Chapter Text
La música vibraba desde el salón principal como una corriente viva, rebotando contra las paredes de mármol de la mansión de Lady Danbury. El primer baile de la temporada había comenzado, y como cada año, Londres entero parecía haber sido lanzado dentro del salón con abanicos, secretos, promesas y desesperadas ambiciones.
Penelope Featherington, enfundada en un vestido verde salvia con encajes pálidos —elegido cuidadosamente por su madre para “no parecer tan invisible”—, se escabulló por un pasillo lateral con un libro oculto entre los pliegues de su falda. Había fingido una jaqueca para escapar del intento de su madre de empujarla hacia otro primo lejano de alguna baronesa.
Sabía que la biblioteca de Lady Danbury era su único refugio. Lo había descubierto por accidente el año anterior, durante un aguacero. Aquel lugar olía a cuero viejo, a papel, y a tranquilidad. Nadie iba allí durante los bailes… al menos, nadie más que ella.
Cerró la puerta con cuidado, dejando que el silencio se posara sobre sus hombros como un manto. Respiró hondo. Allí no era una Featherington con cintas incómodas en el cabello. Allí no era la solterona rechazada por Colin Bridgerton. Allí era Penelope. Solo Penelope.
Se sentó en uno de los sillones de terciopelo frente a la chimenea encendida, estiró las piernas con disimulo y abrió el libro. Apenas había leído dos páginas cuando la puerta se abrió bruscamente con un golpe seco.
—¡Por todos los cielos! —gruñó una voz grave y masculina, justo antes de que el sonido de pasos apresurados… y un resbalón… llenaran la sala.
El cuerpo que irrumpió en la estancia perdió el equilibrio, tropezó con la alfombra y, sin poder evitarlo, cayó directamente sobre Penelope. Ella soltó un grito ahogado y el libro voló de sus manos.
El hombre cayó de frente, una mano en su cintura, la otra en el brazo del sillón, sus rostros separados por apenas unos centímetros.
—¡Santo Dios! —exclamó ella, sus ojos muy abiertos.
El hombre parpadeó. Ella lo reconoció al instante: mandíbula fuerte, ojos tan oscuros como una tormenta sin luna, y ese aire de indiferencia que solo los que han sido amados por nadie y deseados por todos saben llevar.
Simon Basset, duque de Hastings.
Él también pareció reconocerla, aunque solo vagamente. Se quedó inmóvil, tan cerca que Penelope sintió el calor de su aliento contra su mejilla.
—Mil perdones —dijo, finalmente, su voz como terciopelo grueso—. La alfombra… y la muerte inminente por matrimonios forzados… han sido demasiado para mí esta noche.
Penelope parpadeó, atónita.
—¿Perdón?
Él sonrió… y maldición, no era justo que alguien pudiera sonreír así mientras estaba encima de ella. Literalmente.
—Me ocultaba —explicó, sin moverse aún—. De madres casamenteras. Mi plan era encontrar un rincón tranquilo y fingir muerte súbita si era necesario. No esperaba encontrar a nadie en la biblioteca. Y menos aún… bueno, a usted.
Penelope lo miró, su boca ligeramente abierta. El duque se incorporó lentamente, retirando su mano de su cintura con deliberado cuidado, como si dejarla ir fuera un pequeño duelo.
Ella se sentó de nuevo, alisando su vestido con manos temblorosas. Él recogió el libro del suelo, lo observó.
—Jane Austen —murmuró—. Persuasión. Buena elección.
—Lo sé —dijo ella, tomando el libro—. A veces, los personajes de ficción entienden mejor el desamor que los vivos.
Simon la miró de frente, y por primera vez, la miró de verdad. No como la hija torpe de una familia ambiciosa. No como la solterona escondida en los bailes. No como aquella joven rechazada por un Bridgerton. La miró como quien se encuentra con una idea inesperada… y fascinante.
—¿Acostumbra a esconderse de los bailes, señorita…?
—Penelope Featherington. Y sí. Siempre que puedo.
Simon dejó escapar una risa baja, casi un gruñido. Se acercó a la estantería y se apoyó en ella, con los brazos cruzados, aún mirando a Penelope con creciente curiosidad.
—Interesante. La mayoría de las jóvenes harían cualquier cosa por cinco minutos en un salón conmigo.
—¿Y usted huye de ellas?
—Con la misma pasión con la que usted huye de su madre, imagino.
Penelope dejó escapar una risa inesperada. Y él, al escucharla, sonrió también. Una sonrisa genuina, no esa sonrisa de duque arrogante. Una sonrisa masculina, traviesa, como si acabara de descubrir algo que quería seguir explorando.
—Se ríe bonito —murmuró.
Ella se sonrojó. Pero no como antes. No como la muchacha enamorada de un amor imposible. Era un rubor distinto. Cálido. Peligroso.
—Y usted no es como pensaba que sería —contestó.
—¿Y cómo pensaba que sería?
Penelope lo miró directo a los ojos, sorprendida de su propia audacia.
—Frío. Distante. Arrogante.
Simon arqueó una ceja.
—Lo soy —dijo—. Solo que usted tiene la desafortunada ventaja de haberme visto caer como un tonto.
—Oh no, duque —susurró ella, sonriendo suavemente—. Esa es una imagen que atesoraré por siempre.
Hubo un silencio. No incómodo, sino tenso, cargado.
Como si algo en el aire acabara de cambiar.
Como si el destino hubiese chocado en una biblioteca.
Literalmente.
Simon la miró una vez más. Sus ojos bajaron a sus labios. Volvieron a sus ojos. Luego habló, con la voz más baja.
—Quizás deba venir más seguido a esta biblioteca. Parece que guarda secretos… interesantes.
Penelope no respondió, pero su sonrisa fue suficiente respuesta.
Y cuando Simon se marchó, su corazón aún golpeaba en su pecho como si alguien hubiese despertado algo dormido.
Quizás no era tan invisible como creía.
Quizás… el duque no había tropezado por accidente.
