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Language:
Español
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Florelia Week 2025
Stats:
Published:
2025-09-16
Words:
1,361
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
17
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2
Hits:
244

El amor multiplica

Summary:

—Flora es tan amable que quiso tener cinco hijos solo para que todas seamos hadas madrinas…

—¡Stella!

—En nuestra defensa, nadie puede predecir gemelas —murmuró acariciando su enorme vientre de siete meses, sintiendo a las pequeñas patear al mismo tiempo.

Work Text:

—Mi papá es el menor, tiene cuatro hermanas, y gracias a mis tías sólo tengo primas. Solo digo: en mi familia los niños no son nada comunes —comentó Flora mientras aguardaban a que las llamaran para su turno con la doctora. Ese día descubrirían qué sería su primer bebé, y decir que estaban entusiasmados era poco para describir la emoción que los envolvía—. Aunque, en realidad, me da igual si es niño o niña: con que llegue sano, eso es lo más importante. ¿Y tú?

—Pienso lo mismo: niño o niña, lo amaremos igual. Aunque confieso que me ilusiona la idea de una niña —admitió Helia con una sonrisa serena, llevando la mano de Flora a sus labios para besarla con ternura—. Una niña tan hermosa como tú… o un niño con tus bellos ojos. Con tu gran corazón…

—¿Pero y si yo quiero que herede tus ojos?

—Entonces podemos tener más de uno, y así algunos tendrán los tuyos y otros los míos.

—¡Deja que nazca este y ya veremos si queremos más! —respondió Flora entre risas, aunque en el fondo ambos sabían que ya habían soñado con una familia de al menos dos y hasta cuatro hijos.

Para el hada era imposible imaginar la vida sin hermanos, mientras que Helia, que había crecido como hijo único durante muchos años —o quizá justamente por esa soledad—, anhelaba con todo su ser que sus hijos tuvieran la dicha de crecer acompañados.

—Señora Flora Silvestri Fiore —la llamaron finalmente. De la mano, caminaron juntos hasta la doctora, que los recibió con una sonrisa cálida y unas cuantas preguntas de control antes de invitar a Flora a recostarse en la camilla para iniciar el ultrasonido—. Todo está bien, papás, no se preocupen por su bebé. ¿Quieren saber el sexo? Ya lo estoy viendo… ¿o prefieren que sea sorpresa?

Ambos se miraron, entrelazando los dedos como si el tiempo se hubiera detenido. Helia, al notar que Flora estaba al borde del llanto por la emoción, respondió por los dos, con la voz cargada de esperanza, que querían saber.

—Entonces… Felicidades. Son padres de una niña muy sana.

Y al amanecer del primer día de primavera, su primera hija nació: Liana Lee Silvestri, perfectamente sana, con el cabello oscuro de su padre, pero por lo demás la copia de su madre. Helia miraba a ese enorme par de ojos verdes nuevos, idénticos a los de la mujer que amaba, pero en un rostro diminuto y perfecto, sintiendo que tenía el mundo en sus brazos. Y Flora, que descansaba del parto, observaba la escena conmovida, feliz de tener a sus dos amores con ella y de ver a Helia tan embelesado con su pequeña princesa Liana. 



 

(...)



 

—¡Hola, mi amor! Mami te extrañó. Ven, que Sylas ya quiere conocerte —canturreó Miele, llevando en brazos a su sobrina mayor. Pero la pequeña de dos años apenas la vio, agitó los bracitos e intentó escabullirse para correr hacia su madre, emocionada por volver con ella tras unas horas separadas.

Helia tomó entonces a Liana de los brazos de su cuñada y la acercó con cuidado a la camilla, donde Flora sostenía a su bebé de verano, el pequeño Sylas. El niño compartía con ella la suavidad de sus rasgos, aunque sus ojos, de un azul medianoche, parecían demasiado serios para alguien tan recién llegado al mundo. Eran tan profundos y tranquilos que resultaba casi inquietante, como si escondieran la mirada de alguien mayor, idénticos a los de su orgulloso padre. Liana parpadeó, sorprendida, al descubrir a aquella criatura diminuta en los brazos de su madre. Flora, con paciencia, le explicó que ese era el bebé que antes había estado dentro de su barriga, riendo por la incredulidad de la pequeña. 

—Pequeño… —susurró con una mueca, un tanto decepcionada. Ella había imaginado a alguien con quien correr y jugar, no a un bebé tan chiquito y dormilón.

Flora y Helia soltaron una risa suave, sin burla.

