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Lo había olvidado.
A través de los años viajando por los túneles que le llevaban a inhóspitos reinos, Quirrel había olvidado los años que había pasado junto a su maestra, todas las maravillas que había visto al explorar el reino en la flor de su gloria, y sobre todo, había olvidado por qué el rey pálido le solicitó a su maestra ser un soñador.
—La infección se propaga rápidamente —Monomon cerró el libro que Quirrel había querido seguir leyendo para no escuchar esto—. Escucha, discípulo mío, tienes que irte de aquí.
—Maestra, los dos podemos irnos.
Monomon sonrió y negó con la cabeza. Le acarició como cuando era un pequeño insecto de coraza blanda.
—Todos tenemos que hacer sacrificios para el bien de este reino. Amo este reino y no puedo abandonarlo. Aquí están todas mis investigaciones, aquí está toda mi vida.
—Pero no es justo…
—El rey y la reina también harán sacrificios —Monomon parecía perturbada por algo, pero Quirrel no fue capaz de preguntar—. Sin embargo, me temo que no será suficiente.
—Si el plan del rey no funciona, maestra, no haga un sacrificio en vano.
—La perfección es difícil de conseguir, incluso nacida del mismo vacío… —La maestra tomó el libro y lo dejó en un estante alto—. Quiero que me prometas algo, discípulo mío.
—Haría cualquier cosa por usted, maestra.
—Regresa cuando sea tiempo.
Quirrel no había entendido a qué se refería. Casi como bajo un encanto, sus garras lo habían dirigido a un lugar lejano.
Tuvo una vida tranquila y larga. Había visto tantas maravillas, conocido todo tipo de insectos, peleado toda clase de batallas y reunido tanta información, que quisiera haber vuelto para continuar con las investigaciones de su maestra.
Pero su regreso es un poco más amargo.
(...)
Nunca había visto a un insecto como su pequeño amigo.
Desde que le encontró en el templo del huevo negro supo que era diferente a todos los demás, y a la vez, que sus caminos habían estado destinados a encontrarse una y otra vez en el olvidado reino.
Cuando la máscara de su maestra se desvaneció de sus garras, la espalda de aquel solitario caballero parecía más grande que antes.
Quizá es porque ya no era capaz de mantenerse de pie, verlo le resultaba un poco difícil. No pudo evitar que se filtrara cansancio y tristeza en su voz.
Fue cuando sintió una pequeña garra sobre su cabeza, era la primera vez que mantenían contacto físico.
La garra de su pequeño amigo estaba fría, era una sensación extraña, como si no pesara en absoluto, pero sin duda lo estaba tocando.
—¿Estás tratando de consolarme, pequeño amigo? —rió sin mucho afán, apenas con la energía para hacerlo.
El pequeño guerrero era un insecto extraño, no hablaba, ni siquiera estaba completamente seguro si lo entendía; no parecía mostrar emociones o un propósito en específico, solo deambulaba por el reino con un desgastado aguijón las primeras veces que le encontró, no parecía que su presencia le fuera grata o le molestara. Pero ahora lo estaba consolando, ¿Era posible que lo entendiera en ese momento? Probablemente no.
Quizá su pequeño amigo ni siquiera era un insecto, no como él. Su oscura presencia, su frialdad, su insensatez…
Había estudiado muchos años con Monomon como para no identificar un ser creado a partir del vacío.
El caballero despegó su garra, retrocediendo un paso, como si no supiera qué hacer ahora. Quirrel desconocía si su pequeño amigo lo veía como algo más que un espectador de fondo en su viaje, habían cruzado caminos por mucho tiempo, ni siquiera sabía si sus consejos le fueron de utilidad.
No sabía si el cariño que le tenía a este pequeño ser hecho de vacío llegaba a algún lugar, pero le tenía afecto genuino.
No sabía cuál era su papel en todo este escenario hecho por el rey pálido hace tantos años, pero esperaba volverle a encontrar.
Por ahora solo quería descansar un poco.
(...)
Hornet lo había llamado fantasma, no estaba seguro de que fuera su nombre, su pequeño amigo no era muy expresivo como para decirle si le gustaba o no.
Fantasma.
Una criatura hecha de vacío, un ser que estaba vivo pero a la vez no. Era un nombre apropiado, de cierta forma, aunque no terminaba de gustarle.
Miró de reojo al pequeño sentado a su lado, quien miraba hacia el frente, solo observando el lago, tomándose su tiempo.
¿Por qué se había molestado en pasar tiempo con él? ¿Se había dado cuenta de que se iría?
La última vez, estaba seguro que había tratado de reconfortarlo, aunque no entendía del todo cómo era posible.
¿Era posible que su pequeño amigo también sintiera afecto por él? No había forma de saberlo.
Quirrel no podía pasar mucho más tiempo en este Reino. El tiempo que había estado en este mundo había sido tiempo prestado.
—¿Huh? —se sobresaltó un poco, al sentir un leve peso sobre su hombro. La máscara del guerrero estaba igual de fría que sus garras, pero el peso era agradable. Sin duda lo extrañaría—. Pequeño amigo, ¿estás cansado también?
Está no era una cómoda banca como las que su compañero solía buscar, pero estaba feliz de que estuviera a su lado.
