Work Text:
One Love
Es durante la madrugada que todo comienza. El tono de llamada rompiendo la tranquilidad de su hogar, desorientado despierta mirando el aparato brillando; en medio de la bruma del sueño logra ver la hora en el reloj.
1:12 a.m.
La confusión se hace presente en Roier. El ritmo de "Sobredosis de TV" vuelve a sonar, necio en interrumpir el sueño del mexicano.
Toma el celular entre sus manos. Más consciente, es capaz de notar que no está registrado el número, y la serie de dígitos en la pantalla no la reconoce. Aunque hubiera sido el número de su abuelo, no lo habría reconocido, cabe decir.
Contesta la llamada, por mera presión de la música aún sonando con insistencia; más tarde podría culpar a su dificultad para despertar por atender la llamada.
Durante los primeros segundos no escucha absolutamente nada, silencio puro, casi como era antes de ser despertado. Es tras el sonido de una puerta cerrándose al fondo que lo escucha.
La voz es masculina, no es aguda, pero tampoco demasiado grave. Nota duda en el sujeto, y lo más característico de la misteriosa voz es el acento que tiene pegado; podría decir que el español no es su primer idioma. Un extranjero.
—Disculpa, ¿eres Roier? —la pregunta suena contra su oído en un murmullo suave.
Si no estuviera en completo silencio su departamento, no lo hubiera escuchado.
No responde, todavía viajando en la nube del sueño y la confusión.
—¿Hola?
Al mexicano le toma un momento bastante largo registrar las palabras, sorprendido porque la persona tras el teléfono sabe su nombre.
Su primer pensamiento es que va a lidiar con un estafador, pero el tono dudoso y un tanto familiar lo detiene en la incertidumbre.
Había experimentado intentos de estafas en el pasado, pero los maleantes no preguntaron su nombre ni sonaron titubeantes, así que la curiosidad comienza a florecer como un foco brillante en su mente dormida.
Toma una respiración para disipar el sueño por completo antes de sentarse en su cama, decidiendo continuar con la extraña llamada.
—Lo soy, ¿quién habla?
Su propia voz suena ronca y cansada; tiene que cerrar un segundo los ojos para que no le ardan.
Escucha una exhalación del otro lado y cosas moviéndose; no es capaz de decir qué es con exactitud, pero suena como un lugar muy activo para la hora que era.
—Que alívio... —Escucha un susurro.
Nota una ligera diferencia en la pronunciación, curioso.
—Va a sonar muy raro y me disculpo, pero…
El hombre al otro lado hace una pausa.
—¿Podrías venir por mí a la estación de policías?
La pregunta es hecha y la línea queda en silencio puro. Los ojos de Roier, que permanecían cerrados, se abren con sorpresa.
¿Quién rayos hablaba en medio de la noche para pedir ser sacado de prisión a un desconocido?
El otro hombre ni siquiera le había dicho su nombre. Seguramente el tipo al otro lado de la línea había marcado un número al azar, y su mala suerte habría hecho de las suyas.
Y no habría creído las palabras del sujeto, por lo poco realista que sonaba la situación. Habría reído creyendo que era una mala broma, pero el sonido de un teléfono al fondo rompiendo el silencio de ambos le trae de vuelta la seriedad. Incluso capta el murmurio de una mujer al fondo.
"Estación de policías del área Quesadilla, ¿en qué puedo ayudarle?"
Sonaba muy rutinario para ser mentira. Entonces, en verdad estaba hablando con alguien detenido... genial.
Porque cuando recibes una llamada a la una de la madrugada, de un número desconocido pidiéndote que vayas a la estación de policías, bloqueas el número y sigues durmiendo, ¿cierto?
Entonces, ¿por qué sonaba sospechosamente familiar?
—¿Roier?
La persona tras la línea lo llama, recordándole que seguía en la llamada.
Parpadea varias veces, alejando el teléfono de su oreja, observando el número brillando en la pantalla y el tiempo en llamada.
Los pensamientos corren con mayor velocidad ahora que está despierto en su totalidad.
La sorpresa aún sigue rondando su mente, pero la curiosidad golpea con peligro.
Sopesa sus opciones en silencio, escuchando la respiración del hombre al otro lado de la línea; podría ir y pagar una fianza que desconocía si podía siquiera pagar, o podía colgar e irse a dormir.
Es en la lucha de pensamientos que vuelve a escucharlo; suave y con un tono particular que comienza a incrustarse en su memoria.
—¿Por favor?
El susurro es suave, suplicante de una forma que le parece extraña, viniendo de una voz sin rostro, una que suena como si lo conociera. Raro.
Puede culpar a su cerebro por no pensar correctamente al despertar, o a su pésima toma de decisiones, pero antes de que pueda realmente considerarlo, está tomando lo primero que ve en su armario; tomando lo necesario para ir a la comisaría, en camino a ayudar a alguien que no conoce.
El camino hacia el lugar no es demasiado tardado, no por la distancia, sino porque estaban desiertas las calles, porque la gente se encontraba durmiendo, a diferencia de él.
Pide un carro para llegar a la comisaría; es rápido el trayecto y, para su suerte, el conductor fue amable aun cuando estaba trabajando de madrugada, muy diferente a sus antiguas experiencias al regresar de fiestas. Lo agradecía.
Antes de colgar la llamada con el hombre tras el teléfono, obtuvo la información básica para el enorme favor que estaba a punto de realizar.
El extraño tenía nombre, Cellbit; definitivamente no era mexicano.
Era curioso cómo el nombre del chico había causado cosquillas en su cerebro; la curiosidad picó en sus entrañas y hubo una sensación rara al oír esa particular voz.
