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El sobre no contiene remitente y huele a rosas. Sólo su nombre está escrito en el anverso, en bella caligrafía cursiva.
¿Qué podría ser, sino una carta de amor? El corazón de Saga se acelera cuando cae en la cuenta, mientras su mente trata de asimilar un hecho que jamás había siquiera pensado que ocurriría. ¿Quién? ¿Cómo? Y lo más desconcertante de todo. ¿Por qué? Desde que ganó la armadura de oro de Géminis, Saga no se ha dedicado a otra cosa que no fuera servir a su diosa. Los soldados de menor rango lo idolatran, y sabe que en Rodorio, la gente lo ama y algunas chicas lo admiran, pero enviar una carta de amor a un caballero de oro se siente como una osadía.
No mucha gente tiene acceso a esa parte del Santuario, pero algún empleado de mantenimiento podría haber hecho de mensajero para alguien más.
Saga le da la vuelta a la carta. Está cerrada con cera roja y el sello tiene una forma ovalada que no consigue identificar. Con lentitud, mete la uña bajo la pestaña del sobre y hace fuerza hasta que el papel se rasga.
El papel del interior está doblado con la carta hacia dentro. Los sentimientos de alguien por él están escritos ahí. Un nombre aparece en su cabeza y ya no sabe si quiere averiguar. En cuanto olió las rosas no pudo pensar en madie más que en Afrodita, incluso si es un perfume asociado a asuntos amorosos. Pero no puede ser. Afrodita es un guerrero implacable, sin otra cosa en la cabeza más que servir a Atenea. Él, que comparte nombre con la diosa del amor y la belleza, no perseguiría un fin tan individualista. Saga lo conoce bien. No sólo porque es su compañero de batalla, también lo ayudó a entrenar desde que era un niño.
Pero a la vez, si no es Afrodita de Piscis quien le ha escrito esta carta, entonces no sabe qué va a hacer la próxima vez que vea a esa persona a la cara.
Si los ochenta y ocho caballeros de Atenea se pusieran en fila, los ojos de cualquiera que se pare enfrente y los mire se irían directos a Afrodita, cual imán y no podría despegarlos de él en al menos unos minutos. Y si esa persona tuviera un corazón malvado, Afrodita sería el primero de todos ellos en pulverizarlo sin miramientos. Saga siempre admiró esa cualidad férrea suya, imperturbable ante las súplicas. Pero sabe que no hay sitio en la vida de ambos para nada más.
Al desdoblar la carta, lo primero que se va a mirar es la firma, pero no hay. Está escrita con una pluma negra. La caligrafía es cuidada y agradable. Saga intenta recordar si alguna vez ha visto algo escrito por Afrodita alguna vez. También revisa cada memoria que tiene de él mientras lee, intentando encontrar aunque sea un solo gesto que lo lleve a confirmar que la persona que ha escrito esa carta es él.
Sé con certeza que vas a adivinar quién soy muy fácilmente, pero es mejor si esta carta permanece anónima. Es mejor si prefieres dejar una incertidumbre perpetua envolviendo una verdad que se sale del camino que nos marca nuestro propósito en este mundo. Saga, eres la persona que más admiro. El más fuerte y el más justo. Un ser divino entre mortales. Nadie en todas las eras habidas y por haber puede compararse contigo, y me enorgullece saber que existo en una realidad en la que estoy destinado a luchar y morir junto a ti. Soy de veras afortunado. Mi corazón también duele cuando pienso que no hay espacio para nada más ahí, pero es un dolor que no debería estar y cuanto más lucho contra él, más violentamente se rebela contra mí.
Es por eso que te escribo esta carta, con la esperanza de que esa parte de mí que anhela algo tan poco propio de un guerrero quede apaciguada. Con suerte, para el resto de mi vida. No tienes que contestar, ni venir en mi busca. De hecho, es mejor si no lo haces. La próxima vez que me veas, actúa como si nada hubieras leído. Aunque ahora sepas que te amo, que te amaré mientras viva y que cuando muera, ese amor cruzará conmigo el Aqueronte.
Que Atenea me perdone.
Saga debe apoyar la espalda contra la pared de su templo tras el torbellino de emociones que sacude su mente y su cuerpo, como si estuviera flotando, o cayendo muy rápido. Saga relee la carta varias veces, y cada vez que termina piensa en subir al templo de Piscis. Él le ha pedido que no lo haga, pero no es justo que admitir algo de ese calibre quede sin respuesta. Esos sentimientos tan hermosos no pueden ser ignorados. Tras guardar la carta de nuevo en el sobre, se pone en marcha.
Afrodita lo aprecia más de lo que se merece, piensa Saga mientras sube. Si supiera que en su día tuvo que acallar incluso impulsos traicioneros, todo ese amor que siente por él se transformaría en odio en un instante. Es algo del pasado, y en lo que Saga prefiere no pensar, pero que lo hacen temerse a sí mismo y a lo que podría ser capaz de hacer. Si hubiese sido un ser divino de veras, ni siquiera habría sentido la tentación de hacerlo.
El tramo del templo de Acuario al de Piscis se le hace demasiado corto. Su corazón tamborilea en su pecho. Saga ni siquiera puede pensar en una forma adecuada de abordar el asunto, hasta que se da cuenta de repente que se ha quedado sin tiempo. Afrodita siempre parece saber cuando alguien está por aparecer. Dicen que las plantas se lo cuentan. Lo observa desde arriba con una mirada dura en sus ojos claros. Saga se detiene unos peldaños antes de llegar al templo.
-Afrodita -dice, pero rápidamente él le da la espalda.
-No deberías haber venido -dice sin más.
-Lo sé. -Saga sube un par de peldaños más-. Pero, hay algo admirable en admitir algo del calibre de que nuestra diosa no lo es todo para uno en esta vida.
-No hay nada que admirar en eso -responde Afrodita.
Saga sonríe.
-Entonces, seamos poco admirables juntos.
Él se gira y lo observa con ojos sorprendidos.
-Saga... Por favor, piensa muy bien lo que vas a decir.
-No hace falta. Tal honestidad merece una respuesta a la altura -dice Saga, ofreciéndole una mano que Afrodita toma y aprieta con fuerza-. Siempre supe que había algo especial entre tú y yo más allá del compañerismo o la amistad, pero es algo que hace mucho decidí guardar dentro de mí. Si de veras es mutuo, entonces no tengo por qué ignorarlo más.
Dicen que es difícil descifrar a Afrodita, pero en ese momento, la conmovedora forma en que lo mira es evidente para Saga, que abre los brazos y lo invita a ir a él. Afrodita lo abraza. Al estar unos peldaños arriba de él, la cara de Saga queda descansando en su pecho. Él rodea la cintura con ambos brazos y cierra los ojos, sintiendo su calidez, respirando su aroma.
-No quería arrastrarte a nada impropio -dice Afrodita.
-No va a cambiar nada en nuestros deberes con la Tierra -responde Saga-. Cuando la guerra llegue, seguiremos luchando juntos.
Afrodita asiente y él sonríe, aún en sus brazos, y suelta un suspiro.
-Entonces, hasta que ese momento llegue, seamos felices.
