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¿Dónde termina el silencio?

Summary:

Al principio, el silencio era un refugio miradas que hablaban sin palabras, pausas que abrazaban mejor que cualquier promesa. Pero con el tiempo, ese mismo silencio comenzó a pudrirlo todo, como un eco que ya no acompaña, sino que hiere.

Yuta espera, resiste, se aferra a cada segundo no queriendo despertar de un sueño que se desmorona lentamente. Pero cada día sin palabras, sin gestos, sin certezas, el silencio se vuelve más pesado, más insoportable, más definitivo.

La esperanza, cada vez más frágil, pende de un hilo que tiembla al borde de romperse. Y en medio de ese vacío que todo lo consume, surge la pregunta inevitable

¿bastará esperar para salvar un amor que muere en el silencio?

Chapter 1: Capítulo 1

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

El amor entre Yuta y Taeyong era tan natural como respirar, como un gesto que se repetía tantas veces que se volvía ritual, como cerrar los ojos cuando uno se deja abrazar. Había nacido sin ruido, sin anuncios. No era un amor de fuegos artificiales ni de grandes explosiones. Era uno suave, paciente, que se filtraba como la luz del sol a través de las persianas. Un amor que se construyó día a día, casi sin que ellos lo notaran, como una rutina que se vuelve indispensable, como una canción que uno canta sin saber cuándo se la aprendió.

Se conocieron un día soleado de verano, de esos que el calor es lo suficiente para ser cálido, pero no tanto como para quemar la piel, en la fiesta de cumpleaños número 14 de Jungwoo. Estaba lleno de niños riendo de aquí para allá. Yuta soltó una carcajada ante el chiste sin sentido de Jungwoo cuando Taeyong se les acercó, con una bebida en la mano y una expresión serena. No fue una frase cursi, ni una mirada penetrante. Solo fue un “hola”. Yuta se giró hacia él con una ceja alzada, con la risa aún colgándole en los labios. No era la palabra lo que lo atrapó. Era la manera en que la había dicho. Con una honestidad tan directa, tan simple, que lo descolocó.

— Hola. —respondió, todavía sonriendo, pero con un pequeño cambio en los ojos. Como si algo en su interior se hubiese movido apenas, como un péndulo lento.

Después de ese saludo no pasó nada extraordinario. Taeyong no le ofreció un vaso ni hizo un comentario ingenioso. Simplemente se quedó allí, de pie a su lado. Parecía como si no hubiera prisa en el mundo. Yuta, acostumbrado al bullicio de la pubertad, se sorprendió de lo fácil que resultaba permanecer en silencio a su lado. 

Taeyong miraba como los árboles se mecían en el patio y dijo algo sobre el clima. Intercambiaron algunas frases breves: un comentario sobre lo dulce de la bebida, una broma ligera sobre Jungwoo corriendo como loco de un lado al otro. No fueron grandes conversaciones, pero la facilidad con la que surgieron lo halló desprevenido. Era como si no hiciera falta esforzarse demasiado, como si ya se conocieran de antes. Así comenzaron una conversación que parecía no significar nada, pero que eran semillas. Cada palabra, cada gesto, dejaba un rastro sutil.

Durante el resto de la tarde se cruzaron varias veces, sin proponérselo. Yuta lo encontraba apoyado contra una pared, observando a los demás, o sentado en silencio mientras los otros gritaban alrededor. Cada vez que lo veía, el extraño impulso de acercarse le picaba la piel, aunque fuera solo para compartir un comentario rápido, y como jamás dio un paso atrás ante cualquier idea, así lo hacía. Y Taeyong, aunque parecía reservado, respondía siempre con una sonrisa pequeña, contenida, pero sincera.

Al despedirse, Yuta pensó que probablemente no volvería a verlo pronto. Sin embargo, esa noche, mientras estaba acostado en su cama recordando los momentos de la fiesta, se sorprendió evocando la serenidad de aquel chico que apenas conocía. La manera en que Taeyong había sostenido el vaso entre las manos, con tanta delicadeza, la forma en que había inclinado la cabeza al escucharlo o su suave voz al responder. Era un recuerdo que no buscaba, pero aparecía sin permiso.

