Work Text:
—Por Dios, Wilson. Si vas a tirarte un pedo, al menos sal al balcón.
Era un jueves por la noche, de esos que aprovechaban viendo la L. y bebiendo cerveza barata, ahora sin alcohol, cuando House no tenía ningún paciente excéntrico al que diagnosticar. El susodicho acababa de salir de su remojo en la bañera de Wilson bajo la excusa de que le dolía la pierna, y Wilson se negaba a molestarse en debatir la veracidad del asunto cuando estaba probando una receta nueva.
—Esa no es manera de hablarle al hombre que te mantiene con vida —repuso desde la cocina.
—¿Qué estás haciendo siquiera? Vamos ya, estás haciendo esperar a nuestras lesbianas.
Se acercó a Wilson, cosa que no habría hecho de haberse instalado ya en el sofá.
—Es coliflor. ¿”Nuestras lesbianas”?
—Vaya, pensaba que era lavanda. Huele a mierda, claro que es coliflor.
—Olvido que tus sentidos del gusto y del olfato empezaron a gestarse hace cinco años. —Wilson metió la bandeja en el horno—. Lleva huevo, queso, leche, orégano y albahaca y está condimentada con sal y pimienta al gusto, o en este caso, al mal gusto, o sea, al tuyo.
Una sonrisa ladeada, sincera, brotó en los labios de House. Era un hombre extraño: se cabreaba cuando Wilson trataba a las personas con dignidad y respeto y celebraba cuando hacía lo contrario, y más si era él el receptor de sus transgresiones. Sacaba lo peor de él (o lo mejor, a estas alturas ya no estaba seguro), evidenciado en el piano en la esquina del salón, y se enorgullecía enormemente de ello. Quizá lo más terrible fuera que Wilson disfrutara de ese razonamiento retorcido.
—¿No son como nuestras hijas?
Wilson frunció los ceños, aturdido tanto por la pregunta como por el cambio de tema.
—¿Verías a tu hija teniendo sexo con otra mujer? —contestó.
—Estamos en el año 2010, abre la mente.
—No sé por qué, pero me da la sensación de que ese no es el problema.
—Claro, te preocuparía más que nuestra hija saliese lesbiana.
—No me refiero a– ¿Puedes dejar de hablar de “nuestra hija”?
—Tú eres el que quiere formar una familia, no yo.
—¡No contigo!
House se llevó una mano al pecho, visible y falsamente ofendido.
—¡Solo me quieres para lo que te conviene!
—¿Y para qué es eso, exactamente? —Wilson se cruzó de brazos.
Conversaciones más raras habían tenido. Wilson se entretuvo con la idea de criar una niña con House mientras encendía la tele. Entretener significando, en este contexto, apuntar todas las razones por las que la idea era ridícula e inverosímil. Aunque cada vez menos si tenía en cuenta que rozaba ya los cincuenta y aún no gozaba de ninguna relación amorosa estable en su vida.
El recuerdo de Amber se asentó amargo en su estómago de buenas a primeras, pero logró empujarlo. Le ocurría a menudo. A veces al ponerse la corbata antes de ir a trabajar, otras al fregar los tuppers de la comida, otras al ver la L. con su mejor amigo. ¿Sería House un buen padre? Necesitaba desesperadamente meterse en la cama con una mujer si empezaba a hacerse esas preguntas…
Esa misma noche soñó que House mataba a una paciente suya para quedarse con su hija recién nacida y que la traía al piso dentro de una cesta como si fuera una versión perversa y motorista de la cigüeña. Fue suficiente para obligarlo a iniciar sesión en solteros.es otra vez.
—
Al día siguiente, House se despertó a las nueve y media, se metió dos ibuprofenos y un café entre pecho y espalda, se echó en la mochila su correspondiente tupper de coliflor sin rechistar (como el perro obediente en el que su psiquiatra lo había convertido) y se fue al trabajo. Rechazó las propuestas de todos sus empleados, excepto la de Taub para hacer de rabiar a Foreman, y dedicó el resto de la mañana a calentar la silla hasta que llegó la hora del almuerzo.
—Hora de degustar la selección del chef de hoy: la chou-fleur au four —le dijo a Wilson en su despacho conforme enganchaba su bastón en el perchero. Colocó el tupper sobre el escritorio como si se tratase de caviar en bandeja.
La mirada grande y achocolatada de Wilson lo escrutó en pos de gato encerrado, su cabeza ligeramente ladeada.
—¿De verdad, o…?
—Siempre he sido un gran fan de la verdura.
House tomó asiento. Wilson alzó las cejas.
—Vale —dijo.
Él ya había probado bocado: su tupper descansaba abierto sobre el escritorio entre documentos y servilletas, lo cual no era nada fuera de lo común. Raramente se ponían de acuerdo para comer juntos: ocurría y ya. Pese a ello, House percibía algo extraño, precavido, en la postura de Wilson, en la sigilosa rigidez de sus hombros. Él era el que tenía gato encerrado.
—¿Y bien? —preguntó.
House masticó. Era, en verdad, una especie de gratinado, así que la coliflor se deshacía blanda y vomitiva en su boca. Pero sabía mejor de lo que olía.
—Te gusta —dijo Wilson tras analizar su expresión.
—No cantes victoria tan rápido. Está salado como los perros.
Wilson resopló, incrédulo.
—¡Eres tú el que siempre se queja de que no le echo suficiente sal a la comida! Espera, ¿qué haces?
House llamó a Chase por el busca, quien se presentó ahí en cuestión de segundos.
—¿Qué es tan urgente? —jadeó.
—Ven. Abre la boca. —House le tendió el tenedor. Chase titubeó, pero su jefe había difuminado tanto la diferencia entre empleado y conejillo de Indias con el paso de los años que le hizo caso—. ¿Cómo está?
Chase tragó, pensando en su respuesta como si estuvieran en mitad de un diferencial.
—Bi… —Cambió de idea cuando vio la cara de House—. Bueno, está un poco salado.
Wilson lanzó las manos al aire.
—¡No vale! Chase fue tu primer empleado. Está domesticado como un perro pavloviano.
Él asintió, sonriente, casi orgulloso. Qué chaval más raro.
—Está bien, llamaré a Taub. —House sacó el busca otra vez.
—¡Taub es peor! No– no llames a nadie.
—Vale. Chase, llama a Foreman.
—Foreman está haciendo una prueba —informó Chase.
—Yo también —respondió House—. Llámalo. Y ya puedes irte.
Chase se encogió de hombros y se fue.
—Ese es mi chico.
—Sabes, es fascinante cómo tratas a tus empleados como perros. Eso y tu hábito de humillarme delante de ellos —dijo Wilson.
—Ya, me va el BDSM. —House siguió comiendo—. Es raro. Pensaba que tenías un palo metido en el culo hoy porque te preocupaba especialmente lo que opinase de tu comida, lo cual sería muy patético, pero sigues igual. Así que tiene que ser otra cosa…
Exploró las posibilidades. Algo había ocurrido entre hoy y anoche; Wilson no estaba así de raro ayer. No podía estar ocultándole un ligue con alguien del hospital porque llevaba puesta una corbata normalita, a no ser que se hubiese puesto esa corbata precisamente con la intención de despistarlo. Mm.
—Ilumíname. —Wilson se llevó otro pedazo a la boca.
—¿Tienes planes esta noche? —tanteó.
—Voy a cenar con Cuddy y con Lucas.
House entornó la vista. Lo dijo con una ligereza cotidiana, sin mucha importancia. O trataba de restarle peso al asunto para que no se sintiese herido o era una tapadera ensayada. No tuvo tiempo de darle vueltas, sin embargo, porque en ese momento Foreman entró en el despacho.
—¿Me has llamado para invitarme a vuestro pícnic? —se dirigió a House, molesto.
—Se te ha olvidado traer a Trece a nuestra doble cita. —Pinchó la coliflor con el tenedor y se lo ofreció—. Di “ah”.
Foreman suspiró y cogió el tenedor.
—Está bien. Un poco salado. —Se lo devolvió—. La paciente está estable, pero la prueba de sarcoidosis no ha sido conclusiva.
House le sonrió a Wilson, engreído.
—Pues hazla otra vez —le dijo a Foreman.
—La he hecho dos veces.
—Pues hazla otra vez.
Antes de que pudiese reponer, tanto su busca como el de House pitaron.
—Tiene que estar convulsionando. —Foreman ya estaba saliendo por la puerta.
House se incorporó, agarrando su bastón. Apuntó a Wilson con él, tupper olvidado.
—Esto no se ha acabado.
Wilson alzó un ceño en respuesta.
—
Se anudó la corbata al cuello. No era su favorita ni mucho menos, pero cada vez que se la ponía recordaba aquella borrachera con House siete u ocho años atrás en la que le susurró, de párpados caídos: “estás irresistible con el verde”. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había recibido un cumplido sincero y directo de House, especialmente en relación con su elección de corbatas, así que el recuerdo se le había quedado grabado a fuego en la cabeza. Ni siquiera le constaba que él se acordase de aquella noche. Se secó las manos en el pantalón, repentinamente sudorosas. Los nervios eran normales: llevaba un buen tiempo sin salir con una mujer. Se desató la corbata. Le estaba apretando demasiado.
