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El altavoces de sonido del estadio había quedado atrás.
La euforia, los gritos, la ovación que temblaba hasta en los huesos… ahora todo era un eco lejano, un recuerdo reciente.
Lo habían logrado. The Shield había vencido a Evolución.
Se abrazaron con la alegría que solo ellos pudieron demostrar, ese amor salvaje que traspasaba la pantalla, esa certeza de que estaban allí para quedarse, de que nadie podría detenerlos.
En ese instante estaban en la cima.
Intocables. Invencibles. Nadie podía igualarlos.
Pero la gloria del combate siempre tuvo su contraparte. Ahora estaban en el silencio del camerino, lamiendo las heridas. El show ya había terminado, y en las pantallas del lugar—esas que servían para mantener a todos al tanto—repetían fragmentos del combate.
Dean, de pie, observaba a sus compañeros de armas. Su mirada se enganchó en la pantalla justo en el momento en que mostraban cómo Evolución había brutalizado a Roman contra un escalón metálico, los kendo golpeandolo.
Los ojos de Dean siguieron la imagen y luego bajaron a la espalda real de Roman, marcada por esos recuerdos recientes. Las líneas rojas comenzaban a oscurecerse en tonos violáceos.
Un sonido molesto se le escapó de la garganta, casi un gruñido. Camino hasta donde el, sin decir una sola palabra y dejó que su mano se posara sobre una de esas marcas.—¿Te duele? —preguntó.
Roman se sobresaltó apenas, solo una fugas mueca de dolor pasandole por el rostro, encogiéndose de hombros, ya acostumbrado.—Lo normal, supongo.
Dean sabía la verdad: Roman nunca había sido fanático del dolor, a diferencia de él.
Irónico, pensó. Teniendo en cuenta a la industria a la que pertenecen.
El viaje de regreso a sus habitaciones fue silencioso. La adrenalina había desaparecido, dejando solo el peso del cansancio y de los pensamientos propios de cada uno.
Dean seguía repasando en su mente lo que había visto. Las marcas, el dolor contenido de Roman. No sabía si Seth pensaba en lo mismo, pero algo le decía que sí.
Fue Seth quien rompió el silencio:
—Ven, Romano. Te pondré algo en la espalda.
Román no protestó. Se sentó en el borde de la cama, obediente, dejando que Seth se hiciera cargo.
Mientras aplicaba el ungüento, Seth le susurraba cosas en voz baja, como si buscara aliviar algo más que las heridas físicas.
—Perdón… esto nunca debió de haber pasado —murmuraba, con una sinceridad que calaba.
Dean, desparramado en un sillón, los observaba con los ojos cargados de pensamientos. Llegó a una conclusión, a un único impulso que no quiso frenar.
Se inclinó hacia Roman y lo besó. Un roce suave, impropio de su naturaleza. Roman no tardó en corresponder, devolviéndole el gesto con la misma necesidad contenida.
Cuando se separaron, Roman lo miró confundido.
—¿Por qué? —preguntó, y enseguida aclaró con nerviosismo—. No me molesta, pero… ¿por qué ahora? Pensé que estábamos cansados y todo eso.
—Lo estamos —contestó Seth, dejando que una sonrisa leve curvara sus labios—. Pero aún queda energía para cuidar a nuestro…
—Big dog —completó Dean, con tono burlón pero lleno de cariño.
El aire se carga de electricidad.
Dean, casi como si hubiera estado esperando toda la noche ese momento, se inclinó hacia Seth y comenzó a desabotonarle la camisa con dedos lentos, saboreando cada paso. La tela se abrió en un gesto de posesión, mientras su otra mano recorría el pecho desnudo con un descaro deliberado.
Sin dudarlo volvió a inclinarse otra vez, con una rodilla como punto de apoyo. Mientras mantenía una mano sobre cada uno de ellos.
Roman quedó atrapado entre los dos, los labios de Dean reclamando los suyos con una intensidad que lo hacía gemir bajo, y el cuerpo de Seth presionando contra el suyo, respirándole en el oído, murmurándole cosas que mezclaban ternura y deseo.
