Work Text:
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¿Qué es el miedo?
Es aquello que aferra a seres tan pequeños y frágiles como los humanos a la vida.
Una excusa para quedarse, se disfraza, se modifica y todos dicen cosas tan distintas el porqué no morir hoy.
“Quiero viajar sin parar” dice alguien que nunca ha salido de su pueblo y se encierra a si mismo en ese lugar.
“Sueño con enamorarme” es la voz de una mujer que nunca se ha casado y nunca va a hacerlo porque odia el compromiso.
“Tengo que ser millonario” esa frase tan simple sale de la boca de un cretino que cree que el dinero crece en los árboles.
Todas y cada una de esas respuestas son miedo y él, esta noche no lo tiene.
El aire frío viaja a sus pulmones llenándolos, los autos suenan como una melodía que no alcanzó a apagar, sus manos tiemblan y sus ojos divisan el vacío al que se enfrenta. El océano baila contra la costa y el puente del que pende retumba con el pasar de cada vehículo que lo ignora.
No tiene miedo, claro que no.
La luna lo mira expectante, siendo su única testigo.
¿Por qué está aquí?
Tiene frío y no ha comido en días. Tal vez deba ir a comprar algo con lo último que le queda antes de llegar al punto del no retorno.
Su cuerpo gira para salir de ahí pero su cerebro le recuerda absolutamente todo lo que lo ha traído aquí.
No tiene nada fuera de este puente.
Tiene deudas hasta el cuello. Su carrera está arruinada. Sus padres llevan meses ignorando sus llamadas. Los cobradores lo persiguen a donde vaya y nadie quiere volver a darle un trabajo por culpa de sus escándalos.
Mira de nuevo al mar, la altura va a hacer su trabajo, el golpe será duro y seco, terminará antes de llegar a mojar su última camiseta limpia.
¿Qué más queda ahora que esto?
No puede llorar, no puede gritar y las cicatrices en su piel queman, todos lo miran, lo juzgan como lo harían con un asesino. Cometió un error, solo eso bastó para que todo se derrumbe en cuestión de segundos. Recuerda las noticias, las miradas, las voces que ni siquiera se molestaban en ser silenciosas cada que entraba a un lugar.
Es hora, sabe que está haciendo tiempo esperando que alguien llegue, que salve su vida y todo su pasado se borre como dibujos hechos con los dedos en una ventana con un día lluvioso fuera.
Sabe que tiene que hacerlo pero su sanos se niegan a soltar esa baranda, es su miedo, su excusa para no morir es que realmente quiere vivir.
Pero... ¿Vivir porqué?
Vivir por nada y por nadie.
—Eres muy lento—el viento sopla con fuerza esa voz hasta sus oídos.
Sus miradas se tocan, observa el negro oscuro y profundo de una mirada ya muerta, un rostro pálido con cansancio evidente en el, humo escapando de unos labios que deberían ser rosados y que parecen no haber probado un poco de agua en días.
Dedos largos y temblorosos acompañados de un cigarro que se desvanece igual de rápido que la vida de una flor en invierno.
Él también parece tener frío.
—¿Disculpa?
—Si quieres morir, hazlo rápido, llevas ahí más de veinte minutos y no te has movido ni un maldito centímetro.
Grosero y afilado como la espina de una flor marchita.
—Ese no es tu problema ¿Espías a la gente? Maldito raro.
—Solo a los patéticos, me gusta verlos hacer su pequeño show, algunos terminan llorando, pensé que tú serias valiente y saltarias de verdad.
Algo en él lo atrae como un imán, como si saltar ahora fuera más un accidente que una decisión, sus ojos lo atrapan y lo encierran en esa temible oscuridad, sus labios destilan veneno que se atrevería a beber.
—¿Piensas usar el puente o porqué la prisa?
Él se ríe, ronco con una pequeña tos, cubre su boca internado ocultar algo que no debería, es una sonrisa, todos deberían poder verla ¿Porqué esconder algo tan simple y común?
—¿Qué haces aquí?
—Pienso.
—¿En qué?
—En lo fría que debe estar el agua.
—¿Sabes nadar?
—Si ¿Quien no sabe nadar en pleno siglo XXI?
—Este es el intento de suicidio más estúpido que he visto.
—Vaya ¿Calificas muertes o algo así?
Él vuelve a reírse, esta vez logra presenciar un poco más la curvatura de sus labios y sus dientes perfectos.
—No pero no morirás por el golpe y mucho menos por ahogamiento, te dará hipotermia y todo será más lento y doloroso para ti.
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
—¿Importa saberlo? De todos modos morirás antes de poder aprendertelo—¿Está siendo melancólico justo ahora con un extraño? Algo le dice que él no solo estaba viendo—¿O es que ya no quieres caer?
Caer.
