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La fragilidad de una mariposa

Summary:

Katsuki Bakugo es la estrella del momento, todos lo aman. Cada vez que canta en el escenario, sus fans se derriten con su actuación. Cualquiera daría lo que fuera por tener al menos la atención del rubio. Pero, ¿Katsuki está realmente feliz con su vida? Si alguien le preguntara, preferiría pasar más tiempo a solas con cierto peliverde cinco años mayor que él, lejos del mundo de la farándula, lejos de la sociedad que los criticarían duramente por ambos ser hombres. Solo puede tener pequeños momentos robados, pero cada vez que los tiene se siente feliz al sentirse tan libre como una mariposa.

Notes:

¡Llegamos al penúltimo día del evento! Y mejor tarde, pero sin sueño ^^' ... Un poco corto, pero espero que les guste :D

Esta historia participa en el evento Equinoccio Pye 2025 creado por la página de Facebook de Mandy Chan Aki

Día 7: Mariposas / Hojas secas - Idols

#equinoccio3_pye2025

Work Text:

LA FRAGILIDAD DE UNA MARIPOSA

El bullicio resultaba bastante ensordecedor. Miles de luces centelleaban frente a Katsuki mientras el escenario temblaba bajo los saltos y gritos del público. Su respiración era agitada, el sudor deslizándose por su cuello mientras mantenía la sonrisa perfecta que tanto había practicado y que tanto tenía encantado al público. Cada movimiento dado estaba calculado, cada palabra ensayada, cada mirada dirigida estratégicamente a la cámara. Era un dios sobre el escenario, una estrella inalcanzable que el mundo adoraba, pero por dentro, realmente solo quería huir. Tener una vida normal donde tuviera que esconderse cada vez que salía, donde pudiera ser una persona normal que no tuviera que firmar autógrafos en cada ocasión que lo descubrieran, donde pudiera tomar sus propias decisiones y no tuviera que fingir. No lo malentiendan, adoraba cantar y bailar, pero a veces llegaba un punto en el que todo se volvía tan asfixiante que no entendía cómo no se había vuelto loco aún.

Cuando la última nota resonó en el estadio, el estruendo de los aplausos lo golpeó como una ola. Katsuki bajó la cabeza en una reverencia impecable, tragándose las ganas de maldecir y con la sonrisa más falsa hacia sus seguidores mientras podía por fin salir de aquel lugar tan ruidoso. Apenas cruzó los bastidores, se despojó de la chaqueta brillante con cierta desesperación, sintiendo cómo la tela le quemaba la piel. Necesitaba descansar, pero sabía que no tenía derecho a exigir algo tan mundano como eso.

 

—¡Gran trabajo, Bakugo! — Su mánager lo recibió con una sonrisa forzada, ignorando el semblante de fastidio de su protegido, repasando ya la agenda en su tableta. — Mañana tienes una entrevista temprano, luego la sesión de fotos…

 

Pero Katsuki apenas le escuchaba. Su mirada recorrió el lugar con impaciencia, buscando a alguien en particular entre la multitud frenética de maquillistas y asistentes que pululaban a su alrededor como moscas. Su pulso se aceleró cuando lo vio: de pie, junto a la puerta trasera, discreto, con un atuendo sencillo y el cabello desordenado por el viento nocturno. Su chófer.

 

Izuku

 

Katsuki apretó los labios para evitar sonreír como un idiota enamorado enfrente de todos. Hacía semanas que no lo veía más que a través de aquellos mensajes fugaces, escondidos entre los ensayos y viajes. La gira había sido tortuosamente larga. Demasiado para su gusto.

Sin pensarlo, caminó directo hacia él, ignorando los gritos de su manager que intentaba detenerlo. —¿Nos vamos? — Preguntó Katsuki con urgencia, apenas estuvo al lado de Izuku.

Izuku le dedicó una media sonrisa, cálida y tranquila. El tipo de sonrisa que siempre le provocaba una revolución a su estómago y corazón. — El auto está listo, señor. — Su voz baja y serena era como un bálsamo después del caos de aquel último concierto. Aunque la palabra “señor” no terminaba de gustarle. Frunció el ceño. Sabía que enfrente de todos no eran más que un simple chofer y su jefe, pero ¡carajos! En verdad deseaba con todas sus fuerzas que su relación no fuera tan complicada y secreta.

 

No intercambiaron más palabras durante todo el trayecto hasta estar lejos de la ciudad, la carretera extendiéndose bajo un cielo oscuro y despejado, lleno de estrellas y la luna llena iluminando todo bajo sus pies. Katsuki se quitó la gorra que había usado como disfraz, dejando que su cabello rubio se alborotara libremente.

 

— Si tengo que escuchar a una fan más gritar que me ama, juro que voy a vomitar. — Gruñó, recostándose contra el asiento.

Izuku soltó una risa suave. — Es parte de tu trabajo. Eres el sueño de tus fans, Kacchan.

Katsuki chasqueó la lengua con fastidio. — Quiero ser tu realidad, Deku, no el maldito sueño de chicas hormonales que con trabajo saben cambiarse la ropa por sí mismas.

