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De la insensatez y la pasión de un corazón enamorado

Summary:

He aquí al hombre cuya gran mente a veces logra interponerse a su gran corazón.

Notes:

Hará alrededor de diez meses que escribí, muy certeramente, que solo la que me trajo me obligaría a abandonar esto; así que, lo que sea que sea esto, ¡hoy vengo a retomarlo!

Para quien no me conozca, hola, soy solo otra random en este mar de contenido en un nuevo intento para integrar mi arte a todos los fandoms en donde estoy. Me gusta escribir porno homosexual y, ya que recientemente pude adquirir una tableta digital, ¡también publicaré fanarts porno-homosexuales! (Ven a seguirme en tumblr y en twitter para ver todo lo que tengo :3). Así que, por favor, te invito a irte al carajo si eres menor de 20 años.

Para las dos personas que me conocen y me siguen desde el barco hundido, solo puedo decir dos cosas: Lamento la espera.

Te amo.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

—¿Usted irá…? ¿Usted irá a la cama? —preguntó Holmes.

La angustia le erizaba la piel, hacía estragos en su voz. La ansiedad casi le hizo perder la estabilidad en las rodillas al retroceder el primer paso. Watson no se dignó a mirarlo, y su suspiro, colmado de resignación, golpeó con fuerza toda intensión de llamar a la calma.

—Eso creo, mas no puedo asegurarlo. Buenas noches, Holmes.

Conteniendo emociones difíciles de nombrar, Holmes apenas consiguió dar media vuelta sin perder el semblante serio de su rostro. Ya no era mi amor, ya no el dueño de mi corazón, ni el hombre que he amado más de lo que nunca pensé amar a alguien. Solo era Holmes: el cobarde, el incrédulo. El hombre patético que había rechazado al lucero que iluminaba sus mañanas y al cálido fuego que hacía brotar de su corazón los más insensatos deseos.

Con trémulos pasos siguió el resto del camino hacia la posada en donde durmieron las últimas noches, protegido por la desolada oscuridad, siendo acosado por el viento y la luna fría; cada paso lapidaba su respiración, acrecentaba el peso en sus latidos. Llegó a las escaleras y atravesó el pasillo reprimiendo insistentes lágrimas; no necesitaba la atención de ninguno de los huéspedes con los que se cruzaba. Se afianzó del barandal desgastado con una seguridad menguante e hizo amago de todo cuanto poseyó alguna vez para atravesar la puerta y derrumbarse sobre la cama. Febril. Incauto. Rendido.

Las lágrimas inundaron sus ojos y corrieron por sus mejillas mientras las columnas que lo sostenían se derrumbaban unas contra otras. Había, finalmente, alcanzado el punto máximo de su despreciable villanía, no solo atentando en contra del hombre más dulce a cuyos ojos rendía odas y pleitesías, sino acometiendo devastadoramente a la esperanza que nunca tuvo el valor de asesinar.

¿De qué forma, con qué audacia y cuál pudo haber sido el sentimiento que lo impulsara a semejante episodio de ceguera mental? La confusión incrementaba con el llanto, el corazón destrozado y la culpa. No obstante, ninguna voluntad le quedaba para fingir ignorancia, y sería la noción de su sentir la que doblegaría la ya escasa energía para contener el dolor. No merecía tal privilegio.

Y ser consciente de haber rechazado a un hombre tan precioso como digno de amor, por nada menos que mantener el estatus de adelantarse al rechazo de cada hombre por el que guardó el menor sentimiento afable; ya comenzaba a devorarle desde dentro. ¿Qué comodidad habría cuando desde hacía mucho reconocía a Watson como el último a quien dedicaría su absoluta devoción, atención y amor? Ni siquiera concebía una vida que importara lo suficiente sin él, ningún sentido tendría imaginar un escenario en donde lograra sobrevivir a eso.

Rechazó al hombre de su vida y aún tuvo la desfachatez de preguntarle si lo acompañaría a la cama.

En absoluto pánico, temeroso como nunca en su vida, creyó haber leído el rumbo hacia donde se dirigían las palabras cautelosas de Watson. Confió en que sus avances atrevidos eran destinados a quien nunca le sabría corresponder y que, amable como pocos hombres, debía la inseguridad en la voz de Watson a la falta de encontrar las oraciones adecuadas para rechazarlo. Luego de escucharlo recitar, con el tono colmado de la paz de aquellos que ya nada tienen qué perder, en deliciosa voz lo que escondía el alma y rebozaba de su pecho, sereno y prístino como el cielo tapizado de estrellas, cada dulzura y tierno sentimiento… Se encaró, amén a la derrotada lógica, frente a una máscara cuya dureza, forjada por el dolor del despecho, no respondió con la gratitud y regocijo que bien ameritaba.