Lleva toda su vida en un camino interminable hacia el vacío, esta era su forma de encontrarle un final, escaló una cima en la que le dejaron muy claro que no pertenecía y aún estando arriba seguía en picada. Todo lo que pasó después de ese escándalo fue algo inevitable de suceder.
—Siempre estoy cayendo... Creo que... Hace demasiado frío hoy.
—¿Fumas?—aún esta sostenido de la baranda fuera del puente, una caja negra es puesta en su rostro, el par de ojos muertos parecen tener un brillo curioso.
—Si, dame un segundo.
Regresa a la parte segura de la baranda, sus pies dejan de temblar al tocar el asfalto, recibe el pequeño objeto junto con el fuego de un encendedor que aparece sin pedirlo, su lengua arde y sus pulmones duelen, su garganta quema junto con el humo que expulsa de su nariz.
No es un arrepentimiento, es una pausa.
Si no tiene nada por que seguir ni nada que dejar atrás, nadie lo extrañará ni llorara por él, recibe el cigarro del extraño como una pequeña muestra de amabilidad antes de su declive final.
Dos pares de ojos siguen la misma estrella fugaz.
—¿Porqué?
—¿Porqué qué?
—¿Qué te trajo aquí exactamente?—no sabe, fue una montaña de cosas que se acumularon sin descanso qué realmente no sabe cual fue la que lo motivo esta mañana a terminar con todo.
—¿Eres de esos centros de ayuda? ¿Vas a emcerrarme?
Siente una extraña ola de confianza con esta persona sin nombre, no sabe si es su risa o su amabilidad filosa. Antes de que él pueda responderle su estomago suena, ninguno puede evitar sonreír ante ese sonido.
—¿Tienes hambre? Conozco un lugar muy bueno y es barato.
—¿Cómo se que no eres un roba órganos?
—¿De que me servirían tus órganos?—sus ojos negros lo miran con total seriedad, sabe quien es, ha escuchado de su escándalo y por supuesto es consiente de sus manías y adicciones—solo iremos a comer, como una última cena.
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Nam-gyu.
Su nombre es Nam-gyu.
Trabaja en un club, tiene veintisiete, dejó la universidad en su segundo año y debe una gran cantidad de dinero, están en la misma situación lamentable.
Beben de la misma botella de soju en un puesto callejero con apenas unas cuantas mesas y un toldo cubriendolo, las personas son ruidosas, todos se ven tan miserables y aún así encuentran la forma de reír con cada trago.
La comida fue buena y realmente cómoda porque no tuvo que pagar nada.
Las mejillas de Nam-gyu enrojecen con cada vaso que se sirve, su sonrisa pasa a ser algo que no oculta y sus palabras se arrastran cada que intenta abrir la boca. Hablan como un par de viejos amigos que no se han visto en años, nadie creería que se conocieron hace menos de una hora o que uno de ellos estaba listo para morir.
Él se ríe de sus historias.
—Bien, bien ¿Cuál es el peor tipo de cliente?
—Mmm... Los que sus novias los acaban de dejar. Siempre lloran y dejan mocos en la barra.
Examina cada facción de su rostro, es lo que definitivamente le gustaría ver al entrar en un bar, si tuviera el pelo un poco más largo sería difícil diferenciarlo de una mujer.
—¿Qué hay de los pervertidos?
—Oh, lo había olvidado, esos son los peores, siempre están babeado como perros y tratan de tocarte como si fueras un juguete en exhibición, es... Es... Maldita sea, no quiero darte mi número y no, no soy una maldita mujer—su cara cae con frustración sobre la mesa, parece tan acostumbrado a eso que prefiere no seguir preguntando, no bastan más que dos segundos para que él vuelva a verlo a los ojos—¿Qué hay de ti? Estoy seguro de que durante tu tiempo como estrella tuviste algunos pervertidos detrás.
—Nah, solo un par de locas obsesionadas con el matrimonio.
Las horas pasan como minutos, la madrugada y las ausencia de personas les hace saber que tienen que irse. El hombre ya no tan desconocido parece demasiado ebrio como para recordar su propio nombre, es demasiado agradable como para dejarlo solo.
Usa lo último de dinero que le queda para pedir un taxi a su mini espacio en un edificio horrible. Antes estaba tan acostumbrado a sostener bellezas de la cintura y llevárselas a casa. Sus brazos alrededor de este extraño se sienten fuera de lugar e incómodos.
Toca sobre su camiseta ayudandolo a subir al vehículo, su cabello negro cae por sobre su hombro mientras que su cabeza de ebrio descansa en el mismo, huele su shampoo y el perfume cítrico que lo rodea, es una extraña combinación de cosas que lo están convirtiendo en un adolescente sonrojado.
Es el alcohol y la mínima desencia humana que le han mostrado en sus últimos momentos de vida. El hombre los deja frente a su edificio, el joven de pelo negro babea en su ropa completamente dormido.
Tiene demasiada confianza por su propio bien.
¿Porqué parece seguro de que está a salvo con alguien como él, que no tiene que perder?