No tenía más información del sujeto aparte de eso; solo para su vaga tranquilidad, supo que no estaba a punto de liberar a un delincuente; aparentemente, solo estaba detenido por estar en el momento incorrecto con la gente incorrecta. Mal por él.
Y sobre todo por él, que estaba haciendo su buena acción del mes.
Algo dentro de él estaba ansioso. Un nervio incesante que se retorcía en el fondo de su estómago.
Tenía una inmensa curiosidad por darle un rostro a Cellbit; quería saber si sería un estereotipo de malote, un friki o incluso un cholo. Había tantas opciones con los pocos datos que poseía.
El pensamiento de darle un estereotipo al sujeto de la llamada le hizo reír de puro nerviosismo.
Cuando se encontró de pie afuera de la estación, fue incapaz de comprender cómo había terminado ahí.
Su primera vez en la estación de policía, qué emoción.
Tiene que dar una larga exhalación antes de adentrarse en el edificio y enfrentar la ridícula situación en la que estaba.
El lugar se sentía tranquilo para lo que era; podía escuchar el mismo movimiento que escuchaba al fondo de la llamada; cobraba sentido el sonido de cosas moviéndose.
Los policías se encontraban haciendo su trabajo, papeleo, por lo que podía observar.
Una ola de nervios lo atraviesa al momento de hacer contacto visual con el oficial detrás del mostrador. Pese a que el oficial parecía amigable y que, de hecho, le estaba sonriendo, el hormigueo ansioso no se detuvo.
Arrepintiéndose de sus decisiones previas, avanza hasta estar frente a frente con el oficial en el mostrador; es la incomodidad sonando en sus palabras lo que hace querer irse corriendo de ahí.
—Disculpe, ¿se encuentra aquí Cellbit?
Roier trató de modular lo más parecida a cómo recordaba la pronunciación.
Inconscientemente queriendo aparentar que conocía de verdad al hombre.
El hombre frente a él le vuelve a sonreír con demasiada amabilidad. La energía al hablar del oficial le hace creer que se encuentran en medio de un parque en la tarde, y no en una estación de policías, casi a las dos de la mañana.
—¡Buenas noches! Soy el oficial Foolish. —El tono animado del sujeto lo descoloca.
Lo ve buscando algo en la computadora a su costado; Roier guarda su curiosidad de asomarse, no quería arriesgarse a terminar detenido.
—Oh, aquí está, Cellbit Balanar, ¿viene a firmar su salida?
La pregunta es hecha y se siente casi como una cubeta de agua helada sobre su cabeza. Se vuelve real el problema.
Algo que es incapaz de reanimar el ambiente, pero que le deja respirar con más tranquilidad, es escuchar al oficial Foolish explicarle que no debía pagar nada, solo debía firmar y ser el responsable de sacarlo.
Al menos su bolsillo no sufriría esa noche.
Minutos después de realizar el trámite, entregar su identificación, firmar y sentirse como si él hubiera cometido un delito grave, Foolish le informa que irá por el responsable de toda esta locura.
Los nervios vuelven a asentarse en el fondo de su estómago. La sensación incómoda aparece de nuevo cuando escucha al fondo la voz del oficial y la voz de la llamada.
Antes de que pueda prepararse emocionalmente, lo ve caminar hacia el mostrador y esperar a que le den el paso final.
Cellbit Balanar. Es incapaz de afirmar que el nombre le queda o no a la idea que tenía en mente.
Era una mezcla única, no se encasillaba en ningún estereotipo que hubiera pensado, y definitivamente no esperaba que el hombre fuera jodidamente guapo.
Ojos azules intensos, cabello largo y poco peinado, pero se veía demasiado bien.
La vestimenta no era lo que esperaba de alguien detenido, aunque claro, tras escuchar la explicación legal que le dio Foolish, Cellbit no era un delincuente en realidad, solo tenía la misma mala suerte que él.
Por un momento se queda aturdido, lentamente entendiendo lo que Foolish le dice al castaño claro. Sus ojos se encuentran muy interesados en memorizar cada detalle del rostro ajeno.
La forma en la que se movía su cabello, esa mecha blanca, el saco verde y lo grande que aparentaba ser. A pesar de no sacarle muchos centímetros de diferencia, era capaz de notar la distinción en alturas y, sobre todo, juraba que podía ver músculos debajo de la ropa.
No de manera morbosa, sino con todo el respeto debido y, con toda la modestia del mundo, podía afirmar una cosa: era totalmente atractivo y totalmente su tipo. Jodida suerte.
Percibe su rostro tibio cuando el hombre gira en su dirección. Es atrapado in fraganti.
Se revuelve con fuerza el manojo de nervios que tenía por dentro; tan solo con tener esos ojos azules sobre él. Roier no se identificaba como alguien particularmente tímido; sí poco social, pero el pudor ni la timidez eran comunes para él.
Le costaba creer que se estaba sintiendo de esa manera por el hombre que ahora se encontraba justo frente a él. Confirmando la diferencia de altura.
La mirada en los ojos azules lo marea. Vislumbra una mezcla de abatimiento y lo que podría ser alivio. Una sonrisa pequeña se forma en los labios de Cellbit, el cual lo estaba mirando con demasiada familiaridad para un extraño.
—Hola.
El saludo es suave, suena y se ve apenado. Algo dentro de él se retuerce con la imagen.
Ahora que está cerca, repara en el aroma de alguna colonia suave.
—Gracias por sacarme de ahí... te debo una.
Hay una pausa de silencio. Roier tarda unos segundos más para lograr formular una respuesta coherente.
—No hay de qué, supongo. —Responde sintiendo la incomodidad en sus palabras, no sabe muy bien qué hacer.
