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Spock llega a la sala de gala con la barbilla recta y las manos juntas a la espalda. Respira hondo para controlar el corazón, que late a un ritmo más alto de lo que considera óptimo. La sala brilla en dorado y azul; hay lámparas flotantes que simulan nebulosas, mesas con copas alineadas, música antigua del siglo XX que brota de unos altavoces discretos. La tripulación luce impecable. Los oficiales de otras naves conversan en pequeños grupos, con sonrisas calculadas y trajes que huelen a tela nueva.
Jim está a su lado. Lleva el uniforme de gala con esa facilidad de quien se pone cualquier cosa y la vuelve suya. No es lógico, piensa Spock, pero hay algo en la forma en que la luz toca su pelo, en cómo repasa la sala con ojos claros y atentos, que le produce una calma curiosa. También, un pequeño terremoto en el estómago. Se siente descolocado. Lo aceptará.
—Tranquilo —susurra Jim, acercándose lo justo para que su hombro roce el de Spock—. Solo somos tú y yo. Y un montón de gente mirando a su bola.
Spock inclina ligeramente la cabeza. Quiere decirle que ha revisado los protocolos de etiqueta tres veces y que está preparado. Quiere añadir que el roce en el hombro ha sido… eficaz. En su lugar, pronuncia:
—Estoy en condiciones adecuadas de funcionamiento.
—Eso suena sexy, señor Spock —murmura Jim, y su boca se curva con ese humor que lo parte todo en dos—. Pero si te pido un baile, igual necesitamos otra clase de condiciones.
Spock frunce apenas el entrecejo. Ha visto bailar. Ha estudiado pasos en la base de datos. No ha practicado con un humano. Mucho menos con Jim. Un movimiento en la sala anuncia la llegada de la banda holográfica; la música cambia a un swing suave. Jim le tiende la mano.
—Te enseñaré. Si quieres.
La mano de Jim está abierta, palma arriba. Spock contempla los dedos: una cicatriz fina en el índice, otra más clara cerca del pulgar. Sabe de memoria dónde han estado esos dedos en los últimos días. Sobre consolas, sobre informes. Sobre su cuello, una madrugada. Elige no pensar demasiado.
—Acepto.
Colocan las copas en una mesa cercana. Jim guía a Spock hacia el centro, donde ya algunas parejas se mueven. Spock siente la mirada de algunos oficiales, otra de Uhura a lo lejos, cálida y cómplice; también percibe el gesto reprobatorio de alguien de Seguridad que no entiende lo de mezclar trabajo y baile. Nada de eso importa cuando Jim coloca su mano en la espalda de Spock. No es un peso. Es una orientación. Una promesa de dirección.
—Vale —dice Jim—. Lo primero: mírame.
Spock le mira.
—Perfecto —Jim sonríe, y su respiración roza la mejilla de Spock—. Segundo: confía en mí.
—Confío en ti.
—Tercero: si piso tu bota, te invito a un postre extra. Si me pisas tú, me invitas tú. Trato justo.
—Resulta poco eficiente.
—Eficientemente romántico, entonces.
Spock baja los párpados un segundo. Registra la palabra “romántico” clavándose como un pequeño anzuelo dulce. Jim aprieta suavemente su mano, y la música les envuelve. El primer paso es un balanceo. Jim guía hacia la izquierda; Spock sigue. Notar el suelo bajo sus botas ayuda; el peso se distribuye, la columna se alinea. Luego Jim se desplaza hacia atrás. Spock acompaña el movimiento. Todo va bien hasta que la música cambia de ritmo y Jim hace un giro sencillo, una invitación con la mirada. Spock intenta imitarlo y su pie se enreda. Su cadera choca contra la de Jim.
—Ups —dice Jim, y su risa es baja y cercana—. Estamos vivos.
—He calculado mal la inercia.
—Tu inercia me encanta —responde Jim, sin apartarse—. Otra vez.
Vuelven al principio. Spock observa los hombros de Jim. El capitán los baja cuando quiere que Spock relaje los suyos. Inclina un poco la cabeza cuando va a girar. Da una leve presión con los dedos en la mano de Spock para pedirle un paso adelante. Es un lenguaje preciso. No son palabras, pero significan cosas. Spock presta atención a ese código: hombro, dedos, mirada. Respira con Jim. Descubre que su cuerpo puede dialogar si se calla la mente. Aun así, hay momentos en los que los dos pisan el mismo cuadrado de suelo. Cada vez que sucede, Jim esconde la risa en la comisura de la boca, y Spock la siente como una vibración amable en su propia piel.
