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—Creo que te estás ahogando en un vaso de agua, Helia. No puede ser tan grave.
—Es que Flora anda rara desde hace semanas, y cuando le pregunto, dice que está bien. ¿Cómo no voy a preocuparme? No es normal que mienta así.
—Justo porque sabes que Flora no suele mentir deberías creerle. Además, ¡es Flora! Tú, Helia, te casaste con la paz hecha hada. Yo, en tu lugar, estaría más curioso que preocupado… si es que en verdad te oculta algo.
—¿Riven?
—Debes estar desesperado si me pides consejo a mí, pero pienso lo mismo que Nabu y Brandon. Flora es malísima para mentir, y casi siempre lo hace solo para dar sorpresas. Si quieres preocuparte por algo, mejor revisa qué fecha importante olvidaste.
—¡Yo no olvido fechas importantes!
—Y Flora no miente… y, aun así, aquí estamos, dudando.
—Es lógico que, si nota algo raro en su actitud, se preocupe —defendió Timmy, antes de añadir—, pero Flora es de fiar. Si fuera algo serio, ya lo sabríamos. Algunas de las chicas no son precisamente discretas cuando se trata de un secreto pesado.
—Y con “algunas” se refiere a Bloom y Stella, y no han dicho nada —aseguró Sky, mientras Brandon asentía divertido.
—Exacto. Ya hubieran soltado algo si estuvieran preocupadas. Hazle caso a Riven: piensa si olvidaste algo. No siempre se puede ser el esposo perfecto.
Helia salió de la reunión con una sensación incómoda. Sabía que sus amigos tenían razón, pero lo que él sentía no encajaba con lo que decían.
Desde hacía un año tenía el privilegio de llamar esposa a la mujer más hermosa de todas: el amor de su vida desde la primera vez que la vio, su primavera eterna, su refugio en la tormenta, su mejor amiga… su todo.
Y sí, como dijeron los chicos, Flora era alguien que irradiaba calma, que inspiraba confianza con su sinceridad y noble corazón; una amiga fiel y, como amante, aún más.
No había razón para dudar de ella…
Pero Helia conocía sus silencios. Sabía que Flora, a veces, prefería cargar sola con sus batallas antes que inquietar a los demás. Y aunque él creía ser la excepción a esa regla, no siempre lo era.
Ahora la veía distinta: madrugando mucho antes que él, saliendo de casa sin rumbo conocido, esquivando su mirada cada vez que preguntaba. No era la sombra de la duda lo que lo perseguía, no… nunca desconfiaba de su fidelidad. Lo que lo carcomía era el misterio, la certeza de que algo grave se escondía detrás de aquel silencio.
¿Podía algo bueno disfrazarse de algo malo? ¿Hasta dónde podía llegar la confianza ciega en esas circunstancias? ¿Por qué se empeñaba en alejarlo así?
Una mañana, al despertar tras sentir su repentina ausencia en la cama, la encontró pálida en el baño, cepillándose los dientes, y todo indicaba que había vomitado la cena.
—Hay que ir al médico —no fue una pregunta, y aunque Helia rara vez era autoritario, para él no había otra opción. Su Flora estaba enferma y él no estaría en paz hasta verla mejor.
—No, amor, tranquilo. Me siento bien, solo… creo que comí demasiado. Pero estoy bien.
—Flora, tu salud no es algo con lo que se deba jugar. No es normal.
—Lo sé… iré después, ¿sí? Te lo prometo. Pero cálmate. De verdad me siento bien.
Helia no pudo acompañarla, así que tuvo que creerle cuando dijo que había ido después de su trabajo en el invernadero y que todo estaba bien. Aunque él no supo si era verdad o si, desde entonces, Flora sólo se cuidaba más para ocultar sus malestares.
La situación lo estaba volviendo loco, y eso se reflejaba en su incapacidad de pintar o escribir. Su corazón, su mente y su alma se enredaban en un único pensamiento: ¿qué tormenta estaba acechando a su bella flor?
Hasta que un día, al tercer mes de esa situación, algo pareció cambiar en su mujer, como si aquella nube de tormenta que la envolvía al fin desapareciera y volviera la luz que la caracterizaba. Y una tarde, al volver de su trabajo como profesor de arte en la Academia de Linphea, Helia se encontró con una sorpresa: el jardín estaba iluminado con pequeñas luces mágicas que flotaban sobre las flores, y en el centro lo esperaba una mesa preparada con esmero: velas encendidas, un mantel claro y dos platos servidos con sus comidas favoritas.
Flora, envuelta en un vestido vaporoso que la hacía parecer una ninfa del bosque, lo recibió con una sonrisa luminosa.
—Bienvenido a casa, amor —le dijo, tendiéndole la mano para guiarlo hasta la mesa—. Hoy quiero cenar contigo aquí, solo tú y yo.
Helia, desconcertado, obedeció en silencio. No entendía el motivo de aquella sorpresa, pero el calor de la escena derritió la tensión acumulada. Inhaló el aroma de las flores, se dejó envolver por la luz flotante y, sobre todo, por la belleza que lo miraba desde el otro lado de la mesa.
—Flora… esto es precioso. No sé qué hice para merecerlo, pero gracias —murmuró, tomando su mano con delicadeza.
Ella bajó la mirada, jugueteando con sus dedos, como quien guarda un secreto que arde en el pecho. Helia pensó que se retractaría de algo, pero en su lugar, Flora sacó un pequeño paquete envuelto en papel brillante.
—Hay algo que no te he contado, y lo lamento… No quería preocuparte antes de estar segura. Pero ya no puedo callarlo más —murmuró con emoción, apenas conteniendo una sonrisa. Eso lo tranquilizó un poco. Al menos no era una cena para amortiguar un golpe.
Helia abrió el regalo con manos temblorosas. Dentro, un sobre blanco. Dentro del sobre, una hoja doblada. Y al desplegarla, la revelación lo dejó sin aire: una imagen en blanco y negro, delicada, casi irreal. Una ecografía.
—Flora… —susurró, incrédulo, uniendo en su mente todas las piezas dispersas.
Ella lo miraba con lágrimas en los ojos, pero esta vez eran de pura alegría.
—Es nuestro bebé, Helia. Tres meses ya… Seremos padres.
El mundo se detuvo. Helia apretó la hoja contra su pecho, luego la abrazó con toda la fuerza de su amor, como si nada más existiera.
—Mi bella flor —susurró con la voz quebrada—. Es lo más hermoso que me has dado en la vida.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, el corazón de Helia volvió a sentirse en paz.