No es que fuera malo socializando, pero la presencia particular del hombre lo estaba poniendo nervioso de una forma que no había sentido desde la secundaria. Por tanto, la situación seguía siendo muy extraña para sus habilidades sociales.
¿Quién podría imaginar que encontraría al tipo más guapo que ha visto en su vida en una estación de policías a las dos de la mañana? Él genuinamente no.
Cree que debe decir algo, cualquier cosa para no dejar morir la conversación, o al menos un reclamo por toda esta aventura. Pero su lengua se siente entumida, de la misma forma que el resto de su cuerpo. Incómodo.
La última vez que se había puesto así había sido con su última pareja, hace años. Ese conocimiento lo puso aún más ansioso.
Él no creía del todo en esas cosas del amor a primera vista, pero la vista que estaba teniendo en este momento lo hacía dudar de sus propias creencias. Dios santo, ¿quién era este hombre?
Ve al culpable de su manojo de nervios removerse bajo el mismo sentimiento que él, sin saber qué decir o hacer; esa inferencia lo tranquiliza muy poco.
—Podría... Uhm. —Cellbit luce inseguro en su intento de revivir la conversación.
Observa cómo esos luceros azules viajan por toda la zona, evitándolo.
—¿Me aceptarías un café como disculpa por todo esto?
Algo dentro de Roier se calienta. Con la misma intensidad del suave carmín adornando las mejillas del otro hombre, quien tras terminar de dar su propuesta se ve aún más ansioso. Casi como un cachorro... o un gatito.
La seguridad regresa con esa invitación. El intento de una risa se escapa de entre sus labios, culpa del nerviosismo.
—¿Café a las dos de la mañana?
Cuestiona con un toque de sarcasmo.
—Está bien, lo tomo. Así podrías explicarme qué fue todo esto.
Lucha con parecer serio, pierde fácilmente una vez ve el sonrojo de Cellbit avivarse.
Podría apostar que ahora él tiene las mejillas un poco sonrojadas, solo un poco. Si estuviera en una competencia contra Cellbit sobre quién está más agobiado y abochornado, ganaría victoriosamente.
Pues una vez señala la necesidad de una explicación directa, la sangre fluye con rapidez hacia el rostro del castaño claro, rebasándolo de la vergüenza.
One Love
Tras despedirse del oficial Foolish, este los había nombrado amigos y había pedido juntarse de nuevo, lo cual resultó demasiado extraño para el castaño claro, tomando en cuenta cómo se conocieron.
Ahora ambos se encontraban yendo a la tienda de 24 horas; era el único lugar abierto que vendía café tan entrada la noche.
El camino fue silencioso. Fluctuando entre esa sensación particular de la incomodidad, sofoco y timidez.
Lo que le dio suficiente tiempo a Roier para considerar sus próximas palabras, para la inminente conversación que tendrían al llegar a la tienda.
Consideró volverse quejumbroso. Regañarlo por estar a las dos de la mañana en la frescura de la noche, como si no tuviera responsabilidades con las que cumplir en unas horas.
Aunque después de aceptar que no cumpliría con nada de eso, sintió mucha curiosidad por descubrir quién era Cellbit Balanar... y cómo había terminado en esa celda preventiva.
Sabía muy poco y tenía una curiosidad enorme.
Y por más que quisiera negar que esa curiosidad nacía de ese sentimiento burbujeante en su pecho, el cual era demasiado parecido a las mariposas clichés. No podía negarlo en su totalidad; era una persona curiosa.
No obstante, encontrarse a sí mismo observando con demasiada dedicación el perfil del chico, mientras caminaban lado a lado, no le ayudaba a defenderse.
Entrando al pequeño lugar, cada uno preparó el café de máquina a su gusto, descubriendo que tenían gustos parecidos.
Permanecieron parcialmente en un silencio capaz de cortarse con tijeras. Únicamente hablando lo mínimo, en cuanto a reglas sociales, "gracias" y "de nada", apenas rompiendo esa aura extraña que los rodeaba.
Roier estaba considerando dejar todo en el misterio y huir del lugar, dejar en esa tienda de conveniencia al extraño guapo y fingir que nada de este extraño encuentro sucedió.
No soportaba más ese latir particular que sentía cuanto más tiempo pasaba con Cellbit. Pero era justamente ese hormigueo y la adrenalina derramándose en su interior, que lo mantenía pegado al costado del otro hombre. Incapaz de irse sin respuestas.
Y una cita de verdad si era posible.
El pensamiento intrusivo lo altera un poco más, observando de reojo al joven beber de su café. Incluso su perfil era bonito, oh no.
Por más que se quisiera engañar, no lo podía negar ni evitar; se sentía atraído por el hombre de cabellera castaña. Eso era un hecho.
Su sola presencia lo hacía sentir que revivía sus años de adolescencia, donde descubrió que le gustaba admirar demasiado a los modelos masculinos de las revistas de su hermana. Bueno, pues se sentía de esa exacta forma aferrándose al perfil de Cellbit.
Sintiendo sus mejillas calientes al percatarse de ello, trata de ocultarlo bebiendo de su propio vaso con el ceño fruncido.
No tenía otra opción más que aceptar esa atracción y, antes de hacer cualquier cosa embarazosa, descubrir si el chico de verdad no era una persona problemática.
Tomo una respiración profunda, buscando valor para iniciar una conversación real. Oh, incluso se sentía igual de tímido e inseguro de hablar con un chico bonito como en su adolescencia.
—Entonces, Cellbit Balanar, ¿cierto? —pregunta antes de lograr juntar la determinación necesaria.
Tras hacer contacto visual, esa falta de determinación lo dejó peleando contra un bochorno suave; esos luceros azules lo miraban con cierta emoción detrás, lo intrigaba.
—Nombre extranjero. ¿De dónde eres?
