarias como mucho, y no lo culpaba, el final de semestre siempre era estresante y a esas alturas del año se le acumulaba también la temporada alta en el trabajo.
Se preguntó entonces si habría comido algo sólido en todo el día y solito se respondió que lo más seguro era que no. Till vivía de milagro, con una dosis insana de café diaria, a menudo mezclada con suficientes latas de bebidas energizantes como para convertir su corazón en una bomba de tiempo, rara vez se paraba a comer algo decente y sólo sacaba alguna chuchería de la máquina expendedora de su facultad cuando las manos le temblaban demasiado para seguir trabajando en sus piezas.
Con un suspiro, tomó su hombro y lo movió un poco más fuerte.
—Till, despierta —intentó una vez más, esta vez sus pestañas aletearon un poco.
Esperó a que abriera los ojos.
Cuando lo hizo, el corazón de Ivan palpitó fuerte contra su pecho, ese momento en el que comenzaba a espabilar después de una siesta era su parte favorita: se veía muy estúpido haciendo ese gesto como si acabara de masticar un limón. Cada que lo veía así pensaba en lo perdido que estaba, porque lo único que le pasaba por la cabeza era llenarlo de besos y de todo el amor que había acumulado desde hace casi dos años.
—Mm… ¿Ivan? —preguntó Till con voz ronca—. ¿Ya terminaste?
—Por ahora. ¿Me estabas esperando?
—Sí —soltó un gran bostezo, Ivan tuvo que contenerse para no imitarlo—. Me pagaron hoy en la mañana, estaba pensando comprar pizza para cenar.
Ivan tenía antojo de pizza desde hace varios días, se lo había mencionado un par de veces en la semana. Sonrió quitándole algunos mechones del rostro, aprovechando que aún estaba volviendo en sí. Siempre hacía esas cosas que le provocaban cosquillas, que lo hacían sentir especial: recordar sus cosas favoritas, comprarle sus antojos, prepararle el chocolate justo como le gustaba aunque le pareciera asqueroso que le pusiera malvaviscos.
Sua insistía en que era lo mínimo, que lo ponía en un pedestal porque no sabía quererse a sí mismo, e Ivan sabía que tenía un poco de razón, pero saberse visto siempre hacía que su corazón saltara de emoción.
—A ti ni te gusta la pizza —le recordó, acariciándole el rostro aunque ya le había retirado todo el cabello.
—Pero tú querías —balbuceó Till, intentando deshacerse del sueño. Siempre era mucho más sincero cuando aún estaba adormilado, lo había descubierto luego de la quinta o sexta vez despertándolo de una siesta en un lugar extraño.
—No te preocupes. Podemos comer pizza otro día —aseguró masajeándole el hombro para mantenerlo despierto—. Vamos a casa.
—Mm… ahorita —dijo y volvió a acomodarse.
—Till...
—No quiero caminar.
Suspiró una risita.
Esto se había vuelto un tipo de costumbre entre ambos en los últimos meses.
—Bueno —suspiró, fingiendo cansancio, aunque la verdad es que no le molestaba en lo absoluto. Soltó su mochila y se giró para mostrarle la espalda—. Yo te llevo.
Escuchó cómo se movía detrás de él y luego sintió un peso conocido en la espalda. La verdad es que no pesaba tanto como cabría esperar, el estrés y la falta de sueño eran su perdición. Se alzó lentamente para no marearlo y, acomodando los brazos debajo de sus piernas, lo ajustó mejor a su espalda. Sabía que él ya llevaba sus cosas, así que comenzó la travesía hacia el departamento. El lugar se encontraba muy cerca, o al menos eso insistía cuando le preguntaban si no se le hacía muy pesado.
Le daba algo de pena admitir que le encantaba hacer ese recorrido cargándolo.
—¿Ivan?
—¿Mm?
Hubo un largo silencio en el que Ivan se limitó a seguir caminando, sintiendo el calor de la timidez enrojecer su cuello cuando ajustó el peso de Till y este acomodó la mejilla sobre su piel. Seguro sentiría sus labios si giraba un poco más la cabeza. Sintió nervios de solo pensarlo, así que comenzó a centrarse en no pisar las líneas de la banqueta, era un poco ridículo considerando que habían compartido besos mucho más intensos que un roce de labios, pero no podía evitarlo.
El silencio continuó, quizás Till había vuelto a dormirse.
