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Chuck E. Cheese

Summary:

Una noche de niñera, Annabel recibió una promesa insólita de una chica de 14 años: “Nos vemos en seis años.”
Ahora, el tiempo ha pasado… y cuando Annabel abre la puerta, descubre que Lenore ha vuelto para cumplirla.

Notes:

Holaa este es una adaptación de un video que vi y me pareció gracioso hacerlo sobre Annabel y Lenore
Les dejo el video https://www.tiktok.com/t/ZP8Bc2jtr/

Work Text:

Annabel quería huir ahora mismo. Cualquier cosa sería mejor que estar aquí. Era sábado por la noche, y podría estar con Próspero, los dos tomando algo mientras veían un maratón de películas. O incluso ser arrastrada a alguna estúpida fiesta por Ada y Morella. Hasta ver a Will discutir con Montessor sobre por qué no podía comerse más de cien cuaks sería infinitamente más entretenido que esta maldita noche.
Vamos, tenía 18. Debería estar haciendo cualquier cosa menos ser una maldita niñera.
Su padre le había encargado cuidar a su primo Pluto, de trece años. El chico acababa de llegar de Inglaterra a Estados Unidos. Había huido de su antigua escuela por culpa del acoso escolar, así que su familia decidió enviarlo a estudiar aquí, buscando un nuevo comienzo.
Annabel no hablaba mucho con él. No tuvieron una conexión instantánea, pero fue agradable cuando Pluto llegó, después de su primer día de clases, y le contó con una tímida sonrisa que había hecho amigos. Annabel se alegró por él. En serio.
Pero justo ahora, lo único que quería era encerrarlo de nuevo en su habitación.
Los amigos de Pluto habían llegado, y Annabel solo podía clasificarlos como… raros.
Empezando por el pequeño francés que hacía trucos de magia baratos que casi siempre salían mal. Tenía acento, una capa mal cosida y una varita que parecía sacada de una caja de cereales.
Luego estaba la niña que siempre cargaba una muñeca terrorífica —Annabel podía jurar que esa maldita cosa parpadeó—.
También estaba la chica morena de rizos alborotados, hiperactiva y extrañamente obsesionada con morder todo lo que tuviera cerca “para asegurarse de que no era peligroso”. Una vez, Annabel la vio morder el control remoto de la televisión. Mordió. Hizo una mueca. Luego asintió, satisfecha.
Y finalmente, el alma del grupo: Lenore Vandernatch. Una líder natural, siempre lista para desafiar a cualquiera y golpear sin pensar a quien se acercara demasiado a sus amigos. Según Pluto, llevaba quince peleas ganadas. Annabel no lo dudaba.
Conocía a Lenore. Era la hermana menor de Theodore Vandernatch, el capitán del equipo de fútbol… y uno de sus amigos.
Siempre había rumores sobre ellos: que salían a escondidas, que estaban juntos en secreto. Pero la verdad era mucho menos interesante. Annabel simplemente disfrutaba de jugar ajedrez con Theo. Siempre le ganaba, aunque no estaba segura de que él se lo tomara muy en serio.
Lo que sí sabía con certeza era que era increíblemente refrescante hablar con un chico que no miraba su escote cada cinco segundos. Annabel sospechaba que Theo era gay (y si lo era, bien por él)
A él también le convenía: estar con Annabel significaba que las otras chicas lo dejaban en paz, y eso le daba libertad para hacer lo que quisiera. Como jugar ajedrez. O simplemente no tener que fingir ser alguien que no era.
Su padre le había ofrecido algo de dinero a cambio de cuidar a Pluto y a sus excéntricos amigos. Annabel aceptó sin entusiasmo… y terminó observándolos mientras leían cómics, jugaban videojuegos en la consola nueva que su padre le había comprado a Pluto, y más tarde se asustaban entre ellos contando historias de terror.
La noche fue pasando, lenta pero soportable. Cuando llegó la hora, Annabel se encargó de entregar a cada niño en el pórtico de la casa, uno por uno, hasta que solo quedó Lenore.