Los siguientes encuentros no fueron planificados. Un pasillo del colegio, un saludo corto, un intercambio de miradas. Yuta pensó que tal vez sería como esas amistades fugaces de verano que se desvanecen con el tiempo, pero no. Había algo en la forma pausada de Taeyong de acercarse al mundo, en su calma, que empezaba a instalarse en él como un hábito.

Primero lo encontró con la mirada en los recreos, casi sin querer. Se quedaba un poco más de lo necesario mirándolo. Cuando sus ojos se encontraban entre el tumulto de personas, las silenciosas sonrisas se volvieron parte de su lenguaje; los gestos mínimos comenzaron a pesar más que las palabras.

Así, sin que nadie lo planeara, se fue tejiendo un lazo. No había prisa. Era una amistad que no irrumpía, con pasos pequeños se filtraba, se instalaba, se quedaba. Una conversación corta que dejaba ganas de otra. Una risa compartida que se volvía un chiste interno. Eran apenas gestos, miradas y palabras simples, pero suficientes para empezar a reconocerse en medio del ruido del mundo. No había prisa. Solo esa sensación tibia y nueva de estar encontrando a alguien con quien la compañía resultaba, de alguna manera, inevitablemente fácil. Sin proponérselo, sin saberlo siquiera, comenzó a necesitar su presencia en pequeñas dosis. Lo buscó primero con los ojos, después con la risa, más tarde con el corazón.

No fue amor a primera vista. Fue algo más profundo: reconocimiento. Al principio, solo dos amigos que compartían caminatas después de la escuela, series que nunca terminaban, playlists que hablaban por ellos, silencios que no resultaban incómodos y risas en cafeterías con olor a galletas recién horneadas. 

— ¿Te diste cuenta de que siempre pedís lo mismo? —le dijo Taeyong una tarde, mientras Yuta sacaba un bubble tae de vainilla con crema del mostrador. Ambos caminando hacia su mesa.

— Es que me gusta. —respondió Yuta con naturalidad sonriendo con todos sus dientes— Lo bueno no se cambia. 

— ¿Y yo? —preguntó Taeyong, mirando hacia adelante.

Yuta lo miró, ladeando la cabeza.

— ¿Vos también pedís siempre lo mismo?

— No. Pero yo no quiero que me cambien tampoco.

Esa clase de conversaciones los iba acercando, sin empujones, sin sobresaltos. Como si el tiempo los bordara con hilos invisibles. Como si la vida supiera algo que ellos aún no. Así, sin presiones, sin nombres, floreció algo. 

De esta manera tres años después de sostener una tierna amistad, una noche fría de esas donde el aliento se vuelve nube y las manos buscan refugio en los bolsillos, salieron de una tienda de ramen tras una pequeña discusión sobre si era mejor la sopa de miso o la tonkotsu. El tono había sido ligero, pero Yuta había fruncido el ceño y caminado más rápido. Taeyong, con la nariz un poco roja por el frío, se detuvo de golpe. 

— Esperá. —dijo.

Yuta se detuvo. Volteó y lo miró con enfado cruzando los brazos. El sol se estaba yendo, dando paso a la oscuridad de la noche. La nieve blanca a su alrededor brillando por las fuertes luces de la ciudad, creando un escenario de ensueño.

— ¿Qué pasa? —respondió enfurruñado.

Taeyong no dijo nada. Solo extendió la mano con una expresión de cariño.

— Dame tu mano. —pidió.

— ¿Qué?

— Tu mano. Me la vas a dar en algún momento. Ya sea hoy, mañana o dentro de un mes, así que mejor que sea hoy, ¿no? —Taeyong le sonrió. Grande, genuino, puro.

Yuta sintió como si una flecha lo hubiera atravesado. Sintió sus dedos congelándose en la intemperie. Taeyong empezó a acercarse, con pasos lentos, el sonido de la nieve crujiendo bajo sus pies. Una vez que estuvo cara a cara le extendió la mano con una sonrisa mientras una brisa helada les azotaba la cara a ambos. Yuta sintió un cosquilleo en su estómago y su corazón latir furiosamente en su pecho. Sus brazos, antes tercamente cruzados en un gesto infantil, se desenredaron con la vacilación de la vulnerabilidad palpitandole en el cuerpo.