Pasan dos canciones. La tercera tiene un compás más lento, algo de cuerda y un saxofón que parece hablar despacio. Jim se acerca un poco más.
—Lo estás pillando —murmura.
—No es tan complejo como esperaba —contesta Spock—. Tampoco es simple.
—Como nosotros —dice Jim, y el pulgar que descansa sobre los nudillos de Spock traza un semicírculo diminuto—. Avanza.
Spock avanza. El movimiento es natural, como pisar arena templada. Las luces proyectan sombras suaves sobre los pómulos de Jim. Spock se sorprende a sí mismo fijándose en el arco de esas sombras, en la forma en que el pelo le cae sobre la frente. Su mano encaja en la espalda de Jim con una facilidad inesperada. Quiere memorizar la textura del uniforme bajo sus dedos. Quiere conservar ese mapa. No lo convertiría en una fórmula, aunque sabe que podría.
El segundo giro sale limpio. Jim silba apenas, satisfecho.
—Sabía que la memoria muscular de un vulcano sería mi perdición.
—No es nuestra memoria muscular —responde Spock—. Es tu instrucción.
Se miran. El mundo se filtra por los bordes del perímetro que ocupan, y a la vez desaparece. La voz de McCoy aparece de pronto a su derecha, como un recordatorio de que la realidad tiene un médico con ceño perenne.
—Si le rompéis algo al teniente de Ingeniería, no pienso rellenar informes —gruñe, pero hay una sonrisa colgada en su voz—. Y tú, Spock, si el capitán te hace girar más de la cuenta, mareo y reposo, ¿entendido?
—Estoy bien —responde Spock, y su rostro no cambia, pero la tensión de su hombro se suaviza.
—Estás estupendo, Bones —dice Jim—. Luego te sacamos a bailar a ti.
—A mí me sacas, chico, y te piso con intención —McCoy bebe de su copa, levanta una ceja hacia Spock—. Si el señor oídos puntiagudos quiere sobrevivir, que te agarre fuerte.
—Spock ya me agarra fuerte —dice Jim, como quien comenta el clima—. Y yo no me quejo.
McCoy resopla. Spock detecta la satisfacción oculta bajo la ironía. A McCoy no le gusta verlos frágiles; los prefiere riendo y manejando su propia suerte. Se retira con un gesto de dos dedos y una mueca que es bendición. Vuelven a bailar. Spock ajusta un poco su mano en el omóplato de Jim, tal y como el médico ha sugerido, por razones estrictamente preventivas.
La canción termina. Aparecen aplausos. Spock no entiende hacia quién van dirigidos, ni falta que hace. Jim inclina la cabeza, sin soltarlo.
—¿Quieres salir un momento? Calor, aire… besos —susurra, y esa última palabra cae como un objeto pequeño y brillante sobre el suelo pulido de la sala, rebotando con elegancia.
—Sí.
Atravesar la sala siendo el capitán y el primer oficial tiene un efecto inmediato: la gente se aparta justo lo suficiente. No es miedo; es respeto, y tal vez curiosidad. Uhura les dedica un gesto de buenos deseos, Sulu hace un saludo mínimamente teatral y Chekov les observa con ojos frescos, medio emocionado. Spock registra cada señal y las guarda como pruebas de un concepto: no están solos, y aun así, el mundo les concede un corredor íntimo.
Salen a un pasillo con iluminación baja. No hay nadie. Solo el zumbido de la nave, el latido contenido en las paredes. Jim apoya la espalda en la pared y tira suavemente de Spock por la mano.
—Ven aquí.
Spock da un paso. La distancia se cierra. Jim apoya la frente en la de Spock. No hay más gestos que ese y la respiración compartida. Spock escucha su propio pulso mezclarse con el de Jim. Lo sorprende que algo tan simple le desordene el interior con tanta eficacia. Los dedos de Jim suben a su nuca, juegan con el pelo corto, rápido y después lento. Spock deja caer los hombros y, por un segundo, se permite cerrar los ojos.
—¿Qué piensas? —pregunta Jim en voz baja.
—Pienso que el baile es un sistema eficiente para sincronizar variables.
—¿Variables?
—Tu respiración. Mi respiración. Tu mirada. Mis hombros. Tus dedos. Mi equilibrio. Y el deseo.
