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No sabía cómo había llegado a esa situación. No sabía por qué había tenido que terminar todo de esa manera pero ahí estaba, sin rumbo, echando de menos cada brisa de atardecer mientras miraba el cielo a la espera de las cartas de su hermano.
Pero ya no las tenía.
Había hecho las paces con su padre, él había comenzado a comportarse mejor, a ser un adulto funcional de nuevo, a buscar sanar todo y llevarse bien con él, tratando de comprender de nuevo la idea de que era un niño y nada más que eso; aunque a pesar de todo, se sentía inútil en casa sabiendo que su familia, su hermano mayor, habían estado peleando por una causa mayor, una importante, mientras él sólo envejecía en casa ayudando contadas veces.
Entonces con el corazón ardiendo por querer hacer valer el sacrificio de su hermano y el nombre de su familia, decidió involucrarse más en la cofradía de los cazadores; no podía pelear, era débil para eso, pero si algo podía rescatar, era su habilidad para hacer quehaceres y cuidar de las personas. Avisándole a su padre y enviando cartas a través del cuervo de su hermano, pudo coordinarse hasta que lo aceptaron como ayudante, asistiendo en la finca mariposa de Shinobu por un tiempo y sintiéndose increíblemente mejor ahí.
Cuidando de los pilares, Tanjiro, Inosuke, Zenitsu, Genya, etc. Tras cada batalla, después de la pelea contra las lunas superiores 4 y 5, tras cada travesura, Senjuro pudo ayudar a su recuperación, pudo reír y aprender junto a ellos, agradecía todo eso.
Un día por la mañana, Aoi le notificó que sería enviado a la finca del pilar del viento para apoyar a los chicos que tomaban su entrenamiento ahí; dadas las quejas de estos por lo duro del adiestramiento y la falta de conocimiento para atender sus propias heridas.
Claramente Sanemi no iba a ayudarlos en nada.
Sin ni una sola protesta, aceptó y empacó sus cosas, con un nudo en la garganta porque de las pocas ocasiones que había visto al pilar, era aterrador. Tomó camino tras despedirse de las chicas de la finca mariposa, con el cuervo de su hermano como compañía mientras lo guiaba a la finca. Su maleta algo pesada para él mismo pero tras sólo un rato, llegó a las puertas de la finca. Era enorme.
Abrió las puertas con algo de dificultad pero pronto, notó que la entrada era enorme y usada como patio de entrenamiento, como si fuera una enorme arena. Había chicos tirados en el suelo, casi inconscientes, otros aguantando sus gritos de dolor y otros intentando aun atacar al pilar, quien yacía intacto de pie en medio de todos, evadiendo sus golpes sin dificultad alguna. Su boca se abrió con asombro, algo aterrado por la escena. Su maleta cayó al suelo antes de que el ruido de su llegada llamara la atención de algunos cazadores; que entre lágrimas, se acercaron corriendo a él y lo abrazaron pidiendo ayuda y clemencia.
—¡Senjuro-Kun! ¡Este hombre es una bestia!
—¡Auxilio!
Senjuro permaneció inmóvil sin procesar nada. Pronto el pilar se detuvo para voltear a mirar hacia donde escuchaba el alboroto, notando a Senjuro ahí estático. Con un rostro serio, detuvo el entrenamiento por unos segundos. Su ceño fruncido, sus ojos oscuros, su cuerpo palpitante.
—¿Qué haces aquí?
Preguntó a secas. Sanemi sabía quién era, no podía simplemente no hacerlo, era el hermano menor de Kyojuro. No podía tratarlo terriblemente, no por el respeto que le había tenido a su hermano mayor, pero tampoco pensaba en tratarlo como alguien superior a los demás. Senjuro finalmente reaccionó al escuchar sus palabras, a pesar de todo, pudo recuperar su rostro sereno mientras los demás cazadores lloraban a sus pies.
—Disculpe, Shinazugawa-san. Me enviaron como enfermero para los cazadores dado lo duro del entrenamiento, necesitan a alguien que cure sus heridas adecuadamente para poder continuar.
El peliblanco levantó un poco su cabeza en un gesto de inminente superioridad, analizando en silencio al chico aunque no tenía objeciones al respecto. Suspiró pesadamente y con un movimiento con su espada, pareció indicar a los chicos que estaban libres por un rato.
