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Ferran sentía que siempre tenía un pie sobre la marca pero nunca estaba listo para la carrera. Inclinado hacia adelante, a punto de salir, pero, entonces, tenía la punta de los pies clavadas en el polvo de la tierra.
Sus palabras solían quedar a medio decir, atrapadas en la marca de salida de sus labios. Los apretaba entre ellos, mordisqueaba. El estómago le revolvía y se presionaba contra las costillas cuando iba a usar su voz, a musitar, a susurrarlo al menos.
—Que ni te gusta, Ferran, ya.
En medio de un restaurante tan murmurando, la voz de su mejor amigo fue el único sonido conocido. Estaba frente suyo con las cejas levantadas, manos sobre el regazo. Ferran se rió suavecito sin hacer mucho ruido y sin despegar sus labios. Lentamente dejó que el tenedor se apoye sobre la mesa, al lado del plato humeando que tenía frente suyo. Negó con la cabeza para contestarle.
—Pareces un niño para comer. —Aire bufado que junta sus labios abultados. Rueda los ojos.
Ferran sonrió mostrando los dientes. Logró contagiar a Pedri, quien no quería ceder pero se empezó a reír mientras negaba con la cabeza.
Unas risas sencillas se colaron en su cena que lentamente dejaba que el humo de calor humee desde la mesa al techo. Unos vasos de vidrio se quedaban quietas al lado de los platos, medio llenos de refresco. El dedo de Ferran contorneó el borde del vaso antes de agarrarlo por el medio y llevar el vidrio fresco a sus labios. El líquido mojó lentamente la piel fina de su boca y sus ojos miraron a Pedri de nuevo. Su sonrisa le contagió a la suya y tuvo que bajar el vaso cuando una carcajada casi le hace escupir la bebida.
La lentitud de la música del restaurante no se comparaba a la velocidad de las risas, de los chistes y los chismes. Las manos que se movían por delante de ellos, que se agarraban al borde de la mesa o que sostenía la cabeza. La música bailaba en zapatos lustrados con ritmo de salón, trajes y humo de habano. Ellos en una elegancia contemporánea con sus celulares sobre la mesa: sudaderas, camperas, una gorra colgada en el respaldo de la silla. Sus zapatillas cómodamente apoyadas sobre el suelo, clavadas las puntas en el blanco elegante de las baldosas.
Ferran no recordaba exactamente el momento en el que Pedri se convirtió en el primer nombre que se le venía a la cabeza cuando le sobraba una reserva en un restaurante lujoso. Sólo sabe que cuando la rubia le canceló, fue casi automático marcarle a su mejor amigo con tono alegre y decirle que tenían "una cita". Ambos se rieron en la llamada, especialmente cuando Pedri recordó que el chico de los mojitos también le había cancelado la semana pasada y que tenía una mala racha con las citas últimamente.
Pero ahí estaban, riéndose como si fuera gracioso el simple hecho de que Ferran tuviera una racha de ser plantado en la marca de salida.
En la rutina del fútbol todo se iba demasiado veloz para lamentar. Ferran no podía pensar en cómo empezar a correr cuando tenía que acostarse a dormir y, apenas abra los ojos, atarse los cordones para empezar a entrenar. Quizá por eso era tan frustrante recibir la voz de su cita, esa que tanto esperó, decirle que no vendría a su único hueco en toda la semana.
El mundo corría una carrera en la que Ferran iba caminando, disfrutando del sol. Sus ojos cerrados cuando su mentón apunto el cielo y respiró el aire fresco de una mañana en Ciudad Deportiva. Entonces, un golpe en la nuca, abrió los ojos y la boca.
—¡Dale, tiburón! —Acento brasileño que se iba corriendo delante suyo. Las trenzas de Raphinha se movían cuando giró a mirarlo, corriendo de espaldas. Se reía.
Ferran negó con la cabeza casi riéndose. Su mano estaba en la nuca, sobando.
—¿Y a mí cuando me llevas de cita, eh, Ferrán? —Otra voz a sus espaldas. Reconoció a Dani que le hablaba casi a los gritos por la lejanía.
Media vuelta. El sol le golpeaba en la nuca. Dani se reía hombro a hombro con Pedri. Detrás de ellos, el túnel de ingreso.
—No, no salgas con él —bromeó Pedri ahora, arrugando el entrecejo y apuntando a Ferran. —Te hará pagar la mitad.
—¡Es lo justo! —Ferran contesta con una sonrisa, levantando los hombros.