Sus brazos rodean la cintura ajena mientras sube al elevador, están completamente solos, siente su cuerpo caliente a pesar de que el frío ha ido en aumento desde que se vieron, trata de concentrarse en las luces de los pisos que pasan para evitar llegar a cierto pensamiento.
Ellos no van a acostarse. Algo en la sola idea se siente asqueroso, nunca le han dado asco los encuentros una sola noche pero ahora, pensarlo hace que sienta tantas ganas de vomitar por siquiera considerarlo, como si la parte de su cerebro que sugiere la idea fuera uno de los pervertidos con los que Nam-gyu tiene que lidiar en el bar y el resto de él, alguien que intenta cuidarlo.
Apenas logra llegar a su puerta sin caer, el pelinegro balbucea entre sueños mientras entran hasta desplomarse juntos sobre su pequeña cama, levanta su rostro de inmediato al escuchar el latido de ese corazón aparentemente vacío.
Culpa al alcohol por distorsionar su visión de la realidad, hay un chico precioso en su cama, con su cabello negro sobre las sábanas, ebrio hasta perder el conocimiento, labios que brillan por su saliva y piel enrojecida que es iluminada por las luces de la ciudad que se filtran por sus delgadas cortinas.
Ese par de ojos negros se abren en medio de su contemplación, no lo juzgan ni hay asco en ellos.
—Quieres besarme—enrojece más de lo que ya está, viaja nervioso entre él y la habitación desordenada, parece la afirmación impulsiva de un borracho.
—¿Puedo?—se acerca lo suficiente logrando que sus alientos calientes llenos de alcohol se crucen, cierra sus ojos bajando lentamente hacia ese par de labios rosados pero el beso nunca llega, una mano lo detiene—¿Pasa algo?
Las cortinas bailan con el viento que entra sin ser invitado por la ventana atorada sin reparar, los aromas se combinan en una especie de perfume lleno de tristeza y lástima.
—Me gustaría recordar que esto pasó.
Su frente cae rendida, puede esperar a la sobriedad que llegará en pocas horas.
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El espacio junto a él se siente frío y vacío, levanta su cuerpo rápido esperando que nada haya sido un sueño, está completamente solo en su habitación, ni siquiera hay ruido en su cocina en su ducha, incluso en este momento de sobriedad su cerebro imagina una escena cliché de película romántica, sabe que la trama de su vida no va por ese rumbo y nunca lo ha hecho.
Además, no tiene agua caliente y su refrigerador está casi vacío, está imaginando una vida que ya no es suya.
Siente que despierta de un sueño lúcido, todo fue como una escena producida por su propia cabeza para no dejarse caer, fue fugaz, apresurado, brillante y aliviante. Sigue con deudas que lo ahogan y una reputación pisoteada pero de alguna manera se siente optimista, incluso libre.
Ordena su pequeño espacio con el tiempo libre que tiene, se ducha con la idea de hacer dinero lo antes posible, si nada llega a funcionar ese puente seguirá disponible. Sus ojos son cegados por el reflejo del sol contra un objeto en su mesa, va hacia aquello, es un anillo plateado desgastado, no es suyo, lee la nota junto a la joya.
Es su número y la dirección del club donde trabaja para que pueda devolverlo. No puede evitar mostrar una sonrisa digna de un estúpido que cree haberse ganado la lotería.
Fuma después de ducharse y comer comida enlatada, la cantidad de dinero que llega a su cuenta por parte de su antigua disquera es una mierda, confió de más en ellos, creía que lo ayudarían a limpiar su imagen y que estaba bien si ellos tenían un porcentaje mayor en sus trabajos, ni siquiera puede levantar una demanda, es demasiado cara y lo poco que llega por las regalías se va en comida, arriendo, drogas y el pago a los cobradores.
Una foto.
Nada más bastó para que todos le dieran la espalda.
Sus padres llevan tanto tiempo sin responderle sus llamadas, intentó reparar su vida con préstamos que supuestamente pagaría de manera puntual pero nadie quiso darle un maldito trabajo.
¡Fumaba un maldito porro!
Nada más que eso y toda la gente hipócrita que supuestamente lo apoyaba se le fue encima, lo juzgaron y cazaron como hienas a un cachorro de cebra.
Sus pastillas felices descansan en la alacena igual de vacía que su refrigerador, guarda algunas en su collar para sobrevivir un día más.
Él no es un adicto, él tiene miedo ¿De qué otra manera enfrentaría el fracaso, el odio, las deudas, las voces y los dedos señalandolo como si ellos fueran inocentes?
Conoce cada pedazo de mierda que camina por las calles fingiendo ser normales, ellos tienen trabajos, familias, amigos, negocios hasta puestos políticos.
Sale de casa con dos ideas en mente, encontrar un trabajo, volver a verlo a él en ese club y si todo sale mal, regresar a ese puente.
Bueno, con tres ideas en mente.
