Work Text:
"El tiempo es demasiado lento para aquellos que esperan, demasiado rápido para aquellos que temen, demasiado largo para aquellos que lamentan, demasiado corto para aquellos que celebran. Pero para quienes aman, el tiempo es eterno"
(Henry Van Dyke)
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Solo medio año había transcurrido cuando Itadori Yuuji llegó al instituto de hechicería como tal.
¿La causa? Haber comido un dedo que además de su aspecto y sabor horrible, resultó ser una maldición que al parecer solo su cuerpo pudo contener aunque, no del todo.
Según su profesor, era un hecho sin precedentes, gracioso y extraño. Para él no era nada cómodo, pero poco a poco sintió que esa actitud despreocupada de Gojo debía ser por algo.
Extrañó le resultó que ese hombre fuese tan diferente a todos los adultos que conocía, dentro de todos era el que más reía como si fuese un niño, el que más hacía travesuras pese a su edad, también la persona más humana que había conocido. Satoru era el hombre que lo había rescatado, ya que de no ser por él, habría sido ejecutado, además, era el más fuerte, de eso no había duda.
Un año había transcurrido desde que el hechicero más fuerte de todos los tiempos, había muerto.
– ¿Irás a visitarlo? –Megumi, su amigo ya no sabía cómo animarlo. Era el aniversario de muerte de su profesor y de igual manera, Navidad una fecha por demás crítica considerando lo que significaba.
Desde la victoria y también pérdida emocional, Yuuji no era el mismo. Es cierto que Sukuna ya no estaba presente, sin embargo, muchas vidas fueron arrebatadas en el proceso y algunos aún consideraban al joven estudiante un peligro por haber en cierta medida, copiado las técnicas de Sukuna.
– Itadori –insistió el pelinegro al verlo ausente.
– Si –respondió nostálgico–, iré a darle mi informe. –como era costumbre para él, aunque dañino desde el punto de vista de los demás, Yuuji había tomado por costumbre el visitar la tumba de aquel hombre y compartirle sus experiencias, los buenos y malos momentos– Luego visitaré el descanso de mi abuelo. –respondió al terminar el pago de un pequeño ramo de flores.
– Si quieres puedo aco–
– No es necesario Fushiguro –interrumpió con una sonrisa, cálida, sincera–, además, solo será de paso. Tengo una misión luego.
Megumi en parte podía comprender su tristeza, después de todo era consiente de los sentimientos de su amigo, no obstante, le resultaba imposible no preocuparse por él, no era ese mismo chico alegre de siempre. Es cierto que compartía, sonreía a los demás como siempre, pero parte de su felicidad murió con la ausencia de Satoru Gojo.
– Sé que no eres un idiota como para atentar contra tu propia vida –Yuuji rio con ganas, no por la burla, era una risa genuina. Entendía la preocupación de su amigo–. Tómate un descanso, pero no dejes de llamarnos o en serio te daré una patada.
– ¡Sí, señor! –respondió Itadori en un saludo militar mientras que Megumi solo le dio un ligero golpe en la espalda.
– ¿Seguro estás bien? –insistió una vez más el pelinegro obteniendo a cambio un sentido abrazo de despedida.
Megumi no quiso ser molesto, tan solo vio a Itadori caminar y perderse entre la multitud de la avenida principal.
El mejor que nadie sabía lo mucho que Yuuji se esforzaba en sonreír, lo mucho que se esforzaba en seguir adelante, lo mucho que ocultaba sus sentimientos cuando las críticas de su mera existencia, la que consideraban negativa, llegaba a sus oídos porque Yuuji aceptaba el odio, aceptaba el descontento, y aun después de todo el rechazo, tendía la mano a quien lo necesitase sin juzgar sus acciones.
Fushiguro sabía que Yuuji se esforzaba por seguir adelante, aun así, algo le decía que no estaba del todo bien dejarlo solo, tenía un presentimiento que no terminaba de catalogar como algo malo del todo.