El cuestionado le dio una sonrisa sin dientes, para nada alterando el latido de su corazón. Para nada.
Observó al hombre bajar el vaso de café, dejándolo en la mesa a su costado.
Roier recibió un vistazo largo, se quedó expectante, sintiendo que ya debería saber algo. Ante su silencio, Cellbit volvió a sonreír suave y finalmente respondió.
—Soy de Brasil; me mudé hace medio año. —responde.
Sus ojos se mantienen sobre él, casi como si estuviera evaluando su reacción.
La nueva información le hace un poco de sentido; no logra decir que luce como un brasileño típico; no conocía ninguno otro antes de Cellbit. Pero eso justificaría el acento que noto cada vez que hablaba el castaño claro.
Roier se toma la molestia de acomodarse contra la mesa, recargando su peso contra esta; tratando de lucir relajado, cosa que no siente, buscando verse amigable. Abierto para una conversación amistosa, o lo que surgiera.
—Dicen que es un lugar de fiesta.
Roier intenta usar todos sus dotes extrovertidos para continuar con la conversación.
—Creo que dicen lo mismo de México. Soy de ahí, pero no soy mucho de fiestas, la verdad.
Lucha por no huir del contacto visual. Sentía que el brasileño podía ver a través de él, hasta su alma.
—¿Qué tal tú? Te ves como el tipo que sabe cómo divertirse.
Ni siquiera Roier entendió qué quería decir con eso; aunque la sonrisa brillante que le dio Cellbit valió la pena. Inclusive escuchó una corta risa. Oh, qué risa más bonita.
—¿Doy esa impresión? —la voz del hombre arrastraba la risa, sin intentar disimular. —Bueno, soy culpable; no puedo decir lo contrario, hace una semana salí de fiesta.
Otra risa se le escapa al hombre apenas unos centímetros más alto; el mexicano no puede ayudarse a sí mismo, parece estar en un trance, incapaz de apartar sus ojos del otro hombre. Parpadear es poco rentable; pierde milisegundos importantes para su escrutinio.
Las palabras entran lentas en su cabeza, tomando prioridad la risa ajena, la cual lo contagia.
Finalmente, procesa la información brindada y un pensamiento brota con rapidez a través de su boca.
—Oh, ¿de verdad? ¡Yo también salí el fin de semana pasado! —La emoción se resbala de su voz.
El contrario lo analiza por un tiempo más; Roier cree que fue demasiado expresivo, está a punto de disparar una disculpa cuando lo ve sonriendo con más profundidad. Rápidamente se distrae con lo atractivo que se ve Cellbit.
El epítome de la belleza, si le preguntas.
—Una gran coincidencia.
Cellbit menciona, pobremente escondiendo su risa.
—Recuerdo haberte escuchado decir que no eras mucho de fiesta. —Acusa el brasileño.
Roier se contrae con vergüenza de ser señalado.
—Fui solo porque me obligaron, planeaba irme, pero encontré a alguien con quien habla- —se defiende. Hay un brillo en sus iris.
Detiene su explicación, percatándose de que está por mencionar a su ligue de fiesta, del cual no había tenido noticias; por lo tanto, no importaba y no planeaba dejar morir una nueva oportunidad.
No cuando esos ojos del color del cielo lo estaban mirando diferente; conocía esa mirada, se sentía familiar. Sabía lo que significaba, sonrió sin poder evitarlo; su corazón dio un vuelco.
Su ligue del fin de semana pasado se podía mantener perdido sin ningún problema; ya había alguien en prioridad.
—Eso no es importante.
Roier inclina su cuerpo en dirección a Cellbit; su entusiasmo crece cuando este sigue sus movimientos.
—¿Qué es lo que haces para divertirte?
Su pregunta sale casi en un ronroneo, con coquetería cuasi descarada, cortesía de su valentía recién recuperada.
La valentía del mexicano se acentúa cuando la cercanía de ambos es escasa; uno al lado del otro, entrando en su propio mundo, y no le molestaba en lo más mínimo.
Cellbit se toma su tiempo de observarlo; luce como si lo estuviera analizando.
Siente sus mejillas calentarse lentamente; no se molesta en avergonzarse, sabe que es bastante agradable de admirar. Y se siente bastante agradable ser admirado.
—Usualmente salgo con amigos, a pasar el tiempo con ellos. —Responde recargando el costado de su cuerpo en la mesa.
Mantiene la cercanía, moldeando el ambiente más entrañable.
—Aunque he estado saliendo para conocer a la gente de la ciudad.
Roier divisa el cambio en la atmósfera que los rodea; su pulso se acelera con emoción mal escondida.
No solo la mirada celeste le corresponde la atracción; el lenguaje corporal del otro le manda las señales que estaba esperando. La oportunidad de oro que estuvo manifestando en todo su encuentro.
—Sabes, esta es la forma más extraña en la que he conocido a alguien. —La broma sale acompañada de un tono coqueto.
Todavía no se sentía tan mareado por esa sonrisa como para olvidar la plática sobre cómo había terminado en la estación de policías.
Consigue una inspección más profunda del brasileño; el azul de sus ojos se vuelve más oscuro, mostrándose como una marea nocturna. Denso y calmo, pero con el constante recuerdo de lo peligroso que puede volverse si no conoces las olas.
Roier podía afirmar sin ninguna pizca de miedo que se lanzaría sin dudarlo a ese mar.
Por alguna razón que desconocía, y que parecía estar escondida solo para él, no ve el peligro de adentrarse en la oscuridad de esos luceros.
Podría ser solo un juego de la sombra al estar a contraluz, pero, aun así, se sentía cautivado por la totalidad de Cellbit.
¿Seguía sin creer en el amor a primera vista?