—Sí, es pequeño —admitió Flora—, pero crecerá y podrá jugar contigo. Y ya te quiere muchísimo, desde ahora.

—¿De veras?

—Claro que sí, mi vida. Eres su hermana mayor, él no conocerá una vida sin ti. Siempre te querrá.

—Yo también lo quiero —balbuceó la niña, acercándose para dejarle un beso en la frente. El gesto arrancó un bostezo al bebé, que abrió los ojos un instante, la miró en silencio y volvió a dormirse sin una sola lágrima. Flora acarició la cabeza de ambos niños, con el corazón en paz y rebosante de felicidad. 

—Ojalá se mantenga así de tranquilo —murmuró Helia con ternura, sin saber que esas palabras acabarían atrayendo justo lo contrario. 



 

(...)



 

—Di “mamá” —canturreó Flora con voz melosa mientras mecía a la más pequeña de sus hijas, Dafne. La escena le sacó una risa a Helia, que jugaba en la alfombra con Liana y Sylas.

 —Insístele todo lo que quieras, pero su primera palabra será “papá”, ¿verdad, princesa?

La bebé gorgojeó divertida y aplaudió, como hacía siempre que él hablaba. Desde el vientre, Dafne se había movido cada vez que escuchaba a Helia; ahora, ya en el mundo, era su fan número uno. Flora le sacó la lengua con un gesto infantil y siguió con su misión, repitiendo “mamá” y haciéndole muecas para mantenerla entretenida.

La tercera bebé Lee Silvestri era una copia miniatura de su madre: mismos ojos verde pasto, mismo cabello color miel y una piel que, con el sol, se doraría igual que la de Flora, nada de quemarse como la tez pálida de Helia. Y quizá por eso, igual que su mamá, Dafne estaba completamente embobada con su papá desde el primer momento…

La pareja llevaba una competencia amistosa desde que la bebé había empezado a balbucear en sus intentos de hablar: ver cuál sería la primera palabra de Dafne. Liana había dicho “mamá” y Sylas “papá”. Ahora, la más chiquita tenía en sus manos el desempate.

—¿Qué será, Daf? ¿Mamá o papá?

—¡Eso ya es trampa! ¿Verdad que será papá, mi princesa?

—¡Ta-ta! —dijo la pequeña de repente, señalando a nadie más que a Chatta, quien había estado volando sobre el hombro de su hada hasta ese momento y había capturado su atención desde el principio.

Flora y Helia se quedaron en silencio por varios segundos antes de romper en carcajadas, felicitando a la pequeña por su primera palabra. Sus hermanos se unieron a la celebración sin mucha idea, pero felices de ver a sus padres contentos. 

La tarde siguió entre risas, juegos y los parloteos de Chatta, que no dejaba de repetir su nombre como si quisiera asegurarse de que Dafne lo memorizara. 

Para Flora y Helia, no importaba quién ganara el “desempate”: en ese instante, rodeados de sus hijos, todo se sentía como una victoria compartida.



 

(...)

 



—Flora es tan amable que quiso tener cinco hijos solo para que todas seamos hadas madrinas…

—¡Stella!

—En nuestra defensa, nadie puede predecir gemelas —murmuró acariciando su enorme vientre de siete meses, sintiendo a las pequeñas patear al mismo tiempo—. ¿Cómo es?

—¿Tener gemelos? Es… increíble. Más pesado, sí, pero increíble. Verlos crecer juntos, sabiendo que siempre se tendrán el uno al otro, es lo mejor —dijo el hada del Sol y la Luna con una sonrisa, pensando en sus propias gemelas, Phoebe y Diana—. Y me siento honrada de ser una de sus madrinas. ¡Prometo consentirlas a más no poder!

—Para mí también es un honor, Flora. Gracias —respondió Bloom, feliz de compartir ahijadas con su mejor amiga—. ¿Ya tienen nombres o todavía no lo saben?

—La bebé A se llamará Briar. Es la más audaz, así que le queda perfecto. Y la menor será Hana, nuestra pequeña flor. Serán nuestras últimas bebés, ya lo decidimos. Nuestras bebés de invierno…

Si bien las gemelas fueron una sorpresa, tanto Flora como Helia se adaptaban a la idea con el mismo amor e ilusión que con el resto de sus hijos, dispuestos a disfrutar de sus últimas bebés al máximo. Cada patadita en el vientre, cada movimiento, hacía que sus corazones se llenaran de alegría y anticipación, y la gran familia feliz con la que soñaron tanto era una realidad que valoraban más que nada en el mundo.