– ¿Algo más que quieras hacer antes de finalizar el día? –preguntó Ijichi quien como los más cercanos a Itadori y considerando la fecha como tal, se encargaba de cierta manera en hacerle compañía.
– ¿Podríamos pasar a la tienda de dulces favorita de Gojo-sensei? –el chofer solo sonrío.
Ante los ojos de Ijichi, Itadori nunca cambiaría. Es cierto que la muerte de alguien tan especial le afectaba, pero ese chico una vez al mes iba a visitarlo y tener largas conversaciones, llevando bocadillos consigo. A veces lo encontraba riendo, otras llorando y muy rara vez lo sorprendía en un profundo sueño junto a lo que fue Satoru.
Después de todo su cuerpo no fue cremado ni mucho menos enterrado. Al tener una gran cantidad de energía maldita incluso después de su deceso, decidieron utilizarlo una vez más como recipiente para el instituto como tal y así fortalecer la barrera que resguardaba a Tengen otorgándole más tiempo de lucidez.
Ijichi acompañó a Itadori hasta los cimientos del instituto dando aviso que esperaría por su regreso como era la orden que había sido impuesta por Kusakabe, después de todo, sin importar quien ingresase, era constantemente monitoreado por un tercero. Solo era un protocolo al cual se habían acostumbrado a seguir, y la verdad, ya estaban acostumbrados a las visitas del joven estudiante.
– Buenas noches Gojo-sensei –saludó Itadori al dejar en su descanso una porción de Kikufuku como ofrenda a este mismo sabiendo era su postre preferido.
Por lo general las charlas eran largas y tendidas, aunque en este caso no era más que un monólogo con diálogos inconclusos, pero no esta vez, ya era hora de tener un cierre.
– He preocupado mucho a los chicos, y la verdad siento que es hora de seguir. –no era más que una disculpa, de igual modo, una despedida– Sé que le prometí esperar –dolía, su voz se quebraba poco a poco, aún tenía esperanzas de que tal vez ese cuerpo que reposaba se incorporaría y aunque lo sabía, era difícil aceptarlo. No existía ritual maldito que resucitara a un muerto–, pero duele ... Duele mucho más de lo que pensé.
Se lamentaba el haber confesado con torpeza sus sentimientos el mismo día que Gojo se enfrentaría contra Sukuna. El miedo lo invadió y de forma atropellada soltó lo que le angustiaba. Satoru escuchó con detenimiento y consoló en un cálido abrazo, si bien no le dio una respuesta adecuada, debido a que era su estudiante, le prometió que al terminar todo, podrían tener un tiempo a solas para conversar con seriedad.
– No te sientas mal Itadori –consoló Ijichi al aproximarse–. Haces bien, seguir adelante es lo que seguramente Gojo habría querido para ti.
Yuuji miró al contrario con una sonrisa resignada, era cierto. El hombre que él conoció como Satoru Gojo no era una persona egoísta, tal vez hubo palabras sin decir, pero no es como si pudiera viajar al pasado, gracias a él es que estaba con vida y como tal, seguiría viviendo por él.
– Hasta luego, Gojo-sensei... Ya no vendré tan seguido, pero mi promesa seguirá en pie –al suspirar entre cortado, aunque ahora con un nuevo objetivo–, nunca lo olvidaré.
Un hecho sin precedentes ocurrió frente al chofer y de igual manera Tengen quien se encontraba de manera omnipresente en el lugar.
24 de diciembre, 23:59
Yuuji Itadori, estudiante de segundo año en el instituto de magia y hechicería desaparece dentro de las dependencias del mismo luego de que el cuerpo inerte de Satoru Gojo reaccionara de alguna manera a la energía maldita presente provocando un destello cegador que envuelve el cuerpo de Itadori sin dejar indicio alguno de rastreo.
Situación actual: inconclusa. Yuuji Itadori sigue desaparecido.
