Chapter Text
Después de todos los acontecimientos con Sukuna y transcurrido el tiempo, los chicos se encontraban en el cuarto de algún hotel, ya que se les había asignado una nueva misión de primera clase. Todos estaban sentados en el suelo, formando un círculo mientras comían sopas instantáneas y bebían —ya fuera té, jugos o refrescos, al gusto de cada quien.
—Esto es una tontería, ¿ahora incluso desde las relaciones amorosas pueden surgir maldiciones tan poderosas? —exclamó con indignación Nobara.
Echó la cabeza hacia atrás mientras exhalaba, apoyando sus brazos por atrás. Itadori miró a su amiga, soltando una risa.
—Bueno, el maestro Gojo decía que no había peor maldición que el amor —dijo Yuuta, con una pequeña sonrisa.
—Y dale con las frases del idiota vendado —alegó Maki quien se encontraba a su lado.
—Bueno, pero no podemos decir que mintió, yo soy una prueba de ello —dijo sereno.
Maki bufó en respuesta.
Después de unos momentos, Kugisaki volvió a hablar con una sonrisa malvada.
—Ya que estamos… —calló unos momentos para mantener el suspenso—. ¿Qué tal si jugamos: “siete minutos en el paraíso”?
Los demás la miraron con curiosidad y otros con extrañeza. No podían creer que la gran Nobara hubiera propuesto jugar ese juego, más lo que no sabían es que ella tenía un plan en mente.
—El juego es simple —tomó su botella y terminó lo último que quedaba de ella, poniéndolo en el centro de todos—. Uno girará la botella y a quien le toque, ambos estarán en este cuarto, SOLOS —enfatizó en la última palabra—, durante siete minutos, donde podrán hacer todo lo que quieran hacer, no hay límites, solo entre ustedes.
Explicó con una sonrisa.
—Eh… Creo que Maki y yo no deberíamos jugar —comentó Yuuta.
—Por ustedes no se preocupen, no necesitan girar la botella —respondió con orgullo, como si todo estuviera bajo control.
Todos los demás se miraron entre sí, unos más convencidos que otros, entre ellos Yuji quien apoyó a su amiga con una sonrisa.
—Vamos, podría ser divertido —animó a los demás.
Al final terminaron aceptando, Megumi solo pudo suspirar y apretar ligeramente su mandíbula ante las ocurrencias de sus compañeros.
—¡Esa es la actitud! —Alzó un puño en signo de victoria y atrajo con su brazo libre a su amigo.
—¡Sí! —también alzó su puño, abrazando por el hombro a la chica.
—Y cómo te veo muy animado, serás el primero —apuntó la chica hacia Itadori.
—Eh… ¿Yo? —Se apuntó a sí mismo, mientras alzaba una ceja, ligeramente nervioso.
Más al ver cómo su amiga asentía, no tuvo más remedio que aceptar.
—Si tú lo dices.
Tomó la botella de plástico que se encontraba en el centro de todos, le dio vueltas. Los demás miraban con atención el objeto, como de a poco iba reduciendo la velocidad.
Nobara notó cómo iba a caer en Inumaki y antes de que eso pudiera ocurrir, disimuladamente sopló. Al final, la botella terminó apuntando hacia aquel chico de expresión aburrida. Fushiguro.
La sorpresa se instaló en todos menos en Nobara y Maki.
—¿No se puede hacer un intento más? —preguntó Itadori, quien disimulaba su nervio con una sonrisa.
—No, reglas son reglas —respondió firme.
Se levantó y con una sonrisa apuntó a sus dos compañeros.
—En lo que ustedes cumplen el reto, nosotros iremos a dar una vuelta. Así que ni se les ocurra escapar.
—¿Una vuelta? Eso les tomará más tiem…
Quiso señalar Megumi, pero fue interrumpido por la chica.
—Basta de charla. Vamos, chicos —dijo y los demás, sin protestar, hicieron caso a la indicación.
Fushiguro y Yuji se quedaron en sus lugares, mirando cómo eran abandonados por sus compañeros y amiga.
—Suerte y no se les ocurra escapar —repitió en un tono amenazante—. Nos vemos.
Todos los demás salieron, Nobara fue la última, cerrando la puerta con llave.