La mañana no es fría a pesar del otoño azotando la ciudad, su cuerpo no tiembla como lo hacía anoche, sus manos juegan en sus bolsillos con su vape y los billetes que de suerte acaba de encontrar, realmente pensó que lo último se había ido en ese taxi.
Mira el desgaste de sus zapatillas, son originales y de las pocas cosas que no perdió o vendió, verlas lo hace sentir igual lamentable que un perro que decidieron abandonar en la carretera, recordar todo lo que lloró cuando todo le explotó en la cara es horrible, fueron días interminables, el rechazo llegó tan rápido que le hizo ver que no había nadie realmente de su lado, nadie quiso escucharlo ni preguntó como estaba, nadie intentó darle el beneficio de la duda.
Sabía como funcionaba esa industria y decidió confiar, todo para ser desechado en cuánto dejó de serles útil económicamente.
Detiene sus pasos al llegar a la entrada de su edificio, el cielo gris lo recibe con una calma y una temperatura tan reconfortante, casi dándole una bienvenida a otro día, el sol brilla pero no destruye sus ojos, las hojas de los árboles bailan a un son delicado hasta tocar el piso.
El anillo ajeno se siente presente en sus manos ahora.
Su nombre es Nam-gyu.
Tiene veintisiete, trabaja en un club, tiene deudas hasta el cuello donde su cabello negro y largo termina, él de alguna manera fue la salvación que estaba esperando, necesitaba tanto que alguien lo detenga, el como llegó y desapareció fue diferente a las películas baratas de romance, fue como la estrella fugaz que no pudo evitar seguir con anhelo.
Fue la primera conversación real que ha tenido en un largo tiempo, creía que las personas ya se habían aburrido de él.
Coloca joya hacia el cielo, su entorno es una pintura vieja en un museo, una de la que no es parte, él es el espectador que trata de meterse, escucha las risas lejanas, los pasos silenciosos y las vidas existentes fuera de la suya miserable, se siente fuera de lugar.
Recuerda que una vez dentro de un museo en sus días de estrella un anciano parecía enamorado de la mujer de uno de los cuadros.
Era arrogante en ese entonces pero de todas formas recuerda lo que ese tipo dijo señalando la que él se había quedado viendo por más tiempo del normal.
No recuerda de que era, solo que había una persona rodeada de un bosque gris y su pelo negro cubría su rostro.
“Miramos con melancolía estos cuadros viejos porque a pesar de que están aquí vienen de un mundo diferente, uno que queremos conocer pero no podemos tocarlos ni llevarlos ni entrar con ellos así que solo nos vamos”
Está seguro de que el anciano no simplemente se iba, él parecía la clase de hombre que esperaría mil años frente a la misma pintura sin descanso que ella le devolviera la mirada.
Arde sentirse el patético observador de una vida llena de gozo y risas sinceras.
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No ha encontrado ni un maldito trabajo, nadie lo acepta, sin experiencia más que cantar, ni siquiera los miserables dueños de cafeterías y restaurantes con sueldos de mierda lo consideran apto. Su estómago ruge pero aún no oscurece lo suficiente como para ir por algo de comida que llene su estómago. La hora indica las seis, escribe un mensaje rápido al número de este no tan extraño, él responde de inmediato pidiéndole que espere cerca del club.
Pausa su jornada diaria de auto desprecio en un callejón, vapea mientras espera que él aparezca ¿Porqué es que vino? No lo dudo ni siquiera un segundo para acceder a la invitación de un desconocido con el que apenas bebieron una vez.
Él aparece al cabo de un par de minutos, se ve diferente, su ropa casual desordenada y desgastada se ha ido para ser reemplazada por una camisa blanca bien abotonada y un pantalón de vestir negro bastante limpio, tiene un abrigo impermeable colgando de su brazo izquierdo y su cabello negro rebelde descansa detrás de sus orejas bastante pulcro.
Las ojeras que ha visto han sido maquilladas de manera prolija y la marca de su antebrazo esta cómodamente oculta, sus labios ayer rotos por deshidratación hoy parecen reparados con bálsamo transparente, todo parece esconder al hombre que conoció ayer excepto sus ojos.
Ellos siguen muertos.
—Hey ¿Eres bailarín exótico o algo?
—Te tengo una propuesta—¿Tan rápido? Ni siquiera se han saludado bien.
—Te escucho.
—Vivamos juntos.
—¿Cómo dices?
—Tienes deudas, tengo deudas, mi jefe está buscando alguien que atienda la segunda barra, hablaré con él, puedo entrenarte, en igualdad de sueldos, todos los gastos serán reducidos a la mitad, comida, arriendo, impuestos.
—Espera, espera, vas demasiado rápido, nos conocimos ayer.
Él calla su lista de gastos compartidos, hay dolor en ese par de ojos negros y muertos, él tampoco es parte de la pintura feliz en la que busca pertenecer.