– Ese nuevo estudiante que llegó, ¿cómo dijiste que se llamaba? –pregunta Suguru como si realmente no supiera toda la información del nuevo potencial humano catalogado ya como grado especial por haber sido el portador de una legendaria maldición.
– ¿Huh? ¿Te refieres a Yuuji? –al desviar su mirada de la pantalla del extraño celular que el peli rosa portaba, después de todo ese chico venía del futuro y como tal traía consigo un objeto que para Gojo era bastante curioso y del cual secretamente se adueñó. Por interés y otros motivos personales.
– Ah, cierto. ¿Yuuji... Kamo? –responde Geto con un error calculado.
– ¡Qué no! Sí que eres torpe Suguru –al presionar la mejilla de este con su dedo índice–. Es Yuuji Itadori de Sendai. Tiene 17 años, nació en marzo, el 20 para ser exactos. Piscis por si te lo preguntabas.
Suguru suelta un silbido, divertido por el claro interés de su mejor amigo. Satoru se percató de ello e intentó parecer desinteresado, sin embargo, al hacer contacto visual con este, no pudo huir de esa afilada mirada.
– ¿Qué? ¡Si quieres decir algo solo dilo y ya! –expresó a la defensiva sabiendo que ante Suguru, quien mejor lo conocía, quedaba por completo expuesto.
– Sabes bastante de Itadori, eso considerando que tú mismo dijiste que tenía poco encanto, similar a una patata y te daba mala espina. –le recordó haciendo énfasis en el peculiar apodo– Ni siquiera te molestas en recordar los nombres de los nuevos estudiantes de primer año, pero de él prácticamente sabes su signo zodiacal, y me atrevería a decir sus hobbies.
Satoru se avergonzó por esa mención. Había escuchado de chicas hablar sobre esa creencia acerca de la compatibilidad en aquellos signos zodiacales y solo tenía curiosidad de saber qué decía sobre ellos. Obvio debían ser compatibles, ¿no?
– Está bien ... –admitió avergonzado al guardar el celular de Yuuji en su bolsillo luego de haber descubierto una fotografía que no le agradó del todo.
En ella había un hombre con rasgos muy similares a los de él, más alto que él, con el mismo cabello blanco y los ojos con una clase de venda negra.
No le hubiera molestado si fuese una fotografía normal, la cuestión recaía en que ese idiota albino gigante, besaba la comisura de los labios de Yuuji y el peli rosa se veía de lo más sorprendido, pero también, bastante feliz y eso, por alguna razón, le irritaba.
– Me gusta –murmuró sintiendo como un calor burbujeante se adueñaba de sus mejillas– ¡Carajo, me encanta! ¿Le viste esa cara tonta que tiene? ¿Viste esos ojitos miel que pone cuando le doy un caramelo? ¡Es tan lindo! Me sigue para todas partes como un cachorrito, no deja de adularme y... ¡Mierda, es tan puro! Aunque a veces –no sabía describir la mirada de Yuuji, en ocasiones lo sorprendía y este parecía cargar una culpa enorme, con esos ojos vidriosos al borde del llanto–, como sea es una papita linda.
Suguru solo hizo una seña con la mano a distancia para que no fueran interrumpidos con una sonrisa cómplice.
– ¿Es así? Dime más. –alentó a su amigo– Pocas veces eres sincero, aprovecha de soltar todo antes de que en un descuido se lo digas en la cara y luego desaparezcas por la vergüenza.
– Geto tiene razón –alentó Shoko al quitarse los audífonos tras ver el notorio sonrojo en Gojo, obvio no se perdería el chisme.
Ella se incorporó de su pupitre viendo de reojo a Suguru quien con señas calculadas le indicaba que cerrara la puerta del salón. Sorpresa fue para ella que al intentar cumplir con la orden vio sentado en el piso al sujeto en cuestión.
– Solo mantén silencio –aconsejó en complicidad–, está en su mundo de Yuujilandia. No se ha percatado de ti, aún.
Con ello, Shoko dejó una pequeña apertura para que así el nuevo estudiante, recientemente incorporado, pudiera escuchar.
