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Para Tomioka, los subgéneros eran solo un estorbo más del mundo. Una etiqueta que condicionaba la manera en la que los demás miraban, juzgaban y trataban. Si le preguntaran directamente, él respondería que le daba igual… aunque, en el fondo, había un pequeño resquicio de rencor hacia los alfas.
No era miedo, sino, fastidio.
Especialmente, esa voz de mando, áspera y dominadora, lo irritaba hasta la médula. Cada vez que alguien la usaba, su piel se erizaba como si lo hubieran arañado. Odiaba cómo se filtraba en sus huesos, cómo su instinto omega se estremecía sin permiso, chillando en lo más profundo de su interior como un animal acorralado.
Acorralado.
Urokodaki había intentado protegerlo de eso. Desde joven lo entrenó, no solo en la espada y habilidades, sino también para resistir la influencia de los alfas. Como alfa y como antiguo pilar, Urodaki, le enseñó a no doblarse, a no bajar la cabeza, a no dejar que el instinto se comiera la voluntad. Y en gran medida, lo había logrado.
Ante una orden alfa, Tomioka podía mantenerse firme, podía no obedecer. Pero el estremecimiento seguía ahí. El eco interno que le recordaba lo que era.
No era un beta, era un omega.
Por eso, su resentimiento no era gratuito. Era su manera de rebelarse contra esa cadena invisible. Contra esa vulnerabilidad que, aunque escondida bajo capas de supresores, de parches y una fachada fría, nunca desaparecía.
Y Sanemi Shinazugawa… Sanemi era la encarnación misma de todo lo que le fastidiaba.
Un alfa explosivo, dominante, con esa maldita voz grave que parecía buscar quebrar la resistencia de cualquiera. Cada vez que alzaba el tono, aunque no fuera contra él, Tomioka sentía un espasmo recorrerle la espalda. Y eso lo enfurecía aún más.
Habían pasado meses de misiones arduas, heridas que apenas sanaban antes de tener que volver a blandir la espada. El cuerpo de cazadores estaba exhausto. Por eso, cuando el cuervo mensajero llegó con la orden, cada uno de los Hashira se presentó en la Mansión Ubuyashiki sin retraso.
El aire estaba cargado de expectación. Las puertas corredizas se abrieron con suavidad y la figura de Oyakata-sama apareció, acompañado de su esposa e hijas. Su voz, como siempre, suave pero firme, llenó el tatami.
— Hijos míos… —los llamó con aquella calidez inquebrantable que conseguía que hasta el más huraño de los pilares inclinara la cabeza con respeto— Las noticias del norte son graves. Pueblos enteros están siendo devorados, familias enteras desaparecen. No podemos permitir que la oscuridad se extienda más.
Los Hashira intercambiaron miradas. Tengen sonrió con confianza, Mitsuri frunció el ceño preocupada, y Sanemi chasqueó la lengua, ya impaciente. Giyuu, como siempre, permanecía en silencio, observando.
— He decidido dividirlos en grupos. —continuó Oyakata-sama— Su fuerza combinada asegurará que ninguno de ustedes enfrente un enemigo mayor sin apoyo.
El murmullo fue inevitable. Los Hashira rara vez trabajaban en pares, mucho menos en equipos. Cada uno era un ejército por sí mismo. Pero Oyakata-sama hablaba, y se obedecía.
— Rengoku y Tengen. —la primera designación resonó en la sala. Una combinación que parecía explosiva.
— Shinobu, Mitsuri y Iguro. —sonrisas tensas, complicidad femenina.
—Himejima y Muichiro. —el contraste entre la calma y la juventud.
Entonces, llegó el turno de Giyuu.
— Tomioka y Shinazugawa.
El silencio fue pesado. La mirada de varios se alzó, sorprendidos. Sanemi giró el rostro hacia Giyuu con una sonrisa torcida, mezcla de burla y desafío.
— ¿Con este? —soltó con desdén.
Giyuu no respondió. Bajó apenas los párpados, aceptando la decisión sin protestar, aunque un leve estremecimiento se le clavó en la espalda.
Oyakata-sama con su tranqilidad, volvio a hablar. — Confío en que ambos podrán complementarse. Al igual que todos. Sus misiones comenzarán mañana al amanecer.
Perfecto, aquí te continúo justo desde ahí, con el ambiente de la reunión y la retirada de Oyakata-sama, dejando espacio a la tensión que se empieza a gestar:
Amane tomo la palabra y siguió hablando un rato más, su voz suave como un murmullo que se impregnaba en el aire. Les dio las rutas que debían cubrir, los puntos de encuentro, y advirtió sobre el aumento en la ferocidad de los demonios en el norte.
Al final Oyakata-sama volvió a dirigirse a ellos — No olviden nunca que cada uno de ustedes es un pilar, no solo de este cuerpo, sino de toda la humanidad. —dijo al final, su sonrisa tenue enmarcando un rostro ya castigado por la enfermedad— Confío en ustedes, mis hijos.
Todos inclinaron la cabeza, algunos con reverencia genuina, otros con apenas un gesto de respeto. Y, con esa calma que lo caracterizaba, Oyakata-sama se giró y se retiró hacia el interior de sus aposentos, acompañado por su esposa e hijas. Las puertas corredizas se cerraron tras él, dejando a los Hashira en el amplio salón de tatami, solos entre ellos.
El ambiente cambió al instante.
La solemnidad se disolvió, dando paso a comentarios sueltos, suspiros y hasta pequeñas quejas. Rengoku fue el primero en romper el silencio con un estruendoso:
— ¡Bien! ¡Un viaje al norte! ¡El deber nos llama! ¡Será un honor!
— Tsk, calla un poco, vas a dejarme sordo —gruñó Sanemi, cruzándose de brazos.
Tengen soltó una risa socarrona mientras se estiraba. Mitsuri preguntaba con dulzura a Shinobu qué pensaba del viaje, y Muichiro ya parecía estar en su propio mundo.
Solo Giyuu permanecía en silencio, la mirada fija en el tatami frente a él, como si nada de lo que ocurría a su alrededor lo tocara. Pero no podía evitar la sensación de incomodidad: sabía que no pasaría mucho antes de que Sanemi lo buscara.
Y tenía razón.
El Hashira del Viento caminó directamente hacia él, con esa sonrisa torcida que nunca prometía nada bueno.
— Parece que vamos a ser compañeros de viaje, Tomioka. —lo dijo con un tono tan cargado de autoridad que rozaba la voz de mando.
El cuerpo de Giyuu reaccionó con un estremecimiento involuntario, apenas perceptible… pero no para Sanemi.
Los ojos del alfa brillaron con una chispa de interés.