—No te estoy pidiendo matrimonio, miralo como un negocio, ambos nos beneficiamos de esto. Tú consigues un trabajo, dividimos gastos y yo un lugar más barato que me permita borrar mis deudas más rápido.
Observa a esta persona y piensa en esas palabras, es un trabajo real que sumaria ganancias a las miserias qué recibe en regalías, si sus gastos se reducen podrá vivir tranquilo pagandole a los usureros de manera puntual, incluso podria intentar volver a escribir, tendría menos preocupado el cerebro dándole el espacio a su inspiración de funcionar sin ataduras otra vez.
—Está bien ¿Cuándo es que vendrás a mi casa?
—Vamos con jefe.
Entran al club aún cerrado para el público, pasan por una puerta con el cartel de prohibido, la luz cálida le da migraña de tan solo intentar ver bien cada objeto, Nam-gyu llama la atención de la persona en el escritorio con la cara oculta entre unos documentos.
Los mira a ambos con un aburrimiento digno de un partido de fútbol.
—¿Qué es lo que quieres?
—Mi amigo quiere el puesto en la barra.
—¿Tiene experiencia?
—Puedo enseñarle, es bastante rápido aprendiendo.
Un par de palabras salen de esa boca, tiene un trabajo, uno real, le habla del sueldo y los horarios. Incrédulo pasa su primer día viendo a su ahora compañero de cuarto con algo de esperanza en ese par de hermosos abismos.
No tiene tiempo de asimilar mucho cuando le entregan ropa idéntica a la del pelinegro junto con un delantal negro, él le explica cada bebida, los precios, la forma de atender y la preparación, es algo tedioso pero es un trabajo.
Asiente a cada pequeña palabra fingiendo entender algo de lo que él dice pero su cerebro, inútil y emocionado solo puede concentrarse en cada detalle de su rostro, en su sonrisa sutil y la iluminación que se refleja en sus ojos.
El recuerdo del beso que nunca llegó lo invade, aún no hay nadie, solo ellos, los de limpieza y seguridad, sus mirada se detiene en sus labios, sigue la forma de estos, imagina como se sentirían contra los suyos, anoche fue diferente, no fue un ebrio con el que acostarse.
Él parece una persona real comparada con el resto de seres parlantes con los que se cruza a diario.
Acerca su rostro lo suficiente la contrario, sus miradas se cruzan, sus respiraciones se entrelazan y algo recorre su columna hasta descansar en sudor en sus manos, sus oídos con tapados por los latidos freneticos de su corazón.
—¿Recordarás esto?—una mano se posa sobre su boca apartandolo con una delicadeza difícil de encontrar, casi dolorosa por lo dura y pesada que ha sido su vida, abre sus ojos siendo recibido por sus mejillas enrojecidas tan inconfundibles bajo las luces tenues—pensé que querías.
—Estamos en el trabajo.
—Nadie nos está viendo.
Ese beso nunca llega, él lo aparta obligandolo a prestar atención a su clase sobre bebidas y demás, realmente no logra escuchar nada más que los gritos en su cabeza que le exigen conseguir eso que lo tiene delirante desde anoche.
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La inevitable mudanza de Nam-gyu llega en poco más de una semana, él entra en su vida y su espacios con pocas cosas, una maleta con ropa que ni siquiera hará espacio en su ropero, dos pares de zapatos, los del trabajo y unas zapatillas viejas pero limpias, una pequeña mochila con cremas y demás a punto de acabarse.
Nada más que tres peluches caen en su habitación junto con las almohadas.
Ayuda a instalar sus cosas en los lugares que se aseguró hacerlos para él. Llenó un poco su alacena y refrigerador con comida necesaria para unos cuantos días, limpió por completo su sofá con polvo por si él realmente no quiere compartir la cama.
Deja caer su cuerpo rendido en el piso luego de su sesión profunda de limpieza y mudanza, fue más liviana una que cosa la otra, Nam-gyu se recuesta a su lado con una mirada casi viva.
—Gracias.
—¿Por qué? Eres tú el que me está salvando la vida.
—Solo quería un lugar cómodo para dormir.
—No hablo de esto—sus narices se tocan por un pequeño instante, puede observar estrellas en el vacío negro frente a él—me refiero a ese día en el puente, yo... Realmente no quería morir.
Su risa termina con el silencio de su habitación, el sol ilumina su rostro pálido convirtiendo sus pecas en destellos dorados.
—Ya lo sabía, dudabas mucho—por inercia su mano acaricia su mejilla con suavidad, lleva un buen rato esperando un maldito beso.
—¿Quieres hacer algo?—se acerca lo suficiente para dar a entender sus intenciones.
—Vamos al supermercado—es ignorado de nuevo, su boca queda abandonada estando más que listo para recibir un miserable beso, a este paso morirá de una abstinencia que no ha experimentado antes—llenemos un poco más este lugar.