A falta de lágrimas qué derramar, un tiempo después, sometiéndose al castigo mental de la soez actuación, Holmes se lavó el rostro y preparó la cama, ridículamente esperanzado de que Watson regresara esa noche.

Durante años, había sacado provecho de la única situación que resultaba de llegar en el último momento o durante la temporada de mayor ocupación, ahí en donde ya no cabría la posibilidad de buscar otro lugar para alojarse. Fue suya la idea de compartir una cama; Watson se encargó de quitarle la importancia que tenía, y en cada ocasión, Holmes cedía a la irracionalidad de hacer el menor cambio.

Ahí la ausencia de una almohada en el muro que dividiría la cama en dos secciones, allá las mantas de número impar que no bastarían para cubrirlos lo suficiente si decidían dividirlas. Mirándolo ahora, que no requerían sino de una almohada para separar sus cabezas, que compartían ya sin excepción todas las mantas y que Watson no miraba con extrañeza el nulo intento de Holmes por mantenerse en el borde de la cama, ni él mismo se preocupaba ya por esas nimiedades, la culpa de Holmes hacia su negativa para aceptar la correspondencia a los sentimientos de Watson solo se acrecentaba.

Luego de apagar las luces, Holmes tomó, como siempre, el lado cercano a la puerta y se acostó contra la orilla. No guardaba intención alguna de conciliar el sueño, tampoco de buscarlo o pretender que el remordimiento, dándole vueltas en la cabeza, lo soltaría lo suficiente para obsequiarle una pausa y permitirle dormir. Encontrar una posición idónea ya resultaría complicado. La pesadez en los músculos y la rigidez de los huesos, inesperado reflejo de su sentir, volvería un imposible cualquier atisbo de relajación.

Pero ningún remordimiento o idea que buscara solucionar su error, logró anteponerse al cansancio acumulado de un día por demás tenso que, pese a haber concluido de la mejor manera en la resolución de un nuevo acertijo, él mismo se encargó de volcar toda posibilidad de celebración. Durmió, pues, un sueño intranquilo.

Atrapado entre pesadillas que olvidaría al despertar, ninguna de ellas lo doblegó con la misma intensidad del suave sollozo que lo despertó. Watson, de hecho, regresó a su lado, mas, no intacto, lloraba.

El pobre hombre se contenía al punto en que ni la cama se estremecía por los leves temblores y no debió ser sino una casualidad que alguno de sus gemidos alcanzara a Holmes en medio del caos de sus pesadillas. Holmes, el monstruo egoísta que, sin haber considerado el alma quebrantada de su hombre más amado, derramó lágrimas solo para sanar sus heridas, sin preocuparse de quien le entregó el alma y el corazón.

¿Con qué infierno pagaría el hacer llorar a su Watson? Holmes lo averiguaría después, si no hacía a un lado sus heridas y no volcaba su atención en quien realmente importaba, ¿qué palabras bastarían para respaldar el amor que juraba tenerle?

—¿Watson? —susurró, cortando el renovado silencio—. ¿Watson? —Apartó lentamente la almohada separándolos. Watson carraspeó, pero Holmes distinguió muy bien su agitación y la tristeza que lo oprimía.

—¿Lo desperté? Lo lamento, yo… No sé en qué pensaba al venir aquí.

Holmes ni siquiera permitió que hiciera un movimiento para levantarse, sin embargo, su intento de acortar la distancia con Watson no fue tomado a bien. Toda búsqueda por hacerlo enfrentar sus rostros se transformó en una lucha de voluntades que, al final, se regía por principios similares. Watson esperaba alejarse de quien rechazó sus sentimientos: Holmes necesitaba que permaneciera a su lado, que escuchara sus disculpas y, si tuviera la fortuna, si aún no había destrozado lo suficiente el hermoso corazón y fuera una señal positiva el que haya ido a su lado incluso después del desastre, se le concediera declarar que podía corresponder a su amor.