Jim sonríe. Spock lo siente, porque las comisuras se mueven contra su boca cuando Jim acorta el gesto y lo besa. No es un beso urgente. Tampoco es distante. Es el tipo de beso que confirma datos y abre un expediente nuevo a la vez. Spock ajusta la inclinación, analiza la presión, aprende. Jim muerde un poco el labio inferior, lo suelta, lo vuelve a besar. La pared fría detrás de Spock equilibra el calor que sube. Coloca una mano en la cadera de Jim y la otra sube al cuello. Nota la piel cálida, un latido claro bajo el pulgar.
—Deberíamos volver —dice Jim, sin separarse del todo.
—Sí.
—Después bailamos otra. Y luego otra. Y luego te robo para mí otra vez.
—La palabra “robar” es discutible —Spock roza su frente con la de él, un gesto casi invisible—. Pero acepto los términos.
Regresan a la sala. La música ha cambiado a un tema con más cuerpo. Spock recuerda la secuencia de pasos. Esta vez no le resulta ajeno. Jim le guiña un ojo como si ya lo supiera. Vuelven al centro y, sin mucha ceremonia, retoman el diálogo de manos y hombros. Spock siente la estabilidad de su propia postura y eso le permite mirar más. Mira las pestañas de Jim, la forma en que suben cuando ríe por lo bajo; mira la arruga que se forma en su nariz cuando se concentra; mira la pequeña sombra de barba que no se fue del todo. Su propia mano se mueve un poco por la espalda de Jim, apenas un centímetro arriba y otro abajo, y lo sorprende la necesidad de tocar por el simple hecho de tocar. No es un gesto funcional. Es otra cosa. Se pregunta si esa otra cosa, indefinible, es precisamente lo que los humanos llaman “estar enamorado”.
La respuesta no llega como una deducción. Llega en un instante concreto, al girar y ver el reflejo de ambos en una placa pulida: Jim con la boca abierta en media sonrisa, él muy cerca, las manos entrelazadas. Hay una paz que le toma por sorpresa. No es la ausencia de conflicto. Es una certeza suave de que, por ahora, está bien estar aquí, en este momento. No tiene equivalencia lógica. Le basta.
—Spock —dice Jim, con voz que vibra contra su clavícula—. Te estás relajando.
—Estoy utilizando recursos de manera óptima —responde, y Jim se ríe.
—Así me gusta.
McCoy reaparece a ratos, con comentarios que suenan a advertencia y, sin embargo, huelen a cariño. Spock identifica en él la vigilancia de quien protege. Cuando saca a bailar a una enfermera de Medbay y da dos pasos con torpeza manifiesta, mira de reojo a Jim para comprobar que no se ríe demasiado. Jim le dedica un gesto de la mano, como quien dice “todo bien, viejo”. Spock siente una oleada de ternura impropia, inevitable.
El baile sigue. Cambian de ritmo, de dirección. A veces Jim habla:
—Cuando vaya a girar, te aviso con el pulgar. Si me miras la clavícula, pillas el tiempo. Si no, me miras la boca. También vale.
—Tu boca distrae.
—Buen dato.
Spock mueve las cejas como un milímetro. Jim se inclina y le da un beso mínimo en la comisura, casi un toque de sello.
—Eres increíble, ¿lo sabes?
—Estoy aprendiendo.
—No me refería al baile.
Spock inclina la cabeza. No contesta. Lo que siente es demasiado amplio para representarlo con precisión. Elige mostrarlo: aprieta la mano de Jim, baja los hombros, le regala una mirada que desea que sea transparente. Jim la recibe y la guarda en alguna parte. Sus dedos tiemblan un instante y luego se afianzan.
En la mesa central, los postres brillan su promesa. Jim va a por dos, con una habilidad de capitán que también aplica a robar tartaletas sin pedir permiso. Vuelve con una tarta de limón y otro bocado de chocolate negro. Spock observa el cuchillo hundirse en la crema, el equilibrio perfecto de la cuchara al entrar. Jim le ofrece el primer bocado. Spock acepta, y la acidez del limón despierta algo que no es solo gusto. La memoria sensorial registra “cítrico” y lo etiqueta a su lado “Jim, baile, noche buena”.
—Si un día no te puedo enseñar algo con palabras, te lo enseño con postre —dice Jim.
—Preferiría ambos métodos.
—Pensé que dirías eso.
