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One Piece: Moonshade.

Summary:

Una villana icónica, marcada por cicatrices que oculta bajo una máscara de acero. Moonshade surge como una sombra indomable en un mar dominado por piratas y almirantes.
Se enfrentará al mejor espadachín del mundo volviéndose su enemiga declarada, pondrá a un emperador de rodillas y despertará obsesiones en quienes jamás conocieron la derrota.

En este mundo alternativo, las alianzas cambian y el destino se tuerce: Doflamingo se une al Cross Guild, Buggy despierta el verdadero poder de su Akuma no Mi, y Loki, príncipe de Elbaph, zarpa junto a los Mugiwara.
Fría, sensual, desafiante y llena de trastornos psicóticos, Moonshade y sus alter-egos sembrarán caos por toda la Grand Line haciendo enloquecer al gobierno mundial.

Acompaña a nuestra protagonista por este viaje cargado de aventuras, magia, historia y emociones, en el que se descubrirá a sí misma, entretendrá al lector y será el karma de personajes odiados por el fandom!

Notes:

»Este fanfic tiene un tinte más obscuro al típico estilo disparatado/trágico de la historia original, pero aún respetando la personalidad de los personajes y trama original. Con algunas libertades de guion, por supuesto.
»Muy probablemente utilizaré el poderoso HAKI DE LA TRAMA combinado con el ataque de PLUMA LIBRE DEL ESCRITOR para revivir a ciertos personajes que están muertos, que se cree que murieron o que se desconoce su paradero.
*Contiene spoilers.
*Humor negro.
* Quizá romance (depende del público)
* Lenguaje obsceno.
* Violencia.
*Abuso implícito.

«Todos los personajes, lugares y trama, fuera de los que son de mi invención (como la protagonista), le pertenecen a Eiichirō Oda. Es un fanfic hecho por diversión.»

Si te gusta, deja tu Kudo, y si no, también xd.

Chapter 1: Vino y Descaro.

Summary:

Presentación del personaje.

Notes:

*Contexto para los que no están al día o apenas comenzaron la serie*
→ Los Cinco Ancianos (Gorosei)

Rol: Máximos líderes del Gobierno Mundial, consejeros directos de Imu.

Notas: Figuras sombrías que dictan las decisiones del mundo.

→Imu

Rol: Monarca supremo oculto del Gobierno Mundial.

Notas: Ser misterioso que gobierna en secreto sobre los Gorosei.

→Mariejois (Mary Geoise)

Ubicación: La cima de la Red Line, el punto más alto del mundo conocido.

Descripción: Capital del Gobierno Mundial y residencia de los Dragones Celestiales (Tenryuubito), así como sede del Gorosei y del misterioso Imu. Es un lugar sagrado y prohibido para los simples mortales.

→Nefertari Vivi

Afiliación: Princesa del Reino de Arabasta.

Primera aparición: Saga de Arabasta.

Rango/rol: Miembro temporal de los Sombrero de Paja durante la saga de Arabasta; princesa reconocida por el Gobierno Mundial.

Personalidad: Noble, empática, con un fuerte sentido de justicia. Se preocupa más por su pueblo que por su propia seguridad.

Habilidades: Aunque no posee fruta del diablo, es hábil en el combate con la Kujakki Slasher, un arma similar a un peacock slashers (un abanico con cuchillas ocultas). Su mayor fortaleza, sin embargo, es su diplomacia y capacidad de inspirar a otros.

Notas en la historia:

En el canon, Vivi participa en la Reverie en Mariejois.

Es parte de la familia Nefertari, la única familia de los 20 reyes fundadores que decidió no vivir en Mariejois, manteniéndose fieles a su pueblo en Arabasta.

Su desaparición tras los sucesos de la Reverie se volvió un gran misterio, conectándola indirectamente con Imu y el Gorosei.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Primera Parte: La aparición del Personaje Descarado.

*Palacio de Pangea, Mariejois*

El ambiente en la sala del trono era sofocante. El eco de pasos formales, la respiración contenida de los Gorosei y el silencio que pesaba como una lápida.

Imu, en su trono elevado, se mantenía inmóvil, pero la frustración se percibía en el aire. La búsqueda de la princesa Nefertari Vivi había resultado un fracaso tras otro, y los ancianos no traían más que excusas.

El más anciano de los cinco inclinó la cabeza, con voz grave:

—S-sin resultados… hemos movilizado cada agente, pero esa muchacha… sigue escapando.

Un crujido casi imperceptible recorrió la sala: los dedos de Imu apretando los posabrazos del trono. No dijo palabra, pero el fastidio era palpable, como una ola oscura de malestar.

Fue entonces cuando se escuchóon los tac… tac… tac… de unos tacones puntiagudos, resonando descaradamente en el mármol. No eran pasos apresurados ni tímidos: eran un desfile.