—Está bien, haz lo que tengas que hacer.
Dio medio vuelta y comenzó a caminar hacia el interior de su finca, aunque se detuvo un momento para mirar por sobre el hombro a los demás.
—Dejaré que Senjuro los atienda, pero a las tres en punto de la tarde volvemos al entrenamiento.
Dijo con voz firme antes de caminar al interior por fin, con la espada de madera sobre su hombro. Su aura era abrumadora. Una vez que desapareció de vista de todos, suspiraron de alivio, Senjuro mismo dejando de sentir una presión en su estómago, que al parecer tuvo todo ese tiempo.
—¡Por favor, Senjuro, ayúdanos!
El chico rió suavemente mientras asentía. Antes de poder tomar su maleta, uno de los cazadores la tomó y todos decidieron guiarlo a sus habitaciones, donde podrían ser auxiliados cómodamente. Tras una hora y media de estar arduamente trabajando, terminó de curar y vendar heridas de cada uno de los chicos, siendo cuidadoso y cálido con ellos; quienes le agradecieron entre lágrimas tras días de sufrir en esa finca, finalmente habían tenido algo de cuidado y qué mejor de Senjuro, quien siempre era tan sereno y dulce.
Dentro de la cofradía, Senjuro era querido y reconocido, incluso si no se daba cuenta.
—¿Te quedarás?
—Por supuesto, prometo hacer que este entrenamiento no sea tan pesado para ustedes a mi manera.
Todos asintieron con una sonrisa hacia el chico, quien se puso de pie con suavidad antes de despedirse momentáneamente para buscar al pilar. Muy a su pesar, debía de hacerlo.
Necesitaba conocer las reglas y los límites de su finca, no quería hacerlo enfadar. Tras vagar un rato por los pasillos de la enorme construcción, encontró al pilar leyendo algún libro entre sus manos en el engawa que daba al jardín, sentado pacíficamente mientras se recargaba en una de las paredes y comía una manzana.
Se dio cuenta de la presencia de Senjuro al instante, por lo que miró de reojo antes de pasar la manzana en su boca por su garganta y girar a mirarlo. Senjuro inmediatamente hizo una reverencia profunda hacia el hombre al estar a solo unos pasos más de él, se acercó lo suficiente y tras la reverencia, se hincó suavemente, dejando sus manos reposar sobre sus muslos mientras su mirada se mantuvo serena.
—Disculpe, Shinazugawa-san... No quería interrumpirlo.
El hombre no respondió, en cambio dejó su manzana y su libro a un lado siendo respetuoso con él, haciéndole notar que estaba presentándole atención. Senjuro siguió.
—Disculpe si no le notificaron antes mi llegada, espero no molestarlo... por eso mismo, me gustaría conocer las reglas de su finca, dado que voy a quedarme un tiempo, no quiero causar molestias.
El peliblanco observó a Senjuro en silencio. Era un tipo duro, pero sabía que el chico estaba aterrado en su interior, al menos hasta ahora, él había sido siempre respetuoso y manteniendo sus límites hacia él; realmente no había motivo que le hiciera enfadar. Y si se permitía admitirlo, era adorable.
—Tranquilo, Senjuro. Entiendo que sólo vienes a hacer tu trabajo. Me parece necesario, en realidad.
Se incorporó mejor en el engawa, flexionando una de sus piernas y dejando reposar su brazo sobre su rodilla.
Senjuro pudo aliviarse un poco al ver que la actitud hacia él no era tan mezquina, cordial y seria sí, pero no agresiva como era con los demás.
—No tengo reglas diferentes a las de cualquier otra finca. Sólo no me busques si no es para algo importante, los horarios se respetan al pie de la letra y no quiero que te entrometas en nada.
Senjuro asintió, no había nada en lo que estuviera en desacuerdo. El pilar dio una mirada al chico con aprobación al notarlo tan obediente y desvió su mirada al frente, dejando que sus ojos se enfocaran en el jardín delante suyo.
—Hay una habitación disponible a tres de distancia de las habitaciones de los demás cazadores, pequeña, para que puedas tener un espacio para ti solo y ellos puedan a asistir a buscarte ahí si necesitan tu ayuda. Mi habitación está del otro lado de la finca.
Señaló vagamente hacia otra construcción, aun unida por el engawa pero en realidad, sí algo apartada de los demás. Senjuro miró atentamente, armando un mapa en su mente.