Confesarse indirectamente fue poco, describió desde lo que antes le parecía un defecto, actualmente, le parecía adorable y sumamente, perfecto.
– ¡Wow! Caíste por completo por los encantos de un corazón bondadoso. –exclamó Geto bastante sorprendido con la transparencia que Gojo reflejaba con respecto al amor como tal. Algo que en definitiva no era propio de él, cuando desde un principio renegaba contra aquel sentir.
Suguru debía admitir que incluso para su gusto, Yuuji era algo lindo. Claro, si lo comparaba con su amigo, el menor era un santo, eso considerando que en un principio no se llevaban nada bien, puesto que Itadori actuaba muy a la defensiva y cada vez que le preguntaba si había cometido un error o si alguno de sus comentarios le resultaban molestos, el menor simplemente negaba. Le fue difícil ganarse la confianza del chico nuevo, eso considerando que él era un buen adulador.
Muy al contrario de Haibara quien al parecer resultaba tener una fé ciega con el. Yuuji era más bien, precavido, aunque igual de alegre que Yuu. Tenía un encanto único.
Ahora bien, ellos sabían parte de la verdad, más no su totalidad porque Yuuji decidió omitir ciertas partes de su relato, aunque nuevamente, la historia se repetía de forma indirecta, puesto que ese Satoru Gojo le había salvado el trasero de los altos mandos.
Tal vez por compasión o por el simple hecho de que no dejaba de llorar, aferrado a su cuerpo, repitiendo una y otra vez cuánto lo sentía. Por supuesto, las dudas sobre el desconocido se instalaron en Satoru quien decidió actuar como vigilante y cuidador del nuevo extraño. Después de todo era el más fuerte y ese chico ante sus ojos le resultaba curioso, la lectura maldita sobre su persona decía mucho más que sus palabras. Itadori, no era alguien débil y las marcas en su cuerpo eran vestigios de sus batallas.
Suguru no lograba entender a su amigo, pese a molestarlo, no vio en Satoru aquella actitud arisca sino, más bien, una mirada triste
– ¿Qué te picó ahora? Creí que estabas listo para confesarte. –y es que bajo el punto de vista del pelinegro, ya le había pavimentado bastante el camino con tal de que lo caminara sin temor alguno.
– Creo que Yuuji tiene novio –aquella nueva información sorprendió a ambos, quienes por inercia miraron hacia la puerta. ¿Era eso posible?
Apenas llevaban tres meses y medio desde que Yuuji apareció en el instituto por un portal extraño en medio de una tormenta de nieve, con una mirada sombría, ausente de sí mismo.
Satoru fue quien lo encontró y como a un cachorro recogió porque le dio lástima esos ojos llenos de lágrimas, eso y el hecho de que el chico parecía confundirlo con otra persona, por lo que pensó que había sufrido una conmoción cerebral por el golpe que se dio al caer del cielo. Sorpresa fue que, luego de una rápida revisión por parte de Shoko, esta no encontrara nada extraño.
Sorpresa fue también que ese jovencito tuviera el mismo uniforme que ellos, aunque modificado. De igual modo, lo más impactante para ambos resultó ser que el desconocido supiera de ellos como si los conociera de toda la vida.
– ¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso? ¿Él te lo dijo o tú se lo preguntaste? –quiso saber ella, aunque conociendo su amigo, dudaba mucho que fuese la última opción.
– Miren esto –abatido Satoru sacó el celular de Yuuji e ingresó la contraseña numérica que, coincidía con su cumpleaños lo cual también le resultaba extraño y ahí estaba, aquella fotografía que le causaba una confusa sensación.
Sensación de anhelo, sensación de pertenencia y a la vez, de ausencia.
– Oye amigo, digo, si se ve extraño pero... ¿Cómo decirlo? –Suguru sabía que era ilógico, imposible mejor dicho, ¿no era ese Gojo?– Se parece un poco, ¿a ti?