Watson, naturalmente, no respondió a solicitud alguna de permanecer, rechazó las manos de Holmes, esquivó su rostro. Y cada segundo más consciente del dolor causado, con cada herida abierta llenándose de la respiración agitada de Watson, del toque de sus manos, del calor de su cuerpo y del aroma de su piel, reavivó como un incendio la ansiedad urgente de hacerle entender. Deseo impetuoso que ayudó a la fuerza de sus músculos y al control de sus manos hasta que, al fin, tomándolo de las muñecas, creyó conseguirlo.

Mucho tardó en comprender que, pese a ser Watson quien terminó debajo de él, con los pies casi a punto de salir por un lado de la cama y las manos a los costados de su cabello revuelto, revelándole así el rostro humedecido por lágrimas que no se detenían; Holmes era el único acorralado. Los brillantes ojos verdes sometieron su alma, paralizaron sus latidos. Ningún sufrimiento se compararía jamás al que leyó en el rostro de Watson.

 El oírlo hablar, rogándole, le significó la muerte.

—Por favor, le suplico que me deje ir… ¿Qué tengo…? ¿Qué debo hacer para evitar que continúe lastimándome? Holmes, son suyos mi alma y cada latido de mi corazón, y usted los ha destrozado por completo. ¿Qué más, cuánto más quiere de mí? ¿Qué más puedo ofrecerle para que ignore a este pobre diablo que seguirá amándolo así me condene al mismísimo infierno?... Pues me es imposible mentirle y nada puedo decir ya que condone lo que he dicho. Perdóneme, Holmes, por favor. Le suplico una disculpa, porque a pesar de todo cuanto pueda usted despreciarme…, aun con cada uno de mis fragmentos, nunca evitaré hacer otra cosa que amarlo. Por dios, Holmes, lo amo. Lo amo.

Holmes, intensamente conmovido, no despreció la oportunidad que Watson le daba para hacerlo consciente del aliento de vida con el que sus palabras lo reanimaron. Atrayendo su atención y ayudándolo a dominar su descontrolado aliento, liberó una de las muñecas de Watson y, tiernamente, enjugando su mejilla, acariciándole los labios sonrosados, al cabo de unos minutos, consiguió apaciguar su agitación. El claro brillo de la luna hacía resplandecer sus pupilas hinchadas y el escarlata de sus mejillas. Visión idílica que Holmes ansió poseer el resto de su vida.

—Me preguntas qué es lo que quiero, me pides una disculpa, pero no hallo una sola palabra que deba perdonar y me es imposible imaginar alguna razón para no ansiar nada más que a ti… Mi adorado niño, mi dulce corazón, fui un cobarde y un insensato. Te he amado desde hace tanto tiempo que, al escucharte, preví un inminente…

Un pequeño y tierno beso de cálidos labios detuvo sus palabras, así como su capacidad de razonar. Dóciles suspiros apaciguaron lentamente su intranquilidad, al tiempo en que reavivaba, en su mente y en su cuerpo, anhelos que nunca se atrevió a explorar.

Difícil se hizo no volver a esos labios celestiales. Sin embargo, Holmes no estaba dispuesto a estropear, de nuevo, un asunto de suma importancia por su incapacidad para hablar de su sentir. No lo haría si deseaba continuar preciándose de ser un hombre inteligente.

—Si… Si pudieras darme una oportunidad, Watson… John, si tengo el derecho de pedirte otra oportunidad y me concedieras el deseo de tomarte como mío, juraría recompensar por el resto de mi vida el dolor que mi necedad te causó.

Con un simple movimiento del brazo, Watson le pidió que liberara su muñeca, así, al tiempo en que la sorpresa lo invadía al observar cómo los prístinos ojos verdes se iban colmando de lágrimas, un par de virtuosas manos acunaron su rostro. Para Holmes, no hubo luz, ni luna ni sol, que resplandeciera tanto como aquellos hermosos ojos.

—A nadie conozco que pueda reparar mi corazón el mismo día en que lo destruyó por completo. Hombre ridículo, debería ser menos considerado contigo, debería dejar que me suplicaras por uno solo de mis besos, debería hacerte esperar media vida para compartir mi cama…

A punto estuvo Holmes de hacer un comentario que lo reivindicara o que lo colocara dispuesto a rogar y a esperar por retozar en el mismo lecho, mas, leyendo en el rostro de Watson el nulo castigo en sus palabras, se detuvo. Aunque, igualmente, reconocía que Watson merecía cada súplica por un solo toque de sus labios.

