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El aire olía a humedad y gasolina en donde Mox esperaba. Había estado encendiendo y apagando un cigarro sin llegar a fumarlo, impaciente. Había aprendido a controlar la espera, pero aquella noche estaba irritable, con la mandíbula apretada. Seth había insistido demasiado en que viniera, y cuando Seth insistía, era porque había algo detrás.
Entonces lo vio.
Un encapuchado bajando del auto de Seth, pasos vacilantes pero cargados de una familiaridad insoportable. Mox frunció el ceño, como si le hubieran puesto un espejo de hace una década delante.
—Qué carajo… —murmuró, sus ojos azules clavados en esa silueta.
Cuando la capucha cayó un poco hacia atrás, el tiempo pareció plegarse sobre sí mismo. Allí estaba. Roman. Pero no el hombre que esperaba, no el actual, no con el que había logrado reconstruir la conexión despues de su salida. Era el Roman de hace diez años, ese que formaba equipo con él, el que compartía viajes, peleas, planes y silencios.
Mox no dijo nada al principio. Solo miraba, helado por dentro, mientras Roman se quedaba quieto, como un animal joven que teme asustar al cazador.
Seth se adelantó, alzando las manos como si pudiera detener un choque de trenes.
—Mira, no sé qué mierda está pasando aquí. Te soy sincero, yo tampoco lo entiendo. Pero… —se giró hacia Roman un segundo, luego volvió la mirada a Mox— …él insistió. Insistió en verte.
Mox apretó los labios. Podía sentir cómo la sangre le martillaba en las sienes. No era un tipo que se dejara impresionar fácil, pero la visión lo golpeaba en un lugar que creía muerto.
—Esto no tiene sentido —soltó con voz baja, casi un gruñido.
Roman lo miraba, con esa mezcla de vulnerabilidad y obstinación que siempre había tenido. Como si estuviera a punto de decir algo, pero las palabras se le quedaran atoradas en la garganta.
Mox se pasó una mano por la cara. Maldijo en silencio.
Finalmente asintió con brusquedad hacia Seth.
—Se viene conmigo.
Seth lo observó en silencio. Había entendido algo sin necesidad de que Mox lo dijera: esa negativa dura, seca, era en realidad un gesto de cuidado.
Iban a moverse cuando el celular de Seth vibró con insistencia. Maldijo fuerte al ver la pantalla.
—Mierda… —maldijo, guardando el teléfono y mirando a ambos, pero especialmente a Roman—. Tengo una reunión. No puedo cancelarla.
El silencio que siguió fue pesado. Mox no apartaba la vista de Roman, y Roman parecía empequeñecer con esa tensión, como si esperara un juicio.
Seth suspiró y los miró por última vez, con el ceño fruncido.
—Cuídate—le dijo a Mox, y luego, más bajo, a Roman—. Y tú… piensa bien en lo que haces.
Se alejó rápido, perdiéndose en la calle.
El auto de Mox era oscuro, con un interior casi desnudo. Roman se sentó en el asiento del copiloto, los brazos cruzados, mirando hacia la ventana. El silencio era espeso, casi asfixiante.
Mox giró la llave, el motor rugió, y sin pensarlo demasiado, presionó un botón en la consola. Una playlist comenzó a sonar.
Al principio, Roman no reaccionó. Pero a los pocos segundos, su respiración se agitó apenas, y finalmente habló por primera vez desde que habían quedado solos.
—…¿Aún escuchas esa playlist? —preguntó en un murmullo, sin mirarlo.
Mox giró un poco la cabeza, lo suficiente para estudiarlo de reojo.
—¿Qué pasa con ella? —replicó con su tono hosco habitual.
Roman apretó los labios.
—Es la misma que pones… ponías cuando viajábamos juntos. Aun es confuso todo, el tiempo, el lugar, ustedes, Nosotros.
El comentario cayó como un golpe seco en el ambiente. Mox apretó el volante con fuerza, sin responder de inmediato. No necesitaba hacerlo: ambos sabían que era cierto.
El trayecto se hizo más denso, cada canción que sonaba era como una memoria revivida, un eco de rutas, de madrugadas, de todo lo que habían sido y nunca terminaron de dejar atrás.