 Cuando los dedos de Taeyong se entrelazaron con los suyos, lo miró. Sus ojos grandes y oscuros buscaron algo en los de él. Pero no encontró ni bromas, ni dudas. Así que se entregó. Le dio la mano y la apretó fuerte, sintiendo su calidez. De repente todo tuvo sentido. Sintió como la ciudad, la nieve, la distancia, todo desaparecía. Solo existían ellos dos, caminando juntos, conectados en un silencio que decía más que cualquier palabra. Y esa noche, entre ramen, disculpas suaves y la ciudad iluminada, supo que pertenecía ahí por siempre.

Yuta recordaba ese día con una ternura dolorosa.

Taeyong no era un chico de muchas palabras; sus silencios hablaban más que fuerte. Su forma de amar no se encontraba en grandes declaraciones, sino en los gestos que parecían casi invisibles para el resto, pero que Yuta aprendió a reconocer como señales claras de amor. Con él, había descubierto la ternura escondida en las cosas más pequeñas: los abrazos que llegaban por la espalda cuando menos los esperaba, como si quisiera recordarle en silencio que no estaba solo; los nombres de personajes de anime que memorizaba con paciencia solo para poder preguntarle después que pensaba sobre ellos; las fotos de gatos que encontraba en la calle que le enviaba sin motivo aparente, como si esos fueran excusas para decir “te pienso” de la manera más sencilla. Su amor era callado, casi torpe a veces, pero firme y constante, como la luna en el cielo nocturno: tranquila, serena, siempre presente, guiando y sosteniendo con su luz suave aunque nadie la note, sin prisa, sin estridencias, solo siendo.

Yuta, en cambio, era todo chispa, expresión y desborde. Su forma de querer se derramaba en cada gesto, sin contenerse. Amaba de la misma forma en que respiraba: con naturalidad, sin reservas. Llenaba libretas con notas y dibujitos que luego escondía en su lonchera, solo para que Taeyong sonriera en medio de su día. Se emocionaba con facilidad, con las películas, con las canciones, con un recuerdo inesperado; lloraba sin miedo a mostrar vulnerabilidad y reía con carcajadas sonoras que parecían contagiar el aire mismo. Abrazaba fuerte, como si en ese contacto pudiera traspasar todo lo que sentía; decía “te amo” sin medir las veces ni calcular los momentos, porque para él el amor no debía reprimirse ni dosificarse. Nunca tuvo miedo de parecer demasiado, porque en su corazón no existía esa medida, porque el amor no teme mostrarse entero. Él era la luz, la calidez, el sol de verano: brillante, ineludible, llenando todo a su alrededor con su energía, imposible de ignorar y hermoso en su intensidad natural.

Juntos, construyeron un amor que no necesitaba parecerse a ningún otro. No había muros que lo contuvieran, ni comparaciones que lo definieran. Era suyo, único, nacido de los silencios de uno y la chispa del otro. Taeyong encontraba en Yuta algo que nunca había sentido. Libertad de mostrarse sin filtros, de dejar caer el peso del mundo, de existir sin reglas ni expectativas, y aun así ser amado. Yuta hallaba en Taeyong un refugio que sostenía su fuego, un lugar donde podía arder sin temor a quemarse.

El consuelo estaba en saber que, aunque tan distintos, cada uno era lo que al otro le faltaba. No como piezas que encajan por obligación, sino como almas que reconocen sus bordes irregulares y deciden abrazarse. Taeyong aprendía a correr en la vida en la presencia de Yuta; Yuta aprendía la paz de la constancia en la presencia de Taeyong. En esa diferencia, encontraron el hogar que ambos necesitaban. Un espacio donde amar y sentirse.

Y así, en su segundo aniversario, decidieron dar el gran paso. No fue una decisión impulsiva, ni romántica. Fue una certeza. 

Cuando finalmente se mudaron juntos, el primer día en el departamento fue una mezcla de cajas, abrazos y risas tirados sobre un colchón en el suelo. Fue como si el mundo al fin hubiera tenido sentido. El departamento era pequeño, pero lo sentían como si fuera un universo completo. 

