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Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Eso le había dicho el tío Ben, ese había sido su único motivo para mantenerse en pie en los peores momentos. Fue lo único que le hizo saber que estaba vivo, que respiraba, que debía de respirar porque el mundo lo necesitaba a él, a Spider-man, no a Peter Parker, a Spider-man. No importaba lo que pasara, los héroes siempre debían de ponerse de pie y volver a luchar. Entrarán al campo de batalla una y otra vez hasta que ganarán la guerra. Hasta que nadie más sufriera, hasta que nadie más se derrumbara, hasta que ninguna otra persona tuviera que sufrir una pérdida como la que sufrieron todos los héroes. Porque estaban ahí para salvar el mundo, cuando a ellos no los salvaba nadie, ni nada. Nacían como todos a los que salvan, y morían como a quienes no pudieron salvar.
Así era con todos, así debía de ser. Un héroe no se retiraba, pues eso quería decir que nunca fue uno en primer lugar. Sí, se podía tomar un descanso, cuando las cosas ya eran demasiado, cuando el peso era insoportable o cuando la pérdida los alcanzaba. Pero un héroe, un héroe como Spider-man, siempre se levantaba. Caía una y otra vez, se le partían las costillas, los brazos y las piernas, y aun así respiraba, pensaba en todo lo que había perdido y se levantaba para evitar que las personas, las personas que no conocía, las personas que tal vez lo odiaban, lo despreciaban o de por sí eran malas no pasarán por lo que él tuvo que pasar.
Despertaba cada día, deseando que no fuera el último. Que pudiera seguir siendo Spider-man solo un momento más, un día más, durante una patrulla más, para poder salvarle la vida a alguien más. Para evitar que otro niño o niña de su edad decidiera que debía de ser un héroe o un villano para conmemorar o vengar la muerte de su ser amado. Spider-man, era Spider-man, porque deseaba que nadie más tuviera que ser como era él. Que ningún niño o niña fuera soldado antes de siquiera saber cómo era vivir una vida. O que tuvieran que ver como un ataúd cerrado era bajado a la fosa porque no pudieron actuar rápido. Aunque fueran niños, niños que no debían de cargar con ese peso en sus hombros. Niños que no estaban destinados a ser soldados.
Spider-man era un héroe que cargaba con tanto peso que se estaba cayendo a pedazos. Sabía demasiado y a su vez no sabía nada. Sabía que su tía se preocupaba por él, por como sobrellevaba la muerte de sus padres, del tío Ben, de su pareja, de todos los que lo rodeaban. Sabía también que ella tenía que trabajar horas extras para poder llevar comida a la mesa. Y que a veces la luz se cortaba, no porque hubiera una tormenta eléctrica, si no porque las cuentas no sé pagaban. Sabía que sus profesores le tenían lástima, que lo dejaban dormir en clase ya que sabían que no lo hacía en casa. Era consciente, tristemente consciente, de que ellos juntaban fondos para pagarle las excursiones escolares que no sé podía permitir por su cuenta.
Sabía que hacía lo correcto, que ser un héroe y salvar a las personas era lo correcto. Y sabía, sabía tan pero tan bien, que esto no era para todos. Que si hubiera sido cualquier otra persona ya se hubiera derrumbado. Su suerte era mala, las almas en pena que lo rodeaban eran demasiadas, el cargar al mundo en sus hombros era un sufrimiento constante, el esconder todo de todos era simplemente agotador. Pero así era y así debía ser Spider-Man. El único e inigualable Spider-man, quien se mantenía de pie en Nueva York, aquel que veía a jóvenes aspirantes a héroes pasar uno tras otro y durar cada vez menos que él anterior. Porque Spider-man era la constante, quien seguía en pie a pesar de todo y aún con el pasó de los años. Ese era él, aquel que no sé rendiría nunca, su deber era salvar al mundo, mantener su ciudad a flote. Ser la constante entre todas las variantes.
Ser Spider-man, ser Peter Parker, eran cosas diferentes. Uno era la constante, el otro era la variante. Mientras Spider-man estuviera ahí, nunca importaría quién era, quien fue o quien sera Peter Parker. Porque Peter era solo un niño más del montón y Spider-man era quien sostenía el mundo. Pero era Peter quien sostenía a Spider-man, quien hacía que no sé volviera loco. Entonces, ¿dónde caería el héroe si ya no había motivo de lucha? Eso era simple, Gato de Schrödinger lo define a la perfección. Hay cincuenta por ciento de posibilidad de que el héroe deje de ser héroe y que en primer lugar nunca lo haya sido. Y el otro cincuenta dice que el héroe de todos modos encontrará un lugar donde seguir siendo héroe. Pero para Spider-man, para Peter Parker y para el niño que perdió a su tío por un arma de fuego esa nunca será una pregunta.
Porque un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y el sentido de la responsabilidad, del deber, de la lealtad a seguir ese camino con mayor rigidez que cualquier ley es lo que hace a Spider-man, Spider-man. Y es lo que le da la fuerza para cargar con un peso que sabe, con certeza, que nadie más puede cargar.