—Cuddy apreciará que te hayas puesto tu corbata más espantosa para verla.
A través del espejo, Wilson contempló a House apoyado en el marco de la puerta, su bastón clavado en el suelo. Su presencia era un mal augurio, equivalente a cruzarse con un gato negro por la calle o algo así. Se giró sobre sus talones para encararlo.
—No es tan fea —fingió inseguridad.
—Sería menos fea si te la quitases.
En un inesperado giro de eventos, House se acercó a él. No para quitársela, sino para envolver su cuello en ella con delicadeza, sus dedos largos y ásperos rozándole el pecho conforme trabajaba el nudo. No le quitó el ojo de encima en ningún momento. Wilson se humedeció los labios. ¿A qué clase de juego retorcido le estaba sometiendo esta vez? Espera, no. No, no.
—Hecho. Ya puedes ir a seducir a la siguiente doña Wilson. —Lo había averiguado.
Wilson quiso soltar alguna especie de reproche, pero estaba tan aturdido que se limitó a darle las gracias. Se puso la chaqueta del traje y salió de casa.
—¡No vuelvas muy tarde, cariño! —House se despidió desde el salón.
Pese a que no era una noche fría, le ardía la nuca. Tenía la lúgubre sensación de que iba a acabar de alcohol hasta las cejas– no, no; la cita saldría bien. Se tomaría unas copas con ella y, en el caso de que no pudiese acogerlo en su casa, la traería al piso. La idea le hizo ajustarse la corbata, ceñida como una soga. Sabía que no debía importarle, que debía ponerse a sí mismo primero, pero House estaba en plena recuperación y él era su pilar. No deseaba incomodarlo en su propia casa o hacerle pensar que iba a echarlo por la primera menganita de turno. Ni quería que ella se encontrase con él por la mañana, claro estaba. Sería catastrófico para ambas partes. Suspiró. Todo siempre era complicado con House. ¿Por qué estaba tan acalorado?
—
Sabía que Wilson había agarrado un buen pedo cuando escuchó las llaves golpeando torpemente la cerradura de la puerta sobre las dos de la mañana. Al principio no se dignó a levantarse del sofá para abrirle, pero pasado el minuto el chiste perdió la gracia. Su cita había tenido que torcerse bastante para que acabase así de borracho, y más cuando el efecto de los antidepresivos menguaba su risible tolerancia al alcohol.
—¿Le has puesto ya el anillo? —se burló de él en la entrada.
Sus mejillas estaban deliciosamente encendidas. Su aspecto desaliñado constituía un rompecabezas interesante: mechones revueltos, corbata deshecha, cuello besado de rojo, chaqueta arrugada, camisa medio desabrochada.
—Imbécil —carraspeó Wilson, resentido, su mirada desenfocada. Triste era una cosa, ¿pero malhumorado? Franqueó a House y se adentró en el piso ayudándose de la pared. No podía ni caminar bien. Llevaba tiempo sin verlo así.
—¿Qué mosca te ha picado? —La curiosidad se prendió en su pecho. Su radar Wilson había detectado una anomalía en el sistema y debía llegar al fondo del asunto.
Le ayudó a llegar a su habitación, donde se desprendió de la chaqueta y los zapatos y se tiró sobre la cama como un bicho muerto.
—Déjame, anda —balbuceó—. Mañana te lo cuento.
House no se apartó del umbral, sin embargo.
—¿Ni una pistita? —insistió.
Wilson le arrojó un cojín a ciegas. Se estrelló contra la pared.
—Buenas noches, House. —Y se durmió.
Se encogió de hombros y abandonó la habitación, no sin antes dejar sueltas las cortinas. La parte de él que mantenía cerrada bajo llave se sentía aliviada de verlo así, patético y destrozado, pero no era algo que estuviese dispuesto a explorar en ese momento. Su pierna agonizaba como lo había estado haciendo toda la noche; ya iba siendo hora de que se acostara, si es que lograba conciliar el sueño. Dios, extrañaba el alcohol.
—
Ansiedad e inquietud arremolinados en su pecho, Wilson abrió los ojos. Contempló las grietas del techo mientras se mentalizaba para levantarse, un suave dolor latiéndole en las sienes a modo de advertencia: “no te levantes, quédate aquí. Para siempre.”
Puso los pies en el suelo. Los latidos se transformaron en una presión desgarradora, una cinta que amenazaba con partirle el cráneo en dos. Se tambaleó hasta el baño, desorientado, y se metió en la bañera sin siquiera mirarse al espejo.
Conforme se enjuagaba el sudor amargo, ciertas viñetas fugaces de la noche anterior comenzaron a estallar en su mente. Los labios rojos de Sam, sonrientes sobre su copa; sus uñas masajeándole el cuero cabelludo; su mano empujándolo contra el colchón, suave, como si estuviese manipulando cristal. Y entonces, una culpa espesa. Cerró los ojos.
—¿Te encuentras bien, James? Te veo distraído. ¿Quieres que paremos?
Los ojos azules de Sam se tiñeron de preocupación.
—No– no, por favor. Sigamos. —Wilson trazó círculos sobre su cadera a modo de afirmación.
Sam lo besó. La necesitaba. Sus dedos lo acariciaron a través de la ropa interior, finos y pacientes. Wilson imaginó cómo se sentirían si fueran más largos, más ásperos.
Un momento. ¿Cómo que…?
Él quería esto. Lo deseaba, deseaba sentir la calidez de Sam envuelta en él. ¿Por qué su cuerpo no estaba respondiendo?
—James, creo que…
—No sé por qué– Sam, no importa. —La acercó más hacia sí—. Te complaceré de otra manera.
—No, James. Llevamos aquí un rato. No quieres.
—Será el-el alcohol. —Trató de infundir su mirada de seriedad—. Sí quiero. En serio.
—No pasa nada —le sonrió, comprensiva. Abandonó su regazo; la ausencia de sus muslos le dejaron las piernas congeladas—. Probemos otro día, ¿sí?
Le tomó la frente y plantó un beso sobre ella. Wilson suspiró, un alivio sucio limpiándole el pecho.
—Lo siento —repitió.
—Puedes pasar la noche aquí, si quieres —le sugirió ella.
Una vergüenza repugnante le impidió ceder.
—No… no, gracias.
Se vistió con hastío y Sam lo acompañó hasta la puerta en silencio.
—¿Te vas solo?
El rostro de House casi le hizo vaciar el estómago.
—Sí, sí. Tranquila, me andaré con cuidado.
Sam le dio un pico.
—Buenas noches.
Wilson bajó la lástima junto a la pastilla de ibuprofeno y al vaso de agua sobre su mesita de noche. No hizo esfuerzo alguno por correr las cortinas para que entrase la luz; los ojos le explotarían dentro de las órbitas si lo hiciese. Al menos ya se sentía más persona, aseado y todo. Solo necesitaba un café.
Todo sentido de personalidad abandonó su cuerpo en cuanto divisó el plato de tortitas frías sobre el pollo de la cocina. Sacudió la cabeza: el dolor seguía ahí. Se planteó por un segundo la posibilidad de que un gnomo se hubiera colado en su casa mientras dormía. ¿House había hecho todo eso por él, desde la bondad de su corazón? ¿Desde el ibuprofeno y las cortinas hasta las tortitas? La ansiedad le punzó el pecho. Se llevó la mano allí. Así era como moría, en mitad de su cocina por culpa de la resaca y un gesto insólito de amabilidad de su diabólico mejor amigo.
Se preguntó dónde estaba conforme metía el plato en el microondas. Como invocado por el pensamiento, un fuerte golpe retumbó en las paredes y le hizo bufar del dolor. Buscó la fuente del ruido.
—Ey —House alzó su bastón a modo de saludo. A Wilson se le pasó por la cabeza serrarlo otra vez—. Bueno, desembucha.
Wilson pestañeó.
—Si era un plan elaborado para que te abriese mi corazón, lo acabas de estropear.
—Entre otras cosas. —House meneó las cejas.
—...¿Lo era?
Desvió la mirada y se rascó el costado.
—No podía quedarme dormido.
Wilson ladeó la cabeza, sospechoso. Hasta estaba hablando más bajo para no agravar su dolor. Claro que ya no servía de mucho después de haber estampado el bastón contra la pared.
—Ha sido muy… considerado de tu parte —dijo.
—Ya, ya, la rehabilitación ha sacado lo mejor de mí —se mofó, frotándose la pierna—. Saltemos a la parte en la que me cuentas en detalle cómo arruinaste tu cita.
Wilson preparó dos cafés y tomaron asiento. Como era de esperar, House se robó unas cuantas tortitas. Sus dedos ásperos rasgaron la masa blanda para llevarse un pedazo a la boca. Sus dedos…
—Usa cuchillo y tenedor, animal.
Tragó.