Otro tema empieza, esta vez un bolero antiguo. No lo esperaba nadie, pero la sala se adapta. Las parejas se acercan más. Spock mira a Jim y Jim asiente, serio por un segundo. Vuelven a la pista. La mano de Jim desciende un poco más en la espalda de Spock, hasta la curva de la cintura. Spock lo permite. Sus dedos se enredan un instante en la tela del uniforme de Jim, se sueltan y vuelven a posarse. La música los empuja a ir más despacio.
—Aquí el truco es respirar juntos —murmura Jim—. Contar en silencio. Si te pierdes, me buscas.
—Te busco —repite Spock, y aunque su tono se mantiene plano, algo le vibra en la garganta.
El bolero los lleva por una órbita pequeña. Spock apoya la mejilla en la sien de Jim. El olor a jabón y a algo metálico leve le sube a la nariz. Nota el pulso de Jim en el cuello, justo donde su boca podría caer si quisiera. No lo hace. Aun así, sus labios rozan la piel al exhalar, y Jim tiembla. No es un temblor definitivo. Es un aviso de que el cuerpo existe. Spock levanta la cara y encuentra la mirada de Jim, tan desnuda que tiene que parpadear.
—Gracias por intentarlo —dice Jim—. Por aprender. Por dejarte llevar.
—Gracias por enseñarme —responde—. Con paciencia. Con… afecto.
—Con mucho afecto —susurra Jim, y lo besa otra vez. Esta vez sí hay un borde de hambre. Se detienen un segundo y siguen bailando, como si el beso fuera parte de la coreografía.
No todo es perfecto. En un momento, un invitado ebrio tropieza y choca con Spock. Jim lo sujeta con un giro rápido y la mano firme en la cintura. Spock recupera el centro. El invitado balbucea disculpas. McCoy se materializa como un fantasma protector, le clava una mirada al culpable y le retira la copa con práctica eficiencia.
—El próximo que se acerque más de la cuenta, le pincho con una vacuna que da sueño —dice, y se marcha con ambas copas en la mano, satisfecho.
Cuando el reloj interno de Spock marca una hora y media de gala, su cuerpo empieza a pedir una pausa. Jim lo nota antes de que él lo verbalice. Le aprieta la mano.
—Terraza.
La terraza no es una terraza real; es un mirador hacia el vacío. El cristal ocupa toda la pared. Las estrellas parecen quietas, pero Spock sabe que todo se mueve. Se acercan al cristal. Jim apoya su hombro en el de Spock. No hablan al principio. Spock siente el peso exacto de ese hombro. Está hecho a su medida. Es una idea peligrosa. No retrocede.
—¿Qué tal tu primera clase oficial de baile? —pregunta Jim al cabo de un rato.
—Satisfactoria. Con margen de mejora.
—Me gusta el margen —dice Jim—. Nos deja volver a intentarlo.
Spock gira la muñeca y entrelaza sus dedos con los de él. Su pulgar recorre la base del pulgar de Jim en un gesto mínimo. Su voz sale más baja.
—Quiero volver a intentarlo.
—Ahora mismo, si quieres.
—Ahora mismo.
Regresan por pura inercia feliz. En el pasillo, Jim se detiene y apoya a Spock contra la pared con cuidado, como quien coloca un objeto valioso en un estante. Lo mira un segundo. Su mano sube al rostro de Spock, le aparta un mechón casi inexistente de la frente, le acaricia el arco de la ceja. Spock inspira sin planearlo. El roce es leve, eléctrico. Jim inclina la cabeza y lo besa con calma y con la certeza de quien ha encontrado lo que buscaba. Spock responde, más seguro, más claro. Sus dedos viajan a la nuca de Jim, lo acercan un poco. La lengua de Jim roza la suya en un saludo breve. Se separan con la respiración rápida.
—Si seguimos aquí, Bones vendrá con un extintor —dice Jim—. Volvamos antes de que nos descubra.
—El doctor McCoy es perceptivo.
—Y un poco cotilla con los que quiere.
Vuelven. Encuentran a Uhura bailando con Sulu, riéndose; a Scotty explicándole a quien quiera oírle por qué el vino replicado nunca sabrá igual que el real; a Chekov intentando un paso imposible y levantando un dedo al cielo cuando casi le sale. Hay vida en cada esquina. Spock siente que la nave respira con ellos. Jim lo lleva de nuevo al centro. No necesitan hablar. La música cambia, ellos también.