Pluto había perdido la batalla contra el sueño: roncaba profundamente en el sillón, cubierto con una manta.
Annabel, con paciencia inusual, esperó a que Lucille, la madre de Lenore, viniera a buscarla. Afuera, la noche era fresca. El cielo, despejado. Los grillos cantaban con fuerza en el jardín, como si tuvieran algo importante que decir.
“Creo que eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.”
Lenore abrió la boca, sorprendida, mientras sus mejillas se sonrojaban. Pero no retrocedió. Nunca huiría de una pelea. Y mucho menos lo haría de una mujer.
“¿Cuántos años tienes, 10?” Annabel levantó una ceja y conectó su mirada con la de Lenore. Ya lo sabía. Lenore estaba enamorada de ella. Siempre la había atrapado mirándola más de lo necesario, sonrojándose cada vez que Annabel le ofrecía un vaso de jugo.
“14,” respondió Lenore rápidamente, y Annabel vio cómo sus ojos brillaban de emoción.
Lenore estaba fascinada de tener toda la atención de Annabel para ella sola. Eso la motivaba a seguir su plan de conquistar el corazón de la prima de Pluto.
“¿Qué va a decir Pluto si se entera de que así le hablas a su prima?” Annabel intentó cuestionarla un poco. Lenore era muy diferente a su hermano Theo, y las pocas veces que interactuaron, Annabel lo supo de inmediato. Theo era del tipo de persona que se lanzaría al precipicio solo si sabía que había agua abajo. Lenore, en cambio, se lanzaría sin mirar lo que había debajo.
“Que así soy yo.” Lenore no apartó la mirada. No lo haría, ni cuando Bratt intentó intimidarla lo había hecho. Esta era solo una declaración de amor en la que, al final, ella saldría victoriosa.
“¿Qué crees que dirá mi papá si le cuento esto?” Annabel guardó su teléfono en el bolsillo y se apartó el cabello de la cara.
“Que cualquiera cae ante los encantos de su hija.” Lenore recordó haber escuchado eso del padre de Annabel en alguna ocasión.
“Lenore, ¿qué crees que va a pasar entre nosotros? Tengo novio, te llevo casi 5 años y no me gustas.” Annabel mintió sobre tener novio; la verdad era que ningún hombre le parecía interesante ni remotamente atractivo.
“Aún no te gusto, pero puedo hacerlo. Déjame invitarte a cenar.” Lenore habló decidida. Podía lavar el auto de su padre y conseguir 10 dólares para llevar a Annabel a cenar.
“¿Vendrás por mí en tu bicicleta? Y no gracias, no me gusta el Chuck E. Cheese.” Annabel miró sus uñas, esperando que Lenore se rindiera.
“Podemos ir en Uber, o podría tomar el auto de Theo.” Lenore no planeaba rendirse. Tampoco retroceder.
“Espera, ¿te dejan manejar el auto de Theo?” Annabel la miró sorprendida. Conocía muy poco a Lenore, pero estaba segura de que la valentía (y la estupidez) de Lenore la harían robarse el coche de Theo.
“Mmm... no, pero nadie tiene que enterarse.” Lenore se puso nerviosa, pero no bajó la guardia.
“¡Ahí está! Ya llegó tu mamá por ti.” Annabel vio a Lucille bajar la ventanilla.
“¡Hola, Annabel! ¿Cómo estás?” Lucille le gritó desde el auto, saludándola con la mano y sonriendo ampliamente.
“Muy bien, gracias por preguntar, señora,” respondió Annabel, agitando la mano también.
“Listo, Lenore. Ve con tu madre, no la dejes esperando,” dijo Annabel, haciendo una señal con la mano hacia Lenore.
Lenore dio media vuelta, aceptando su derrota. Caminó con la cabeza agachada, como un perro regañado, hasta que de repente una idea cruzó su mente. Se giró rápidamente hacia Annabel.
“¡Nos vemos en 6 años!” gritó, mientras corría hacia el auto de su madre.
Annabel la miró confundida, sin entender bien qué acababa de pasar, mientras veía a Lenore subirse al coche de su madre.
“Ja, pobre niña,” murmuró Annabel, dándose media vuelta con una sonrisa en el rostro.