— Ésto es real, ¿no? —preguntó Yuta mientras se acomodaba contra el pecho de Taeyong. El sonido de los latidos resonando en sus oídos.

— Sí. —respondió, su mano acarició su pelo con ternura dolorosa— Aunque todavía nos quedan un montón de cajas sin abrir. —añadió riendo bajo.

Compartían horarios, rutinas y silencios como quien respira en conjunto. Se dormían entre risas y se despertaban buscándose con las manos antes de abrir los ojos. Taeyong cocinaba, con orgullo y receta en mano. Yuta lavaba los platos cantando bajito, con espuma hasta los codos, con un delantal demasiado grande para él. Se sentían completos en el silencio, en el roce accidental de pies bajo la mesa, en las noches compartidas mirando el techo sin hablar. Dejaban notas en el espejo del baño con mensajes como “Te amo” o “Recordá comprar más leche”.

Una noche de tormenta, se fue la luz. Yuta encendió velas por todo el departamento. Se envolvieron en una manta en el suelo, comiendo fideos instantáneos y escuchando la lluvia como si fuera música.

— ¿Sabes qué me da miedo? —dijo Yuta en voz baja, mientras el reflejo de la vela danzaba en sus ojos.

— ¿Qué?

— Que esto sea tan hermoso que se vuelva irreal. Como si estuviéramos soñando algo que no se puede sostener.

Taeyong lo miró. Le acarició la mejilla con los nudillos.

— Entonces soñemos con fuerza… y cuando el sueño tiemble, lo sostenemos entre los dos.

Y Yuta, en ese momento, creyó que nada podía romperlos. Que si el mundo se desmoronaba, ellos construirían una casa en medio de las ruinas. Que si la vida dolía, se tendrían el uno al otro como un analgésico suave y constante.

Y se aferró a esa certeza con las dos manos.

No necesitaba grandes planes. Bastaba con recostarse sobre el pecho de Taeyong y sentir su respiración. Porque su hogar no eran las paredes. Era el cuerpo de Taeyong, su aliento, su existencia.

Había algo en los días con Taeyong que hacía que el tiempo se sintiera más liviano. Parecía que el mundo girara un poco más despacio, solo para que ellos pudieran saborear mejor los detalles. Vivían envueltos en una rutina tierna y hecha a medida, como una frazada vieja que aún guarda el perfume de una infancia feliz. Su amor era la repetición consciente de los mismos gestos: una taza de té para dos, una mano que acaricia la espalda, una canción tarareada al oído.

En su primer invierno juntos, mientras Taeyong dormía enredado entre las mantas, Yuta abrió la alacena más alta del armario y bajó con cuidado una bolsa escondida, como si resguardara un secreto precioso. Dentro aguardaban ovillos de lana azul profundo, agujas de tejer y una guía impresa que había descargado de internet. Nunca había tejido, ni siquiera sabía cómo sostener las agujas. Pero estaba decidido.

Se sentó en el suelo, sobre la alfombra, con la espalda apoyada en el sillón. La luz tenue dibujaba la torpeza de sus dedos, que intentaban imitar los movimientos de un tutorial. El hilo se enredaba, se escapaba, se torcía. Se pinchó dos veces y dejó escapar un quejido ahogado en una risa breve. A su lado, un cuaderno lleno de tachones y dibujos le recordaba cómo deberían cruzarse los puntos.

Podría haber comprado una bufanda perfecta, de esas caras y prolijas. Pero no quiso. Quiso hacerla con sus propias manos. Quiso dejar allí sus horas, sus errores, sus pequeños triunfos. Quiso que, al envolverla en su cuello, Taeyong sintiera el calor de algo nacido solo para él.

Le tomó días. Hubo momentos de frustración, noches en que todo se deshacía y pensó en rendirse. Pero volvía a intentarlo. Y en la tercera semana, cuando la forma por fin apareció ante sus ojos, cuando los puntos ya no le resultaron extraños, comprendió que algo en él también se había tejido: paciencia, dedicación, amor.