Los cinco ancianos se giraron al unísono. Y allí estaba ella.

Moonshade avanzaba contoneando sus caderas con calma insolente, el vestido rojo ceñido brillando bajo la luz de las lámparas. El tajo de la tela dejaba ver la firmeza de su muslo izquierdo en cada movimiento. En la mano derecha, descansaba su naginata, apoyada al hombro como si fuese un accesorio trivial. En la izquierda, una copa de vino que reflejaba destellos rubí.

Su sombrero rojo de ala ancha, muy parecido al de una bruja, proyectaba una sombra elegante sobre su rostro, y los lentes redondos brillaron al captar la luz. A su lado, planeando silenciosamente, un búho blanco la acompañaba como si fuese parte de su silueta.

El anciano con barba recta gruñó:

—¡¿Cómo te atreves a irrumpir en la presencia de…?!

Un " clang" metálico lo interrumpió. Moonshade había clavado la naginata justo al pie de los escalones del trono, con una ligereza casi burlona. El filo reverberó con una vibración fría, y todos los presentes sintieron la incómoda punzada de kairoseki en el aire.

—Ohhh… —dijo ella con voz melodiosa y cargada de ironía —Qué caras largas… ¿acaso a la máxima autoridad del mundo le frustra que sus perritos viejos no pueden atrapar a una princesita?

El silencio se volvió insoportable. Uno de los Gorosei apretó los puños con furia. El otro, con cicatriz en la cabeza, tensó el rostro como si su orgullo fuese herido más que su deber.

Moonshade, sin esperar respuesta, subió los escalones con gracia. No se inclina. No baja la cabeza. Cada paso fue un desafío al poder invisible que emanaba de Imu.

Cuando llegó arriba, se sentó sin más ceremonias en el posabrazos izquierdo del trono, cruzó las piernas y las dejó caer con languidez sobre las de Imu, como si fueran un reposapiés.

El búho, obediente, se posó en el respaldo, inclinando la cabeza con un “ huu ” grave.

Moonshade bebió un sorbo de vino, dejando una gota roja resbalar por su labio, y luego se los relame con sensual desafío.

—Tranquilo, cariño… —dijo con una sonrisa torcida, dejando que su voz se derramara como veneno suave —Si tus ancianos inútiles no sirven, yo puedo encontrar a esa niña. Después de todo, ¿qué sentido tiene reinar el mundo… si ni siquiera puedes poner las manos en una simple fugitiva?

Los Gorosei quedaron petrificados. La irreverencia era inaudita, el sacrilegio imperdonable. Nadie jamás se había atrevido a hablar de ese modo frente a Imu. Ni siquiera entre ellos.

Moonshade apoyó el antebrazo derecho en el hombro izquierdo de Imu, dejando que su mano colgara con una calma insolente, como si se tratara de un amante aburrido al que se acaricia sin interés.

—Déjame hacerlo yo —susurró con media sonrisa, sus ojos verdes brillando bajo el reflejo del vino —Será divertido.

La cicatriz en forma de luna sobre su ojo izquierdo resplandeció débilmente con un azul inquietante. El aire se llenó de una vibración extraña, como si los mismos muros del Palacio de Pangea contuvieran la respiración.

Uno de los gorosei apretó los dientes.

—¡Insolente!

Pero el anciano de bastón tragó saliva. En su interior, lo sabía: ninguno de ellos, ni siquiera juntos, se atrevería a moverse sin que yo lo permitiera

Todos esperaban una reacción. Un gesto, una orden. Que Imu los hizo polvo por semejante atrevimiento.

Pero Imu permaneció en silencio.

No se movió, pero el mundo pareció inclinarse un milímetro cuando finalmente Imu habló.

—Sombra de luna.

No hubo reproche en la voz; tampoco afecto. Solo la certeza de quién nombra algo que conoce demasiado bien. A los pies del trono, los cinco ancianos intercambiaron miradas de estupor: el nombre había sido pronunciado sin guardia, sin duda, sin escolta de títulos. Como si no fuese intrusa… como si ya formara parte de la sala

—Vienes tarde —continuó Imu, sin apartar la mirada de ella —Y traes ruido.

Moonshade no se enderezó, no se “compuso”. Siguió sentada en los posabrazos, piernas cruzadas sobre las de Imu, como si el trono y sus reglas fueran un sofá viejo que encontró en una taberna cualquiera.

—También traigo resultados. Tu gente trae mapas y pretextos —dijo con una sonrisa lenta.

Un murmullo de aire tragado recorrió la sala. El de la barba recta dio un paso adelante.

—¡Basta! ¡No permitiremos que..!

