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Sabor a Hogar

Summary:

Quizá un poco de comida y compañía son la receta de un hogar.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La base de Akatsuki rara vez olía a algo más que a humedad, polvo y, ocasionalmente, a pólvora quemada o sangre seca. Pero esa mañana era diferente. Un aroma cálido y especiado flotaba en el aire, colándose por los pasillos hasta llegar a la nariz de Deidara, quién, como alguna clase de sabueso medio dormido que es despertado con el olor de un buen hueso, no pudo evitar fruncir un poco el seño y olfatear un poco de más el aire.

—¿Qué demonios? —murmuró, dejando a un lado el trapo húmedo con el que limpiaba sus manos de la arcilla y siguiendo el rastro. 

El lugar estaba medianamente vacío, casi todos estaban de misión, e Itachi y Kisame estaban de guardia, según. Caminó a paso lento pero decidido a encontrar el origen de aquel aroma. Al llegar a la cocina, se detuvo en seco. Allí estaba Tobi, su torpe, chillón y aparentemente inútil compañero, moviéndose con total naturalidad entre una sartén humeante y una olla que borboteaba suavemente. Sin su usual parloteo, sin los torpes tropiezos ni los gestos exagerados, parecía alguien completamente distinto. Lo único que parecía intacto era su humor de niño, pues no dejaba de tararear una canción muy bajito, así como cuando no quieres que te escuchen pero no puedes evitarlo porque te sale del alma.

Deidara se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta. —¿Y qué es esto, hm? ¿Acaso los aliens invadieron la base mientras dormía y te reemplazaron el cerebro? ¿Desde cuándo sabes cocinar?

Tobi giró ligeramente la cabeza, la máscara inclinada hacia él. Aunque su expresión estaba oculta, Deidara pudo sentir una sonrisa divertida detrás. —Senpai, no puedes sobrevivir solo con arcilla y amenazas de muerte, ¿sabías?

—¡Tch! —Deidara rodó los ojos y se acercó, apoyándose en la mesa mientras observaba cómo el vapor subía desde la olla—. A ver… ¿qué se supone que estás haciendo?

—Sopa de miso con tofu y arroz al vapor. Nada muy elaborado, pero suficiente para un desayuno decente —respondió Tobi con naturalidad mientras añadía unas hierbas a la olla.

El rubio lo miró en silencio, la desconfianza todavía escrita en su rostro. No era que dudara de las habilidades culinarias de Tobi —bueno, en realidad sí lo hacía—, pero había algo extraño en verlo tan calmado, tan concentrado en una tarea tan cotidiana. 

—Pensé que eras un desastre con las manos para cualquier cosa que no fuera joderme la paciencia, hm.

—Oh, senpai —dijo Tobi con su tono usualmente alegre, aunque había una suavidad distinta—. Uno debe aprender muchas cosas cuando pasa mucho tiempo solo.

El comentario dejó a Deidara sin palabras por un momento. Obito continuó cocinando, removiendo la olla con movimientos precisos y calculados, la verdad es que esa mañana se había levantado de buen humor, y traía el ánimo exacto para empezar a querer consentir a un pequeño terrorista. Deidara se preguntó cuánto de ese personaje torpe era real y cuánto era una máscara figurativa, además de la literal.

No es que estuviera disgustado con el acto, para nada. Simplemente Tobi era un ser raro, y complejo a su manera. Escurridizo, esquivo en cuánto a las cosas personales, pero siempre con esa extraña devoción al rubio, cosa que nadie cuestionaba más allá de una broma. Deidara empezó a hacerlo. Empezó a cuestionarse que tanto de ese cariño era real.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que él enmascarado había empezado a cocinar, la verdad ni siquiera sintió cuando había salido de la habitación por la mañana, o quizá había sido la madrugada. Minutos después, Tobi apagó el fuego, moviéndose de un lado a otro limpiando, hasta que por fin sirvió dos tazones humeantes de sopa con tofu. Colocó uno frente a Deidara con un movimiento cuidadoso. —Vamos, senpai. Come mientras aún está caliente.

Deidara lo miró con recelo. Tomó los palillos con cierta duda y probó un bocado. Los sabores suaves, el equilibrio perfecto entre salado y ligeramente dulce, lo sorprendieron. No era la comida de un principiante; era algo que solo alguien con práctica —y paciencia— podía haber hecho.

 Le recordó un poco a la comida del abuelo. El viejo era un cascarrabias, pero a veces le daba por ablandarse, y eran esos días calurosos en los que las peores ideas para demostrar afecto se le daban. Cómo aquellas sopas tradicionales. Hasta Kurotsuchi, que era la más obediente de los tres —aunque todos eran un grupo de chiquillos rebeldes y quisquillosos— arrugaba la nariz y le pedía al abuelo que les diera otra cosa. Deidara, libre como siempre, solía escaparse de casa y vagar por todo Iwa esperando que, al regresar a casa por la noche, ya todos se hubieran acabado esa olla. El viejo Onoki siempre lo esperaba con el plato de su porción recalentado y un coscorrón. Vaya días aquellos. 

—Está… bastante bueno, hm —admitió, algo avergonzado de sus dudas. ¡Pero no lo culpen! Quién diría que el estúpido cascarita sabría hacer algo tan bueno. Si alguien debería estar avergonzado sin duda debe ser Tobi por haber escondido semejante talento durante tanto tiempo. 

Tobi no dijo nada, pero el ligero movimiento de sus hombros delató una risa silenciosa. Se sentó al otro lado de la mesa, con su propio tazón entre las manos, y por un rato, ambos comieron en relativo silencio.

Deidara lo miraba de vez en cuando, curioso, casi incómodo por la calma que emanaba su compañero. No es que le molestará que Tobi estuviera de buen humor, él siempre parecía estarlo. Solo era extraño verlo comportarse como una persona sensata y normal. 

Finalmente, rompió el silencio.

—No pareces tú cuando haces esto, Tobi.

El enmascarado levantó la mirada y sostuvo la de Deidara a través del agujero de su máscara. —¿Y eso es algo malo, senpai?

Deidara no respondió. Bajó la mirada al tazón casi vacío frente a él y negó suavemente con la cabeza.

—No, supongo que no.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue uno de esos silencios que se sienten como un respiro, como un momento que, por más fugaz que sea, logra instalarse en el pecho y quedarse ahí. No debe permanecer, solo existir en un tiempo limitado, endulzando el alma. 

Cuando terminaron de comer, Tobi recogió los platos con la misma calma con la que los había servido. Deidara lo observó mientras se recostaba en la silla con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

—Oye, Tobi. —La voz de Deidara rompió el suave murmullo de los platos al ser lavados—. Si alguna vez vuelves a desaparecer así por la mañana y me haces buscarte por toda la base asegúrate de volver con más sopa, ¿hm?

Tobi rió, un sonido breve pero genuino. —Lo prometo, senpai.

 

Notes:

Siempre he pensado que Obito sabe cocinar, osea, vivió tanto tiempo solo, algo tiene que saber hacer. Quizá no lo hace por la fachada de Tobi, pero de vez en cuando se lo permite, y quizá al ver que a Deidara le gusta, ahora lo haga más seguido.