Work Text:
Amelia era desconcertante.
Porque cuando me veía, sonreía.
—Hola, Zelgadis. ¿Has dormido bien?
—¿Con Lina en la habitación de al lado? ¡Más quisiera!
Se oyó un “Cuidadito, Zelgadis”, desde lo lejos. Y yo gruñí. La princesa sonreía. Otra vez esa sonrisa. No era afilada ni maliciosa. No era nerviosa. ¿Qué diablos era?
Amelia era extraña, porque apenas se enfadaba. Aún así, yo era cauteloso con ella. “¿No te molesta?” Preguntaba cuando Lina se ponía borde con ella. “No tienes por qué hacerlo, lo sabes, ¿verdad?” Pero ella solo sonreía y asentía. Era rara.
No es que me quejara. Me gustaba pasar tiempo con ella. Disfrutaba al oírla hablar de sus novelas de romance favoritas y ver cómo se removía el pelo cuando estaba nerviosa.
Para ser francos, creo que estaba esperando a ver cuándo estallaba. Estaba esperando a ver cuándo se le caía la careta, cuándo dejaba de fingir que se alegraba de verme. Cuando iba a decirme que me largara.
Pero esperé y esperé. Y ese momento nunca llegó.
En su lugar, aparecieron los roces. Su cuerpo se acercaba al mío en la hoguera. Me buscaba con la mirada. Y sonreía. No a Gourry ni a Lina. A mí. No lo entendía.
Luego llegaron los besos en la mejilla, los abrazos. Cada vez hablaba más de justicia. Me hablaba de Gracia, de Eldoran, de su infancia.
Y yo, me descubría a mí mismo sonriendo. Haciéndole preguntas. Hablándole de Rezo.
Odiaba admitirlo, pero me volví adicto a esa sonrisa. A esa pequeña cicatriz que tenía en la ceja. A su tacto, a sus caricias.
Así, cada vez pasábamos más tardes juntos. Cada vez había más roce. Más charlas, más besos. No lo entendía del todo. Pero… ah, ahí estaba otra vez: esa sonrisa.
También había peleas, veces en las que ella iba demasiado lejos o yo era demasiado borde. Veces en las que no hablábamos el mismo idioma. Yo me preparaba. Esperaba los gritos y los reproches. Los “no quiero volver a verte” o los, “¿Por qué eres así?”. Nunca llegaban. Uno de los dos murmuraba “lo siento” y el otro “yo también”. Uno decía “no lo volveré a hacer” y, en respuesta, ella me daba el espacio que necesitaba. Yo le sonreía.
Nunca vi asco en su cara. No lo entendía. Nunca me dijo “tenemos que hablar”, y eso me asustaba. Porque iba a llegar, ¿verdad? Siempre llegaba. Las caretas caían y la gente me dejaba.
Así, que una mañana me armé de valor y le dije:
—¿Cuándo quieres que me vaya?
—¿Qué?
—Nunca me dices que te molesto, o me preguntas cuánto me queda para irme.
—¿Por qué iba a hacerlo? No me molestas.
—Eres rara.
Ella levantó sus enormes ojos azules.
—¿Por qué? —preguntó.
Yo me encogí de hombros.
—Porque no intentas cambiarme. No te molesta mi presencia, ni me pides que me tape la cara.
Ahí estaba otra vez, esa sonrisa.
—¿Por qué? —pregunté. No lo entendía.
Entonces, apareció esa arruga triste en el ojo, junto a la cicatriz de la ceja. Me besó con cuidado la clavícula, luego el cuello, la mejilla.
—Porque te quiero —dijo ella contra mi piel azul.
—¿Por qué?—Repetí de nuevo.
—¿Cómo que por qué? —se rió— Porque eres listo y comprensivo. Porque tampoco me pides que cambie ni que me ponga vestidos. Porque me ves como Amelia antes que una princesa. Porque eres paciente, amable y dulce conmigo.
Sentí un nudo en el estómago. Estaba mintiendo. Estaba mintiendo. Yo no era dulce ni bueno. Era agonista, horrible y... Pero entonces la miré y supe que no mentía. ¿Acaso la había engañado sin pretenderlo?
Ella, seguía.
—Porque me encanta el sonido de tu voz. La cara que pones cuando bebes café caliente y también tu sonrisa al tocar la guitarra.
Ella seguía, seguía. La duda dejó paso al cariño y la pena. A la confusión. Al miedo.
Pero ella seguía y yo temblaba. ¿Era esto lo que se sentía? ¿Era esto lo que llaman cariño? No lo sabía. No tenía referentes. Y, de nuevo sentí miedo.
Miedo que ella fue despegando con besos, con besos y palabras.
Me gustas tal y como eres, decía.
No tienes por qué cambiar, repetía.
Te quiero.
—Yo también te quiero—, me sorprendí diciendo un día.
Parte de mí no estaba seguro. ¿Cómo estarlo? No tenía libros, ni referencias. No tenía experiencias similares y, sin embargo…
Veía esa cicatriz en la ceja, y ahora era yo el que sonreía.
—Yo también te quiero. —Dije más fuerte, más alto.