Si su maestra estuviera aquí, ¿Lo consideraría tonto por desarrollar sentimientos por un ser vacío?
Habían cosas a las que jamás le encontraría respuesta.
(...)
No era la primera vez que viajaba sin su aguijón, antes, lo había dejado con el viejo forjaguijones, pero ahora estaba bastante débil.
Quizá habría sido más fácil cargar su aguijón o simplemente mantenerse en un lugar seguro; pero Quirrel necesitaba alejarse un poco de Hollownest. Los recuerdos no dejaban de invadirlo y era demasiado para contenerlos.
Pero también quería volver, después de un tiempo, al menos.
Quería dejar una excusa para volver y reencontrarse con su pequeño amigo. Quería que su pequeño amigo aún le recordara aunque no estuviera ahí.
Se preguntaba si siquiera pensaría en él. Probablemente no, pero una parte suya quería creer lo contrario.
Observando Hollownest desde una lejana cumbre, algo bajo su coraza se estrujó, arrepintiéndose un poco de no tomar esa pequeña garra cuando la tuvo al alcance.
Cuando sus caminos se encuentren de nuevo, sin duda, lo hará.
(...)
Cuando entró en el reino, supo que todo cambió cuando ni un solo insecto lo atacó. Los trabajadores de las minas lo saludaron, riéndose de que se hubiera puesto en guardia por su presencia.
No parecían siquiera recordar lo que había sido la infección.
Cuando caminó por el pueblo, el viejo insecto estaba platicando animadamente con unos viajeros, cargando una bella flor blanca, hablando sobre un pequeño viajero que había pasado por ahí hace mucho tiempo, preguntándose dónde estaría ahora mismo.
El viejo ciervo le dijo que tenía más trabajo ahora que el reino había revivido repentinamente, le contó que sus viejas patas finalmente recuperaron su propósito gracias a un pequeño guerrero, se preguntaba si había viajado fuera y cuando volvería para darle unos viajes como antes.
Quirrel caminó, deteniendo su mirada en los bancos, en todos ellos habían insectos animadamente hablando, pero ninguno con esa desgastada capa plateada, ni esos cuernitos tan distintivos de su pequeño amigo.
Bajó los elevadores, el buscador de reliquias le compró unas baratijas que trajo de otros reinos, parloteando de un pequeño explorador que le vendió buenos artículos, pero había desaparecido hace un tiempo. También murmuró algo sobre que ahora le vendería sin importar su olor.
Cuando Quirrel llegó al corazón de la ciudad de lágrimas, una capa roja estaba observando el monumento en medio de la plaza de la ciudad.
—Veo que has vuelto, discípulo de Monomon —Hornet no lo miró—. Pensé que una vez tu misión estuviera completa, no tendrías propósito.
—No estás del todo equivocada… ¿Princesa? —dudó brevemente, recordando el estatus de la araña—. Pero tengo motivos… personales… para querer volver. Veo que este Reino ha revivido por completo.
—La infección ha sido eliminada —la araña bajó la mirada—. Fantasma la ha eliminado.
Algo se removió en su coraza. Tenía un mal presentimiento.
—¿Lo hizo? ¿Cómo?
Un ser hecho de vacío. Una vasija, un recipiente, como lo fue el Hollow Knight. Solo una criatura así podía haber contenido tal maldad… pero Hornet no había dicho eso. Había dicho que la había eliminado, ¿Cómo derrotas algo intangible?
—Fantasma fue hecho para ser un reemplazo, debía ser el nuevo recipiente —dijo, mirándole directamente—. Pero como al Hollow Knight, algo lo corrompió, en medio de su viaje, dejó de ser un ser puramente de vacío. Lo supe cuando mató a la bestia, algo había cambiado, ¿Fuiste tú, verdad?
—¿Yo? ¿A qué te refieres?
La araña rió con desgana. Dirigió su mirada de nuevo al monumento, guiando a la de Quirrel hacia él. En la piedra, ahora se encontraba una pequeña estatua esculpida junto a la otra.
—Ya no podía ser un reemplazo, así que peleó contra la luz. Fue un guerrero hasta el final. No había forma de que alguien pudiera sobrevivir a un enfrentamiento así, independientemente del resultado. Discípulo de Monomon, mi hermano ya no se encuentra aquí, si es lo que buscas. Te sugeriría que tomaras de vuelta tu aguijón y siguieras tu camino.
(...)
Su aguijón seguía en el mismo lugar en el que lo había dejado.
Junto a él, se encontraba una flor blanca. Era hermosa, fuera de este y cualquier reino que haya recorrido antes.
La tomó en sus garras, tenía un aroma dulce que no perecía sin importar cuánto tiempo hubiera estado ahí.
Quirrel nunca pudo decirle a su pequeño amigo sobre sus sentimientos, pensó que no tenía sentido. Pensó que aquel ser vacío no podía ser llenado, que su tacto frío no podía reconocer calidez, pero lo hizo.
No había forma de cambiar sus destinos, le consuela saber que no fue condenado a ser sellado como lo fue el primer Hollow Knight o su maestra.
Su pequeño amigo no estaba más en este mundo, pero lo llevaría en sus memorias hasta el día en que sus patas dejaran de moverse.
Lo llevaría como aquella flor, en el centro de su coraza.