Mox trató de concentrarse en la carretera, pero no pudo evitar que sus sentidos se encendieran. Había algo en el aire, algo que su instinto reconocía mejor que cualquier palabra. El aroma.
Ese olor natural, único, que siempre había asociado con Roman. Lo tenía grabado, incrustado en su memoria como una marca de fuego. Pero no venía solo: lo acompañaba otro perfume, penetrante, familiar. Seth. Era el mismo que había olido aquella vez en el estacionamiento, mezclado ahora con el de Roman.
Ese olor característico que emana una persona cuando esta bajo ciertas circunstancias.
Mox no necesitaba que nadie le explicara. Su nariz, su instinto y su cabeza ya habían armado la escena. No dijo nada, pero la tensión en su mandíbula lo delataba.
Roman parecía perdido en sus pensamientos, con los ojos brillando hacia la ventana, sin percatarse de la tormenta que crecía a centímetros de él. O quizás sí lo sabía, y simplemente no se atrevía a nombrarla.
El silencio siguió reinando, pesado, hasta que al fin llegaron.
Mox estacionó frente a un hotel discreto, de fachada sobria. No era un lugar cualquiera: era donde él se hospedaba esa semana, entre show y reuniones.
Apagó el motor y por primera vez giró el rostro hacia Roman. Lo observó detenidamente, con una mezcla de incredulidad, ira contenida y esa maldita debilidad que lo corroía cada vez que tenía delante a ese muchacho.
Roman bajó la mirada, los labios entreabiertos, como si hubiera mil cosas que decir y ninguna palabra suficiente.
Mox salió primero, cerrando de golpe la puerta. Fue hacia la entrada del hotel sin decir nada, pero cuando Roman se quedó atrás, se volvió hacia él.
—¿Vienes o qué? —gruñó, la voz grave, cargada de algo más que simple molestia.
Roman asintió despacio y lo siguió, el eco de sus pasos marcando la tensión creciente que los envolvía.
La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por las luces de la ciudad que se colaban entre las cortinas. Roman estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo, como si allí hubiera alguna respuesta que no lograba articular.
—Hasta hace unas horas… —empezó, su voz grave sonaba insegura, como si cada palabra le costara— estaba en otro estadio. Salí de un house show, me despedí de ti… pero no eras tú. Tenías el cabello más largo, menos músculo… y me sonreíste como lo hacías antes. Ese era Dean.
Mox lo escuchaba en silencio, los brazos cruzados, de pie contra la pared. Su ceño fruncido no se relajaba ni un segundo. Intentaba buscarle una lógica, un hilo racional que lo ayudara a entender… pero nada encajaba. Roman hablaba de él como si fueran dos personas distintas, dos versiones divididas en tiempo y carne.
El aire se tensó aún más cuando Roman levantó los ojos y lo miró de frente. Había algo casi intimidado en esa mirada. Sí, Roman era grande, imponente… pero el Mox que tenía delante era más ancho, más endurecido, más fiero que aquel Dean que había conocido.
Mox soltó un suspiro áspero, rascándose la nuca. —No tiene sentido… no ahora. —Su voz fue casi un gruñido, como si quisiera cortar de raíz esa línea de pensamiento. No había cabeza fría posible en ese instante.
Desvió la mirada, carraspeó, y al final dijo algo práctico:
—¿Quieres darte una ducha? Si vienes de un house show…
Mox conocia las manías de Roman. Nunca compartía duchas. No porque le cayeran mal los demás, sino porque eras demasiado jodidamente tímido para ducharse frente a otros que no fueran ellos.
Roman levantó una ceja, sorprendido si penso algo mas no lo mencionó Y asintió con una media sonrisa que apenas duró un segundo. —Gracias.
Mientras Roman desaparecía en el baño, Mox se dejó caer en una silla. Se inclinó hacia adelante, hundiendo la cara en sus manos. ¿Qué demonios estaba pasando? Su pecho ardía con recuerdos, imágenes demasiado vívidas: noches en carretera, las playlists, las risas compartidas en lugares donde nadie más los escuchaba. Todo regresaba con una fuerza brutal. Y ahora, como un castigo o un regalo retorcido, Roman estaba allí otra vez.