No terminó. Imu alzó la mano derecha, breve como el aleteo de una polilla, y el apoyo sobre la pierna cruzada de Moonshade. No hubo presión. No fue una amenaza. Fue un gesto que, sin embargo, dejó petrificados a los cinco ancianos, como si una línea invisible hubiera sido dibujada entre ellos y el trono.

El búho blanco inclinó la cabeza, sus ojos perlados miraban la escena con curiosidad.

—Habla —dijo Imu.

Moonshade le sostuvo la mirada, entretenida. La cicatriz en forma de luna, apenas visible bajo la sombra del sombrero, se destelló con un brillo azulino que ninguno de los ancianos quiso admitir que había visto.

—Vivi se mueve como el mar en noche nueva: sin luna no hay reflejo, sin reflejo no hay rastro. La están buscando con faroles, cuando deberían escuchar las mareas –canturreó divertida, le gustaba convertir asuntos serios en baladas absurdas, ambiguas y sin sentido. Reflejo quizá, se su casi inexistente cordura—Tiene redes, amigos, memorias que la delatan. Bastará tirar un poco de los hilos y ella vendrá sola, mi amor.

Los ojos de los ancianos se abrieron con horror. ¿Mi amor? ¿Un apodo? ¿¡Cómo se atrevía!?

Imu no pestañeó.

—Viva —dijo. Ni una palabra más, ni una menos.

—Viva —repitió Moonshade, como si saboreara el término, aceptó la condición. Hizo girar la copa por el tallo, y el vino escribió un remolino perfecto. Luego, sin pedir permiso (porque no pedía), acercó la copa al rostro de Imu. —¿Quieres? Prometo que no la envenené, al menos hoy

Los ancianos casi se tragantan de puro escándalo. El de la calva cicatrizada dio otro paso; el del bastón tragó aire como si hubiera fumado fuego. Aquello era profanar el ritual de la distancia, del misterio. Nadie ofreció nada a Imu. Se acataba, se cumplía, se callaba.

Imu no miró a los ancianos. Observó a Moonshade y tomó la copa con la mano izquierda, con delicadeza y bebió. Luego apoyó la copa en el reposabrazos izquierdo.

El anciano de barba recta apretó los dientes.

—¡Sacrile-¡

La mano de Imu, aún sobre la pierna cruzada de Moonshade, se cerró un milímetro. Nada más. Bastó para que el anciano se callara.

Moonshade sonrió, satisfecha. El gesto de Imu no la inmovilizaba: era un aviso al resto, no una rienda para ella. Movió la rodilla con leve coquetería, no como quien pide permiso, sino como quien acomoda su propio asiento.

—Majestad… —comenzó uno de los ancianos, Moonshade ni prestó atención a quien fue —Permítame decirle que la presencia de esta mujer es peligrosa, hacer tratos con ella es como pactar con el diablo, no sabe con que intención ofrece su ayuda.

—Ella se queda, es un recurso —sentenció Imu —Sus actos patéticos solo sacan a relucir su incompetencia, tal vez ella sí me dé resultados.

Moonshade sonríe con satisfacción.

—No soy el diablo. Y no trabajo por premios ni por plegarias —dijo, alzando la barbilla —Trabajo porque me aburro. Y tu princesita cactus tiene una forma preciosa de pinchar a todo el mundo. Eso me entretiene.

Uno de ellos, cuyo ascenso era reciente, no pudo contenerse:

—¿¡Te atreves a-!?

—¿Te atreves a respirar respirar tan cerca de mí?— le cortó Moonshade, sin mirarlo —Quieto, viejo decrépito, no te vayas a infartar.

Una risa cortísima —apenas un latido— vibró en el pecho de uno de los guardias que hasta entonces no se habían atrevido a existir. La cortó de raíz cuando el anciano cicatrizado lo miró.

Imu no sonrió ni se molestó. Solo retiró la mano de la pierna de Moonshade, lenta, sin dramatismo, como se quita el polvo de un mueble. Ese retiro decía tanto como el primer toque: los había mandado callar; Ahora la dejaba seguir.

—Plazo —dijo Imu.

—Un día —respondió —Si llueve, me río de la lluvia y me demoro lo que se me antoja. No me vas a apurar por el clima

El anciano del bastón carraspeó:

—Los recursos del Gobierno Mundial…

—Me aburren —lo cortó ella con frialdad, y sin necesidad de subir la voz. La naginata, clavada al pie de los escalones, vibró apenas como si hubiera escuchado su dueña —No me ensucien la caza con su torpeza.

Imu ladeó el rostro, y los ojos —océanos sin costas— se estrecharon en un gesto de sospecha.

—Condiciones —dijo.

Moonshade se inclinó, no hacia abajo, sino hacia adelante lo suficiente para hablar con Imu como si el resto de la sala fuera un rumor

—Nadie me interrumpe. Nadie me sigue. Nadie me da órdenes —enumeró, con el tono de quien pide hielo a un camarero —Y quiero mi propio séquito, elegido por mí, al que pida, me lo das. Y otro regalito del que hablaremos después, como pago por la captura.