– No digas estupideces, yo no soy tan feo –Shoko no pudo evitar reír, porque siendo sincera, ese hombre en la foto perfectamente podría ser una apariencia similar a la de Satoru, pero de adulto claro está–, y qué moda más estúpida esa de taparse los ojos.
– Lo dice quien siempre usa gafas –recalcó Geto y luego el celular fue retirado de sus manos por un tercero.
– No era por moda –aclaró Yuuji con nostalgia al mirar a Satoru–, Gojo-sensei podía ver demasiado, sus ojos eran muy sensibles a la energía maldita que lo rodeaba –recordó con cariño evitando las claras interrogantes de aquellos estudiantes que miraban sorprendidos–. No los cubría por moda, pero sí hablamos de moda, él vestía con estilo.
Los tres guardaron silencio al ver aquella misma triste expresión en Yuuji, la misma que cuando lo conocieron.
– Bueno, no deberías tomar las pertenencias de alguien más sin su permiso, Gojo-Senpai –agregó luego de un silencio incómodo, más no estaba molesto por su curiosidad. Después de todo, Gojo-sensei era igual de curioso.
– Ugh... –Satoru estaba jodido, sabía que había cometido un error, pero nunca quiso poner esa triste expresión en su rostro. Además, ¿Gojo? ¿Ese hombre era un Gojo como él?
¿De dónde carajo venía Yuuji? ¿Y por qué había otro Gojo? ¿Existía también un clan Gojo de dónde Yuuji provenía?
Ahora romper el brusco cambio de ambiente era, incómodo.
Geto intentaba idear un diálogo ameno evaluando cada posible error, Shoko prefirió volver a su ausentismo y aislarse con sus audífonos, eso era mejor que meterse en una discusión de pareja, aunque bueno, no lo eran.
Eso sí, dudaba que Itadori tuviese novio y más ahora sabiendo que ese hombre similar a Satoru era su profesor y también un Gojo.
– Yuuji... –llamó Satoru preocupado al tomar su mano cuando este se giró para salir, no por sentirse ofendido o incómodo con ellos, sino por sentirse vulnerable.
No quería verse lamentable frente sus superiores que lo habían hecho sentir en casa pese a no ser su correcta línea temporal. La verdad ni él sabía cómo había llegado o si era correcto permanecer.
– Estoy bien, no estoy enojado –aseguró al sonreírle con ternura a ese Satoru que en definitiva no era su profesor, pero sí una parte de él que aunque desconocida, apreciaba poder ser parte de su vida, incluso si no correspondía.
Satoru se mordió el labio frustrado, Yuuji mentía, tal vez no del todo, pero podía percibir su tristeza tras esa amarga sonrisa.
– ¡Aghh! ¡Como sea ya lo arruiné! –declaró molesto consigo mismo y como siempre, Satoru no era precisamente un chico que pensara demasiado las cosas antes de decirlas, simplemente, actuó acorde a sus sentimientos.– Tú, vienes conmigo.
– ¿Eh? Espera, ¿q-qué? –Satoru no le dio tiempo siquiera para ser rescatado por sus amigos. Porque si, Suguru y Shoko habían estirado sus manos para alcanzar a Yuuji, pero este simplemente desapareció.
¿Estaba triste? Sí, claro que sí, pero esa acción le traía recuerdos y unos muy gratos. Sin saberlo, estaba riendo para sí mismo, divertido con la situación.
Tal vez no era su profesor, pero seguía siendo él. Satoru Gojo, el hechicero más fuerte, un hombre impulsivo e impredecible.