El ruido del agua cesó. El chirrido de la puerta del baño rompió la quietud, y entonces Mox levantó la cabeza.
Roman salió con el cabello mojado cayéndole sobre los hombros, gotas recorriendo la línea de su cuello. No llevaba más que un pantalón prestado de Mox, nada arriba. El agua había enrojecido su piel, y pese a ello había marcas, huellas que ni el jabón ni el tiempo podían borrar. Mox las reconoció al instante, con un nudo en la garganta.
No dijo nada. Se acercó en silencio, tomando una toalla entre sus manos. Roman arqueó una ceja, confundido, pero no se movió cuando Mox comenzó a secarle el cabello con una delicadeza casi impropia de él. Sus dedos se enredaban entre los mechones húmedos, y mientras lo hacía, sus ojos viajaban de manera inevitable hacia esas marcas. Cada una confirmaba lo que su olfato ya había detectado en el auto: Roman había estado con alguien más, y ese alguien era Seth.
Dejó caer la toalla con brusquedad sobre la cama, y en un impulso que no intentó contener, rodeó a Roman por la espalda con sus brazos. El calor de sus cuerpos se fundió de inmediato. Apoyó la frente contra el cuello húmedo de Roman y dejó escapar un murmullo ronco:
—Lo siento…
Roman se tensó, inmóvil, con los ojos muy abiertos. Apenas giró la cabeza, lo justo para mirarlo de reojo, cuando de pronto sintió el roce húmedo de una lengua ascendiendo desde la base de su cuello hasta rozar la curva de su oreja. Un escalofrío feroz lo recorrió entero.
Antes de que pudiera reaccionar, un roce. Labios contra labios, torpes, como un choque eléctrico que los dejó paralizados a los dos.
Mox se separó apenas unos centímetros, respirando fuerte. Sus ojos estaban encendidos, rabiosos y vulnerables a la vez.
—Me disculpo por todo… excepto por esto.
Y lo atrapó en un beso más firme, más desesperado, como si quisiera arrancarle el aire, como si cada segundo sin él hubiera sido una condena. Fue un beso de necesidad, de reclamo, de rabia acumulada y deseo reprimido. Sus manos apretaron la espalda de Roman, atrayéndolo más, diciéndole sin palabras: te necesito, maldito seas.
El beso creció como un incendio. Roman lo sostuvo, lo devolvió con la misma necesidad reprimida. El choque de bocas se transformó en una guerra desesperada: dientes que se rozaban, respiraciones que ardían. Mox lo empujó hacia la cama sin soltarlo, apenas dándole espacio para respirar, como si cada segundo de distancia fuera una tortura que no podía permitirse.
Lo tumbó contra las sábanas y se quedó de pie por un instante, observando. Roman jadeaba, con los labios húmedos y los ojos fijos en él. Ese simple cuadro lo golpeó como un recuerdo deformado. Sí, lo conocía. Era Roman. Pero no el Roman que esperaba, pero al final seguía siendo su Roman.
Mox se inclinó y pasó los dedos por su rostro, delineando la barba corta, recién salida, distinta de la que recordaba. El cabello, más largo, cayendo húmedo en mechones pesados sobre su frente y su cuello. Su respiración se cortó, y entre dientes dejó escapar un gruñido bajo.
—Joder… —murmuró, inclinándose más para olerlo, para impregnarse de él—. No estás mal, no… —Sus labios se curvaron en una mueca entre sonrisa y amenaza—. Al actual me le pondría de rodillas las veces que hiciera falta. Pero a ti… —lo apretó contra el colchón, bajando la voz hasta volverla un gruñido— a ti, que no te haría.
Roman tragó saliva, pero no apartó la mirada. No había miedo, solo expectación. Deseaba eso igual o más que su contrario.
Mox recordó unas palabras, no sabía de quién, ni cuándo las había escuchado, pero regresaron ahora como una sentencia: “Ese Roman tiene el rostro perfecto para ser maltratado.”
Y le ardió la sangre.