Esa era una pregunta que rondaba con persistencia en su cabeza. Tomando la modestia de tocar al castaño claro, acomodando un mechón rebelde detrás de su oreja.
Deja que su corazón dé un latido más fuerte; un polvo rosado cubre sus mejillas cuando su acción osada es correspondida. Cellbit no pone oposición a su toque, inclusive acercándose a él.
El silencio del brasileño le da oportunidad de seguir hablando y resolver todas sus dudas; un brillo fervoroso brilla a través de las pupilas del hombre más alto.
—¿Cómo es que diste con mi número? ¿Marcaste uno al azar en lugar de llamar a un conocido?
Su mano baja, pero la intención de mantenerla a su costado se ve interrumpida cuando Cellbit la atrapa.
No es capaz de entender la densidad del escrutinio que le está dando el castaño claro; pero percibe sentir la fuerza del mismo.
Quema sobre su piel y le hace querer huir; una vez más queriendo dejar todo en el misterio, pero ya se atrevió a preguntar, no quiere abandonar lo que sea que venga con esa mirada y la sonrisa brillante. No si logra tenerla solo para él.
Cellbit se toma su tiempo para admirarlo; nota que trata de decirle algo, pero no es capaz de leerlo, para su pesar.
El castaño claro se da cuenta de esto y, lejos de parecer decepcionado o molesto, sonríe todavía más; confunde a Roier, pero el brillo de esa sonrisa lo atrae como polilla; todo del brasileño lo atrae.
Un suspiro sale de entre los labios de Cellbit antes de que pueda hablar; luce divertido.
—¿Qué voy a hacer contigo, guapito?
Hay algo en ese apodo, en la forma en que lo pronuncia, que le hace sentir un escalofrío, algo escondido entre sus palabras, algo familiar.
—No me recuerdas, ¿verdad? —el ceño de Roier se frunce, ¿debería recordarlo?
Trata de hacer memoria; hay una extraña familiaridad alrededor del recuerdo de Cellbit en todo lo que ha sido esta noche.
No puede decir que lo conoce, porque no lo hace; definitivamente recordaría un rostro así, recordaría lo mucho que le hace sentir. Si lo hubiera conocido antes, lo recordaría, ¿cierto?
Sin embargo, la sensación que lo recorre al contemplar el apodo "guapito" produce un sentimiento muy particular para no ser importante.
Además, hay una razón por la que Cellbit utilizó ese apodo con él; no debe ser casualidad, ni la facilidad que tiene para hacerlo sentir esas mariposas clichés. No, hay algo más.
Las personas no conectan tan rápido como lo hicieron ellos, eso lo sabe, o al menos, habla por experiencias pasadas; tuvo que haber algo antes, no confía tan fácil en la gente y, de alguna forma, terminó corriendo ante el llamado de un extraño.
—Digamos que yo ya tenía tu número agendado, no marqué ninguno al azar.
Cellbit menciona, empujando en su búsqueda de recuerdos, tratando de ayudar.
—Ya sabía a quién llamar. Recuerdas: "Si necesitas algo, cualquier cosa, llámame".
Oh.
Eso es algo que diría él; espera, él ya ha dicho eso en el pasado, particularmente en una fiesta después de encontrar a quien, según él y su borracho cerebro, era "el amor de su vida".
Entonces, siguiendo esa línea de pensamiento, el fin de semana pasado conoció a alguien, alguien que tenía la misma altura... el mismo cabello y... la misma voz. Un momento.
La realización lo golpea; su cerebro comienza a conectar puntos perdidos: la familiaridad transmitida en la llamada, la forma en que cayó demasiado rápido por él, la comodidad extraña que sentía con Cellbit; y las múltiples miraditas de él que parecían ocultar algo.
Él lo sabía; sabía que no lo recordaba en lo más mínimo.
La sensación embarazosa vuelve todo su rostro rojo. Qué casualidad, la misma persona que conoce en una fiesta es la misma que, una semana después de no contactarlo, decide hacerlo desde la estación de policías.
Increíble. Solo a él le pasarían este tipo de cosas, del nivel de una telenovela, increíble.
Cellbit es capaz de notar el desborde de recuerdos que está teniendo; sus cejas se elevan con gracia y la sonrisa en su rostro brilla de una forma molesta ahora. De entre todas las personas, tuvo que ser él. Culpable.
—¿Tú eras... no, tú eres el de la fiesta...?
Su pregunta queda al aire; los dos conocen la respuesta.
Una serie de maldiciones comienza a ser recitada en su mente, maldiciéndose por ser tan despistado, por ser ciego y, sobre todo, por hacerle caso a Mariana; por aceptar ir con él a la fiesta para ayudarlo a mantener lejos a su ex y por acompañarlo en cada trago que tomó.
De no ser por eso, no habría estado tan ebrio como para no recordar nada.
"Gracias, Mariana, por ser tan buena influencia", pensó Roier.
Dentro de sus vagos recuerdos de esa noche, está la borrosa imagen de Cellbit.
Antes no podría haberlo adivinado, pero ahora podía recordar ese tono azulado, la sonrisa encantadora y el cálido tacto. Definitivamente era él, no lo dudaba.
El apretón dócil que recibe en su mano lo atrae de vuelta al presente; lejos de conversaciones borrachas que escasamente recuerda y lejos de la imagen de cierto brasileño demasiado amartelado.
Más tarde se tomaría el tiempo de recuperar ese último recuerdo.
—Entonces, ¿me recuerdas ahora?
Susurra con ternura; su mirada no pierde significancia, nunca lo hace.
Una memoria llega a él con rapidez, un apodo colándose, sin poder detenerlo.
—Gatinho.