—Te emborrachaste hasta arriba, lo que significa que algo te hizo sentir lo suficientemente mal como para atiborrarte de alcohol, pero también estabas pringado de pintalabios, así que llegaste por lo menos a acostarte con ella. Eso o te liaste con otra luego.
Por supuesto que ya había recreado toda la historia. No le extrañaría si eso fuese lo que le mantuvo despierto. Suspiró, pinchó un trozo con el tenedor y masticó.
—¿Y tu conclusión es…?
—Que hicisteis un coitus interruptus antes del coitus. Ella… o tú, calientabragas. —Bastardo miserable—. Si hubiera sido ella, poca razón habrías tenido para martirizarte. Es más, seguramente habrías ofrecido abrazarla toda la noche o algo de ese calibre enfermo. Por el contrario, si hubieses sido tú…
—¿Para qué me pides explicaciones si ya te has montado la tuya? ¿Es este mi castigo por fallarle a mi masculinidad? ¿Tener que escucharte alardeando de tu superioridad intelectual? —dijo, derrotado.
—A tu masculinidad, ¿eh? A lo mejor no te arrepentiste —House continuó—. A lo mejor…
Wilson se tapó los oídos.
—Basta, por favor.
House sonrió detrás de su taza, perverso y triunfal.
—Ah, Wilson, cuándo aprenderás. El alcohol nunca te ha hecho bien.
Extrañamente, los músculos de la espalda se le descomprimieron uno a uno. Sí, aquello fue culpa del alcohol, nada más. Él quería. Con ella. Le dio un sorbo tembloroso al café.
—Felicidades, has resuelto el puzzle. Espero que estés contento.
—Depende. ¿Habrá una segunda oportunidad?
Era una buena pregunta, sí. Le había resultado refrescante volver a ver a Sam y comprobar cómo le iba, cómo era la misma mujer con la que estuvo casado y a la vez alguien tan diferente. No obstante, ahora la asociaba con lo sucedido la noche anterior, llena de sentimientos confusos que le revolvían el estómago; no sabía si estaba preparado para verla de nuevo. De hecho, no sabía si estaba preparado para volver a ver a ninguna otra mujer nunca más en su vida. Tal vez su capacidad de dar y recibir afecto había caducado y su destino era lamentar la muerte de Amber hasta que fuese su turno de ser lamentado.
—Quizá. Quién sabe —respondió—. No. No creo. —Enterró el rostro en sus manos—. No debería.
Era la ansiedad hablando, era consciente. Todas sus resacas habían sido así desde que empezó a tomar antidepresivos. Esos pensamientos debilitantes le hurgaban en lo más profundo de su ser, empujándose los unos a los otros, pesados y voraces, y se veía físicamente incapaz de ponerles fin.
—He alquilado Resacón en Las Vegas —dijo House.
Wilson alzó la vista.
—Qué apropiado.
—Vaya que sí. No hay nada más alentador que una comedia mediocre, Wilson. Y en nuestra tele nueva. Pero no te vengas arriba, que el que va a fregar los platos del desayuno eres tú.
Por descontado. No pudo reprimir la sonrisa que le provocó su intento de consolarlo.
—Que tu sentido del humor esté atrofiado no significa que todas las comedias sean mediocres, House.
—
House cruzó las puertas del Hospital Universitario de Princeton-Plainsboro con ganas de vivir. Se había despertado cinco minutos antes de que le sonase el segundo despertador, el dolor de su pierna era lacerante en lugar de infernal y la idea de cumplir sus horas en la clínica se le antojaba un 2% menos vomitiva que de normal.
La tarde del día anterior le había abierto la ventana a algo que llevaba una década anhelando en silencio, a oscuras; algo que confiaba en que se llevaría a la tumba.
La luz fría de la televisión contrastaba con el atardecer taciturno que bañaba el piso y proyectaba sombras sobre la piel de Wilson. Sus ojos oscuros reflejaban programas que sabían que no iban a ver: noticias, deportes, el tiempo, cocina. Dos, tres, cuatro cuencos vacíos de palomitas ocupaban la mesa junto a bolsas de patatas y refrescos. Las latas de cerveza descansaban cerradas dentro de la nevera.
—Deberíamos ir cenando ya —dijo House. En algún momento de la maratón, su espalda le había exigido que se tumbase y había acabado con las piernas en el regazo de Wilson, quien reposaba una mano sobre ellas. Era algo que ocurría cada vez que pasaban más de dos horas en el sofá.
—Mm. —Wilson siguió zapeando, ausente—. ¿Tailandés?
Tal vez un día entero viendo pelis basura no era la mejor forma de recuperarse. La mezcla del alcohol y los antidepresivos le tenía los ánimos por los suelos. Conociéndolo, estaría sopesando una vida de soledad interrumpida únicamente por su única, miserable y cargante amistad aparte de Cuddy, quien había formado ya su propia familia. No eran más que chorradas, pero House comprendía que esos pensamientos escapaban los dominios de su cerebro drogado y resacado. Al contrario, Wilson era capaz de amar y ser amado por infiel que pudiese llegar a ser: su retorcida amistad con House era prueba de ello.
—No me apetece pedir. —House estiró los brazos.
El rostro de Wilson era ilegible, pétreo, su mirada pegada a la pantalla. House albergaba la pequeña esperanza de que le mandase a la mierda, de que le dijese que cocinase él si no quería pedir.
—Vale —exhaló, cansado. Hizo el ademán de quitarse las piernas de House de encima para levantarse, pero él no se dejó.
—Venga ya —lo detuvo—. ¿Qué eres, una alfombra? Quédate aquí. Prefiero que sigas lamentándote en el sofá a que manches mis sartenes con tus lágrimas metrosexuales.
Wilson lo miró al fin con un atisbo de emoción: asombro y confusión. Ambas, aunque merecidas, le escocieron.
—Sí que estás cocinitas hoy. ¿Qué tienes pensado?
—Sus deseos son órdenes, milady.
La suave risa de Wilson retumbó en su esternón.
—Me da igual. No me voy a poner quisquilloso, vaya a ser que se te pase el pronto.
—En esta noche lúgubre y deprimente… ¿Un omelette aux épinards, tal vez?
Le constaba que Wilson llevaba cosa de una semana intentando meterle verduras en la comida a cascoporro. La mayoría de veces ni las cataba, pero podía darle el gusto de vez en cuando.
—¿Espinacas? Oh, no. No, no, no, no. ¿A qué clase de lobotomía te has sometido esta vez, House? Porque… sigues limpio… —Dejó esto último abierto, como con duda.
—Limpio y con un maduro paladar —puntualizó House.
La cháchara de la presentadora de la tele llenó el silencio. Wilson la apagó al cabo de unos segundos. Una bandada de pájaros se alzaba al vuelo afuera.
Al principio, fue apenas un roce, una chispa. House creyó haberlo imaginado. Pero entonces sintió contacto puro, un desliz del pulgar sobre la piel de su pierna. El pulgar de Wilson, acariciándolo. Sus ojos de gacela parecían estar a punto de derretirse, colmados de ternura, de agradecimiento. House no lo miró. Se le había cortado la respiración.
No cenaron tortilla de espinacas. House sacó dos hamburguesas del congelador y las preparó en diez minutos.
Vale que Wilson había estado emocionalmente destripado y que House jamás había sido un paño de lágrimas, pero nunca lo había mirado así. Nunca lo había tocado de una manera tan escalofriante. Pese a su regocijo, tenía un mosqueo terrible. Un cambio, una alteración. Algo había dado pie a ese giro de tuerca en la mente de Wilson. ¿En qué momento? ¿Era real o un simple producto de su ansiedad? El enigma lo estaba volviendo loco: lo amaba y lo odiaba a partes iguales. Debía diseccionarlo como a una rata muerta.
—
Si alguien se acercaba lo suficiente a Wilson, podía oler la humillación marinada en sus poros. Ni siquiera se debía ya a su cita, sino a la facilidad con la que la resaca lo había destrozado. Años y años de antidepresivos y psicólogos para que sus propios medicamentos acabasen jugando en su contra. Había sido patético. Y eso no era lo peor. No, no, no. Lo peor era la calma antes de la tormenta. ¿De cuánto tiempo de paz disponía antes de que House se encargase de informar a todo el hospital de su descuido? Ya no se fiaba… desde lo de las ninfas del bosque. Nunca se fiaba, de hecho: era solo que bajar la guardia con House resultaba tan sencillo como mantenerla. La amistad con ese hombre era un arma de doble filo.
Por eso el lunes entró al hospital con los huevos encogidos. Y el martes. Y el miércoles. Sin embargo, en una sorprendente racha benevolente de House, la tormenta nunca llegó. Todo lo contrario. —Estás escondiéndome algo —Wilson le dijo a House en su despacho una noche.
No había rastro de sus empleados; era probable que estuviesen haciendo una prueba o sumergiendo al paciente en lava o a saber qué.
—Si por “algo” te refieres a “ponerte los cuernos con una prostituta”, entonces supongo que sí —respondió House. No lo miró, concentrado en su lectura.