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Annabel estaba sentada en el sillón de la sala, la luz tenue de la lámpara iluminaba sus rasgos cansados. El trabajo había sido agotador. A sus 24 años, ser la heredera de la compañía de su padre era más una carga que una bendición. Durante todo el día, había tomado decisiones difíciles, había firmado papeles y se había asegurado de que todo funcionara a la perfección. Pero esa noche sería diferente. Pluto, su hermano menor (Annabel había decidido nombrarlo asi después de que los padres de Puto fallecieran), saldría a divertirse con sus amigos, y su padre estaba en un crucero en las Bahamas. La noche, por fin, sería suya… o eso pensaba hasta que vio a Pluto colocando bolsas de papas frente al televisor.
“¿No ibas a salir hoy?” dijo Annabel, con una leve esperanza de que su hermano la sorprendiera y fuera de verdad a la fiesta.
“Eso pensaba… hasta que cancelaron la fiesta. Ahora mis amigos vendrán aquí a ver películas. Ya sabes cómo es” respondió Pluto desde la cocina, su tono ligeramente indiferente. Había crecido algunos centímetros más, y su voz se había vuelto más grave, pero seguía manteniendo esa fachada de "chico emo". Aunque, Annabel sabía que era solo una capa exterior, un escudo que él usaba para ocultar lo que realmente sentía.
“Por favor, no… ¡no quiero a esos raros aquí! Es mi noche de sábado” Annabel protestó, cruzando los brazos con una expresión de disgusto. Aunque realmente lo decía en broma, también sentía algo de curiosidad. No podía evitarlo. Desde la última vez que vio a los amigos de Pluto, hace ya seis años, algo en ellos había cambiado… y, aunque no lo admitiera abiertamente, le picaba la curiosidad saber cómo.
“Annabel, eso fue hace seis años. Ya no somos unos niños, ¿sabes?” respondió Pluto, sacando una botella de té helado del refrigerador y sirviendo un vaso con una indiferencia casi exagerada.
“Mira, en lo que te han convertido… El té helado es un insulto para nosotros los británicos” Annabel exclamó, levantando la voz, claramente exagerando, pero divertirse con el tono de Pluto le ayudaba a liberar el estrés.
“Vamos, quédate con nosotros a ver las películas. Te prometo que tú y yo beberemos té caliente, y no esta abominación” dijo Pluto, sentándose al lado de su hermana
Annabel lo miró por un momento, pensativa, y luego suspiró resignada.
“Está bien, pero si Eulalie trae esa maldita muñeca de nuevo, me largo” bromeó Annabel, dejando escapar una risa, mientras se acomodaba en el sofá. Con el tiempo, había aprendido a llevarse mejor con Pluto, y descubrían juntos el amor por las infusiones de té, una de esas pequeñas cosas que los unían más de lo que ambos admitían.
Annabel los miró a todos con escepticismo. No eran los niños raros de antes; era cierto, seguían siendo algo raros, pero ya no eran niños. Berenice, por ejemplo, ya no mordía las cosas que le parecían extrañas, ni hacía caras raras. Ahora era cantante de jazz y había conseguido una beca para estudiar música en Louisiana. Eulalie, por fin, había dejado de cargar con esa muñeca espeluznante; ahora, era más alta y, de alguna manera, había decidido que quería ser psiquiatra. Duke, siempre el bromista con sus trucos baratos, había cambiado mucho también. Probablemente, Duke era el más alto de todos y ahora se consideraba un mago semi profesional, con una beca para estudiar artes escénicas.
Pero faltaba Lenore.
Annabel no pudo evitar sonreír al recordar a Lenore. La imagen de aquella pequeña de 14 años, tan decidida y llena de valentía, le vino a la mente. La última vez que la había visto, Lenore le había declarado su amor, a sus 14 años, jurándole que se encontrarían nuevamente en seis años. Annabel, que en ese entonces tenía 18, había reído con nerviosismo y burla ante aquella declaración, no imaginando que el tiempo pasaría tan rápido. Ahora, esos seis años ya se habían cumplido… y, aunque Annabel no lo admitiera abiertamente, algo le decía que Lenore seguramente habría olvidado esa promesa.
Annabel escuchó el timbre sonar, pero Pluto, completamente absorto jugando con Duke, ni se inmutó. Ella soltó un suspiro, dejó el teléfono en pausa —donde contestaba un mensaje de Próspero, su mejor amigo— y se levantó del sofá, decidida a abrir la puerta.
Cuando giró el picaporte y alzó la mirada, se encontró con un par de ojos azul profundo mirándola fijamente. Annabel se quedó congelada.
Era Lenore.
Había cambiado, sí, pero de la misma forma en que lo hacen los buenos vinos: mejorando con los años. Ya no era aquella niña bajita con trenzas interminables. Ahora medía, quizás, un metro ochenta. La trenza había desaparecido, reemplazada por un corte corto y pulcro, que caía apenas por debajo de sus orejas. Su piel seguía siendo tan blanca como la nieve, y desde su cuello sobresalía una marcada nuez de Adán que descendía hasta unos hombros firmes, enfundados en una chaqueta negra. Debajo, una camiseta blanca ajustada, combinada con pantalones negros, completaba su imagen renovada. Había algo en su postura, en su mirada, que le robó el aliento a Annabel.
“¿Hola? ¿Necesitas algo?” logró decir, aunque mentiría si dijera que no había soñado alguna vez con alguien así.
Lenore arqueó una ceja y le sonrió, con ese aire burlón que aún conservaba.
“Nunca entendí qué tenías contra el Chuck E. Cheese” soltó, con tono juguetón, recordando la vez que Annabel rechazó su invitación a salir, hace ya seis años.
Annabel sintió cómo el calor le subía al rostro y se sonrojó de inmediato, mientras Lenore la observaba con una sonrisa que lo decía todo.