Con el tiempo, Spock deja de contar. El conteo está en otra parte, quizá en el corazón, quizá en la piel. Se permite pequeños gestos: acercar la boca al oído de Jim para decirle “bien”, rozar con la nariz su mejilla cuando el giro se completa, apoyar la mano un segundo más de lo necesario en su espalda. Jim recoge cada gesto y los devuelve mejorados: una mirada que se ablanda, un pulgar que traza círculos en su mano, un beso corto en el borde de la mandíbula. La suma de cosas pequeñas construye una certeza.
McCoy se despide antes que ellos. Les da un golpe suave en el brazo a cada uno, como bendición final.
—No cerréis la pista —dice—. Mañana a las ocho, revisión. Tú, capitán, hidrátate. Tú, Spock, estira las piernas antes de dormir, que luego me vienes con rigidez lumbar y no tengo paciencia.
—Te queremos, Bones —dice Jim.
—Ajá —responde McCoy, y se va con el humor de quien finge que no se le ha calentado el pecho.
Cuando quedan menos parejas, Jim y Spock se sientan un momento. Comparten agua. Comparten silencio. Jim le pasa una mano por el pelo a Spock, hacia atrás, como si peinara el día. Spock cierra los ojos al contacto, muy breve, y vuelve a abrirlos. Un oficial desconocido se les acerca para darles la enhorabuena por el baile. Jim sonríe y da las gracias. Spock inclina la cabeza con cortesía. Luego vuelven al centro para una última canción.
La última canción no necesita pasos exactos. Se mueven juntos como si la música fuese una respiración antigua. Spock siente en los dedos de Jim la promesa de algo que no tiene nombre exacto, pero comprende. Se acerca un poco más, sin prisa. Apoya la frente en la de él. Jim sube la mano y le acaricia la línea de la mandíbula, el pulgar descansando justo debajo del labio. Spock deja que la mano lo lea. La nave sigue su curso sin ellos durante ese minuto. El universo aguarda.
Cuando la gala termina, salen al pasillo con el ritmo aún en los huesos. Jim le toma la mano. No hay espectadores. No hay datos que recoger, salvo uno: la mano de Jim en la suya encaja como los últimos pasos que aprendió hace un rato, exactos y tranquilos.
—Gracias por bailar conmigo —dice Jim.
—Gracias por enseñarme —responde Spock.
—Mañana te enseño otro paso. O dos.
—Preferiría tres.
—Ambicioso. Me gusta.
Se detienen ante el turboascensor. Spock mira a Jim. Registra un leve cansancio en el ángulo de sus ojos, una satisfacción en el setenta por ciento de su sonrisa, un resto de nervios en sus dedos que no han dejado de jugar con los de Spock. Quiere sostener todo eso. No sabe cómo se sostiene algo que no pesa, pero cree que bailando se aprende.
—Jim —dice, en ese tono mayor que usa cuando es importante—. Me siento descolocado. Al mismo tiempo, me siento… en casa.
Jim traga. La garganta se le mueve bajo la luz suave.
—Yo también.
El ascensor llega. Suben. No se sueltan. La puerta se cierra y el reflejo les devuelve una imagen más íntima. Jim se gira, apoya la espalda en la pared del ascensor, y vuelve a tirar de Spock. El beso que le da es más hondo, como si la música les siguiera dentro de la cabina. Spock responde con el aprendizaje nuevo de la noche: menos cálculo, más escucha. Sus dedos se clavan en los hombros de Jim y luego se aflojan, como olas pequeñas. Jim le muerde el labio y él deja escapar un sonido muy bajo que solo ellos dos oyen. No hay prisa. Hay tiempo.
—Buenas noches, señor Spock —dice Jim cuando la puerta se abre en el puente correcto.
—Buenas noches, capitán —responde Spock, y la palabra “capitán” se mezcla con “Jim” en un lugar que no piensa ordenar.
Caminan hasta el cruce de pasillos en que sus cabinas se separan. Se detienen. Jim apoya la palma en la pared al lado de la cabeza de Spock, y lo mira como se mira un mapa antes de guardarlo bien.
—Nos vemos en un rato —dice, con una sonrisa que promete café por la mañana y alguna travesura posible.
—Nos vemos en un rato.
