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La biblioteca se extendía más allá de lo que la vista podía abarcar, un vasto laberinto de estantes que se elevaban como torres de madera antigua, cubiertos de enredaderas verdes que trepaban despacio, entrelazándose con los libros. La cálida luz del sol entraba por los ventanales altos, dispersándose en finos haces dorados que iluminaban el polvo que flotaba lentamente en el aire, como diminutas estrellas danzantes. Cada rayo parecía acariciar los lomos de los libros, invitando a ser tomados y abiertos.
Ella caminaba descalza por los pasillos, sintiendo la calidez de la madera bajo sus pies y el crujido suave que acompañaba cada paso. No había prisa, no había tiempo; solo el ritmo pausado de su respiración y la avidez de respirar historias empujandola a avanzar. Cada rincón parecía susurrar secretos: un hueco entre los estantes que formaba un asiento cómodo, mantas y almohadones esparcidos entre las enredaderas como si alguien hubiera sabido que la comodidad sería esencial. Escaleras que aparecían y desaparecían, conectando niveles donde los libros más antiguos se custodiaban celosamente. No se podía ver donde comenzaba el primer piso, ni donde estaría el último de ellos en aquél edificio circular.
Entre el silencio absoluto, se escuchaban los cantos suaves de pájaros que a veces se posaban en los ventanales antiguos, y el ligero revoloteo de páginas que se pasaban solas. Un espíritu pequeño y etéreo aparecía y desaparecía sin aviso, un destello de vida que parecía sostener el alma de la biblioteca. No era posible entender del todo sus movimientos, pero su presencia daba la sensación de que el lugar respiraba con él, que estaba vivo y la protegía.
Los libros parecían responder a su presencia. Algunos brillaban suavemente, algunos flotaban en el aire, otros parecían inclinarse un poco, como si invitaran a ser abiertos. Había libros de historias imposibles, de mundos que jamás existirían en otra realidad; libros que contenían poemas y cartas que hablaban directamente al corazón; libros que reían con las travesuras de personajes fantásticos, esperando que alguien los descubriera. Cada página que pasaba traía un susurro de conocimiento y maravilla, y en algunos estantes se sentía casi como si el tiempo se hubiera detenido para que pudiera leer sin límites.
Cuando se sentaba en un rincón secreto, envuelta en mantas, con almohadones que abrazaban su cuerpo, el mundo entero desaparecía. La biblioteca la abrazaba suavemente, y por un instante, todo lo que existía era la calidez de la luz, el murmullo de los pájaros y la compañía silenciosa del espíritu que la observaba desde algún rincón invisible, o incluso, se acurrucaba sobre su hombro como si leyeran al mismo tiempo. Allí, cada pensamiento, cada emoción, se sentía respetada y acogida; la paz era completa, y la sensación de pertenencia absoluta.
Incluso los ventanales antiguos, que solo mostraban el cielo, parecían sostenerla. Podía mirar nubes que pasaban lentamente, auroras que no pertenecían a ningún lugar real, estrellas que se filtraban aún de día, y sentir que el universo entero había decidido regalarle un santuario. Como si aquel santuario flotase en el mismo cielo, entre las nubes. Cada paso, cada descubrimiento, cada susurro de la biblioteca era un recordatorio de que había un lugar donde el tiempo no exigía nada, donde todo era posible y donde el alma podía respirar con libertad.
Y mientras ella avanzaba entre historias, el espíritu del lugar reaparecía en otro rincón, invisible, apenas perceptible, asegurándose de que la biblioteca siguiera siendo un refugio de magia y calma, un lugar que pertenecía tanto a ella como a sus libros, a la luz del sol, las pacíficas enredaderas, y a los susurros secretos que solo los corazones atentos podían oír.