La noche en que la terminó, la dejó sobre la mesa con una notita doblada que decía: “No te rías si está fea. Es la primera que hago. Pero es para vos.”

Taeyong la encontró a la mañana siguiente, justo antes de salir. Se detuvo ante la bufanda como si contemplara un objeto sagrado. La tomó con ambas manos, la llevó al rostro. Olía a suavizante y a algo más. A hogar. A Yuta. Sonrió tras leer la nota. No dijo nada. Solo la enroscó alrededor de su cuello y salió al frío. Yuta lo observó desde la ventana, caminando con la bufanda torcida pero feliz.

Esa noche, Taeyong no pronunció un gracias. Se limitó a tomar las manos de Yuta y a besarlas, apretándolas con suavidad como si fueran lo más valioso del mundo. Yuta sonrió. No necesitaba palabras, en ese gesto entendió que su amor había sido recibido. Y por un instante, aquel invierno no pareció tan frío.

Una de esas mañanas, en su tercer año de relación, empezó con lluvia. El cielo había amanecido de un gris manso, con gotas golpeando los cristales como dedos que piden permiso. Yuta se despertó con el sonido y, sin abrir los ojos, buscó el calor de Taeyong, que ya se había levantado. Al no hallarlo, con pasos lentos se levantó. Lo encontró acurrucado en el sillón, con las piernas cruzadas, leyendo un libro con la luz tenue del velador.

— ¿Desde cuándo estás despierto? —preguntó Yuta, con voz de sueño. Se acercó con pasos pesados hasta sentarse a su lado.

Taeyong levantó la vista y sonrió. —Desde hace un rato. Te dejé dormir porque te veías muy tranquilo.

— Siempre decís lo mismo —rió Yuta mientras se acurrucaba junto a él, enredando las piernas entre las suyas.

— Y siempre es verdad. —respondió dándole un beso en la cien.

Se quedaron en silencio, gastando su tiempo en sentir el calor del otro. El ruido de la lluvia llenaba los huecos de la habitación como una música involuntaria, cadenciosa, que hacía más lento el mundo afuera. Taeyong pasó la mano por el brazo de Yuta, recorriéndolo sin prisa, tratando de memorizar la forma exacta de su piel en esa mañana gris. Yuta cerró los ojos y apoyó la frente contra su hombro, respirando despacio, casi en sincronía con él.

El libro quedó olvidado sobre el regazo de Taeyong, abierto en una página que ya no leía. No importaba lo que dijera la historia de otros cuando la suya estaba allí, latiendo con la cercanía tibia de Yuta.

— Me gusta la lluvia. —murmuró Yuta, apenas audible, temiendo romper el hechizo de ese momento.

— A mí también. —respondió en el mismo tono.

De repente un sonido los interrumpió provocando la risa de Taeyong.

— Y también tengo hambre. —dijo esta vez con vergüenza.

— Y yo también. —le respondió con la risa contenida en la garganta mientras buscando la boca de su novio para dejar un suave beso.

Hicieron panqueques. Yuta se encargó de la masa y Taeyong del té. Se movían por la cocina como si bailaran, como si su cuerpo conociera el del otro incluso con los ojos cerrados. Entre risas, Taeyong le untó mermelada en la punta de la nariz solo para lamerla después. Yuta le devolvió el gesto dejando mermelada en su mejilla.

Después, se envolvieron en mantas en el sillón y vieron una película vieja que a Taeyong le encantaba. Yuta fingió interesarse por el argumento solo para poder mirar la forma en la que su novio se emocionaba, con los ojos brillantes, mordiendo los labios en las escenas más tensas.

— ¿Querés verla de nuevo? —preguntó Taeyong al final, con voz temblorosa.

— Hmmm... no —respondió Yuta— Prefiero verte a vos viéndola otra vez.

Más tarde, cuando la lluvia cesó, salieron a caminar por el parque con paraguas transparentes. Todo parecía más limpio, más callado. Las hojas brillaban de humedad, los charcos reflejaban pedazos de cielo y el aire olía a tierra. Caminaron en silencio, de la mano. Yuta apoyó la cabeza en el hombro de Taeyong. Se sentía protegido, con la sensación de que la simple presencia de su pareja era un escudo contra todo lo que dolía en el mundo.