Pronuncia lentamente, temiendo decir algo errado, temiendo decir algo prohibido.
Mas es la forma en que se inclina aún más el cuerpo del castaño claro hacia él, correspondiendo el apodo, que le da todas las respuestas necesarias para confirmarlo. Su bendito ligue de fiesta era Cellbit.
—Perdóname por no reconocerte. —Se disculpa.
Siente pesadumbre por su comportamiento, casi como el de un adolescente irresponsable.
Siendo sincero, Roier no recordaba haber cometido ese tipo de irresponsabilidades desde esa época de su vida, ni haber sentido tanto por alguien en poco tiempo de conocerlo.
—Discúlpame por llamarte hasta ahora.
Habla Cellbit, luciendo igual de afligido.
—Y por llamarte desde la estación de policías, no encontré otra excusa para verte de nuevo.
Las palabras son dichas por el brasileño; es él ahora quien rehuye, esos luceros oscureciéndose con pesar. Al mexicano le parece difícil de creer que esa haya sido la razón para buscarlo, un verdadero romántico del siglo XXI.
Roier se ríe, no pudiendo hacer otra cosa más que encontrarlo divertido; reírse de su mala suerte siempre había sido una buena bandita para las heridas, lo ameritaba.
Tiene que usar su mano libre para cubrirse el rostro, evitando parecer grosero por reírse en la cara de Cellbit, quien aún luce apenado.
La carcajada es difícil de contener; su cuerpo se sacude al intentar retenerla, y prontamente Cellbit se da cuenta de su estado. Desconcertado, lo observa con el inicio de una sonrisa posándose en su rostro.
—¿De qué te ríes? —pregunta Cellbit, contagiándose del estado animado del mexicano.
—No puedo creer que me hayas llamado desde la estación de policías.
Su cuerpo aún se sacude ante los rastros de su risa, la cual lucha con persistir.
—Y que fingieras no conocerme solo porque yo no te recordaba. —Suspira. —El último romántico.
La ironía en sus palabras pasa desapercibida, manteniendo el ambiente dulce que poco a poco ha ido creciendo entre ellos.
La tensión iniciada en la fiesta de unos días, de repente, se siente acumulada en todo el tiempo que no tuvieron noticias del otro.
Roier es capaz de percibir la correspondencia mutua.
Los dos individuos se atraían como imanes, polos opuestos que se acercaban cada vez más; parecía cuestión de vida o muerte mantenerse en contacto; soltar el agarre que tenían lucía como la falta de respeto más grande.
Antes de perderse en la calidez del momento, la lucidez fugaz del porqué estaba en la tienda de conveniencia en primer lugar lo regresa a preguntar; antes de caer en la profundidad de esos faroles brillando de forma embriagante.
—Pero ya en serio; ¿cómo terminaste ahí? —La vista de Cellbir huye con pena una vez más.
—Bueno...
Hace una pausa, sopesando sus palabras.
—Es una historia larga y... vergonzosa.
El mexicano da una vuelta a su alrededor. Fuera de su burbuja creada, la tienda de conveniencia se encontraba desierta; con la excepción de la cajera, la cual, tan rápido como hizo contacto visual con él, huyó y fingió atender otras cosas.
Al parecer tenían público.
Con una risa corta atrajo la atención de Cellbit hacia él; inconscientemente dando un vistazo rápido a la caja, pretendiendo atrapar de nuevo a la mujer mirando.
—Preferirías ir a mi apartamento y explicarme, ahora sí, ¿cómo terminaste así?
Deja la propuesta sobre la mesa, esperando a que el brasileño siguiera su desinhibida petición. Cosa que hace, acepta sin pensarlo.
Su eminente salida llama la atención de la cajera de vuelta. Los ve marcharse y, tras una despedida cortés de ambos, la chica se despide también.
—¡Hasta luego, tortolos! —Los despide la mujer, luciendo animada para la hora que era.
La forma en que los llama deja a Cellbit sonrojado y a Roier soltando una carcajada.
—Chismosa.
Musita el mexicano, sin intención de ocultar su señalamiento; Cellbit, en cambio, le da un toque considerado, murmurando una disculpa rápida y sacándolos finalmente del lugar.
One Love
La cerradura de su departamento se abre, después de haber batallado buscando la llave correcta.
Ambos ingresan; uno de los dos sabiendo perfectamente dónde estaba cada cosa, deslizándose a través del pasillo sin necesidad de encender la luz, y el otro esperando en la entrada a que se encendiera la bombilla para conocer el lugar.
La primera impresión que tiene Cellbit del espacio de Roier es que no es demasiado organizado; no llegaría al extremo de decir que está tirado el departamento, pero se da cuenta del pequeño caos que hay en el lugar, igual de caótico que el dueño mismo. Era un reflejo interesante.
Ambos se sientan en la sala; el sillón es cómodo, de un azul profundo que asemeja el tono del cielo; son cerca de las tres de la madrugada.
El mexicano ya siente las consecuencias de mantenerse despierto a esas horas; pese a haber tomado café, el sueño comenzaba a vencer.
En cambio, el hombre, de algunos centímetros más alto, se encontraba casi tan fresco como si fueran las tres de la tarde; Roier estaba ciertamente preocupado por eso, no creía que el hombre tuviera un horario saludable.
En primera instancia, se sientan a cierta distancia uno del otro; es Roier quien aprovecha la comodidad que le genera su hogar, que toma la apertura de acercarse al castaño claro; uno al lado del otro, recargados en el respaldo suave del sillón, encarándose.
—Adelante, te escucho, soy todo oídos.
Los ojos de Cellbit vacilan un instante; el mexicano vislumbra el tiempo exacto que le toma evaluar las palabras en su mente. No es después de un vistazo que refleja abyección pura que escucha la voz del contrario.