Una tarjeta baila frente a su cara, él balbucea algo sobre haber cobrado hace un par de días y querer comer tres veces al día, no logra retener sus movimientos, es rápido y confianzudo tomando una de sus casacas abrigándose.
No le queda de otra más que ir tras Nam-gyu al verlo irse por la puerta como si no tuvieran un maldito beso pendiente.
Caminan a un metro de distancia hasta un centro comercial, el pelinegro toma un carrito y empieza a meter cosas al azar como si supiera que está comprando, no pregunta nada, si es que no le hacen pagar no es su problema, él es ignorante de que cada pequeña cosa que el otro mete en su carrito está en descuento o es algo que falta en su hogar.
Conversan de cosas simples y tontas al pasar de las horas, se detienen en la sección de bebidas, una sonrisa felina entra en su campo visual junto con la tarjeta bailando.
Al diablo, pueden alcoholizarse por hoy.
Llevan todas las botellas que Nam-gyu escoge y él paga con esa tonta tarjeta que no ha parado de presumir, piden un taxi a casa intentando llegar lo antes posible.
No se molestan en ordenar las cosas al llegar, se apresuran en buscar un par de vasos. Beben todo lo que pueden hasta quedar casi dormidos sobre la cama, sus cuerpos pesan y sus palabras ya ni siquiera se entienden del todo.
Acaricia el rostro del ebrio a su lado, antes de que él pueda alejarse por cuarta vez dejándolo con las ganas estampa su boca contra la contraria, la saliva se combina con el alcohol y sus dientes chocan creando una sinfonía asquerosamente vulgar.
La distancia llega con las ganas de respirar.
—¿Vas a recordarlo?
Pregunta por el beso, porque esperó tanto por uno a petición del otro de no querer olvidar que sucedió, pasea por la piel caliente de su mejilla, el silencio es algo que nunca lo había incomodado antes, no como ahora con él callado después de su incógnita.
—¿Vas a recordarme?
—Siempre.
Responde a su duda de borracho, Nam-gyu mira el techo por largos segundos con una respiración calmada, se queda mirándolo por un rato hasta que él parece tener algo que decir en mente.
—Yo no sé nadar.
—¿Qué?
—Ese día preguntaste quien no sabía nadar en pleno siglo XXI. Yo no sé hacerlo.
Hay muchas cosas que Su-bong ignora de mundo y de las demás personas, esta es una de ellas. Cree que es una respuesta vaga a un comentario sarcástico que hizo y lo mantuvo pensando por casi dos semanas.
Él no logra ver que Nam-gyu, de hecho, se está ahogando a sí mismo y no parará hasta que un corazón debe de latir.
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Los días se vuelven semanas y estas en meses, Nam-gyu tiene adicciones más severas de las que aparentaba, finge no ver cuando esconde su cuchara quemada debajo de la cama o que de vez en cuando su nariz sangra o su perfume no puede ocultar el olor a hierba.
Él no quiere hablar de eso y no se siente con el poder de interferir de esa manera en ese aspecto de su vida.
Comparten las tareas del hogar, el dinero le alcanza bien y su convivencia se vuelve íntima a un nivel diferente al de amigos con derechos, recuerda como sus manos serpentean su cintura, tratan con suavidad cada parte de ese roto cuerpo y como él se deja llevar por completo.
Aunque siempre hay problemas, hace un par de semanas el pelinegro llegó golpeado por uno de sus supuestos cobradores. Él dijo que si estaba pagando pero que de todas formas fue una advertencia.
No le cree.
Pero su relación ni siquiera tiene nombre así que intervenir es estúpido cuando el otro probablemente ni siquiera lo considera algo más allá de un departamento barato pero curó sus heridas, puso hielo en sus moretones y lo abrazó toda la noche, eso debe contar.
¿Por qué lo golpearian si estaba pagando?
Mira como él aun con rastros de hematomas cocina distraído de su entorno y de Su-bong intentando entender más allá de lo que dice, es difícil cuando es tan cerrado consigo mismo, cuando lo único que muestra son sonrisas sarcásticas, burlas hirientes y sexo cada que intenta profundizar sus conversaciones.
Quiere creer en cada palabra que sale de su boca, que fue una advertencia, que está pagando su deuda y que tienen algo sólido.
Su vida se ha resuelto más de lo que esperaba, el dinero que debía se ha reducido significativamente, ha escrito nuevos versos, ha experimentado con sonidos y está publicándose de manera independiente, no es la gran cosa pero al menos monetiza mejor que con sus temas perdidos.
El sueldo de bartender ha tenido un aumento porque también hace presentaciones en el bar, el dinero se ha dejado de convertir en un problema, nunca se había sentido tan vivo antes, agradece cada maldita cosa a él.
Él es una razón para vivir, nunca vivió por nadie más que para si mismo y ha encontrado a alguien.