Sus manos se deslizaron por los brazos de Roman hasta sujetarlos contra el colchón. Su boca descendió hacia su cuello, mordiendo, marcando sin sutileza. Roman soltó un gemido ronco, arqueando apenas la espalda, entregado.
—Mírate… —Mox susurró contra su piel—. Aguantando todo sin decir nada. Siempre tan perfecto.
Dejó que su lengua siguiera el camino de la mandíbula hasta el mentón, volviendo a besarlo con violencia. Esta vez fue distinto: no un beso de reencuentro, sino de posesión. Succionaba, mordía, lo dominaba, mientras una de sus manos bajaba con lentitud por su torso, hasta llegar a su miembro y sujetarlo con una suavidad que contrastaba con sus acciones.
Lento, demasiado lento, para el calor abrasador que sentia. La mano se arrastraba desde la punta hasta la base, a veces dejando un apretón ligeramente más fuerte, otras más duro provocando una fricción tortuosa.
Roman jadeaba, con la piel ardiendo bajo cada roce, buscando sin pudor más contacto.
Lo necesitaba más duro, más rápido, más fuerte. Necesitaba mas.
—¿Te gusta estar así? —le susurró Mox contra los labios, apenas rozándolos.
El ritmo cambió, acelerando de golpe, desenfrenado, apretando lo necesario, si justo así lo quería. Lo sentía en el comienzo de su abdomen bajo, estaba cerca. Hasta que el movimiento se detuvo en seco y un pulgar cubrió su punta.
Roman dejó escapar un gemido profundo, la garganta cerrada por la frustración. Sus caderas se movieron instintivamente, buscando más, pero Mox lo mantuvo firme, presionando su pecho contra la cama.
Volvió a los movimientos iniciales, dejando esta vez que una uña traviesa, rozara más profundo.
Sentía el cuerpo arder. Llevaban así un rato.
El brillo de los ojos de Roman lo decía todo. No necesitaba palabras.
Mox se inclinó, lamiendo la línea de su mandíbula hasta llegar otra vez a su oreja.
—Dime… —susurró, con voz rota y oscura—. ¿Fue Seth tan descarado?
El cuerpo de Roman se tensó, pero no dijo nada. Solo bajó la mirada, los labios húmedos, y el leve temblor de sus manos delató la respuesta.
El estómago de Mox se contrajo en un nudo feroz. Celos, rabia, deseo, todo mezclado en un cóctel venenoso. Sus dientes se apretaron, y lo mordió más fuerte en el cuello, dejando una marca roja intensa.
—Claro que lo fue… —gruñó—. Ese cabrón nunca va a desperdiciar una oportunidad.
Sus labios descendieron por el pecho de Roman, devorando cada centímetro con ansia. Roman se arqueaba bajo él, perdido en la mezcla de dolor y placer, cada vez más cerca del borde.
Mox lo sostuvo ahí, jugando con la desesperación. Lo mantenía atrapado en ese punto insoportable donde el cuerpo clamaba liberación, pero él no se la concedía. Y lo observaba, fascinado, viendo cómo Roman temblaba, cómo se mordía los labios, cómo los ojos se nublaban con necesidad.
—Eres jodidamente hermoso así… —susurró, con una sonrisa peligrosa.
Roman cerró los ojos con fuerza, soltando un gemido que casi fue un ruego. Sus manos intentaron aferrarse a él, pero Mox atrapó las muñecas de Roman con su faja, tirando de ella con firmeza y atando sus manos sobre la cabeza. Roman se tensó inmediatamente, pero no se resistió. Cada músculo de su cuerpo vibraba por la anticipación.
—Eso es… —murmuró, bajando la voz hasta hacerla un filo contra su oído—. Quiero verte suplicar, Roman. Suplicarias para mi.
Su respiración golpeaba contra su cuello. Su lengua volvió a recorrer la piel, dejando un rastro húmedo, antes de susurrar:
—No pienso dejarte terminar… hasta que lo pidas como debe ser.
Y se quedó allí, mirándolo con esos ojos encendidos, bebiéndose cada gesto de su rendición.
—Vamos, Grandullón… —susurró Mox, la voz grave y cargada de promesas y amenazas a la vez.