—Bien, digamos que estaba un poco avergonzado de no haberte llamado en toda la semana. —Comienza a explicarse.
El mexicano logra ver el sofoco coloreando su rostro.
—Entonces decidí salir con uno de mis amigos; él me intentó dar coraje para hablarte, pero nos pasamos con el alcohol y bueno...
Se detiene en su explicación; no lo está mirando, observa el rubor aumentando. Cellbit agacha la mirada, cubriéndose el rostro con una mano, hundido en la vergüenza de sus acciones pasadas.
—Nossa, por que eu fiz isso? —Lo escucha susurrar, entiende al menos dos palabras.
Suspira antes de tomar coraje y mirarlo; parece un cachorro regañado.
—Terminamos caminando por la calle tratando de encontrar dónde vivías; claramente nunca llegamos.
Continúa su explicación con el rostro color carmesí en su totalidad. "Lindo", pensó Roier.
—Nos encontramos con un grupo en las mismas condiciones que nosotros, les preguntamos si sabían dónde estabas.
Como método de defensa ante la incómoda explicación, se ríe de sus tonterías.
—Antes de que pudieran decirnos algo, llegó la policía por ellos; algún vecino los había denunciado por hacer escándalo. Y por estar ahí, nos llevaron también.
Roier siente la voluntad de abrazarlo; lucía sumamente humillado por lo que le estaba contando, pero también tenía ganas de darle un golpe en la nuca por hacer tal estupidez.
Tenía una mezcla de sentimientos, desde la ternura por imaginar al castaño claro quejándose por su ausencia, como la gracia, por la imagen de este mismo caminando por las calles en su búsqueda.
Ese último pensamiento es el que lo hace molestarse y querer reír al mismo tiempo.
Estaba considerando buscar un neurólogo para analizar el funcionamiento del cerebro del brasileño; qué clase de sinapsis hacía.
No es capaz de decir que no haría locuras en su mismo lugar, tiene una importante lista de antecedentes en cuanto se habla de sufrir por amores; pero cree que se le permite reírse un poco por estar en la otra posición de la anécdota.
—Y así terminé en la estación, iba a llamar a mi hermana para que nos sacara a mi amigo y a mí; pero él insistió en que te llamara.
Termina de contar, lo observa atentamente, esperando su reacción.
Roier toma una exhalación. Medita un momento todo lo que acaba de escuchar; aún siente la necesidad de reírse, le sigue pareciendo demasiado exagerado, al nivel de la telenovela favorita de su abuelo.
Una de sus manos sube hasta posarse en el hombro de Cellbit, apenas ejerciendo presión; lo mira directamente a los ojos.
—Ninguno de los dos debe volver a tomar alcohol, ¿bien?
Dice, con tanta seriedad que el brasileño considera que es un regaño real; mas es la sonrisa que amenaza con subir a la boca del mexicano, que le permite respirar apenas, entendiendo el sarcasmo en sus palabras.
—Prometido. —Murmura Cellbit, más distraído con la mano que se mantiene en su hombro.
Roier piensa en cómo es que todo se había desarrollado de esa forma; su primer pensamiento es un qué hubiera sucedido si nunca le hablaba en esa fiesta, o si hace algunas horas hubiera colgado y se hubiera ido a dormir.
¿Habría vuelto a ver al brasileño? No lo sabía, ni podía deducir nada; solo importaba que lo tenía ahora frente a él.
Quiere gritar de la frustración que vivió toda la semana.
Cellbit no lo sabía, ni necesitaba saber, pero estuvo igual de desesperado por obtener noticias del brasileño, soportó varias burlas de su grupo de amigos y, sobre todo, se cobró el favor de Mariana, molestándolo todos los días, quejándose incluso hasta las lágrimas, intentando entender qué había sucedido con el hombre guapo que había conocido.
La mano que está en el hombro ajeno desciende hasta tomar la mano contraria, una vez más sintiendo la necesidad del contacto. Jesús, este hombre lo iba a llevar a su ruina.
—Si lo piensas, sí llegaste a mi casa. —Menciona con suavidad.
Roier se inclina un poco más, queriendo regresar al ambiente cálido de antes.
—Y ya que estamos aquí, podríamos retomar todo el tiempo perdido...
Sus palabras son susurradas con dulzura escondida, pero el brasileño está tan perdido en el marrón de esos brillantes faroles, que puede sentir la calidez apoderándose de su control.
Los estaban tan perdidos en el otro.
Es entonces que su boca no se detiene, comienza a soltar cada mínimo detalle que lo construye como persona.
Cada parte de su vida hasta el momento en que lo volvió a ver en la estación; no omite nada, abre la puerta de su corazón como si no fuera nada.
Roier no se queda atrás; tan pronto como se le permite, toma la palabra. Se crea un momento íntimo alrededor de ellos, que superaría la desnudez misma. Era la desnudez de sus almas.
Se encontró a sí mismo escuchando atentamente con interés puro cada cosa que el brasileño tuviera para decirle.
Aunque detallara los momentos innecesarios, no lo encontró aburrido como solía hacerlo; su cerebro voluntariamente se concentró en absorber cada pedazo de información soltada.
Aprendió sobre la infancia complicada del brasileño, supo sobre su árbol genealógico y la gran lista de amigos que tiene.
Pero también sabía que su color favorito era el verde, que podría vivir solo bebiendo café y que se regodeaba con cualquier fuente de enigmas, un rompecabezas, un juego o una simple pregunta capciosa que encontrara en algún foro de internet.
Cuando fue su turno de contar su vida, no se sintió intimidado por la posibilidad de ser juzgado, ni siquiera lo consideró; su boca comenzó a recitar toda su hoja de vida casi como si hubiera esperado ese momento para hacerlo.