—Friegas los platos. Me doblas la ropa. Bajas la tapa del váter. Hasta hiciste un potaje el otro día. Ni siquiera sabía que podías hacer potaje.
—Puedo hacer muchas cosas.
—¿Cuál es el plan, matarme de la amabilidad? ¿Vas a dejar de usar mi bañera?
No sintió ningún tipo de decepción cuando House se quitó sus gafas de lectura.
—Te mosqueas cuando soy un capullo. Te mosqueas cuando no soy un capullo. ¿Qué tiene que hacer un hombre para contentar a su mujer? —Su exasperación era puro teatro.
—Jo, jo. En tus términos, eso no es “no ser un capullo”. Es ser un, qué sé yo, un mesías. —Pausó—. ¿Es… es por tu pierna? ¿Te duele menos?
La verdadera pregunta, la misma que Wilson le había hecho días atrás, quedó suspendida en el aire. Flotaba entre ellos, densa y peligrosa. Quería creer en él, incluso tras todos estos años de verlo destrozarse a sí mismo, de rechazar su ayuda una y otra vez. Moribundo y tendido sobre su propio vómito en Navidad. Quería creer en él y que él fuera consciente de ello. No era fácil.
—”¿Te duele menos?” —se mofó, irritado—. No soy uno de tus niños con cáncer. Y sigue soñando, he meado en esa bañera. Es mía.
Atemorizado, Wilson abandonó el despacho.
No volvieron a tocar el tema en toda la semana. Para su sorpresa, el comportamiento de House no se alteró en lo más mínimo. Cuatro días enteros de su amigo siendo un excelente compañero de piso, exceptuando las discusiones frecuentes y la habitual broma pesada. Le aterraba pensar en House diciéndole algo al estilo de “Me alegro de que seamos amigos”, “Gracias por haberme tolerado todos estos años” o “Te necesito”, aunque también lo ponía al borde de un orgasmo. Emocionalmente hablando.
Lejos de tranquilizarlo, esa afabilidad exprés le tenía la tensión por las nubes. Así que se propuso llegar al fondo del asunto con el método predilecto de House y sus lacayos: jugar a ser detective.
Esa mañana, entró al despacho exterior del Departamento de Diagnóstico Médico para hacerse un café. Lo típico.
—Tiene que ser un tumor. Haced una IRM para confirmarlo.
La pizarra estaba anotada con una serie de síntomas inconexos. ”Tendencias suicidas”, “insomnio” y “alucinaciones”, entre otros, formaban una autobiografía interesante.
—No vimos nada en la primera —argumentó Chase.
House se giró hacia él.
—Dios, es como si pensases a través de tu pelo. Ahora que te has rapado, tus ideas son igual de estúpidas que las de Taub.
El rostro del susodicho permaneció intacto. Una media sonrisa, las cejas gruesas y bajas en línea recta. House tenía a sus empleados acostumbrados al abuso verbal. Lo dicho: domesticados.
—...¿No vimos nada porque no lo estábamos buscando? —asumió Hadley.
—Esa es mi chica.
—Vamos a matarlo de verdad si hacemos otra IRM —intervino Foreman—. Su sistema inmunitario ya está comprometido.
House tapó el rotulador y agarró su bastón de donde lo había enganchado.
—Los que tengáis algo de valor que aportar, haced la IRM. El resto —miró a Foreman— id a la casa y buscad toxinas.
Café hecho, Wilson se marchó para sopesar la situación en su despacho: House seguía siendo igual de capullo con su equipo, lo que significaba que su dolor no se había suavizado. Pero era demasiado pronto para extraer conclusiones. Necesitaba recabar más información.
—¿Qué quieres, James? —De manera similar a House, Lisa no levantó la cabeza cuando Wilson entró a su despacho, absorta en sus documentos.
—¿House está cumpliendo sus horas de consulta?
Lisa suspiró. “Por supuesto que esto va de House”, probablemente pensó para sus adentros.
—No, y como no pilles puerta ahora mismo te las voy a dar a ti.
Wilson inhaló. Le escocía tener que recurrir a Lisa para esto sabiendo cómo estaban las cosas entre ella y House, pero no sabía a qué otra persona recurrir.
—Escucha. House me está volviendo loco. —Ella le lanzó una mirada que sugería que el loco era él, lo cual tenía sentido puesto que House siempre lo estaba volviendo loco—. No, no, lo digo en serio. Está– está comportándose como una persona normal. O sea, me ayudó a sobrellevar una resaca, me cocina, limpia la casa– bueno, contrató a una prostituta para eso, pero tú me entiendes. Es… es como si estuviera siendo– ¡No sé! ¡Amable! ¡Conmigo!
Se había venido arriba tanto conforme daba su explicación que había acabado braceando y gestualizando como un loco.
—¿Contigo?
—Con su equipo está igual que siempre, vaya.
Cuddy frunció los ceños, documentos olvidados. Abrió la boca y la cerró tres veces. Tapó su bolígrafo, extendió el dedo índice y lo destapó.
—Vale.
Wilson negó con la cabeza, incrédulo.
—¿”Vale”? ¿Qué– qué? ¿Qué es?
Cuddy le sonrió; una de esas condescendientes, autoritarias sonrisas suyas. Como si supiera algo que él no.
—Nada.
—Oh, Dios. —Se llevó las manos a la cabeza—. Oh, Dios. Lo sabes. Lo sabes y le estás siguiendo el juego. Vosotros dos contra mí. Estoy acabado.
—No le estoy siguiendo el juego —Parecía entretenida, la muy capulla—. Ya lo averiguarás.
—Solo dime– dime algo. Por favor.
Se lo pensó.
—Tú haz como si nada. Dale las gracias y ya. —Su tono de voz indicaba que la conversación estaba llegando a su fin—. Aprovecha que está siendo amable contigo por una vez.
Wilson salió de su despacho más nervioso de lo que había entrado.
—
House detestaba la inseguridad y la incertidumbre con cada fibra de su ser: por eso le agobiaba desconocer si su plan estaba surtiendo efecto. Había desconcertado a Wilson, como era de esperar, pero ahí se acababa la cosa. Tal vez no había esperado el tiempo suficiente. O tal vez debía recurrir a su segunda, más incómoda teoría. Por si acaso, decidió proseguir con ambas opciones. Aunque, francamente, lo de ser un compañero de piso funcional le estaba quitando las ganas de vivir: su pierna comenzaba a quejarse.
Domingo, otra vez. Como el maníaco de la limpieza que era, Wilson estaba fregando algunos platos después de haberlos sacado del lavavajillas. Argumentaba que el lavavajillas no quitaba todas las manchas, y puede que tuviese algo de razón, pero House estaba lo suficientemente cuerdo como para que no le importase una mierda.
Estaba en el lugar perfecto, en la posición perfecta: de espaldas, con las manos enjabonadas. No se movería un milímetro con tal de no mojar el suelo.
—Oye —dijo, abriendo los cajones de la mesita del salón—. Oye, Wilson. ¿Dónde narices has metido mi libro?
—¿El de ciencia ficción o el que está escrito para niñas de doce años?
—Curioso que sepas cuáles son los dos libros que me estoy leyendo.
—Sí, curioso. Es como si los hubieras dejado encima de la tapa de mi váter la semana pasada.
—¿Y ahora dónde están, en el mío? ¿Qué has hecho con ellos?
Wilson se rio.
—Cómo no. Me estás acusando de haberlos tirado por el váter.
House se levantó y echó un vistazo. Le quedaba un vaso por restregar. Era su momento. Cruzó el salón y procedió a abrir los cajones y taquillas de la cocina una a una.
—Venga ya. ¿Por qué los escondería en la cocina? No, de hecho– ¿por qué los escondería?
Se giró y cogió un trapo para secarse las manos. Aprovechando el momento, House hizo como que comprobaba la taquilla encima suya y lo arrinconó.
—House, qué–
Se quedó tan quieto que apenas alcanzaba a escuchar su respiración. Tenía los labios apretados en una línea recta y las cejas alzadas, e ignoraba si lo que colmaba sus ojos era terror o anticipación. Sus nudillos estaban blancos de aferrar la encimera detrás suya, en contraste con el leve rubor de sus mejillas. Su cuerpo emanaba un calor intoxicante bajo la camisa. Si tan solo bajara un poco la cabeza, House podría besarlo. En su lugar, cerró la taquilla, muy despacio, y dijo:
—Aquí no están.
Wilson separó los labios, desconcertado, como si nunca lo hubiese escuchado hablar.
—S– no– qué– ya– ya te lo he dicho.
Siempre le fascinaba verlo tan descompuesto cuando era él el agitador. Quería presionarlo contra la encimera, quería dejarle los labios rojos e irritados, quería besarle el cuello como la mujer con la que salió aquella noche. La posibilidad estaba ahí; no solo podía rozarla con la punta de los dedos, sino que podía estrujarla en sus manos con todas sus fuerzas. Le causaba una angustia terrible. Náuseas.
—Como no los encuentre en tu cuarto, voy a vender el libro de recetas de tu madre. —dijo, y se fue. El aire le heló los brazos descubiertos.