— ¿Alguna vez pensás en el futuro? —preguntó de pronto.

Yuta lo miró con ternura. 

— Pienso en tenerte cerca. Eso es lo único que planeo.

Taeyong sonrió, y apretó su mano con fuerza.

Esa noche, cocinaron juntos una cena improvisada con lo que había en la heladera. Se reían cuando las recetas salían mal, cuando el arroz se pasaba, cuando la sopa salía más picante de lo que esperaban. Comieron en el piso, con música suave de fondo, y afuera la lluvia regresaba lenta, dando la impresión de querer mecerlos hasta quedarse dormida con ellos.

Cuando Yuta se quedó dormido en el sillón, con la cabeza en el regazo de Taeyong, este le acarició el cabello durante largos minutos. No había apuro, no había ruido. Solo la respiración lenta del ser que más amaba y un corazón lleno de gratitud.

— Gracias por existir —murmuró Taeyong, besándole la frente. 

Una tarde de diciembre, en su cuarto año de amor, la nieve cayó con suavidad sobre Seúl. De esas que tiñen las calles de blanco y obligan a la gente a caminar más lento, más cerca unos de otros. En su pequeño departamento de paredes claras y ventanas empañadas por el vapor del calefactor, Yuta, arrodillado frente al calefón, estaba intentando que el agua caliente volviera a funcionar y fallando cada vez más. 

— ¿Por qué justo hoy? —murmuró, apretando los botones del panel digital. Hizo un puchero con sus labios. Odiaba no entender cómo funcionaba. Quería darle a su novio un baño caliente.

Detrás de él, Taeyong entró a la cocina en silencio, con una bufanda mal colocada y las mejillas sonrojadas por el frío. Observó la espalda de Yuta y sonrió con ternura.

— ¿Ya te rendiste? 

— Nunca. —respondió Yuta sin mirarlo, pero con una sonrisa apenas escondida en la voz.

Taeyong se acercó, se agachó a su lado y ambos quedaron en cuclillas, uno al lado del otro. El calefón sonó. Nada. Yuta suspiró, dejando caer la cabeza contra la pared.

— No vamos a tener agua caliente esta noche. —su voz sonaba lamentable.

Taeyong sonrió por la amargura adorable que emanaba su voz. Le acarició la nuca con suavidad.

— Entonces... —empezó Taeyong, con esa media sonrisa que usaba cuando quería hacer algo tonto— podemos ducharnos juntos y sufrir en equipo.

Yuta lo miró de reojo.

— Eso suena más a tortura que a plan romántico. —murmuró.

— Yo lo llamaría supervivencia romántica ¿hmm?

Yuta ladeó su cabeza para poder verlo. Taeyong tenía esa sonrisa cómplice que lo invitaba a participar. Yuta sintió las burbujas del amor eferveciendose en su pecho. Ambos rieron. Una risa suave, como una exhalación cálida entre tanta nieve. En ese momento Yuta decidió ir hasta el armario y sacar su manta más gruesa. Una de esas que usaban en los primeros días de invierno cuando aún no se decidían a prender la calefacción por ahorrar. Caminó hacia el living y prendió velas. Taeyong lo observó sin decir nada mientras su novio acomodaba todo: el futón en el suelo, dos tazas de té, una lista de reproducción suave que sonaba desde el celular.

— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó finalmente.

Yuta se giró, mirandolo con una sonrisa mientras traviesamente se encogía de hombros.

— Creando un lindo recuerdo de un evento traumático. Si no puedo darle agua caliente a mi lindo novio, al menos quiero darte esto.

— ¿Ésto?

Yuta se acercó hacia él. La luz de las velas le da un resplandor cálido al rostro.

— Un lugar cálido incluso cuando todo es difícil. —lo miró a los ojos con ternura, tomó sus manos con cuidado— Un lugar al que siempre puedas volver. 

Taeyong se quedó quieto. Lo miró. Lo miró de verdad. Su piel se erizó, conmovido. Yuta no necesitaba grandes gestos para amar. Su amor vivía en los detalles: en una manta extendida, en un calefón que intenta arreglar, en una taza caliente entre las manos. Sintió las ganas de llorar comiéndole el alma.

