Chapter Text
La noche del 31 de octubre de 1981, Lily sintió que el mundo se encogía, como si el aire mismo supiera que algo sagrado estaba por romperse.
Afuera, el viento arrastraba hojas doradas por el jardín del Valle de Godric, pero dentro se sentía más cálido de lo normal,aun así no lograba disipar la inquietud que se había instalado en su corazón.
Sintió la energía volverse punzante y la casa tembló con un silencio que no era natural, Lily lo supo. No por algo en especial, sino por ese instinto que solo una madre conoce. El aire cambió. El mundo cambió y supo que tendría que avanzar sin ella.
Mientras acunaba a Harry, su pequeño de un año, podía sentir la dulce pesadez de su cabeza sobre su hombro y escuchar el suave arrullo. Lily lo miraba como si pudiera memorizar cada detalle: la curva de sus pestañas, el sonido suave de su respiración, el calor que irradiaba y su aroma tan puro. Creyó erróneamente que tendría toda una vida para disfrutar de ello.
— Te amo Harry — susurró solo para que su hijo la escuchara.
James, ajeno a sus sentimientos, leía con una sonrisa en los labios mientras veía que su hijo dormía plácidamente.
Fue entonces cuando un sonido metálico y seco resonó en el exterior, haciendo que la sangre se helara en sus venas. Y aunque todos su sentidos ya se lo habían advertido no pudo evitar pensar de nuevo que no podía ser. No así.
El libro de James cayó al suelo con un susurro. En un instante, él estuvo a su lado, con la varita en la mano.
— Vete, Lily, vete. ¡Lleva a Harry y vete! Es él. Dame la espalda, no te detengas.
Un ruido sordo se escuchó al otro lado de la puerta, la madera crujió y se hizo pedazos. Las palabras de James resonaron en la mente de Lily, y ella las tomó, se aferró a ellas y corrió a la habitación de Harry, cerrando la puerta de golpe y asegurandola con magia.
El corazón le golpeaba contra las costillas, una mezcla de terror y una fuerza que nunca había sentido. Sabía que no tenía mucho tiempo y se aferró a su bebé.
— Tu padre y yo te amamos infinitamente, Harry tienes que ser fuerte, recuerdalo…
Sus oídos se llenaron del sonido de la lucha en la planta baja, de la maldición de James, de un grito y luego… no hubo nada.
Un silencio sepulcral, insoportable, que solo fue roto por el crujir de las tablas del suelo mientras alguien subía los escalones.
Una luz verde esmeralda se filtró por las rendijas de la puerta, y una voz fría y siseante la llenó de un terror desconocido.
— Vete de aquí, chica tonta. Vete y no te seguiré, te perdonaré la vida — se escuchó en un siseo escalofriante detrás las paredes.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Lily. Un pánico helado se apoderó de ella, pero no por su propia vida, sino por la de su bebé. Fue entonces cuando el pánico se transformó en una claridad innegable.
Dejó a un lado su miedo y sintió el torrente de su magia brotar de su pecho, un poder crudo y puro. En ese momento, fue consciente de lo que estaba haciendo, de la fuerza que corría por sus venas. Se inclinó sobre su bebé, acarició su mejilla y susurró palabras que nadie más que ella y Harry podrían entender.
— Te obsequio toda mi magia Harry, tienes toda mi protección en ti, bebé. Te amo, Harry —. Volvió a acariciar la mejilla sonrojada de su hijo, quien no sabía qué estaba pasando.
La puerta se abrió de golpe y el hombre la miró fijamente. Los ojos de Lily, llenos de amor y desesperación, lo desafiaron.
Sin dudarlo, dejó que su magia fluyera. Sintió la presencia de James, la energía que desprendía, su último aliento. Tomó esa energía y la unió con la suya, creando un triángulo poderoso que era único pues era la magia de su familia y protegió a su hijo, le dejó un don creado bajo la intuición y la necesidad del momento. Juntos, tejieron un escudo invisible, una promesa que ni la muerte podía romper.
Ya estaba listo, entonces, con su último aliento dejó salir grito mientras se interpuso en el camino. Cerró los ojos y se sumergió en una calidez que lo consumía todo, una calidez que ya no era de este mundo, dejando atrás su magia.
El mundo se hizo oscuro, pero la calidez de ese amor siguió encendida.
No, no era el fin, estaba segura. Era el comienzo de una nueva vida. No la suya, sino la de su hijo, que viviría.
A pesar de la oscuridad, sintió que había triunfado y se sintió en paz, sabiendo que su hijo estaba a salvo.
La noche del 31 de octubre fue la última de Lily. Pero también fue el comienzo de algo que ni siquiera ella pudo imaginar: una historia tejida con sacrificio, esperanza y la certeza de que el amor, cuando se entrega por completo, puede desafiar incluso al destino.