Roman gimió, apenas un hilo de sonido, y arqueó la espalda mientras sus caderas buscaban contacto. Mox presionó más su cuerpo contra él, dejándolo sentir cada curva, cada temblor, pero sin permitirle la liberación. Lo sostenía firme, cruelmente.
—M-Mox… por favor… —susurró Roman, con un hilo de voz que se quebraba—… Dean…
El corazón de Mox se aceleró. Ese nombre, pronunciado así, con esa urgencia, le recordó todo lo que había sentido y lo que aún sentía. Lo miró a los ojos, notando las lágrimas que amenazaban con brotar.
—Shh… tranquilo, Ro—dijo Mox, bajando la frente contra la de Roman—. Respira… no es momento todavía.
—Pero… por favor… me duele… me quema… —las palabras de Roman se entrecortaban, mezcladas con gemidos—. Mox… Dean… por favor…
Mox apretó sus caderas contra las de él, sintiendo cómo cada impulso de Roman se estrellaba contra su control. Lo observaba con detalle, fascinación y un toque de sadismo: el cabello mojado pegado a la frente, la barba corta que apenas marcaba su mandíbula, la manera en que sus ojos se humedecían de deseo y frustración. Cada pequeño movimiento, cada gemido, cada suspiro, lo mantenía hipnotizado.
Roman arqueó el cuello hacia atrás, jadeando, y susurró casi entre lágrimas:
—Te necesito… Mox… por favor… Dean… contéstame…
El otro suspiró, y con un movimiento lento y deliberado, presionó la faja más fuerte, asegurándose de que Roman no pudiera mover las manos, dejándolo completamente vulnerable. Roman temblaba, sus piernas agitándose ligeramente, pero no podía escapar. Mox bajó la frente hasta su hombro y dejó un beso húmedo que lo hizo estremecerse.
—Eso… eso es lo que quiero escuchar —susurró Mox, dejando que su mano acariciara sus caderas—. ¿Sabes que podrías romperte en segundos si quisiera? Actúas igual que la primera vez que me pediste que te hiciera lo que le hacía a Seth.
—Mox… Dean… por favor… por favor… —las palabras se mezclaban con gemidos, con jadeos, y finalmente una lágrima rodó por su mejilla—. Me… me estoy volviendo loco… por favor…
Mox sonrió contra su piel, arqueando la espalda ligeramente, aumentando la presión de su manl. Roman gritó un jadeo más fuerte, casi llorando de frustración y deseo, pero Mox no cedió. Cada vez que Roman parecía a punto de llegar, Mox cambiaba el ritmo, retrasaba el momento, lo mantenía en ese filo insostenible.
—Así… así me gusta… —susurró.
—Te necesito… por favor… Dean… —las lágrimas ahora caían libremente, y Roman temblaba bajo él.
Finalmente, Mox bajó la cabeza, mordió suavemente su hombro y susurró:
—Está bien… ya basta…
Con un último impulso firme de su mano y la otra acariciando todo su torso, Mox lo guió hacia el clímax. Roman gritó, sus músculos se tensaron, su cuerpo explotó en un estremecimiento total. Las lágrimas y los jadeos se mezclaban con el susurro de su nombre: Mox… Mox… Mox…
Mox lo sostuvo cerca, respirando con fuerza, sintiendo cómo cada fibra de Roman se entregaba por completo. Finalmente, cuando la tormenta pasó, lo abrazó de espaldas, dejando que sus manos descansaran sobre la cintura y el pecho tembloroso de Roman.
—Siempre mío… —susurró Mox contra su cuello, mientras acariciaba lentamente su cabello mojado.
Roman apenas podía hablar, solo apoyó la cabeza contra el pecho de Mox, respirando entrecortadamente, mientras las lágrimas seguían cayendo silenciosas.
Se sentía cansado, entre la situación, todo lo que había pasado en el día, la caricias suaves que Dean le dejaba y finalmente esto. Roman había llegado a su limite.
Mañana se encargarian de encontrar una solución a todo lo que estaba pasando.
Mientras solo quería quedarse ahí, entre los brazos de Dea...Mox. y suponer que todo estaba bien.