El pelinegro trata de no incomodarse ante la mirada constante en su espalda, no va a preguntarle el porque de su intensa observación en su ser, sabe que él seguro tiene un revoltijo de pensamientos en su cabeza que lo involucran de manera personal, no quiere que haya nada personal entre ambos o al menos por parte de Su-bong.
Ni siquiera recuerda porque fue tan impulsivo en hablarle ese día o en ofrecerle vivir juntos, tal vez solo quería ser parte de algo por una vez, no lo sabe, fue improvisado en todo momento.
Nunca había sentido lástima por nadie que intentara morir, siempre creyó que si lo querían deberían de hacerlo pero verlo dudar por tanto tiempo viendo el mar oscuro y como cada maldito imbécil que pasaba por ahí tocaba su claxon sin molestarse en ver que ocurría le hizo querer intervenir.
Sirve dos platos en silencio y come evitando a toda costa las preguntas que tengan tintes de meterse en sus pensamientos.
Le agrada Su-bong, parece alguien que se aferra a vivir a toda costa aún teniendo miedo de todo, parece confiado y depredador pero por dentro es como un hamster sin familia rodeado de bestias qué se llaman a si mismos humanos.
Él no es mejor que todos ellos.
Evitar que alguien que le pareció interesante muera no lo hace mejor, enamorarse, vivir con él, darse cuenta de que la forma en que lo mira y lo toca lo hace sentir egoísta.
No ha salvado una vida ajena, ha salvado la suya propia, ese día, dos personas estaban frente a un puente pero solo uno estaba listo para morir.
Una notificación suena desde el teléfono del otro, lo ve atorarse con la comida después de leer lo que sea que leyó, no logra preguntar que pasa porque él se lanza sobre su cuerpo con una sonrisa.
—Nam-su—odia ese apodo—estoy tan feliz.
—¿Estás drogado? ¿Es un efecto tardío?
—No, idiota, mira—la pantalla es puesta en su cara pero no lee nada—un productor quiere firmar conmigo, obvio no seré tan tonto como la última vez y leeré todo pero, esto... Esto es lo que estaba esperando. Gracias.
¿Porqué le agradece a él? No hizo nada.
Thanos.
Su nombre de artista es Thanos.
Siempre lo admiró y ahora está de vuelta.
—Genial.
—Es más que genial. Es mi vida entera de regreso—el abrazo se empieza a volver íntimo e incómodo, él besa se mejilla y lo mira a los ojos como si cumpliera deseos—pero es mejor ahora—el ambiente también se torna diferente y el silencio parece serio, odia ver anhelo en sus ojos—ese día vi una estrella fugaz.
También la vio.
—Yo no vi nada.
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Su cuerpo pesa, respirar le duele más de lo debido y la aguja hace demasiado ruido al caer al piso, esto es diferente a lo usual, siempre quiso que sea indoloro e imperceptible.
Thanos firmó su nuevo contrato y encontró un nuevo lugar donde mudarse apenas tuvo el dinero suficiente. Le pidió que mueva sus cosas lo antes posible para que ambos puedan irse.
No puede irse.
No con él.
No cuando está siendo de nuevo el centro de atención de todos y las cámaras no paran de perseguirlo, su deuda es demasiado grande como para decidir hacerce llamativo al vivir con el ave fénix del mundo del espectáculo .
Toma su teléfono dejando su abrigo y llaves de lado, el aire frío de la noche lo despierta lo suficiente para caminar, está listo para lo que viene, siempre lo ha estado, durante meses ha ignorado y negado que tiene que hacerlo, no quiere ser quien arruine la vida de Su-bong, no creyó que conseguir un lugar barato terminaría en sentimientos demasiado dolorosos de admitir.
Él solo quería un maldito lugar donde dormir. La calle es dolorosa y los moteles son caros.
Si él supiera.
Durante todo el tiempo que llevan viviendo juntos no ha pagado ni un solo centavo de su deuda, verlo sufrir por las cuentas y la despensa era insoportable, se hizo cargo de todo siempre con excusas diciéndo que su sueldo era mayor y deberían aportar más debido a porcentajes que no sabe de que parte de su cerebro sacó.
El cielo se pinta de azul noche, las luces citadinas opacan las estrellas y los claxon se convierten en la melodía más escuchada.
Nunca ha amado.
Quería hacerlo, intentó tantas veces.
Hasta que él llegó.
Siente como pierde fuerza de nuevo, llega a la baranda del puente, es necesario, ha sido egoísta, creyó que podía tener a Su-bong para él cuando lo que el otro quiere es ser visto por el mundo.
No puede competir con el mundo y tampoco quiere hacerlo.
Quiere que todo deje de pesar ¿Porqué es tan difícil? Nunca hizo nada para contradecir a sus padres, fue virgen hasta los veinte, cuando lo enviaron a terapia asistió a todas las sesiones, no probó el alcohol o las drogas hasta los veintidós.