—Pero, si bien no comparto tus cuestionables métodos de cortejo, ¿cómo puedo entregarme a ti sin tener la certeza de que no volverá a suceder? —Watson le acarició de las sienes a los pómulos mientras un atisbo de preocupación se asomaba en el borde de su exquisita boca—. Veo la verdad en tus ojos, amado mío, no dudo un segundo de tus palabras y soy el hombre más feliz en esta tierra al saber mis sentimientos correspondidos… Entiendo que la forma en la que me declaré pudo haber ocasionado una reacción así de tu parte. No obstante, creo que podría morir por el dolor si vuelvo a oír tu rechazo. Desde luego que habrá situaciones que nos obliguen incluso a negar nuestra amistad, y no cuestionaré tu amor en cada una de ellas, sin embargo…

Holmes escuchó atentamente, y muy poco tiempo perdió en castigarse por el nuevo miedo que había implantado en el buen doctor; no iba a perderse en el problema tanto como debería encontrar una solución. Conforme la voz de su amado fue deteniéndose, al llegar el silencio lo acomodó con suavidad en una mejor posición sobre la cama, dejándolo en el centro, le rodeó la cintura y mantuvo la cabeza levantada sobre una mano para que Watson lo mirara sin esforzarse. Dedos amorosos se enredaron entre su cabello negro y le acariciaron el pecho. La conexión entre sus ojos nunca se detuvo.

—Creo que ambos sabemos que no hay forma en la que pueda resarcir el daño, no a menos que te lo demuestre tal como pretendo hacerlo lo que dure mi tiempo en este mundo, pero si existe algo que demuestre mi intención y mi compromiso hacia ti, mi precioso niño, entonces sería un error no ofrecerlo… Cásate conmigo, John, sé mío y déjame ser tuyo para siempre —pidió, sonriendo ante la genuina confusión en el rostro de Watson. Él balbuceó un par de veces hasta al fin hallar su voz, aún no del todo firme.

—S-sí.

—¿Sí?

—S-sí… No sé cómo y no puedo imaginarlo, aún así, por supuesto. Sí. —Holmes le guiñó un ojo y, abrazándolo firmemente, los cubrió a ambos con las mantas.

—Esta de sobra decir que no es legal, aunque es cierto que sería una unión avalada por un párroco, en una iglesia, e incluso con la firma de un acta. Y si es la falta del respaldo de la ley lo único que separaría nuestro matrimonio de uno entre un hombre y una mujer, ¿qué necesitamos entonces para sabernos juntos ante dios y ante los hombres? —preguntó el detective, orgullo ardiente tiñendo su voz.

La admiración en los ojos de Watson se ocultó al refugiarse en el pecho de Holmes, quien lo abrazó con ferocidad, tal cual alguien entrara en la habitación oscura e intentara separarlo de su lado. Conforme la intensidad del momento sucedía a una paz idílica y, a su vez, las respiraciones y los latidos se tranquilizaban, Holmes dio el golpe final de su declaración.

—Naturalmente, mi amor, te compraré un anillo.

Estremeciéndose de ardorosa felicidad, Watson cantó para él una risa deliciosa que hizo eco en su corazón y en su alma, reparándolos al punto de solo dejar una marca; recuerdo de una promesa que juraría por su vida cumplir.

Watson le besó en la mejilla y, susurrándole buenas noches, volvió a acurrucarse en el lugar del que Holmes nunca querría separarlo, justo contra su pecho, arrullándose con sus latidos.

—Buenas noches, John. Te amo.

Notes:

Y todo esto para decir que Holmes puede llegar a ser muy tonto u.u

De todas formas, si por alguna casualidad reconoces el tipo de escritura, no digas nada y solo ve a mis otras redes, algún familiar podría reconocerme de nuevo y obligarme a abandonar este barco, que no es sino una sola balsa, y empezar otra vez TwT.

Ah, y por favor, no seas muy dura con esta historia, la escribí hace un año, diosita, y apenas tengo la cabeza para publicarla jajaa.

Ahora, solo un pequeño recordatorio de que los kudos hacen que el mundo gire y que los mensajes mantienen vivas a las escritoras, así que no dudes en dejar al menos 15 palabras en una oración bien estructurada (solo como recomendación) de lo que sea que pienses de esta historia uwu.

Por el momento es todo, muchas gracias por haber llegado hasta aquí, ya te ganaste mi corazón y todo mi agradecimiento.

¡Nueva historia entre el jueves y el viernes!

Adiosito :3