Decidió tranquilizarse pensando en su trabajo y la fecha de entrega, tenía práctica manteniendo su cabeza lejos del latir de su corazón, de sus sentimientos que lo ahogaban día tras día. Sólo debía encerrarlos en la cajita donde guardaba todos sus deseos imposibles, ponerle llave y guardarla en un lugar donde sus ilusiones no la alcanzaran tan fácil. Era una tarea compleja porque Till le movía el piso con el más mínimo gesto, pero podía lograrlo temporalmente si se esforzaba lo suficiente.
Entonces, Till se animó a hablar:
—¿Por qué no quieres andar conmigo?
—... ¿Qué? —Ivan se detuvo.
—Siempre le dices a todos que no somos nada —reclamó, Ivan podía escuchar algo de vergüenza colarse en su voz y también rastros del sueño—. Hoy le dijiste a Hyuna.
—Pues… no somos nada, que yo sepa —intentó bajarlo de su espalda pero los brazos sobre sus hombros se aferraron a su cuello, casi ahorcándolo—. Till…
—Pensé que te gustaba.
Si Ivan debía llamar a algo tiro de gracia, era a eso.
—Bájate.
—No quiero.
—No podemos hablar así —intentó razonar Ivan, pero las piernas de Till lo rodearon con una fuerza que sólo Dios sabe de dónde sacó—. Okay, entonces espera a que hablemos en la casa.
—¿No puedes responderme ahorita?
—No.
—¿Por qué no?
—No quiero —contestó, usando el mismo tono irracional.
Till se quedó callado por un momento.
Luego, hablando algo entre dientes, se bajó de su espalda.
Antes de que dijera nada, Ivan le quitó su mochila, le tomó la mano y comenzó a caminar hacia el departamento. Aunque entendía su urgencia, no se sentía capaz de hablar acerca de sus sentimientos de forma tan repentina. Se había convencido durante un año entero de que nunca tendrían nada más que… lo que fuera que tuvieran en ese momento, porque si no terminaba sintiendo una incertidumbre que no podía soportar, y de pronto tenía a Till preguntándole por qué no quería andar con él.
Ni siquiera notó el silencio durante el trayecto, apenas se dio cuenta de que estaba caminando demasiado rápido porque Till casi tropezó con sus propios pies y se sostuvo de su chamarra para no caer. Así que disminuyó el paso, sin concederle una sola mirada. Su cabeza estaba en un profundo caos, no sabía cómo reaccionar ni qué decir.
Había practicado tantas veces lo que respondería cuando Till por fin se cansara de él, cuando decidiera que terminar su relación de “casi algo”, o lo que fueran; o cuando encontrara a alguien que le interesara más, cuando se aburriera. Se había convencido de que lo que tenían era más que suficiente, que podía seguir viviendo sin ser correspondido, que no lo movía no tener un título en su vida y que no importaba la posibilidad de que lo dejara en cuanto así lo sintiera.
Jamás se había imaginado que quisiera algo con él.
El sonido de la puerta cerrándose al entrar al departamento lo hizo espabilar un poco. Recién comprendía la implicación de su pregunta: Till quería algo con él.
Se giró para mirarlo.
—Está bien si no quieres andar conmigo —comenzó a hablar Till, estaba sonrojado hasta el cuello, tenía lágrimas acumuladas en las pestañas y la mirada fija en sus pies, incapaz de mirarlo—. No tienes que decirme directamente, de hecho fue muy tonto preguntarte, mejor no me digas nada. Yo entiendo, podemos dejar las cosas como estaban, olvida todo esto.
—Till.
—Estaba muy dormido cuando pregunté, no me hagas caso.
—Déjame hablar.
—¡Que no me hagas caso!
—Till, escúchame.
—¡No, no me digas!
—¡Sí quiero andar contigo! —gritó Ivan, sintiendo que si no lo decía con la suficiente fuerza perdería su oportunidad. El rostro sorprendido de su roomie le provocó una vergüenza profunda. Siempre le daba mucha pena gritar, no estaba acostumbrado y sentía que llamaba demasiado la atención cuando lo hacía—. Perdón, no quise gritar.
—… ¿En serio?
—No debí, perdón. Qué pena…
—¡Eso no! Grita lo que quieras, no me refiero a eso —Till sacudió la cabeza, se había pegado a la pared como si quisiera fundirse en ella. También se sostenía el pecho, quizás creyendo que se le saldría el corazón. Ivan se sentía igual—. Lo otro… sobre ser novios…
—Estábamos hablando sobre andar, no sobre ser novios.
—¡Es lo mismo!
—¿Lo es?
—¡Sí, tonto!
—Oh, okay —dijo, como estúpido. No podía creer que estaban teniendo esa conversación—. Sí quiero ser tu novio, pensaba que tú no querías.
—¿Quién te dijo eso?