—E-en mi cuar… ¡Oye! ¡Ni se te ocurra! ¡Que no tengo ni idea de dónde están!
—
Wilson no se veía capaz de seguir aguantando los juegos de House. Había imaginado que, si no le daba ningún tipo de reacción, tardaría alrededor de una semana en cansarse de lo que fuera que estaba maquinando. Pero no: seguía igual que antes, si no peor.
Mucho peor. Primero lo arrinconó contra la encimera de la cocina, que, bueno, podría haberlo dejado pasar si en los días siguientes no hubiera dejado un centímetro de espacio entre sus caras en una discusión, si no hubiera reposado una mano envolvente sobre su espalda baja cuando Foreman y Taub irrumpieron en el despacho, si no le tocase el hombro cada vez que salía de una habitación. Delante de todo el mundo.
De manera que, a juzgar por las miradas que le echaban Chase y Hadley por el pasillo, ahora todo su equipo estaba al corriente de la situación. Quizá todo el hospital. Panda de cotillas.
House nunca, nunca, había sido de hacer contacto físico con Wilson. Sí que le había visto darle golpecitos a Taub y a Chase en la frente para ridiculizarlos o invadir el espacio de Foreman y Hadley para incomodarlos, y hasta recordaba vívidamente cómo solía meterle la lengua a Stacy en la garganta a plena luz del día. ¿Pero a él? Jamás. Es decir, con él. Es decir, no se refería a que House le metiera la lengua en la garganta– qué– No.
La cuestión era que House rara vez iniciaba cualquier tipo de contacto físico con él. Ahora le costaba acostumbrarse a su tacto, grande y calculado, frío, posesivo. Como él, en verdad. Era como si Wilson hubiese pasado de beber agua del grifo llena de plomo a beber Pepsi sabor cereza con vainilla; así, el tacto de House se deslizaba por su garganta como el néctar de los dioses. Espera– No– Suficiente de House y su garganta.
Él sí era más de apretones y abrazos, pero, por respeto a las preferencias de su amigo, llevaba años suprimiendo esa parte de sí. Ya no tenía excusa. Si el objetivo de House era incomodarlo, no se iba a dejar pisotear como de costumbre. Si lo que quería era una reacción, la conseguiría. Tal vez así lo dejaría en paz de una vez por todas.
—No te gusta el protagonista.
House se dejó caer al lado suya en el sofá, más cerca que de costumbre. Le había insistido a Wilson en que viesen Un ciudadano ejemplar y él se vio obligado a ceder: era mejor que los mismos cuatro episodios de la L.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Estás mirándolo como si quisieras estrangular a Gerard Butler. Quiero decir, yo también querría. Eróticamente hablando.
Wilson ladeó la cabeza.
—Pero Butler es…
La expresión de House, con los ojos ligeramente abiertos, las cejas alzadas y las comisuras de sus labios deprimidas, era indicativa de que iba a burlarse de él dijese lo que dijese.
—¿Es… qué?
—Un hombre.
—Es 2010. Yo también me merezco un poco de acción masculina, ¿o no?
—Creo que no funciona así.
—¿Así, cómo? —preguntó.
Resultaba difícil prestar atención a la película teniendo a una mosca zumbándole en el oído.
—Bueno, no te pueden gustar los hombres de un día para otro —dijo ausentemente.
—¿Quién dice que haya sido de un día para otro?
Wilson exhaló.
—No te juzgaría si no lo fuese.
House tenía por costumbre bromear sobre su orientación sexual, y más si se le presentaba la oportunidad de meterlo en sus innuendos; por eso no le extrañó su admisión. Pero le picó el gusanillo, y se giró, y cuando vio su expresión, ese gesto serio y silencioso en la penumbra segura del piso, no tuvo tan claro que fuese coña. House no lo miró. ¿Era en serio? ¿A House le…? No, no tenía sentido. Llevaban más de una década siendo amigos. Se lo habría mencionado, se habría dado cuenta. No se puede ocultar algo así durante tanto tiempo.
Estas fueron las dudas que le impidieron concentrarse en la película. Estuvo a punto de levantarse para ir al baño media hora antes de que acabase cuando House echó el brazo sobre el sofá, justo encima suya, más a modo de advertencia que de invitación. Claro. Casi se le había olvidado. Se mentalizó. Era su momento de contraatacar.
Despacio, como si se tratase de un animal salvaje, Wilson bajó la cabeza para descansarla sobre el hombro de House. Era duro, casi picudo, a diferencia del de una mujer– o, bueno, las mujeres con las que había estado. Temió que dijese algo, que se burlase de él, porque entonces perdería toda su resolución. Pero no lo hizo, no pronunció ni media palabra; al contrario, estaba más callado que de costumbre. No se estremeció, apenas sintió sus músculos tensarse. Su brazo descendió del sofá hasta encontrarse con los hombros de Wilson, y, Dios, nunca habría imaginado que se sentiría tan correcto. Menudo capullo. Menudo pedazo de capullo. Pero no iba a rendirse. A falta de una reacción, Wilson se acurrucó contra su brazo. Estaba bien. Estaban jugando y estaba bien, quizá demasiado. ¿Por qué no lo habían hecho antes? Tal era su sorpresa que por un momento ignoró su misión de pararle los pies a House. Quizá podía dejarlo para la próxima. Su cuerpo hervía contra el de House, tan gélido como siempre lo había imaginado. Oh, no quería moverse. No quería moverse nunca más.
Seguían así cuando los créditos se desplegaron en la pantalla.
—¿Quién más lo sabe? —murmuró Wilson.
—Trece —House le respondió en el mismo tono de voz, un poco más alto, más rasposo—. Porque, ya sabes, es–
—Ya, ya.
Las letras blancas descendían sobre el fondo negro. Nombres conocidos, nombres desconocidos. La mayoría desconocidos.
—Cuddy.
—¿¿Cuddy lo sabía y yo no??
—No te pongas celoso. Stacy también lo sabía.
—Stacy–
—Y el resto del equipo lo sospecha, como mínimo. Bueno, supongo que Foreman lo sabe. Y Chase. Y Taub. Kutner lo sabía. Hm. Supongo que Amber también.
¿¿¿Amber???
—Pero– qué–
—Ah, Cameron definitivamente lo sabe.
Wilson se separó un poco de House para poder encararlo.
—¿Alguien más? —dijo—. ¿Jody? ¿El conserje, quizá?
—¿Quién narices es Jody?
—¿La enfermera?
House sonrió.
—Por supuesto que es una enfermera.
—No sé si te es familiar el concepto de la profesionalidad.
—¿Qué tal el concepto de la castidad?
—¡Agh, olvídalo! —Wilson aprovechó para posar una mano discreta sobre su muslo—. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
Si House se dio cuenta, que lo hizo, no se inmutó en lo más mínimo.
—Sabía que te ibas a poner así —resopló—. ¡Venga ya! ¡Es obvio, Wilson!
—¿Obvio? —La traición le fluía por las venas—. ¿Cómo va a ser obvio si yo de todas las personas no lo sabía?
House guardó silencio. “Dejaré que te des cuenta”. Wilson sacudió levemente la cabeza. “¿De qué?”. House alzó las cejas. Wilson abrió los ojos.
—P–pensaba que era una de tus coñas.
Todo este tiempo, esas bromas de meterle lengua a actores, a cantantes o a desconocidos de pubs habían ido en serio. O todo lo en serio que podían ir cuando se trataba de House.
House se acercó a él y entornó la vista.
—La pregunta es: ¿por qué pensabas que lo era?
Wilson frunció los ceños. Le sudaban las manos.
—Te estás quedando conmigo. Nunca te he visto acostarte con un tío.
—¿Quieres?
—¿Ves cómo sí bromeas? En serio, ¿por qué Cuddy lo sabía y yo no?
Hacía ya que los créditos se habían acabado. La oscuridad reinaba silenciosa entre ellos.
—Salió el tema. Da la casualidad de que Cuddy tijerea y esas cosas.
—Oh, Dios. —Exasperado, Wilson dejó su cabeza caer contra el hombro de House de nuevo—. Supongo que ahora tendré que ser un poco homofóbico.
—¿Por Cuddy?
—Por ti.
—Eso me gusta. ¿Tailandés?
—Sí, como sea.
—
Había sido real. El problema era que House no esperaba que su experimento tuviese un éxito tan rotundo, en el sentido de que le era imposible quitarse a Wilson de encima; desde aquella noche en el sofá, el contacto físico se había convertido en algo cómodo y rutinario, como si llevasen toda la vida dándose palmadas y abrazos y acurrucándose juntos. Supuso que sería una de esas cosas de las que nunca hablarían. Y cuánto le encantaba. Siempre se había abstenido de siquiera rozar a Wilson. La razón era simple: le dolía. Una palmadita en la espalda podía convertirse sin problema en un abrazo prolongado y, para Wilson, un abrazo prolongado sería solo eso: un abrazo. Para House actuaría más como una barrera, como un recordatorio de algo que nunca podría tener, y prefería abrirse las venas en canal a tener que sumar un inútil dolor artificial a su ya debilitante dolor crónico. No obstante, ante él se había abierto un abanico de posibilidades que no podía dejar sin explorar. Estaba agusto así, quizá demasiado, pero si había algo que le gustaba, era tomar y tomar y tomar, y más tratándose de Wilson. No iba a dejarlo a medias. El problema era lidiar con la bisexualidad reprimida de Wilson que House siempre había intuido que estaba ahí.