Los cinco se miraron a la vez. El de la barba recta ardía de furia, pero la memoria de la mano sobre la pierna y del borde de la copa en los labios de Imu le ató la lengua.

—Acepto —dijo Imu.

Una sola palabra, que dejó caer como un sello de cera.

Se puso de pie, deshaciendo el cruce de piernas con un movimiento fluido que dejó una estela aromática de cacao y vino. Caminó hacia su nanigata, la quitó como si fuera un alfiler en una tela y lo apoyara sobre su hombro. El kairoseki dejó una grieta en el mármol; un anciano dio un paso instintivo atrás

—Un día —repitió.

El búho alzó vuelo, la sombra blanca recortándose en las lámparas. Los tacones de Moonshade hicieron tac… tac… tac… descendiendo los escalones, y cada sonido pareció una cuenta regresiva

Cuando pasó junto a los ancianos, ninguno respiró. Ella dejó caer, como al descuido, un susurro para que picara donde más dolía:

—Perdedores —soltó, haciendo el gesto de la “L” en la frente con el dedo índice y pulgar, sacando la lengua, y salió del salón sin volverse. Sonrió, con ese brillo loco en los ojos que tantos temerían en el futuro.

En el trono, Imu no se movió. Solo el borde de una copa, todavía tibio, quedó marcando el lugar donde, por un instante, en silencio había probado vino. Y los cinco, inmóviles, entendieron el orden nuevo de una vieja verdad: Moonshade no obedecía; negociaba. 

 


Segunda Parte: Rastreo.

El sol se derramaba perezoso sobre las nubes que cubrían a Mariejois, tiñéndolas de un rojo fuego y naranja apagado. Desde los balcones altos del palacio, el mundo parecía una alfombra lejana y sin valor. Allí, apoyada contra la baranda de mármol blanco, Moonshade descansaba como si dominara todo lo que alcanzaba la vista.

El vestido rojo ondeaba con la brisa de la tarde, abriéndose y cerrándose con cada golpe de viento. En su mano derecha sostenía un pedazo de tela arrugada, oscura por la sangre seca: un jirón de la túnica de Nefertari Cobra, el difunto padre de la princesa Vivi. El recuerdo de su muerte aún era un eco reciente en las tierras bajas, pero para ella no era más que un hilo útil.

Su dedo índice trazó distraído el borde ensangrentado del paño. Lo observaré con una mezcla extraña: no de compasión, sino de curiosidad científica, casi artística, como quien contempla un pigmento raro. La cicatriz lunar sobre su ojo izquierdo relució débil bajo la luz oblicua, como si reconociera la huella de un destino.

Un aleteo suave anunció la presencia de su inseparable compañero. El búho blanco, Momo, aterrizó en la baranda con un movimiento elegante, las garras clavándose en la piedra pulida. Su plumaje brillaba contra el cielo encendido, y sus ojos claros reflejaron a Moonshade con una inteligencia que trascendía lo animal.

—Buen chico… —susurró ella, con esa voz que oscilaba entre caricia y burla.

Alzó el trozo de tela y lo llevó hacia el rostro del ave. El olor metálico de la sangre vieja aún impregnaba la fibra.

—Este es el perfume de tu presa. El linaje de la princesita fugitiva—dijo con una sonrisa torcida —Encuéntrala, Momo.

Momo rozó la tela con el pico, aspirando el aroma seco, y sus alas se abrieron como un abanico blanco contra el cielo anaranjado. Luego ató un pequeño rollo de pergamino en la pata del ave.

Moonshade se inclinó un poco hacia adelante, apoyando el codo en la baranda.

—Vuela, pequeño espectro de plumas. Y cuando la encuentres, dale el rollo y regresa —ordenó, y sus lentes brillaron con el último rayo de sol.

El búho lanzó un grito grave y profundo, casi solemne, y en un batir majestuoso se impulsó hacia el aire. Su silueta blanca atravesó el cielo como una lanza de luz, perdiéndose entre nubes teñidas de rojo.

Moonshade lo siguió con la mirada, entornando los ojos mientras el viento le revolvía el cabello. 

—Veamos si eres tan escurridiza como dicen, Mocosa —murmuró.

Se retiró del balcón con pasos de tacón firme, y la última luz del atardecer pintó su silueta de fuego y sombra. 

Notes:

Me veo en la necesidad de aclarar que Imu y Moonshade no son amantes ni nada por el estilo.
Y necesito decir que de momento la historia avanzará lento porque detesto hacer tramas huecas. Debo darle una buena base a la prota.
Así que dale chance jaja
Espero que te guste!