Ivan parpadeó, lo consideró seriamente por un momento y lo miró con la mente en blanco. En realidad, Till nunca le había negado nada desde la primera noche que pasaron juntos, lo buscaba para salir a menudo y en general estaba muy abierto a sus sugerencias, tanto al pasar tiempo juntos como en la cama; sólo le era un poco difícil ser honesto, a veces le costaba verbalizar las cosas y le ganaba la vergüenza, pero demostraba lo que no podía decir con acciones, con gestos y miraditas que le decían todo.
Se alzó de hombros.
—Nunca me lo has pedido.
—¿Tenía que pedírtelo yo? —preguntó Till, con los ojos bien abiertos, como si no se le hubiera ocurrido—. Pensé que tú me lo ibas a pedir…
—¿Por qué yo?
—No sé —admitió, secándose las lágrimas con las mangas y paseó la mirada por el piso con los hombros tensos—. Siempre parece que me lo vas a pedir.
—¿Cómo?
—Pues… no sé. A veces me invitas a lugares bonitos y pienso que… ¡Ay, no sé! Es muy tonto —se despeinó con un movimiento rápido, estaba frustrado, aunque no sabía si consigo mismo o con él—. Creí que me lo ibas a pedir el otro día que me invitaste a comer a La Terraza.
—Oh…
Qué gracioso, pensó.
Ese día lo había invitado porque pensó que era el lugar perfecto para que se lo pidiera, que tal vez si le daba la oportunidad para hacerlo la tomaría, pero no sucedió. Intentó mentalizarse para no esperar nada, repitió en su mente que los gestos nerviosos de Till eran porque la mesera se había referido a ellos como pareja y eso lo había incomodado; intentó mantener la conversación lo más amena posible, fingir que el brillo en sus ojos no lo afectaba, que no se emocionaba cada vez que Till le acariciaba la mano, pero conforme pasaba la noche se sentía un poco más triste.
Una vocecita en su cabeza se reía de él por haber planeado una cita sabiendo que no eran nada y aun así terminar completamente desilusionado. Se sintió patético. Así que, en lugar de invitarlo a pasear a otro lugar al terminar, se excusó con que la comida le había caído de peso y se fueron a casa en silencio. Ambos se encerraron en sus propios cuartos e Ivan se fingió dormido cuando Till fue a preguntarle cómo seguía del estómago.
Se sintió horrible dormir solo después de tantas noches acurrucándose en su calor.
Pensándolo bien, tenía la mala costumbre de invitarlo a lugares donde le gustaría que le pidiese ser su novio, de planear citas fingiendo que no lo eran.
Qué estúpido se sintió de pronto.
—Nunca pensé en pedírtelo, creí que me ibas a rechazar.
—Claro que no…
—Pero sí quería que tú me lo pidieras —admitió Ivan, con el estómago revuelto, se sentía tan vulnerable admitiendo sus caprichos. Ahora que había abierto él mismo su cajita de emociones, no podía controlar lo que salía de ella—. Cada que salimos intento controlar tu mente para que me lo pidas.
Eso, por ejemplo.
—No me sorprende, la verdad —para su sorpresa, Till soltó una risita y se despegó de la pared para acercarse a tomarle la mano con los ojos tintineando de emoción—. Qué tontos somos.
—Algo.
Se rieron juntos.
Después de tanto tiempo intentando esconder sus sentimientos, Ivan sintió el corazón ligero cuando sus brazos rodearon el cuerpo de Till y este se acurrucó en su cuello, rozando los labios en su piel con un cariño que lo envolvió entero.
Pasaron unos minutos así, disfrutando de la calidez del otro, hasta que un sonido los hizo separarse: eran sus estómagos gruñendo de hambre.
—¿Encargamos pizza?
—A ti ni te gusta la pizza —se rio Ivan, secándose las lágrimas que le mojaban los ojos—. Pero sí tengo antojo todavía…
—Lo que sea para mi novio.
—¿Ya soy tu novio?
—Ya me dijiste que sí quieres, no acepto devoluciones —alegó Till con las mejillas rojas, terminando de hacer la orden en la aplicación de la tienda. Sólo la tenía descargada para pedir cuando a Ivan se le antojaba, sabía con qué ingredientes le gustaba armar su pizza, qué bebida pedía y con cuáles papas acompañaba sus bocados—. La próxima me invitas tú.
—Sí, corazón.
Till se encogió al escuchar el apodo, recargando la frente en su hombro.
—¿Fue demasiado?
—No, está bien —negó él, apretándolo entre sus brazos—. Es que sentí bonito.
E Ivan sonrió, tanto que las mejillas le dolieron la mañana siguiente.