—Quiero una así.
—No va a caber. ¿Por qué no instalamos otra como la mía y punto?
En una sorprendente racha de empatía, Wilson se había ofrecido a instalar una bañera en su cuarto de baño. Que ahora estuviese atendiendo a sus necesidades reales en lugar de tacharlo de adicto y de loco le ofendía y hacía que se enamorase de él más que nunca simultáneamente.
Puede que también fuese porque estaba harto de que House usase la suya.
—Verás, te saco unos cuantos centímetros, así que para tumbarme en tu bañera tengo que encogerme. En esta, por el contrario…
—Claro, también necesitas la mesita desplegable para ver porno en tu portátil mientras te bañas.
House lo miró como si fuese algo obvio. Los dedos de Wilson se sentían cálidos entre sus hombros.
—Pues claro.
Wilson abrió la boca para reprochar, pero el sonido de Chase aclarándose la garganta se la cerró. Ambos levantaron la vista.
—Ah, hola, chicos. ¿Cuánto tiempo lleváis ahí?
“Seis minutos”, calculó House. Los había estado ignorando a propósito.
—Mm. Juraría que os había mandado a hacer una punción lumbar.
Trece sonrió. Tenía ese brillo travieso en sus ojos.
—Se están encargando Foreman y Taub.
—Solo queríamos felicitaros —asintió Chase, las manos metidas en los bolsillos.
Wilson le lanzó una mirada. House se encogió de hombros. Se hacía una idea de por dónde iban los tiros.
—¿Por? —dijo Wilson.
—Bueno, porque por fin estáis saliendo, ¿no? —respondió Chase.
—Em.
Ah, sí. Problema resuelto. Tenía bien entrenado a su equipo. Pocas imágenes le satisfacían más que la de Wilson hecho un manojo de nervios. Terror en su estado más puro. Era incluso mejor cuando su reputación como calientabragas peligraba.
—No hay de qué preocuparse, Wilson —prosiguió Trece—. Vuestro secreto está a salvo con nosotros si aún no queréis que se sepa. Aunque es bastante obvio.
House contempló la saliva descendiendo por la garganta de Wilson. Quiso morderla.
—S-sí. Gracias.
Se sostuvo la mandíbula para que no se le cayese. Había subestimado a Wilson. Fingir que estaban saliendo para liarse con su vecina: aceptable. Fingir que estaban saliendo delante de sus empleados sin previo aviso: ¿para qué? Apenas se lo había pensado. ¿Qué narices se creía que estaba pasando? ¿Estaba, en verdad, menos reprimido de lo que pensaba?
—Corramos un tupido velo. Id a analizar la sangre —House los ahuyentó con un gesto de su mano.
Chase se resignó y salió primero. Trece lo siguió, pero, al alcanzar la puerta se giró, muy despacio, para revelar sobre su rostro una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Estáis saliendo de verdad?
Conque la idea había sido de Trece. No se esperaba menos.
—¿Por qué si no nos habríais felicitado? —dijo House.
Trece miró a Wilson para cerciorarse. Él asintió, titubeante.
—Sí, ¿por qué? —House nunca iba a recuperarse de esto.
—Quería tomarle el pelo a Chase. No esperaba que dijérais que sí… bueno, que dijeras que sí —se dirigió a Wilson—. Bien hecho, oye.
Cuando Trece se marchó, Wilson enterró la cara en las manos.
—Por qué —dijo.
Sí, ¿por qué? ¿Por qué no se había echado para atrás cuando Trece le dio la oportunidad?
—¿Vamos a besarnos ahora? —preguntó House. Quizá diría que sí, a estas alturas.
—Pensaba que, que… —Wilson había entrado en la fase de bracear y pasearse por el despacho—... ¡Pensaba que habías enganchado a tu equipo a uno de tus juegos, pero no! ¡Los has retorcido a tal nivel que ahora ellos se inventan los suyos propios!
—Más Trece que los demás. ¿Así es cómo se siente la paternidad? —Recordó entonces aquella noche semanas atrás—. Espera, Wilson. Ya lo tengo. Trece es nuestra hija lésbica.
—Se acabó.
—Ahora solo nos queda verla teniendo sexo.
—¡Se acabó! ¡Todo el hospital va a creer que nos estamos liando!
—Podemos darles una demostración si no quieres que solo lo crean.
—¡House!
—¿Qué más da? —resopló—. Ya hemos tenido esta conversación. Todo nuestro edificio se piensa que somos gays. Todo el hospital se piensa que somos gays.
—¡Todo el hospital no se piensa que somos gays!
—Oh, no. Claro que no —House le dio la razón—. Salvo Cuddy. Y todas las enfermeras nuevas. Un momento… ¡Por eso estás molesto! —Fingió sorpresa—. Ya no vas a poder acostarte con ninguna enfermera.
Wilson enmudeció del shock. Tardó un segundo en recobrar la compostura.
—Eres increíble. —Se acercó a él como si fuera a pegarle. En su lugar, levantó el dedo índice delante suya, sus rostros a meros centímetros de cada uno—. Tú empezaste esto. A conciencia.
House le sostuvo la mirada.
—¿Lo hice? —murmuró.
—Admítelo.
Los latidos de su corazón eran ensordecedores.
—Admítelo —repitió—. Has estado jugando conmigo todo este tiempo. Querías humillarme.
—Si eso es lo que quieres creer.
Wilson se humedeció los labios y House fue incapaz de retener la gravedad que atrajo su mirada hacia ellos. Cuando la subió, pilló la de Wilson subiendo, también.
—No te dés por satisfecho todavía —dijo.
—
—¿House es gay de verdad?
—Juraría que el término es “bisexual” —Lisa le contestó por encima del bullicio del hospital—. ¿No lo es? Eres tú el que está saliendo con él.
No podía estar pasándole aquello. ¿No habían transcurrido ni dos horas y ya había llegado a los oídos de Lisa?
—Sabes que no es cierto —se apresuró en decir—. Lo sabes, ¿no?
—Aquí tienes, Anna. —Lisa le entregó un documento a una de las enfermeras.
—Gracias, Dra. Cuddy —le respondió ella—. Y felicidades, Dr. Wilson. Todos nos hemos enterado de la noticia —sonrió.
Wilson tardó un segundo en digerirlo, otro en asentir y otro en darse cuenta de que Lisa había desaparecido. Wilson siguió sus taconeos hasta el ascensor. Por suerte, estaba ocupado.
—¿House te ha dicho que lo es? —Lisa no se dignó a mirarlo.
—...A su manera, sí.
—Entonces lo es.
Wilson entornó la vista.
—¿Y tú…?
Un pesado suspiro emergió de las profundidades de sus pulmones. Las puertas del ascensor se abrieron y se embutió dentro.
—Yo también —confesó—. Quizá deberías hacerte esa pregunta a ti mismo.
Y se cerraron.
Wilson se quedó postrado ahí, frente al ascensor, médicos, pacientes y familiares entrando y saliendo de él por igual. Luego, se dirigió a los aseos, vomitó durante una cantidad de tiempo apropiada y se encerró en su despacho.
Se enterró en consultas y papeles hasta que llegó la noche, pesada como un manto. La casa estaba vacía cuando Wilson regresó; House estaría inmerso en el caso. Trató de conciliar el sueño en vano. Tenía los nervios a flor de piel con demasiados sentimientos: humillación, arrepentimiento, rabia, confusión, traición. Esta última le bullía con especial ardor. ¿Por qué? Sabía que House había estado jugando con él desde un principio. Sabía que sus intenciones nunca habían sido puras, que nunca había buscado expresar su afecto desde la sinceridad y no de esa manera tan rebuscada que siempre tenía. Entonces, ¿por qué le pesaba tanto el pecho?
Se acomodó sobre su lado, una incongruencia materializándose en su cabeza. ¿Por qué House se había abierto acerca de su orientación sexual? ¿Dónde entraba eso en su juego? ¿Por qué, si su objetivo era humillarlo delante de los demás, hacía contacto físico con él en privado también? Al principio tenía sentido: para comprobar su reacción, para acostumbrarlo… ¿pero después? ¿Seguiría ahora que sus cartas estaban sobre la mesa? No podía ser tan simple. Algo no encajaba y tenía la amarga, nauseabunda sensación de que guardaba relación con lo que Lisa le había dicho antes de que el ascensor se la tragase. “Quizá deberías hacerte esa pregunta a ti mismo.”