– No pienso disculparme por haber tomado tu celular, aunque si por haberlo revisado sin tu permiso. ¡Pero tú también! Tenías una contraseña demasiado fácil de adivinar, incluso para mí que soy algo torpe para algunas cosas, pero lo suficientemente inteligente para haber aprendido a utilizarlo en poco tiempo –ahí estaba el líder de los tres clanes, actuando con orgullo mientras sostenía a Yuuji como un felino del lomo, en este caso de su uniforme–. Tienes que entender que ese objeto que tú tienes es muy extraño. Es más, deberías elogiarme por descubrir cómo funciona y las gracias también –al detenerse en su trayecto de huida y descender lentamente, confundido de igual modo por la nula sorpresa en Yuuji, prácticamente volaron por los cielos y no obtuvo la reacción de emoción que esperaba–. Has conseguido el número de tu súper y genial Gojo-senpai.
– Ja,ja,ja. Sí, eres sorprendente –Satoru se sintió extraño, ahí estaba esa mirada distante, pero cariñosa, como si no lo mirase a él, pero sí a alguien más–, y muchas gracias por guardar tu contacto sin que te lo pidiera. Es un honor.
– Tampoco te burles –replicó Satoru en un tierno puchero al sentirse un completo idiota.
– Oh, vaya... ¿El sótano? –el jovencito actuaba con naturalidad, mirando con nostalgia cada rincón– Se ve algo diferente a como lo recordaba.
El sótano era el escondite favorito de Gojo después de todo y no dejaba que cualquiera ingresara a su guarida de juegos, sin embargo, ahí estaba Yuuji quien recorría el lugar con familiaridad abrumadora y las dudas no hicieron más que aumentar.
– Te lo he preguntado muchas veces, pero siempre evades la respuesta con esa sonrisa linda que tienes –aquel descriptivo comentario iluminó momentáneamente el rostro contrario–. Necesito respuestas Yuuji. ¿Quién es el hombre de tu celular y por qué siento que...? Siento que te conozco desde antes y desde que llegaste, mi cabeza no deja de sentirse confundida, ¿quién eres?
– Lo que te he dicho de mí, es verdad, pero es cierto que he omitido varios puntos en el proceso. Es cierto que me llamo Itadori Yuuji y soy de Sendai, también es cierto que soy huérfano desde que mi abuelo falleció. Mi cumpleaños, mis gustos, incluso mis hobbies, todo eso es cierto, también el signo zodiacal –agregó con picardía al mirarle directo a los ojos–, aunque no creo en eso del horóscopo y cosas de ese estilo.
– ¡Tsk! Escuchaste todo, maldición. –ahora sí se sentía expuesto y molesto. Ya rendiría cuentas con los traicioneros que tenía por amigos.
Satoru se dejó caer en el sofá con el ceño fruncido mientras veía a Yuuji tomar varios VHS admirando la variedad de películas antiguas a su época. Ahora con toda confianza podría asegurar que ese gusto por el cine y películas de culto si eran de su profesor, aunque dentro de los buenos ejemplares visibles también había una horrible colección por demás aburrida.
– ¡Wow! No sabía que había películas picantes en este formato –al agitar juguetón el cassette de video–. ¿Quieres ver una?
– Duh, no soy idiota, patata bonita. –agradecía el intento natural en Yuuji por no hacerle sentir tan avergonzado– No me cambies el tema y no deberías proponerme algo tan peligroso para ver juntos, menos ahora que obvio sabes que me gustas.
Yuuji mentiría si dijera que no se emocionó por aquella confesión tan directa. Con Gojo-sensei era igual, esa actitud tan confianzuda siempre le pareció atractiva de él y ahora lo tenía frente suyo con un aspecto más juvenil.
Suspiró contrariado, era inevitable no hacer una comparación y a la vez, el sentirse confundido. Si esto era un sueño, era demasiado perfecto pero también, frustrante. No quería despertar.
– Supongo que llegó el momento de la verdad –admitió el menor al rodear la mesita para sentarse junto a Gojo, en una distancia prudente porque si, la mirada de ese hombre parecía además de desear la verdad, desearlo a él. Le emocionaba, pero también sabía que no correspondía.
Satoru le dio tiempo, no es que fuese precisamente el chico más paciente del mundo, sin embargo, se trataba de Yuuji y algo le decía que sin importar qué, debía creer en él.