Cellbit contempló la forma tan expresiva que tenía el mexicano al narrar, de manera única, imitando voces y moviendo sus manos para marcar puntos importantes. "Adorável", pensó.
Ahora tenía en su posesión la información de la niñez del mexicano, sabía que solo tenía a su abuelo como figura paterna, que tenía tres hermanos más, Melissa, Doied y Roger, siendo Roier el menor de todos; tenía una familia grande, a diferencia de él.
Era un ser muy cálido, figurativa y literalmente hablando, porque entre cada palabra dicha, cada anécdota contada y cada risa compartida, los dos terminaron pegados uno al costado del otro, compartiendo un abrazo y la vista del comienzo del amanecer.
¿Qué hora era, cuánto tiempo habían estado hablando?
6:05 a.m.
Si le preguntas a alguno de los dos, dirían que no ha pasado ni una hora; pero el sol asomándose con tonos amarillos y naranjas sobre el azul intenso a través de la ventana, no les permite mentir; han pasado un buen rato compartiendo sus vidas y conversando sobre trivialidades.
La calidez que le transmite el abrazo de Cellbit le llega al corazón, susurrándole que es prudente quedarse así, quedarse con él.
Incluso si al inicio creía que los dos tenían una pésima comunicación, después de haber sido escuchado con tanta gentileza y nunca haber sido interrumpido, cree que está observando el perfil del brasileño con corazones en los ojos.
No pueden culparlo; siempre ha sido blando por las cosas bonitas.
El único testigo del nacimiento de cada risa y sonrojo es el sol, el cual poco a poco ha estado ganando terreno a través de la ventana frente a ellos.
Calentando lentamente la ciudad a su paso, pero todavía no es más cálido que la sensación en los corazones de los dos jóvenes.
—Después de todo lo que escuchaste…
Toma de nuevo la palabra Roier, buscando atraer la atención del otro.
—¿Aún quieres seguir viéndome?
Realiza la pregunta, la duda e inseguridad repentina colándose en su voz.
Cellbit lo observa un instante, sus ojos azules contemplando el brillo adictivo en los ojos marrones.
—Esa pregunta debería hacerla yo. Era yo quien estaba en la celda. —Dice Cellbit, riéndose ahora de su propia desgracia.
Sus miradas son imposibles de separar; en cambio, los dos se inclinan progresivamente, siempre atrayéndose mutuamente.
El espacio entre ellos es inexistente y la burbuja en la que están está lejos de ser reventada; no mientras esa sensación acogedora siguiera causándoles un hormigueo en el interior, manteniendo sus mejillas tibias y el constante impulso de acariciar al otro.
—Después de todo lo que te hice pasar... ¿Te quedarías conmigo?
Cuestiona de vuelta, apreciándole con tanto vigor que es capaz de ver el cariño derramándose de ese mar azul.
Le toma toda una respiración formular una respuesta; aunque lo tuviera claro desde el inicio, su cerebro hizo cortocircuito con la bomba de sentimientos que le transmitió Cellbit sin siquiera percatarse de ello.
—¿Aunque haga estupideces por ti?
Un escalofrío recorre su espalda mientras está bajo la vista del hombre más alto, esperando por su respuesta, atento a cada mínima contracción en su rostro; luce cautivado.
Y de no ser porque él también lo está, se habría reído de la referencia hecha.
—Obviamente, gatinho, solo si estás dispuesto a soportar mi desorden.
Responde con galanteo, bromeando también.
Cellbit, al escuchar su burla, sonríe abiertamente; el comentario se le había escapado entre las cosas que hablaron, señalándolo como algo distintivo del mexicano, y este mismo no lo soltaría como si fuera una ofensa real, solo por molestar.
—No hay devoluciones, guapito.
Asegura Cellbit, sonriendo a escasos centímetros de la sonrisa brillando en el rostro del contrario.
—Ah, ¿sí? —Reta Roier.
Desde hace unas horas se siente demasiado cómodo para burlar así al brasileño; Cellbit jamás se quejaría, lo disfrutaba.
Es en un instante de atrevimiento puro que Cellbit corta la distancia entre ellos, dejando un tímido beso en la mejilla de Roier; dejando su rostro tan sonrojado como el propio.
Una risa de goce se le escapa después de su hazaña. Toma todo de él alejarse para observar la reacción de Roier y darle una respuesta.
—Sí. —Susurra.
El castaño oscuro es capaz de sentir la calidez de su aliento por la cercanía.
Cellbit pudo haber adivinado la siguiente acción del mexicano cuando lo vio sonreír con coquetería, pero estuvo más distraído con la forma en que el rostro de Roier se ladeaba en su dirección.
—De todas formas, no te pensaba devolver.
Murmura de forma aterciopelada, subiendo sus brazos a un abrazo sobre los hombros de Cellbit.
En menos de un parpadeo, Roier se abalanza hacia Cellbit, juntando sus labios.
No es el primer beso que comparten, pero se siente muchísimo más vivo que el que tuvieron en su borrachera y, al menos este sí lo recordará Roier con lujo de detalles.
El brasileño tiene escasos segundos para ponerse al día; sus manos moviéndose automáticamente a la cintura del otro, saboreando la dulzura de la boca contraria. Podría pasar toda su vida de esta manera.
El toque es delicado; los dos se toman el tiempo de tomar cada pequeña porción que está a su alcance; degustan con la pasión de un chef y se aferran el uno al otro como si el mundo se fuera a acabar.
Estando en los brazos del otro, no hay fin del mundo que los pueda separar.
No cuando solo una semana de espera los hizo sentir que una parte de ellos faltaba; ahora, no solo estaban completos, sino que se complementan.