—
Si Wilson fuese del montón, House se habría aburrido de él años atrás. Por suerte, detrás de ese paripé de don Juan inocentón con la cabeza bien amueblada se escondía un hombre retorcido y manipulativo con un cerebro brillante y una mente perversa bajo las circunstancias adecuadas. Y House estaba inequívocamente obsesionado con ese hombre, con sus contradicciones, sus manías y sus estúpidas racionalizaciones. Las conclusiones a las que era capaz de llegar nunca fallaban en sorprenderlo.
—Ya lo tengo.
Eran unas horas incomprensibles de la madrugada y aún no habían alcanzado un diagnóstico satisfactorio. Como era habitual cuando tenía tres siestas de sueño y el estómago lleno exclusivamente de cafeína, le ardía la pierna. Así que había estado durmiendo a pata suelta en el cuarto de un paciente comatoso cuando Wilson interrumpió su letargo.
—Estoy ocupado —babeó sobre la almohada.
—Lo he averiguado. Por fin.
—Genial. Cuéntamelo cuando me despierte.
Podía imaginarse a Wilson a unos metros de él. Primero con las manos sobre las caderas. Luego alternaría otra de sus posturas, la de gesticular con el dedo índice. Si se venía arriba, empezaría a abrir las manos y a bracear como un poseso. Entonces, se acercaría a House y lo besaría contra el duro y cruel colchón del hospital. Aún no había gozado de la oportunidad de ver ese último en acción.
—No pretendías humillarme. Creí que esa era tu intención, pero no. Estabas intentando demostrarme algo– hacerme pensar después de aquella cita.
Eso lo desperezó de golpe. ¿Lo había averiguado de verdad?
—Vale —dijo.
—No empezaste con esos roces para avergonzarme. No me confesaste que te gustan los hombres porque sí. Ese no eres tú. Eres peor. Tú–
House levantó la cabeza de la almohada en ese medio segundo de silencio. Wilson había entrado en su segunda fase, como había previsto. Sus cejas estaban deliciosamente tejidas en una arruga de frustración. Esperaba ver algo más de satisfacción, de triunfo, sobre su rasgos.
—No soy gay, House.
House sintió las tuercas somnolientas de su cerebro removerse en un intento de comprender de qué parte de todo aquello había salido esa admisión.
—Ya, ya hemos tenido esta conversación.
Wilson puso los ojos en blanco.
—Sabes a lo que me refiero. —De hecho no—. Si tu plan era hacer que me diese cuenta de que me han gustado los hombres todo este tiempo, lo siento, pero has fallado.
Oh, por el amor de… House se dejó caer contra la almohada. ¿Por qué Wilson siempre lo trataba como si fuera el más exasperante de los dos cuando él era más espeso que unas natillas? ¿Qué tenía que hacerle para que se diese cuenta, una paja? Claro que no. Si lo hiciese, encontraría una manera de darle la vuelta para que fuese cien por cien platónico. Sus niveles de negación eran astronómicos. Pero al menos había conseguido desafiar su heterosexualidad. Podía seguir presionándolo.
—No puedes saberlo con certeza. La siguiente parte del plan era enseñarte porno gay.
—Ni la mejor exhibición de sexo anal sería capaz de cambiarme, House.
—Tendré que ponerlo a prueba. Por suerte, ya estoy lubricado.
House no supo qué le hizo más gracia, si la mueca de disgusto de Wilson o esa mirada inquisitiva que cuestionaba la veracidad de que a House le gustara que le dieran por detrás.
—Como sea. Espero que te haya merecido la pena. A mí no, desde luego. Hasta mis pacientes se creen que estamos saliendo.
House se incorporó, sentándose sobre la cama.
—No te lo crees ni tú —negó.
Wilson frunció los ceños.
—¿Tenemos una relación secreta de la que no soy consciente?
—Eso no, idiota. Vienes aquí sacando pecho, muy machito, para pavonearte de que tu heterosexualidad sigue intacta. A mí eso me huele a inseguridad. ¿No eres gay? Pues demuéstralo.
Wilson pestañeó, congelado. Lo había leído a la perfección.
—¿Cómo, me grabo liándome con diez mujeres?
House soltó una risa mordaz. Como si tuviese el aguante necesario para eso.
—Ciertamente no lo demostraste emborrachándote después de haber huido de la cama de tu ex porque no podías dejar de pensar en cómo te anudé la corbata.
Wilson balbuceó, boquiabierto. Le había dado donde más le dolía. Bien.
—¡Conque empezaste por eso! —dijo, furioso. Oh, sí. Estaba braceando—. ¡No me afectó en lo más mínimo y lo sabes!
—No, solo te quitó el habla.
—¡Porque solo te acercas a mí de esa forma cuando estamos borrachos!
—¡Y te mueres porque lo haga más a menudo! Ah, espera. ¡Es lo que he estado haciendo! Y no solo te ha encantado: ¡has estado pegado a mí como una lapa!
Wilson apretó los dientes, su mandíbula imposiblemente marcada. Estaba al límite.
—¡Porque sabía que estabas jugando conmigo! ¿Qué insinúas, que estoy enamorado de ti? ¡No, House! ¡No me gustan los hombres y definitivamente no me gustas tú, desgraciado!
—¡Pues demuéstramelo! ¡Aquí y ahora!
Wilson lo besó contra el duro y cruel colchón del hospital, sus pechos presionados con fuerza. House se dejó al instante. Fue más bien un choque de lengua y dientes, una lucha por asertar su dominancia. Hasta que lo besó de vuelta y sus labios comenzaron a mezclarse con un ardor abrumador. El cuerpo de Wilson era un horno encima del suyo, firme y caliente. House le rodeó el cuello con los brazos. Necesitaba más, más cerca, más fuerte, más rápido. La espera de casi dos décadas le hervía en la lengua, en la sangre, en la piel. Wilson le sostenía el rostro como si se estuviera aferrando a una preciada posesión. No era suficiente. Quería abrirlo y devorarlo y saborearlo– quería explorar su cuerpo, desarmarlo y armarlo de nuevo, pieza por pieza, desde fuera hacia dentro y desde dentro hacia afuera. Le mordió el labio, buscando introducirse en su boca– y quizá no debería haberlo hecho, porque fue suficiente para que se diese cuenta de lo que estaban haciendo.
—Oh, Dios —Wilson jadeó contra sus labios—. Oh, Dios.
House abrió los ojos, sintiéndose como si su mente lo hubiera expulsado de un sueño algodonado. Sus mejillas quedaron expuestas al frío estéril de la habitación, seguidas de su corazón cuando captó el pánico y el terror enraizados en la mirada de Wilson.
—T–tú– Hemos– ah–
La carne de sus labios temblaba roja del desgaste. House deseaba con su última gota de sangre poder encerrarla entre sus dientes de nuevo.
—Me… —El calor que emanaba de las manos de Wilson, plantadas firmemente sobre las sábanas a ambos lados de sus hombros, lo estaba envenenando. House bajó los brazos sin saber muy bien qué hacer con ellos—. Me has besado.
Quiso girar la cabeza para no tener que mirar a Wilson, pero su cuerpo lo traicionó. Le exigía que siguiese admirando al hombre encima suya, que siguiese bebiendo de su rostro ruborizado y sus ojos centelleantes.
—No, me has besado tú —murmuró.
—O–o sea, sí… —Wilson cerró los ojos con fuerza como si estuviese intentando procesar lo que acababa de hacer—. No–no puedo creer que…
—¿Vas a admitirlo de una vez o vas a dejar que tu entrepierna hable por ti?
Wilson abrió los ojos. Horrorizado, se separó de House y se incorporó. House reprimió un escalofrío y se sentó sobre la cama.
—Es… es una respuesta biológica. —House lo fulminó con la mirada. Wilson captó la indirecta—. Vale. Vale. Eh, ah. Em. Tengo que. Tengo que pensar. —Comenzó a salir de la habitación dando marcha atrás, hablando más para sí que a House—. Tengo que… sí. Tengo que pensar. Voy a pensar. Em.
—Puedo pasarte una foto mía en lencería si te hace falta.
Wilson enrojeció.
—N–no, em… —Su mano palpó la puerta detrás suya y la abrió—. Nos vemos.
House se quedó contemplando la puerta durante un largo rato, frotándose la pierna. Al menos moriría sabiendo cómo se sentían los labios de su mejor amigo contra los suyos. Quizá, solo quizá, no sería la última. ¿”Tengo que pensar”? ¿Qué había qué pensar? Se le había levantado por un simple beso con otro hombre– no, con él. Exhaló. Se tumbó sobre la cama en un intento de retener el calor del que Wilson la había impregnado.