– Tal vez lo que le diré, sonará imposible de creer, pero por favor –ahí estaba nuevamente esa mirada suplicante por alguien más–, no me interrumpas o no seré capaz de hablar.
Lentamente, la verdad que Yuuji guardaba salió de forma torpe, atropellada y a borbotones, con angustia, tristeza y por sobre todo, culpa.
Ese noble chico frente suyo cargaba con el peso emocional de las muertes que ocurrieron en el transcurso de lo que significó derrotar a Ryomen Sukuna, llevando consigo todo el peso que significó cargar con la muerte de sus cercanos, de Nanami, de cientos de ciudadanos, de un amigo que no pudo rescatar, de una madre inocente y víctimas indirectas como lo fue la hermana de Megumi.
Por sobre todas, la que más le había afectado, la muerte del hombre que en secreto había amado. El mismo hombre que le prometió una vez terminada la guerra, le daría una respuesta adecuada a sus lindos sentimientos y ese hombre era Satoru Gojo.
Aunque este aseguró que no perdería, no fue más que el susurro de una muerte anunciada. Ese profesor, al igual que Yuuji, albergaba sentimientos que podrían ser considerados prohibidos debido a su posición como docente y aunque sintió una enorme calidez ante la confesión de su alumno, tuvo que reprimir una vez más sus sentimientos, no quería maldecirlo, no quería formar un lazo emocional cuando sabía que la batalla que se avecinaba tenía un futuro incierto.
Lo amaba con todo su corazón y por ello no se permitiría perder, de ser así, por lo menos daría su vida con tal de debilitar a Sukuna con la esperanza que sus fuertes alumnos pudieran rematar a tan desagradable maldición, incluso si con ello, lamentablemente no pudiera confesar su amor.
Sorprendente fue para Satoru escuchar todo aquel relato y sentir como su corazón latía desbocado. No sabía si era miedo o una sensación similar, de algo si estaba seguro, Yuuji decía la verdad.
Satoru escuchó con calma tal cual prometió, intrigado, sorprendido, asqueado, molesto, no con Yuuji, claro que no, molesto con la vida misma, molesto con ese asqueroso destino que tanto lo lastimó.
– Yo s-sé que tal vez- q-que es difícil de creer –su angustia era palpable y como tal Satoru solo se limitó a tomarlo por el hombro y acercar a su cuerpo en un reconfortante abrazo.
Abrazo que de seguro Yuuji necesitó todo ese tiempo y abrazo que de seguro su otro yo, ese que era el adulto, el profesor, había prometido darle cuando todo acabara. Ahora reafirmaba su pensamiento de no hacer promesas vacías, si en ese mundo él le hizo una promesa a Yuuji y no pudo cumplir, estaba seguro de que el que Yuuji apareciera en su mundo no era mera coincidencia, de seguro fue una maldición impuesta de forma inconsciente porque después de todo no hay peor maldición que el amor.
Si él, como Satoru Gojo, estudiante de preparatoria en su tercer año, se sentía enamorado de Yuuji, un chico totalmente desconocido y diferente, no dudaba que el Satoru Gojo, profesor de hechicería, haya caído rendido por el aunque bastante cuestionable.
– Presente, pasado o futuro. No importa la era o el lugar –aseguró al tomar el rostro de Yuuji y limpiar sus lágrimas, también su nariz, aunque con un poco de asco por ese largo moquito que caía aunque adorable, era viscoso y pegajoso–. Si yo como profesor, cometí el error de prometerte una respuesta, sabiendo que el futuro era incierto, provocándote tanto dolor. Te puedo asegurar una cosa –al sentir que ya no había una barrera entre ellos–. Yo, Satoru, el arrogante Gojo –Yuuji rio, por cómo se refería a él mismo–, prometo nunca hacer esperar a que tus sentimientos sean correspondidos, de hecho... Aunque sea difícil para ti, quisiera que me veas a mí y no a la persona que fui o seré... Solo yo, ¿es posible para ti enamorarte de mí?
