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Está apunto de sonreír. Es irónico, ¿no?, que una escena tan triste le levante la comisura de los labios. Ver a dos amigos cuidarse entre ellos, preocupándose, protegiéndose y saber que, pese a todo ese cariño, acabarán separándose. Ser consciente de los dos caminos tan diferentes e incompatibles que seguirán cada uno de ellos hace que le duela el pecho. Mira a Kelemvor y se le hace un nudo en la garganta, decenas de pensamientos le nublan la vista y sabe que si abre la boca no saldrá ningún sonido. Quiere preguntarle por qué lo ha hecho, si ha sido la maldición quien le ha obligado (¡conseguirás romperla!) o si simplemente Burne lo merecía. Quiere consolarle, decirle que todo irá bien para él, que saldrá adelante, que tendrá éxito, que le respetarán y le honrarán.
Quiere gritar de donde vienen, quienes son y advertirle que la persona que ahora le arropa y le cura las heridas se convertirá en su enemigo, en alguien a quien tendrá que tener atado bien en corto. Le gustaría avisarles de la fecha de caducidad de su amistad para que la disfruten y la cuiden. Para que se cuiden ellos y entre ellos y que no permitan que algo tan bonito se marchite.
Siente la necesidad de ayudarles y darles la información necesaria para evitar todo lo que se avecina. Para evitar que ese joven que ahora intenta encontrar su mirada no se convierta en el dios loco que está destinado a convertirse. Y, por un momento, piensa en que todo podría acabar aquí, pese a que sea un recuerdo, un sueño, pese a que quizá no estén aquí de verdad y ninguna de sus acciones tenga consecuencias. Piensa que podría asesinarle, que podría jugar una vez más con el destino (¿no es eso a lo que se dedican? seguro que por eso están aquí) para parar la maquinaria antes de que comience a funcionar. A lo mejor, eso sería lo mejor para todos, pero Iso suspira y es, en ese instante, cuando comprende y acepta los caprichos del destino y que hay eventos que deben ocurrir.
Por fin se atreve a mirarle. Es joven y es humano, y ella no siente nada de lo que creía que sentiría. Las mejillas no le arden por la rabia, no le duelen los nudillos ni se clava las uñas en la palma de la mano, porque ni si quiera aprieta los puños. Puede que sí se quede sin respiración un momento y pude que se olvide hasta de su propio nombre. Nunca ha estado tan en calma y tan aturullada a la vez. No ha dedicado más tiempo del que merece en pensar en cómo sería su encuentro. En si debería arrancarles la piel a tiras con sus propias uñas o en si debería abrasarle la piel de la cara con sus manos hasta derretirle esa sonrisa arrogante que ahora la mira. En si por fin el olor de carne quemada sería un recuerdo feliz y no uno que le provocara nauseas. Estaba segura de que el encuentro sería violento, pero es todo lo contario y, por eso, no es una sonrisa alegre la que intenta trepar por su cara. Es una sonrisa cansada y de alivio al entender que no quiere vengarse, pues sabe que sus padres están bien, que el dios que ahora la mira en forma de puma les cuida. Seguramente nunca quisiera venganza, pero poder estar frente a él y no sentir más que lástima y compasión es, quizá, la mayor victoria que podría obtener sobre Cyric.