Se separan despacio. Spock entra en su cabina. El silencio de su habitación no es vacío; es un espacio lleno de música apagada. Se quita el uniforme con cuidado. Estira las piernas como le pidió McCoy. Se mira las manos. Aún llevan el recuerdo del peso de Jim. Toca su propia frente, como si pudiera reproducir el contacto. La sensación retorna, cálida. Se acuesta y cierra los ojos.
Antes de dormir, repasa la noche como quien enumera constelaciones. La mano ofrecida. La espalda guiada. El primer tropiezo. La risa. La sincronía repentina. La terraza. Los besos. El bolero. El comentario de McCoy que escondía una bendición. El reflejo de ambos en el metal pulido. El ascensor. Con cada recuerdo, la certeza se asienta un poco más.
Si el baile es un idioma, ha aprendido su primera oración. No sabe todavía cómo escribirla en un informe. No sabe si querría. Lo que sabe es esto: cuando Jim dice “mírame”, su cuerpo entiende “estoy contigo”. Cuando Jim dice “confía”, su corazón, que no debería obedecer palabras imprecisas, obedece. Cuando ambos callan y se mueven, hay una verdad que no necesita traducirse.
Spock se duerme con esa verdad en la boca, como el sabor a limón de la tarta, ácido y dulce a la vez. Sueña con pasos que son caminos, con manos que indican rutas sin mapas, con música que se parece a la pulsación de la nave. Sueña con una pista amplia donde el universo es fondo y él baila. En el sueño, Jim le aprieta la mano y le guía con la paciencia luminosa de siempre. En el sueño, Spock ya no está descolocado. O sí, pero ha descubierto que descolocarse al lado de Jim es otra forma de encontrar el centro.
A la mañana siguiente, cuando entra en el puente y lo ve de pie, con el pelo un poco revuelto y el café humeante, Spock siente que el bolero no ha terminado. Lo encuentra en la forma en que Jim le tiende una taza extra, en la caricia fugaz de su mirada, en el toque de hombro al pasar por detrás de su silla. McCoy carraspea desde la puerta, como para anclar el mundo.
—Veamos esas piernas, señor Spock. ¿Rigidez?
—Ninguna.
—Ajá. Y esos pies, capitán: ¿magullados?
—Solo de amor propio, Bones —responde Jim, y le guiña un ojo a Spock.
Spock inclina la cabeza, serio. Su pulso está en calma. La nave avanza. La música sigue, discreta, en algún lugar entre su esternón y la mesa de mando. Todo encaja. El baile, piensa, no termina cuando termina la canción. Continúa en el gesto con que Jim le pasa un informe, en la manera en que él pulsa un botón a tiempo con su respiración, en el leve roce de sus dedos al intercambiar una tableta. Continúa en el silencio cómodo que, de repente, tiene otra densidad.
Más tarde, cuando cruzan un sector tranquilo y la luz del puente se vuelve plana y amable, Jim se inclina hacia él, con ese gesto de confidencia que ya es costumbre.
—Esta noche, tres pasos nuevos —dice—. Y un postre.
—Acepto —responde Spock, y su voz suena exactamente como quiere—. Con márgenes de mejora.
—Con márgenes de besos —corrige Jim, sonriendo.
Spock mira al frente, a las estrellas ordenadas en la pantalla. Su hombro roza el de Jim, apenas. No hace falta más. Sabe que, cada vez que la nave cambie de rumbo, ellos sabrán moverse con ella. Sabe que, el día que se queden sin música, podrán inventarla con la respiración. Sabe que, aunque el universo no entienda de baile, hay algo en ellos que ha aprendido su compás.
Ese conocimiento se asienta, firme, en algún lugar exacto del pecho. Se parece mucho a la paz. Se parece mucho a una canción que conoce su nombre. Y Spock, que no suele poner nombres a lo que no puede medir, decide no discutirlo. Decide bailar. Con Jim. Con la nave. Con la vida que han elegido. Y mientras su dedo roza, casi sin querer, el dorso de la mano de Jim sobre el reposabrazos, piensa que le gusta el margen. Le gusta la curva de aprendizaje. Le gusta el ritmo imperfecto que se vuelve perfecto de dos en dos.
Piensa, con la serenidad más alta que conoce, que esta noche volverá a poner su mano en la espalda de Jim, y que la música, sea cual sea, los encontrará juntos. Y que, si se equivocan, reirán. Y que, si aciertan, será por eso mismo: porque han decidido hacerlo juntos, paso por paso, beso por beso, en la pista que siempre, de alguna manera, les espera.