– Woa.... Qué directo –pero no era incómodo, era cálido, agradable. Sentir sus manos sostener las suyas, sentir esa mirada llena de comprensión y sentir el nerviosismo de Satoru tan presente como el suyo propio.
Si bien se había enamorado de su profesor, no compartieron más allá que salidas a comer y tardes de escapatorias en juegos cómplices, uno que otro beso en la mejilla y miradas que decían más que sus corazones.
Nunca habían cruzado la línea establecida entre profesor y alumno, solo eran eso, sin embargo, ahora aunque sí idealizó a ese Gojo adolescente, también le sorprendió el descubrir ese encanto único de un aspecto más juvenil, descubrió que sin importar qué, sus ojos siempre seguían al hombre que era Satoru Gojo.
– Oye patata rosita, ya te he dicho dos veces con esta que me tienes en la palma de tu mano y tú ni siquiera me das bola –ese Satoru es más impaciente, era lindo. Sin dudarlo, Yuuji tomó el uniforme de este, no pudiendo con el impulso burbujeante de sus emociones y tan solo lo besó, inexperto, torpe, con un toque de desesperación.
– Esto, y-yo... –ahora se arrepentía de sus emociones y tal atrevimiento, tenía escasos tres años de diferencia pero ante sus ojos era el senpai y también la viva imagen de su profesor, demasiado confuso.
– Ja, ja. Eso sí es dar una respuesta –al volver a tomar el rostro de Yuuji, pero esta vez acercándose con cautela.
Odiaba a su otro yo que demoró tanto en besarlo, aunque también daba las gracias por no haberlo hecho, ya que en ese primer beso puedo saber que Yuuji era inexperto, de seguro era su primero, y como tal se sentía orgulloso, aunque también contrariado. Futuro o no, le hubiese gustado conocerlo primero que su versión adulta. ¿Qué tan enfermo debías estás para sentir celos de ti mismo?
No importaba, si Yuuji llegó ahí se aseguraría de retenerlo en ese mundo junto a él, cumpliendo la promesa que el mismo rompió, porque por nada del mundo permitiría ver esa mirada sin vida en la persona que cayó de un cielo nevado como un copo de nieve de más de 80kg. Se rio por la comparativa, pero ¿qué más podía pedir? No entró al Instituto de hechicería para encontrar el amor, sin embargo, le cayó del cielo, lo recogió, cuidó y se enamoró.
– Entonces... –era lógico que Satoru dejase a Yuuji en las nubes, no es que tuviera experiencia besando o algo por el estilo, pero eran dos jóvenes que se querían por obra del destino, y como tal ese beso se alargó lo que más pudo– ¿Es un sí? Porque si tengo que besarte más para obtener un sí entonces terminaremos haciendo una película picante 2.0. Titulada: "adolescentes calientes se entregan al placer por una confesión tardía"
– ¡Pffff! Ja, ja, ja. ¡No puedo! –ahí estaba esa risita adorable, acogedora– Definitivamente, es un sí.
– ¿Un sí a la película? –quiso saber Satoru, coqueto. No perdía nada con preguntar.
– No. Eso no, ja, ja, ja. –hablar con ese Gojo era tan agradable como siempre, claro, más atrevido también– Aunque bien, quién sabe, en un futuro podría ser.
– Vaya sorpresota me resultaste ser – al limpiar los últimos vestigios de lágrimas en sus ojos–. Lindo y coqueto, fuerte y hermoso. También torpe y bobo.
– ¿Gracias?
– Quédate conmigo, si ves un portal sacado de la nada como en Star Trek, por favor corre y no te metas en ningún lugar extraño, porque te juro que si algún día llegas a desaparecer, destruiré este maldito mundo con tal de que nos volvamos a encontrar.
– Viniendo de ti Gojo-senpai esa amenaza la veo muy real.
– Obvio, soy el más fuerte después de todo –argumentó con orgullo.
Fin.