 

El silencio que siguió fue pesado y cargado de significado. Izuku desvió la vista al camino, pero una leve sonrisa traicionó su calma. Había algo profundamente atractivo en la intensidad con la que Katsuki sentía las cosas, incluso cuando eso lo volvía terco e impulsivo.

El destino que había escogido Izuku, y del cual se había asegurado de no compartirlo con el rubio, era un pequeño pueblo rural, lejos de las cámaras y principalmente de los ojos de los curiosos. El otoño apenas comenzaba, y el sendero hacia el santuario ya se encontraba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus pasos. El aire olía a madera, tierra húmeda y flores marchitas. A lo lejos, las mariposas revoloteaban sobre un campo casi desierto, como diminutas manchas de color flotando entre la quietud del paisaje.

 

—No puedo creer que hubieras encontrado este lugar, Izuku. — Murmuró Katsuki, mirando alrededor con cierto asombro y maravillado.

 

La naturaleza se extendía ante ellos como un cuadro antiguo, con tonos ocres y dorados. Era simplemente perfecto.

 

— Quería que descansaras, aunque fuera solo un día, Kacchan. — Respondió Izuku, acomodándose la bufanda y atreviéndose por fin a dirigirse con aquel apodo al chico enfrente de él. — Nadie nos molestará aquí.

 

Katsuki se giró hacia él, el rubí de sus ojos brillando con algo más que solo gratitud. De pronto, la calma del lugar se volvió peligrosa, como si la ausencia de testigos permitiera que su deseo por fin se mostrara sin límites antepuestos por ambos. Se acercó, con pasos precisos, calculados, como si se tratara de un animal cazando a su presa y acorralando a Izuku contra el tronco de un árbol, con la respiración entrecortada.

 

—Te extrañé tanto, maldita sea. — Susurró, con voz ronca, cargada de ansiedad contenida, sobre los labios del mayor, apenas conteniendo las ganas de besarlo.

Izuku tragó saliva, sorprendido por la intensidad en su mirada. —Kacchan… podrías estar agotado. Quizás deberías…

 

Katsuki lo interrumpió finalmente con un beso, feroz y desesperado, como si temiera que Izuku desapareciera si no lo tocaba. Izuku respondió de inmediato, una mano aferrando la nuca de Katsuki, la otra sujetándolo por la cintura. Era un beso que hablaba de semanas de distancia, de palabras no dichas, de deseo contenido hasta el límite. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando, con la frente apoyada uno contra el otro.

 

—Cinco malditos años de diferencia y aun así me haces sentir como si yo fuera el inmaduro. — Se quejó Katsuki, aunque su voz tenía un dejo de ternura que difícilmente demostraba por alguien a no ser que fuera su chófer.

Izuku sonrió suavemente, acariciando su mejilla con delicadeza, casi como si temiera hacer algún movimiento brusco que provocara que desapareciera. —Eres joven, Kacchan, pero no inmaduro. Solo eres bastante apasionado, algo que siempre he amado de ti.

 

Katsuki apartó la vista, avergonzado, pero Izuku notó el leve temblor en sus dedos. Era difícil para él mostrarse vulnerable, incluso en momentos así. Izuku sonrió para finalmente depositar un beso sobre su frente.

Se sentaron sobre una manta que Izuku había llevado, rodeados de hojas secas que el viento arrastraba en pequeños remolinos y el murmullo de las aves sobre las ramas de los árboles. Katsuki observó cómo una mariposa se posaba en la tela, frágil y luminosa.

 

—¿Sabes qué pienso cuando veo mariposas? — Preguntó de repente. Su tono era bajo, casi melancólico.

Izuku negó con la cabeza, intrigado por el cambio de actitud de su pareja.

—Pienso que son como mi vida ahora. Brillantes, hermosas, pero al mismo tiempo frágiles, listas para morir en cualquier momento. — Katsuki apretó la mano de Izuku con ligereza. — Y tú… tú eres como estas hojas secas. Silenciosas, simples, pero con la suficiente fuerza como para alzarse de nuevo, dispuestas a sostenerme cuando siento que voy a caer.

 

El corazón de Izuku dio un vuelco ante esas palabras. No había declaración más sincera que esa. Sin poder evitarlo, se inclinó hacia Katsuki, besándolo de nuevo, esta vez con suavidad, con amor puro y silencioso. El mundo podía ser cruel y ruidoso, pero en ese instante solo existían ellos, rodeados de naturaleza y promesas no dichas.


 

Horas después, cuando regresaron a la ciudad, Katsuki volvió a ocultarse bajo la gorra y la mascarilla, transformándose otra vez en la estrella que todos adoraban, pero que nadie conocía realmente. Antes de separarse, Izuku lo miró con orgullo y tristeza al mismo tiempo.

 

—Te veré entre la multitud. — Susurró el peliverde, tocando suavemente su mano antes de dejarlo ir.

 

Katsuki asintió, su mirada ardiendo. Y mientras Izuku se alejaba, una hoja seca cayó a sus pies, llevada por el viento. El amor que compartían era un secreto, frágil como una mariposa, pero tan firme como las raíces de aquel bosque donde, por un día, habían podido ser ellos mismos.

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