—Entendido, Shinazugawa-san.
Hizo una reverencia más leve antes de ponerse de pie con delicadeza, aunque se mantuvo de pie y juntó sus manos delante suyo con formalidad.
—Gracias por recibirme aquí.
Finalizó antes de sonreír levemente y darle la espalda para ir a buscar su maleta y buscar la habitación que le había indicado el hombre que era para él. Con pasos silenciosos y cuidadosos como había acostumbrado desde que su padre le había reprendido antes en su hogar.
Sanemi no dijo nada más, pero no pudo apartar su mirada de él, intrigado en realidad por su cordialidad y seriedad, no eran cosas que esperaba de un niño, mucho menos siendo hermano de Kyojuro, quien era cuanto menos escandaloso. Eran casi opuestos aunque el aura de calidez y amabilidad era innegable, ambos tenían un corazón tal vez demasiado grande para su cuerpo, era algo que se podía percibir fácilmente, a simple vista.
Pero se compadecía un poco por su actitud tan madura a pesar de ser tan joven, estaba un poco intrigado por eso. Pensaba en su propio hermano e incluso bajo cada circunstancia, podía ser bastante alegre a comparación de Senjuro.
Más tarde y después del entrenamiento ya de noche, Senjuro tomó la responsabilidad igualmente de preparar la cena para todos, acostumbrado a hacerlo en realidad, no era molestia alguna para él. Un festín después de días de haber comido arroz únicamente por la poca motivación con la que terminaban el entrenamiento. Todos agradecieron con lágrimas en sus ojos al chico tras volver de ducharse, comieron con gusto mientras Senjuro pasaba por cada uno a sanar sus nuevas heridas, siendo cuidadoso y cálido hacia ellos, dándoles una sonrisa tranquilizante.
Todos estaban de acuerdo en que Senjuro era un ángel, no había nada para reprenderle, no era grosero, no era frío, no era brusco, en cambio, su actitud era tan genuinamente amable dando atención despreocupada que los llenaba de una sensación tan hogareña e incluso algo maternal.
Mientras los chicos terminaban de cenar, fue a la cocina a tomar un plato con tres onigiris de atún picante y se dirigió a la habitación del Hashira, Sanemi. Un poco dudoso porque él le dijo que no lo molestara si no era estrictamente necesario pero tal vez algo de comida, era la excepción.
Se detuvo frente a las puertas corredizas de papel, la habitación deslumbraba con una leve luz cálida desde adentro. Se agachó y dejó la bandeja delante de las puertas con delicadeza y algo de timidez.
—Shinazugawa-san, traje un par de onigiris para usted... Si quiere algo más, puede perdírmelo.
Dijo con voz suave, mientras se ponía de pie. No quería molestarlo más de lo debido pero incluso sin darse cuenta, ahora las puertas de la habitación se deslizaron frente a él, revelando al pilar de pie delante suyo.
Senjuro tragó en seco, pero el hombre sólo se agachó y tomó la bandeja entre sus manos antes de mirarlo. Había una curva en sus labios casi imperceptible.
Sanemi simplemente no pudo contener la calidez que sintió dentro de él por el simple gesto, no era la gran cosa en realidad, pero hacía tiempo que nadie le preparaba algo de comer; y viniendo de Senjuro, era como si fuera tan natural de él, nada de segundas intenciones, sólo atención. Eso le provocó una sonrisa tan suave, aunque no pasó desapercibida por el menor, quien pudo relajarse una vez más por ello y no dudó en sonreírle con dulzura.
—Gracias.
Dijo el peliblanco y Senjuro sólo hizo una reverencia hacia él antes de que las puertas fueran cerradas de vuelta aunque con delicadeza también. Entonces realmente no había motivo para temerle al hombre, él parecía ser simplemente demasiado serio, podía ser explosivo pero cordial, al menos con él. Eso le aliviaba el corazón y cuando fue a su cama, pudo dormir con tranquilidad, sintiéndose más seguro de estar en ese sitio.
La sonrisa que le dio, casi le dejaba claro que había hecho lo correcto al llevarle comida, tal vez no estaba acostumbrado a tanta cordialidad y algo de cariño, entonces estaba decidido a darle algo más de eso al hombre con mucho gusto.