—Kugisaki —habló primero Maki—. ¿Qué intentas hacer?
Ella miró a su amiga y le sonrió.
—Digamos que ciertas personas necesitan un pequeño empujón.
Los demás por fin comprendieron el plan, aceptando sin quejas.
—¿Vamos al centro? Seguro aún sigue abierto —propuso con una sonrisa despreocupada.
—Salmón —contestó Inumaki.
El resto asintió, alejándose de la puerta del hotel.
Dentro del cuarto, Itadori y Megumi no se miraron. No sabían qué hacer, sin entender por qué se ponían nerviosos. Bien se sabía que en este juego no era necesario hacer cosas, algunos aprovechaban para hablar, jugar o confesar.
Cuando Yuji se decidió a decir algo. Megumi se levantó sin hablar, como si fuera a abrir la puerta, pero al tirar del picaporte la cerradura no cedió. Parpadeó, trató una vez más y murmuró una maldición baja que no alcanzó a distinguir Itadori.
—¿Qué pasa? —preguntó, adelantándose con una sonrisa tonta; al ver como Fushiguro sin éxito en abrir la puerta, su sonrisa se desvaneció un instante.
La habitación estaba silenciosa; Itadori metió las manos en los bolsillos, incómodo, se acercó a la puerta. Miró a su compañero y notó su mandíbula tensarse, el ceño fruncido. No sabía si reír o ponerse serio.
—Estamos encerrados —dijo por fin el más alto, sin levantar la vista.
Su voz era plana, pero la mano le temblaba ligeramente cuando intentó de nuevo.
Itadori se echó para atrás, fingiendo calma. Un intento torpe.
—¿Eh? Bueno… Supongo que toca esperar, ¿no? —Su tono salió más alto de lo esperado.
Sentía como el pecho le latía raro, demasiado cerca de su garganta. Megumi por su parte, no respondió, dando un último apretón al picaporte y regresando, esta vez dejándose caer en el borde de la cama, tratando de aparentar calma, pero la funda entre sus dedos se arrugaba por la fuerza con la que lo sujetaba.
No era la primera vez que quedaba solo con Itadori, y aun así, había algo distinto.
El silencio lo aplastaba. Y fue ahí cuando el recuerdo volvió sin permiso, aquella voz que no solo habitó en Yuji, sino en él también; una voz que llamaba a su nombre, teniéndolo en la mira, decidiendo qué hacer con su cuerpo, como si lo hubiese marcado. Había pasado el tiempo, pero a veces aún lo recordaba, como si hubiera pasado el día anterior.
No sabía si lo ponía nervioso era Itadori —sin saber la razón exacta— o la sombra que alguna vez vivió en ellos.
—No hagas esa cara —dijo Itadori de pronto, como si pudiera leerlo.
Este se sentó a su lado en la cama, torpe, como su tono de voz, intentando sonar alegre, pero Megumi apartó la vista. El otro suspiró.
—Lo siento —hablo nuevamente.
Ahora era Yuji quien no lo miraba, viendo sus manos y moviendo ligeramente su pie.
—Sé que hubieras preferido estar en otro lugar antes que aquí, conmigo…
Los ojos de Fushiguro se alzaron apenas, sorprendido como apenado.
—No es eso —contestó, en un tono mucho más bajo e inseguro.
La mirada de ambos se encontró, mas no duró antes de que volvieran a desviar la vista, aunque el joven de cabellos rosados podía jurar que vio un pequeño destello de inseguridad en aquellos ojos tan oscuros como el vacío.
—Es solo que… No quiero hacerte sentir incómodo. Si estamos aquí atrapados, lo que menos quiero es arruinarlo —explicó nervioso, mientras rascaba su nuca.
Megumi se quedó sin palabras, la funda de la cama todavía entre sus dedos. Yuji respiró hondo, listo para seguir hablando, pero su estómago se adelantó, soltando un gruñido que ambos pudieron escuchar con claridad.
—¿En serio? —dijo el de cabellos oscuros, arqueando una ceja.
El otro solo pudo soltar una risa nerviosa.
—Perdona, estoy nervioso, ¿bien? Estos siete minutos me están torturando.