— A veces no sé qué hice para merecerte —susurró Taeyong con la voz contenida en emoción, sentándose junto a él.

— No tenés que hacer nada. —respondió Yuta, apoyando su cabeza en su hombro— Solo quedarte. 

Y esa noche, en medio de la ciudad congelada, rodeados de silencio y té caliente, Yuta le da a Taeyong el primer pedazo real de su corazón: la promesa tácita de quedarse incluso cuando todo duela. 

Otro día, llegando casi a su quinto año, Yuta llegó con una cámara Polaroid en la mano. Jaehyun se la había regalado al ver la curiosidad en sus ojos cada vez que le hablaba de fotografía. Así, con la cámara, decidió que quería capturar momentos sin filtros, sin repeticiones, sin buscar el ángulo perfecto. Solo fragmentos reales.

— Hoy quiero retratar cómo se ve el amor —dijo levantando la Polaroid con cuidado. Apuntó a Taeyong y, en un instante que duró apenas un parpadeo, la luz atrapó algo invisible: la risa contenida, el calor compartido, la intimidad que no necesitaba palabras.

Taeyong se rió y escondió la cara entre sus manos.

— No me saqués fotos cuando recién me levanto. —de quejó con una sonrisa.

— Justo así es cuando más te quiero. —respondió, la dulzura colándose en su voz, y apretó el botón de nuevo.

Tomó fotos de su novio cocinando en pijama. De su cara cuando probaba una cucharada de sopa. De sus manos arreglando las plantas del balcón. De su perfil iluminado por la pantalla del celular. De su cara dormida, con la boca entreabierta y el cabello desordenado. Luego, pegó todas las fotos en un cuaderno con frases escritas a mano:

"Así se ve la ternura."

"Así sonríe alguien cuando lo aman."

"Así es mi hogar."

En uno de esos días templados de otoño, Taeyong preparó una sorpresa. Había llenado la habitación de luces cálidas, como si un puñado de estrellas se hubiese colado en su casa. En el centro, una manta con velas y chocolates.

—¿Qué es esto? —preguntó Yuta, con los ojos brillantes.

— Nuestro aniversario. —respondió Taeyong— No del día que empezamos a salir. Sino del día que supe que eras mi persona favorita.

Cenaron juntos, con música lenta de fondo. Se dijeron cosas pequeñas, profundas. Promesas sin juramentos, certezas sin necesidad de firmarlas. Esa noche hicieron el amor sin prisa, como si cada roce fuera un poema. Yuta lloró un poco después. Taeyong no preguntó por qué, solo lo abrazó más fuerte.

A veces, lo mejor que tenían era la rutina. Taeyong y Yuta compartiendo una taza de té en la madrugada, leyendo el mismo libro y comentando en voz baja. Haciendo listas de películas que nunca terminaban de ver. Ordenando el placard y peleando por quién se queda con el último buzo.

Taeyong aprendió a leer a Yuta como si fuese un lenguaje. Sabía cuándo estaba triste por cómo se acomodaba el cabello. Sabía cuándo algo lo emocionaba por cómo se le hinchaba el pecho. Sabía cuándo necesitaba un abrazo, incluso si no lo decía.

Y Yuta... Yuta lo miraba como si el mundo entero cupiera en su risa.

Así pasaban los días. Tejiendo recuerdos sin saberlo. Guardando momentos como quien junta quien atrapa pétalos que caen de los árboles: no todos durarán, pero cada uno deja su aroma.

Era un amor cotidiano, sí. Pero también era sagrado. Porque había sido construido con paciencia, con voluntad, con ternura. Y por eso dolería tanto cuando empezara a resquebrajarse.

 

Notes:

¡Hola! Estoy muy nerviosa, al fin publiqué mi primer fanfic en ésta plataforma y sobre este ship que significa mucho para mí así que espero que sea disfrútable y me acompañen en esta historia. No soy muy buena con las etiquetas así que perdón si es muy escaso en información 😭

¡No dudes en dejar algún comentario! Muchas gracias por leer, nos vemos lo más pronto posible.