Todo duele, el rechazo, su ropa en bolsas afuera de su casa, su madre mirándolo con desdén, el primer trabajo de mierda que no le alcanzaba para comer ni una semana, las drogas fáciles de comprar y préstamos de personas que le dieron beneficios falsos. No quiere ser una víctima estúpida por equivocarse pero está seguro de que si alguien lo escuchara sentiria lastima.
Odia la lastima del resto, se sienten moralmente superiores como si sus vidas no fueran lo suficientemente horribles también.
Lo que sea que haya logrado meter en sus venas es rápido, no tiene mas fuerza así que se deja llevar y cae al suelo frío, olvidó sus cigarros también, maldición.
Sus ojos pesan y el frío es lo último que le molesta.
Thanos camina a su departamento listo para empacar todo e irse al nuevo y espacioso lugar que consiguió para él y Nam-gyu, no logra contener la sonrisa, no ha estado feliz en mucho tiempo.
Su vida está resuelta por fin, tiene una carrera reconstruida, una casa nueva, un contrato que lo beneficia y un chico que le corresponde hasta donde sabe.
El sonido de su celular lo despierta de su ensoñacion, el viento sopla demasiado fuerte al momento de contestar, la mujer de otro lado le pide ir al hospital lo antes posible, que lo llamaron porque era el único contacto de alguien a quien encontraron sin identificación ni nada parecido.
Algo se siente pesado, cuelga la llamada sin terminar de escucharla. Corre hacia casa lo antes posible.
Nam-gyu no está ahí, sus cosas siguen justo donde las dejó y sus llaves junto a la puerta, su teléfono lo envía a buzón, antes de ir al hospital va al único lugar en el que han coincidido mientras llama al bar.
Una pregunta llega a su cabeza, pide un taxi al hospital que le dijo la mujer, al llegar corre a recepción desesperado, él no puede hacerle esto, no ahora, no cuando todo estará resuelto para ambos en cuestión de horas, habla con la mujer balbuceando sobre la llamada pero lo único que le dice es que espere.
Tal vez está exagerando y se confundieron de número. Es más común de lo que parece.
Los minutos son largos hasta que una enfermera habla con la de recepción y le pide que la acompañe.
—Disculpe ¿Quiere decirme que pasa? Llevo aquí como media hora y nadie me dice nada, ustedes me llamaron.
—Hace una hora llamaron para reportarlo, estaba completamente frío con los labios pálidos y su pulso se perdía...—ella se detiene en una puerta muy gruesa, mira en su dirección tocando la manija—los doctores hicieron todo lo posible—¿Qué? ¿De qué habla?—por desgracia no logramos identificar el componente que se encontró en su sangre... Al ser el único contacto, tiene que reconocer el cuerpo.
No logra decir nada porque ella lo invita a pasar, hay camillas cubiertas y la temperatura ha descendido bastante, ella lo guía hasta una de las camillas, mira el número y descubre el cuerpo.
Se ve tan calmado, es una expresión no ha visto en él nunca, como si fuera Atlas y hubiera decidido no cargar con el mundo por más tiempo. Sus moretones nunca curaron bien, su piel está fría, trata de despertarlo pero está inmóvil, no hay un maldito latido en su corazón ni su pecho se eleva con su respiración.
Estaban empezando una vida nueva, sin nadie que los moleste, no iban a volver a tener frío o hambre por estar asfixiados en deudas.
—Responde... Dime algo... Solo... —una palabra, un toque, una risa que le haga salir de esta broma, lo que sea y lo perdonara por hacerle pasar este mal rato—por favor.
“¿Vas a recordarme?”
Siempre.
¿Cómo podría olvidarlo después de los mejores meses de su vida?
Sale a fumar después de que le dijeran que tenía que separarse de él y que tenía que elegir una funeraria.
Es fácil para ellos. Hablan de él como si fuera un producto de aparador y no el amor de la vida de alguien.
Tiene un nudo en su garganta, no puede respirar bien y los miles de recuerdos con las señales claras de que algo estaban mal lo invaden en un sentimiento de culpa, junta cada maldita conversación que han tenido, cada palabra y frase corta que él le decía.
Darse cuenta de que desde el maldito principio él se estaba despidiendo no quita su culpa, solo provoca que se sienta peor por no hacer nada e ignorarlo.
Él sabía que lo haría.
Ese día... No miraba a un tipo con miedo de saltar, esperaba su turno.
“A pesar de que están aquí vienen de un mundo diferente, uno que queremos conocer pero no podemos tocarlos ni llevarlos ni entrar con ellos así que solo nos vamos”
Nunca fue un espectador en un museo, ni mucho menos un cuadro con pinceladas desordenadas. Nam-gyu era una escultura, solitaria, detallada en piedra con un cincel que se aseguró de que cada detalle este en orden, desde el vacío en sus ojos hasta el velo que cubre su cuerpo y la postura abandonada que no deja de mirar sus propias manos.
Él es... Era una estrella fugaz y su nombre era Nam-gyu.
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