Megumi esbozó una pequeña sonrisa, inesperada, algo que no veía Yuji desde hacía mucho.
Me gusta cuando sonríes… —pensó. Sonrió enternecido.
Ante esa idea fugaz, negó con la cabeza, intentando borrar todo sentimiento.
—Bueno… Podríamos aprovechar los siete minutos para, no sé, jugar: piedra, papel o tijera.
Era evidente que quería cambiar el tema, algo que agradeció Fushiguro —aunque no lo dijera—. Yuji, al estirar su mano hacia él, sus dedos rozan los del otro chico sin querer. Ambos quedan en shock, el más bajo suelta una carcajada para disimular.
—Sabes, ya llevamos más de siete minutos, es seguro que tardarán aún más.
—¡¿De verás?! Se han sentido como una eternidad.
Megumi gira para fulminarlo con la mirada.
—Eso debería decirlo yo.
—Solo bromeó.
—¿Cuándo no?
Itadori suelta una pequeña risa, pero está ya no es nerviosa. Ambos se encontraban más relajados. Impulsivo, se inclina un poco más de lo debido, intentando seguir con la broma, pero la risa se ha cortado, debido al roce accidental, se transforma en un beso torpe, rápido, apenas un choque de labios.
Ambos retroceden enseguida, atónitos.
—Eso no cuenta como arruinarlo… ¿O sí? —pregunta Yuji, con una mueca que él quería intentar forzar en una sonrisa y el ligero sonrojo que se instalaba en sus mejillas.
Megumi, quien estaba aún más sonrojado, se giró y tomó la parte superior de su uniforme para tapar su rostro.
—Solo guarda silencio…
—Claro…
Se quedaron en silencio, uno incómodo como al inicio, aunque un poco distinto.
Los minutos pasaron, lentos. Itadori se armó de valor, yendo con él, con pequeños pasos que retumbaban por toda la habitación, como sus corazones.
—Si quieres… Puedo irme y encerrarme en el baño —propuso, inseguro.
El más alto bajó su mano y giró lentamente, sin mirarlo.
—No, ha sido un accidente…
—Aunque a mí me habría gustado que no lo fuera —confesó a lo bajo, con la cabeza gacha.
Fushiguro lo miró, apretando sus labios, no sabía cómo responder ante aquella declaración, pero no hizo falta, su cuerpo se estaba moviendo solo, con torpeza, pero avanzando hacia el otro. De nuevo, juntos e Itadori levantaron la mirada, temerosos de la respuesta.
No hicieron falta las palabras —al menos no por parte de Megumi— e Itadori lo comprendió.
Yuji inclinó apenas la cabeza de un lado, mientras que Fushiguro lo hacía del lado contrario. Los segundos pasaron, hasta que sus labios se rozaron por fin, suaves, inseguros, como una prueba. El contacto duró un instante, un suspiro, pero ninguno se apartó.
El segundo beso llegó más seguro, con el calor de la respiración entrecortada.
El tercero ya no fue tímido, una entrega completa y firme, aunque algo torpe aún, un roce que solo entre ellos podían entender.
Itadori se sostuvo del brazo del contrario, mientras eran arrastrados a la cama, dejándose llevar. Megumi fue el primero en caer, lo que provocó que se rompiera el beso.
—¿Estás bien…? —preguntó Yuji, quien estaba encima suyo, sin aplastarlo por completo.
—Estoy bien… —respondió, con la cara totalmente enrojecida.
—¿Puedo…? —quería asegurarse de si podía continuar o no.
—¿Lo harías de nuevo?
De nuevo no hubo respuesta, el silencio se estiró, pesado. Yuji trago saliva, Megumi apretó los puños sobre la sábana. Y entonces, sin pensarlo, se volvieron a inclinar, disfrutando el toque suave de sus labios juntos, sus manos y cuerpos.
Esa noche, ambos pudieron dormir en calma, sin que ninguna inquietud se los pudiera arruinar.
Ni siquiera sus amigos que habían regresado, encontrándose con la escena de ambos chicos durmiendo, abrazados. Nobara sonrió cruzándose de brazos.
En serio, tanto drama para terminar así. ¡Qué lentos! —Pensó con gracia y frustración.