—Por eso nadie sale contigo. —Pedri lo miraba a los ojos mientras se acercaba, teniendo que levantar un poco la cabeza cuando quedaron frente a frente. —Reservas lugares caros, amigo.
—Y luego no contesta mensajes —agregó Dani, quedando frente a frente con ellos. Tenia sus canilleras en la mano. Levantó las cejas.
—¡Que ni le gusta la comida de los lugares donde va! —Pedri tiene su mentón apuntando arriba para mirar a Dani. Cejas levantadas, una casi risa. —Se pidió una salsa de no sé qué y me cambió el plato, tío.
Ferran miró a Pedri, luego a Dani. Su cara se relajó en una mirada aburrida. Chasqueó su lengua y rodó los ojos, acompañando el movimiento de su cuerpo para dar media vuelta, directo al entrenamiento y dándole la espalda al par que se reia de él. Sintió los pasos de sus amigos persiguiendo los suyos más relajados.
—Esa salsa estaba horrible —se defendió Ferran. No giró el cuerpo, sólo la cabeza hasta donde pudo, casi a la altura de su hombro. —No se cocina de esa manera. Hay que tenerla a menos temperatura.
—¡Claro, tú, chef! —Pedri se ríe.
La mano de Pedri tocó el hombro, empujó y se resbaló por la piel del brazo tatuado hasta la cintura y volvió como elástico a su lugar. Ferran dio un paso de más para adelante cuando la inercia del empuje fue demasiada. Una carcajada fácil se le escapó por los labios, haciendo ritmo con las de Pedri.
Las risas de los dos lograron contagiar un poco a Dani que arrugó el entrecejo con su par de pasos atrás de ellos. Ferran giró un poco, cruzó una mirada con él, lo vio levantar las cejas con una sonrisa, aunque no entendió bien por qué. Volvió la vista al frente donde había un malón de futbolistas, todos compañeros, listos, en sus marcas, para empezar la mañana.
—¡Que no tenemos todo el día! —El dedo índice en la muñeca que se levantó en el aire. Su voz aguda y rasposa era inconfundible.
—Es el primer día que Gavi llega temprano —bromeó Ferran. Sólo tuvo que girar sobre su hombro para ver a Pedri, quien se arreglaba la musculosa en la cintura. Cabeza baja. Ferran devolvió la vista al frente. —¡Calmad a ese criminal! —Mano arriba que le gritaba a todo el grupo.
Pablo estaba de brazos cruzados después de hacer la seña de reloj para apurar a los tres que faltaban. Siempre energético, con su ceño fruncido en molestia. Pies inquietos jugaban en el polvo de la marca de salida. Una mañana normal después de una noche rescatada por su mejor amigo, Pedri.
Su único, increíble, mejor, mejor amigo.
—No me jodas, Ferrán.
Un bufido trastabillaba los labios del que se llevaba la verdura a la boca. El tenedor plateado sale limpio de en medio de los labios. Los rayos del mediodía reflejan tenues sobre él.
La boca llena de Ferran no le dejó contestar al tono ácido de Eric. Extraño oírlo del muchacho de lentes. Lo miró mascar, apurado en terminar de masticar él mismo para contestar, pero Eric ganó la mano.
—Es increíble que no te des cuenta que Pedri está enamora'o de ti.
—Es lo que le decía yo —dijo Dani, sumando comentario con los hombros levantados.
Eric negaba con la cabeza, Dani miraba su comida con una sonrisa de verdad inquebrantable. Ferran sólo arrugó el entrecejo, confundido.
—Citas, regalos, llamadas. —Eric enumeraba sin despegar sus dedos del tenedor, dando toques en el aire con la punta del tenedor. —Ferrán, es obvio.
—Cuando te tocó el brazo hoy, tío. —Dani levantó las cejas, sugerente. —Parece un chaval de quince años.
—Ya, chicos. —Ferran rodaba los ojos, casi riéndose. —Sois exagera'os, eh. Que Pedri es un buen amigo, es todo. —Su tenedor se clava en la comida. —No porque a dos chicos le gusten los tíos quiere decir que van a terminar juntos.
Eric y Dani se miraron entre ellos. Cejas levantadas.
—¡Además! —Sigue Ferran —, olvidaos de la rubia. Ha vuelto mi chico de los mojitos ¡y quiere verme el domingo! —Ojos cerrados, sonrisa orgullosa.
—¿Se lo haz dicho a Pedri?
