Work Text:
El aula de Otonokizaka estaba bañada por el resplandor anaranjado del atardecer, el viento que entraba por la ventana agitaba suavemente los papeles que Umi Sonoda sostenía entre sus manos. Su cabello azul oscuro brillaba con destellos cálidos bajo la luz, y sus ojos ámbar reflejaban una inquietud contenida, un torbellino de lógica y emoción que ella intentaba controlar.
Mientras repasaba las letras que había escrito para μ's, corrigiendo cada palabra, cada rima, buscando la perfección, su ceño se frunció con leve preocupación.
De pronto, la puerta se abrió con un golpe brusco.
-¡Umi-chan~! -la voz clara y enérgica de Honoka resonó en el salón.
La joven de cabellos anaranjados entró corriendo, casi tropezando consigo misma, con esa energía desbordante que parecía no acabarse nunca y esa torpeza entrañable que siempre lograba arrancar una sonrisa a Umi...
-Honoka... te he pedido en repetidas ocasiones que no corras por los pasillos.- La reprendió Umi, suspirando, aunque una pequeña sonrisa traicionó su gesto serio.
-¡Lo siento, lo siento! -Jadeó la pelijenjibre, mientras avanzaba apresurada- Pero es que... ¡tenía que contártelo ya! No podía esperar ni un segundo más.
El corazón de Umi dio un pequeño salto, no era raro que Honoka la buscara para contarle algo, siempre lo había hecho desde que tenían memoria, pero esta vez el tono de Honoka era diferente, más nervioso, más cargado de emoción, más intenso. Sus ojos azules brillaban como cuando, de pequeñas, hablaba de sus sueños... solo que ahora había algo más en esa mirada.
-¿Decirme... qué? -balbuceó la chica de ojos ámbar, apretando nerviosa los papeles contra su pecho.
Honoka tragó saliva, su voz temblaba entre emoción y nervios, mientras se acercaba más.
-Umi-chan... yo...
No alcanzó a terminar, pues sus pies tropezaron con una mochila olvidada en el suelo y, con un pequeño grito ahogado, perdió el equilibrio.
-¡Kyaaa!
Umi apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir el peso de Honoka empujarla hacia atrás. Ambas se estrellaron contra la mesa. Los papeles se elevaron en el aire y flotaron a su alrededor, como hojas arrastradas por el viento otoñal
Umi quedó recostada sobre la superficie de la mesa, con el corazón latiendo y sus mejillas ardiendo pues Honoka estaba inclinada sobre ella, apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo para no aplastarla por completo. Sus rostros quedaron separados apenas por unos centímetros; tanto que el aliento cálido de Honoka rozaba la piel sonrojada de Umi
El silencio posterior solo fue roto por el latido apresurado de sus corazones.
-H-Honoka... p-por favor... levántate... -murmuró Umi, con la vergüenza tiñendo sus mejillas.
Pero Honoka, con la cara roja hasta las orejas, replicó con suavidad:
-N-no... aún no... quiero quedarme así... un momento más.-
Las palabras golpearon a Umi con fuerza. Eran simples, pero cargadas de una sinceridad tan pura que desarmaba. Y de pronto, un torrente de recuerdos se desbordó en su mente, Umi recordó todas las veces que Honoka había estado a su lado, cuando Honoka la animaba a cantar pese a su pánico escénico; cuando le tendía la mano en los entrenamientos; cuando, de niñas, ella lloraba en secreto y Honoka la hacía reír con ocurrencias tontas. Incluso recordó las tardes en que corrían juntas por el parque, con los zapatos llenos de barro y las manos entrelazadas como si nada pudiera separarlas.
Su corazón latía con fuerza, y su mente lógica le decía que debía apartarse de inmediato, que debía mantener la compostura, pero la cercanía de Honoka y todos aquellos recuerdos derribaban cada barrera que intentaba alzar.
-Honoka, si permaneces tan... tan cerca... no podré... contenerme...-Confesó, casi como un secreto arrancado de lo más profundo de su timidez.
Honoka, con los ojos brillantes y la respiración entrecortada
-Umi-chan... entonces... no te contengas.-respondió con una sinceridad desarmante
El silencio del aula se volvió denso, cargado de emoción. Sus manos se buscaron como lo habían hecho miles de veces desde niñas, pero esta vez no fue un gesto inocente: sus dedos se entrelazaron con suavidad, cargados de algo nuevo, algo que había estado creciendo en silencio durante años, como si ese gesto pudiera decir lo que las palabras aún no se atrevían.
Umi desvío la vista, con un sonrojo profundo que coloreaba hasta la punta de sus orejas y el corazón le dolía de intensidad, y por un instante, su mente lógica luchó por poner orden, pero el calor de Honoka le hizo olvidar todo razonamiento.
Un instante interminable pasó, y entonces, sin decir nada más, Honoka, con las mejillas encendidas, inclinó su rostro lentamente, acortando la distancia. Sus labios tocaron suavemente los de Umi, temblorosos y cálidos. Fue un beso tímido, casi un roce, pero suficiente para encender un fuego en sus corazones. Umi, sorprendida, abrió los ojos de par en par, sintiendo cómo su corazón se aceleraba de forma casi dolorosa. Por un segundo dudó, un instante de lógica que intentaba decirle que se apartara, pero luego el peso suave de Honoka sobre ella, el roce de sus manos en la mesa, el calor compartido, y todo lo que sentía reprimido salió por sí sola. Cerró los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, dejó que su corazón hablará en lugar de la lógica y correspondió el beso con ternura, moviéndose con cuidado, siguiendo el ritmo de su amiga, entregándose por completo al momento.
El mundo a su alrededor desapareció.Solo estaban ellas dos, el sonido de la respiración, el latido de sus corazones y la luz dorada del atardecer que las envolvía como un abrazo cálido.
Cuando finalmente se separaron, Umi abrió los ojos lentamente, con un sonrojo profundo
-H-Honoka... -Soltó un murmullo apenas audible
Honoka le sonrió con esa alegría que siempre había iluminado su vida, pero ahora teñida de una dulzura nueva en su mirada.
-Umi-chan... yo te amo.-
El corazón de Umi se estremeció, esa niña con la que había corrido por el parque, la misma que la había empujado a soñar más alto, ahora le confesaba lo que ella misma había guardado en silencio por años.
-Yo también te amo... Honoka.-Respondió con una pequeña sonrisa en sus labios
El último rayo del atardecer iluminó sus manos entrelazadas y sus rostros sonrojados, grabando para siempre aquel instante.
Era más que un beso, más que una confesión: era la promesa de que su amistad de la infancia había florecido en un amor verdadero, fuerte y eterno, capaz de resistir cualquier obstáculo.
¿Fin ...?