Era torpe, extraño, un ángulo incómodo… pero funcionaba. Como siempre funcionaba entre ellos: desordenado, sí, pero que les resultaba bien.
Roman cerró los ojos cuando Dean se quitó la camiseta y su boca descendió a su clavícula. Sintió los dientes, la succión, la marca dejada a propósito. Una mordida suave primero, después más firme, lo suficiente para hacerle jadear. Seth lo sostuvo por la nuca, obligándolo a inclinar el cuello, ofreciéndoselo a Dean como si fuera un tributo.
La cama King Size crujio bajo su peso. Roman en el centro, con Seth sobre él, apoyado en sus manos, y Dean detrás, con esa sonrisa de depredador que anticipaba lo inevitable.
Las manos comenzaron a moverse: una en el cabello, otra recorriendo la espalda sudada, otra deslizándose bajo la cintura. Cada contacto era una orden, una súplica y una amenaza al mismo tiempo. Roman jadeaba, dividido entre dejarse llevar o luchar por un control que nunca fue suyo.
Dean gruñó satisfecho cuando sintió la dureza de Roman contra la tela de los bóxers. Seth la notó también y deslizó la mano, envolviéndola con aceite y un gesto firme.
Dean le indico a Roman que colocará sus piernas de una manera en la que su propia erección queda entre ellas, comenzando una simulación de embestidas qué rozaba la base de la propia hombría de Roman. Sincronizando cada movimiento con las embestidas de Dean desde atrás, Seth movio su mano al ritmo que me indicaba Dean.
Los sonidos se mezclaron: el golpeteo húmedo de piel contra piel, el jadeo áspero de Roman, los susurros excitados de Seth, el gruñido bajo de Dean al marcarlo con los dientes.
Roman arqueó la espalda, atrapado entre los dos, incapaz de decidir a cuál entregarse primero. Su vocabulario se reduce a gemidos, a balbuceos entrecortados de placer.
Cuando Seth lo masturbaba con más insistencia y Dean empujaba contra sus muslos, Roman se quebró con un gemido ronco, corriéndose en la mano de Seth y temblando entre sus cuerpos.
El calor pegajoso, la respiración entrecortada, las marcas en su piel… era demasiado y al mismo tiempo exactamente lo que necesitaba.
Dean no paró, buscaba su propia liberación, la mano de Roman ayudaba a Seth. Se frotaba contra él con desesperación, hundiendo la boca en su cuello y hombros, dejando huellas de dientes y de labios húmedos. Seth lo besaba con ternura feroz, como si en cada roce intentara recordarle que estaban juntos, que lo tenían.
Y en un último movimiento ambos alcanzaron la cima, manchándolo en proceso.
El agua caliente de la ducha los envolvió después. Roman soltó un gemido cuando la presión alivió su espalda maltratada. Dean río, histérico, como si el simple hecho de estar juntos en ese momento fuera una victoria más grande que la del cuadrilátero. Seth los observaba, dejándose llevar, disfrutando de que ninguno de ellos tuviera que ser serio por un rato.
Los siguientes días serán duros. Por las razones que fueron. Pero por ahora, en ese instante, solo existían ellos tres.
—Todos estaremos bien. Mientras recordamos lo que es real —dijo Dean finalmente, y estiró el puño que sorprendió incluso a Seth.
Roman crecerá y chocó el puño. Luego, ambos miraron a Seth, que vaciló apenas antes de unirse al gesto. Si notaron su duda, ninguno lo mencionó.
—Siempre que estemos juntos. —Fue la promesa tácita que flotó en el aire.
Seth lo pensó de nuevo cuando levantó la silla.
Lo pensé cuando el primer impacto cayó sobre Roman.
Lo pensé cuando lo miró caer a la lona.
Siempre estaremos juntos.
Ese fue también su último pensamiento antes de golpear a Dean con la misma fuerza.
El 2 de junio de 2014, Seth Rollins traicionó a The Shield.