Ferran abrió los ojos. Eric lo miraba con una sonrisa desafiante y las cejas levantadas. Hizo que ruede los ojos y trastabille sus labios en un bufido, Eric sólo se le reía.
Podía recordar la charla cuando estaba sentado en el asiento del copiloto, también la cara de Eric cuando le dijo que no le había contado a Pedri. Incluso pudo recordar la cara cómplice de Dani cuando cruzó miradas con Eric.
Hablaban sobre el chico de los mojitos.
—El que te dejó de hablar.
—Ese mismo.
En el auto, camino a casa, Pedri conducía con sus labios abultados. Sol de frente que iluminaba con pequeña brillantina sobre su piel fina rosada en la boca. Entrecejo arrugado. Manos firmes sobre el manubrio, casi como si se sostuviera por él.
Eric le dió una serie de indicaciones que debía seguir apenas nombre a su cita. Ferran casi podía ver físicamente el recuerdo del tenedor moviéndose, dando indicaciones mientras Eric hablaba pero en el auto de Pedri.
Empezó por los labios. Si están abultados, Pedri está molesto.
—Pues vale. —Pedri levantó los hombros, apretando su gesto con los labios brillantina. —Ha desaparecido y casi lloras en Seúl, pero qué más da.
Eric le dijo, también, que si Pedri miraba al frente y no decía nada más, entonces estaba a punto de decir algo. Si lo decía, realmente le ha molestado. Ferran se cruzó de brazos en el asiento del copiloto.
—Madre de Dios. —Echa un suspiro. —El dinero que gastas en reservas tú.
¿Oh?
Ferran levantó las cejas. Boca que se achica.
Y el último. Eso que le sumó Dani.
"¡El pie, Ferri! Miraló. Cuando está nervioso, lo mueve arriba abajo."
En los pedales, Pedri movía el pie. Vibraba junto al movimiento del auto y, de vez en cuando, apoyaba sobre la suela y daba a fondo.
Oh.
Parpadeó una vez. Frente suyo, en el asiento del conductor, los labios de Pedri estaban abultados con brillantina rosada. Humedos y fulgando con los últimos rayos de sol del día. Ferran sintió que el aire entró en el pequeño agujero que dejaron su boca sorprendida, tenuemente teñida de la sorpresa. Otro parpadeó pegó su boca y mandó su mirada al frente.
—Sólo quería que lo sepas. —Ferran echó un suspiro. Mano en la sien, mirando al frente.
—'ta perfecto, niño.
Ferran apretó sus labios. Sus manos se pusieron entre sus muslos. Cabeza cae de frente, ocultándose entre los hombros. Pedri le habló con tono feo. El aire le salió por la nariz como un resoplido.
Nunca le había importado el tono en el que Pedri le hablaba. A veces podía ver su puchero de canario enojado y sus ojos mirándolo desde abajo, con las pupilas marrón claro en el techo de los ojos. Ferran se reiría y pondría la palma de su mano en cara de su mejor amigo para reírse un poco más. Pero, de repente, importó.
—Me he cansa'o.
Pasó lo mismo con sus abrazos. A Ferran no le importaba mucho los flacos brazos de Pedri rodeando su torso. Entonces, un día, sintió la mejilla del muchacho en su espalda. Fundido, aferrado. Ese día miró a Eric y Dani desde lejos en el entrenamiento y ambos hicieron una mueca, casi gritando "¿no te digo?". Los labios de Ferran se apretaron.
—Aguanta un poco más. —Ferran casi murmuró. Puso la yema de sus dedos sobre el antebrazo de Pedri que rodeaba sobre su estómago. En su espalda el calor de la mejilla apretada empezaba a sentirse colorado. Echó un suspiro.
Era extraño. Pablo no se hundía en los brazos de Ronald. Lamine y Alejandro parecían medirse en batalla. Lewandowski miraba a Tek desde lejos y casi parecía que le diría una grosería. Pero Pedri estaba ahí, fundiendo su mejilla sobre su espalda como si fuera oro líquido.
"¿No te digo?"
Quizá. Quizá Pedri...
—No te me mueras de hambre.
En el comedor, Ferran miró el plato de comida que Pedri dejó delante de él. Estaba sentado en la mesa y sus pupilas se levantaron para mirar al canario. Lo vio tomar lugar delante suyo. Ambos tenían platos aunque Ferran ni siquiera se levantó de su lugar a buscarlo.
—Gracias —musitó Ferran.
—Come, Ferri. —Boca llena.
Entrecejo arrugado, ojos sobre el plato humeando. Levantó la mirada. En una mesa más lejana, Eric y Dani levantan los hombros. Otra vez "¿no te digo?". Frente suyo, Pedri llenó sus mejillas con comida y perdió la mirada al costado cuando empezó a masticar. Salió de su trance, cruzó miradas con Ferran y le sonríe.
Ferran no le prestaba atención a esas cosas hasta que lo hacía. Pedri era demasiado dulce, demasiado tierno, demasiado pegote.
—¿No es raro?
Eric asintió.
—A eso me refiero —dijo él con ojos cerrados y sonrisa orgullosa —. Tú no me quieres oír.
Ferran echó un suspiro que fue tapado por el cerrar de su casillero. Tiene el entrecejo arrugado y su mano apoyada en la puerta de metal. Eric siguió guardando sus cosas en un bolso.
—Pedri te quiere mucho, tonto. —Eric no quitaba la mirada del cierre del bolso. Se reía. —Deberías tener más cuidado.
Golpazo de una puerta de metal. Ferran se dió media vuelta, Eric se erigió. Jules tenía su hombro apoyado en el metal helado de la puertita del casillero en el vestuario. El francés levantó el dedo índice y apuntó a Ferran.
—Más vale que cuides de él, eh, cabrón —sentenció Jules, teniendo a Ferran entre ceja y ceja —. Nada de corazones rotos.
Ferran asintió, luego buscó la mirada de Eric. Ese se deslindó de la situación, levantando las cejas y apretando los labios antes de volver a su bolso otra vez.
Raro.
Pies inquietos sobre la marca de salida.
Ese viernes a la noche estaba acostado en su sillón, un pie sobre el otro, inquietos del nerviosismo. Su celular estaba delante de sus ojos y las pupilas centradas en la pantalla. Parpadeaba lento y casi con sus ojos cerrados. Un meme de Instagram hizo que su sonrisa ladina resople suave. Su dedo siguió scrolleando. A Pedri le daban risa esas cosas.
Pedri. Cierto. Su sonrisa se borró.
Pobre. Si lo pensaba un poco más, podría sentir que su corazón se apretaba. Pedri estaba enamorado de su mejor amigo, un macho español, el favorito de los chicos y chicas de Valencia. Hombre de buena ropa, buena música, siempre coqueto y con buen perfume. Por supuesto que era gracioso, era carismático, un gran futbolista y con una historia de superación que era atractiva, incluso. Pf, pues claro, Pedri estaba perdido porque él era todo eso. Pobre Pedri, tenía a todo España de competencia.
¿Todo España? ¡Todo Europa!
Por no decir todo el mundo.
Era lógico que Pedri se enamore de él. Al final, eran mejores amigos, tenían demasiada cercanía y Pedri conocía a Ferran más que nadie. ¡Sabía hasta su talla de boxers!
Por supuesto que Pedri estaría enamorado de él.
Pobre.
Mensaje.
—Me jodes —se ríe Ferran. Piensa en voz alta. Cejas levantadas y ojos achinados en gracia. —Tú otra vez.
Tres mensajes del chico de los mojitos. Ferran deslizó la notificación y la leyó desde la barra. Se rió al leer las disculpas de desaparecer unas horas. En el último mensaje la pregunta de si Ferran está libre esa noche es casi cómica. Casi toca responder cuando...
Mensaje.
Pedri.
Enseguida toca la notificación de Pedri. Leyó el mensaje de su mejor amigo preguntando si está libre. Rió en un soplido por la nariz y empezó a teclear.
"A qué no sabes quien ha venido a-"
El cursor de texto, esa línea vertical, quedó parpadeando cuando Ferran frenó su tecleo. Miró la foto de perfil de Pedri que estaba en ese redondel pequeño. Era él con su perro Nilo. Era esa carita la que esperaría su mensaje, la que miraría cada letra de su mensaje y se borraría esa sonrisa que quedó impregnada en la foto. Se borraría casi como si una aspiradora pasara frente de ella.
Se preguntó cuántas veces Pedri habría tenido que tragarse su tristeza cuando Ferran le hablaba de sus citas. Se le borró la sonrisa enseguida. Eso tenía que hacer doler algo del pecho. Ojos de compasión. Carácter por carácter, borró lo que escribió.
"Ya voy"
Y lo envió.
Pies inquietos sobre la marca de salida. A veces se preguntaba si sabía que estaba corriendo una carrera porque Ferran no se daba cuenta de las cosas. Casi nunca.