—
Sería inmaduro e infantil negar su atracción hacia los hombres. Siempre había estado ahí, de fondo, como un hábito nervioso imposible de eliminar, como morderse las uñas o arrancarse la piel de los labios. Existía y a la vez no, y por comodidad, porque explorar y definir esa parte de su identidad suponía una grieta sobre la máscara que conformaba el resto de su persona, amable y servicial, normal, nunca se había molestado. En el pasado, asumió que los hombres felices llevaban vidas normales, y supuso que esculpir su existencia en torno a ese modelo lo convertiría, también, en un hombre feliz. Pero todos esos matrimonios fallidos debido a su tendencia a escoger parejas incompatibles y a resentirlas por motivos que él mismo sembraba le habían inculcado que, por mucho que lo intentase, nunca sería normal ni mucho menos feliz. Estaba roto. Hasta que llegó Amber, y se fue, y cuando se fue, se dio cuenta de que ella sabía algo que él no: que todos esos años de conflictos e infidelidades y resentimientos habían sido el producto del gran plan trazado por su subconsciente para sabotearlo. No siempre fue así, por supuesto: conoció a Sam antes que a House, y cuando se divorciaron, aprendió. Pero, de alguna manera, siguió cometiendo los mismos errores: guarda, resiente, recrimina, abandona. Porque, en el fondo, muy en el fondo, la persona con la que anhelaba compartir el resto de su vida estaba justo delante suya. Se casaba para distanciarse de esa idea y saboteaba sus matrimonios porque no soportaba darle la espalda por completo. De todas sus relaciones, la única persona de la que se había enamorado de verdad, con todo su corazón, había sido Amber.
El cuadro completo no se formó en su cabeza hasta que una fuerza sobrehumana lo impulsó a besarlo. Cayó, entonces, de que se casó con Bonnie para mantener cierta distancia emocional con él tras su infracción (irónicamente, pues acabó dejando de lado a Bonnie para cuidarlo de todos modos), de que se casó con Julie después de que lo elogiase con su corbata verde en aquella fiesta, y de que casi había vuelto con Sam porque la idea de empezar una familia con él lo había perturbado de manera inexplicable.
A partir de sus 20, toda su vida, todas sus decisiones empezaron a girar en torno a una misma persona. Era inútil seguir negándolo: sería una traición tanto a Amber… como a House.
—Quiero que dejes de llevarte la moto al trabajo.
Taub le había comunicado que House había abandonado el hospital tras haber conseguido su diagnóstico al mediodía, así que no volvió a hablarle hasta por la noche, cuando llegó a casa y se lo encontró zapeando en el salón.
—Ah, bueno, si insistes. Supongo que no me importa ir andando —dijo.
Pese a que su interacción anterior pesaba en el aire y que House no se había girado para siquiera lanzarle una mirada detrás del sofá, su relación permanecía inmutable.
—Lo digo en serio. Esta semana va a llover a cántaros. Yo te llevo.
House guardó silencio.
—Haz lo que quieras.
Sin mediar una palabra más, Wilson sacó las sobras del día anterior, las recalentó y se sentó a su izquierda con ellas. Los hombros se le tensaron con una esperada rigidez cuando Wilson rozó sus dedos al tenderle el plato. No comentó nada al respecto, sino que se dispuso a contarle cada giro y detalle de su ya resuelto caso. Su voz grave y rasposa eclipsaba las risas enlatadas del sitcom que habían dejado de fondo. Su manera de narrar los hechos, de enlazar y desenredar sucesos, era especialmente embriagadora, pero le estaba costando prestarle atención. Quizá fuese su presencia, más intoxicante de lo normal; quizá fuese que disfrutaba de ver sus labios moverse; quizá fuese el afecto que le transmitía verlo aseado, cómodo, descansado, limpio. Se sentía tranquilo y a la vez nervioso, y habían pasado segundos y a la vez horas cuando se dio cuenta de que era incapaz de quitarle el ojo de encima.
House probablemente se pispó de inmediato, pero, tan piadoso como era, le concedió algo de tiempo hasta que le llamó la atención:
—¿Vas a seguir mirándome como si fueras subnormal o vas a–
Sabía a salsa de espinacas. House estaba comiendo bien. Le aliviaba tanto saber que estaba sano, que estaba vivo, con él, en este piso abierto e iluminado y no en aquel bajo que rezumaba miseria y soledad, en el bajo en el que tantas veces había intentado quitarse la vida. Persiguió ese sentimiento hasta la saciedad, hasta que House plantó una mano temblorosa sobre su clavícula. Una sonrisa se había estrechado sobre sus labios, orgullosa por un lado y tímida por otro, una mezcla que jamás había visto en él.
—¿Entiendo que eso no ha sido una respuesta biológica? —dijo.
Wilson lo besó a modo de contestación, una y otra y otra vez, despacio, saboreando cada movimiento, cada roce, sosteniendo su rostro como si fuera lo único que lo mantenía apegado a la realidad.
—Pensaba que tardarías más —jadeó House.
—¿Dos décadas no te parece suficiente?
—Me parece que eres un cobarde y que ya iba siendo hora. —Fue a besarlo, pero Wilson lo detuvo.
—No estabas obligándome a cuestionar mi sexualidad. —Sintió la sangre subirle a la cara—. Estabas tirándome la caña.
House no respondió.
—¿¿Estabas tirándome la caña fregando los platos y comiendo verdura??
—Técnicamente no. Y presionarte contra la encimera funcionó mucho mejor.
—Oh, no. Por lo que más quieras, sigue planchándome las camisas. Me pone bastísimo.
—Verás, has caído en mi trampa. Te he enamorado haciéndote creer que puedo ser un buen compañero de piso. Ahora no puedes escapar.
—Ya te conozco —Wilson murmuró contra sus labios—. Puedes ser más que un buen compañero de piso.
Los besos de House oscilaban entre depravados y hambrientos y desesperados y lentos, producto de una larga espera que había estado sufriendo durante años.
—¿Cuánto… —jadeó entre besos—... tiempo?
Los dedos de House exploraron su cuello, sus hombros y su cintura, y se clavaron ahí, firmes y ásperos, pacientes de una forma que no definía a su dueño en absoluto.
—Demasiado —zanjó el tema acercándose a él.
Wilson se sentó sobre su pierna izquierda. Incluso con esa barba rasposa y sus labios deshidratados, besarlo no solo resultaba profundamente embriagador, sino terriblemente correcto. No se habían tocado así nunca y a la vez lo habían hecho en incontables ocasiones. Como un premio, como una pequeña confirmación: “sí, esto es lo que te faltaba”. Si no estuviese tan hambriento, tan deseoso, podría hasta llorar. Deslizó una mano caliente por debajo de la camiseta de House para enfriarla sobre esa piel gélida, y subió y subió y–
—Ey, tranquilo, chico.
Les faltaba la respiración a los dos. Wilson paró, anticipando quizá una burla a su impaciencia o una broma sobre que eran demasiado viejos como para liarse en el sofá, pero nunca llegó.
—Oh. Perdón —rio, nervioso.
—No, estás buenísimo con esa cara de querer empotrarme. Pero…
Desvió la mirada.
—¿Otro día? —Wilson le ayudó, comprensivo. House asintió. Para evitar que lo empujase, Wilson se ahorró el comentario de que se había mofado de él hacía no mucho por un motivo similar. Le extrañó que House, que por naturaleza era vicioso e impúdico, quisiese tomárselo con calma, pero no le dio muchas vueltas.
En su lugar, siguió buscando sus labios, siguió besándolo, siguió gozando de los roces y la fricción que sí podía darle como para compensarle por todos los años que le había hecho esperar.
—
Para que lo que fuera que estaban haciendo (“Pareja, House, quiero que seamos pareja”) funcionase, establecieron, a petición de Wilson, una serie de reglas:
—Lo primero es que te dejes de prostitutas.
—¡Pero mamá! —se quejó House—. ¿Quién si no va a darme masajes–
—Llevo años ofreciéndote masajes.
—...y arreglarme el grifo, y limpiar la mugre de las taquillas, y doblarme los calzoncillos… Oh, espera. Ahora tú puedes darme masajes. Calentorros. Con tus manos grandes. Y calientes. Y untadas en aceite. En mi espald–
—Sí, House, te daré masajes calentorros en la espalda —suspiró—. En serio. Todo lo íntimo fuera. Llámalas para, yo qué sé, organizar la despedida de soltero. Pero ya está.
House no pudo contener la sonrisa que se expandió por su rostro.
—Ni siquiera me has propuesto matrimonio todavía.
Wilson se ruborizó al darse cuenta de lo que acababa de decir.
—Sí que lo he hecho. —Se aclaró la garganta—. Y otra cosa: nada de manosearme mientras duermo.
House sacudió la cabeza, desconcertado.
—¿Cuándo he hecho yo eso?
—Mm. —Wilson enrojeció—. Recordarás aquella conferencia en la que tuvimos que compartir cama.
Oh, sí. Anda que si se acordaba. Era una de las noches que solía reproducir en bucle para sentir el escozor del amor no correspondido. Pero–
—Ah, o sea que no lo soñé.
—¡No! ¡Y no pude dormir en toda la noche porque te tenía pegado como una babosa, acariciándome la cadera y yo no sé qué más!
—¿Solo acariciándote la cadera? Lo recuerdo bastante más vívido. Y, oye, si no querías, podrías haberme apartado. A no ser que, oh, espera —sonrió—. No querías apartarme. Porque, mm, estabas locamente enamorado de mí. ¿Cuántos años hace de eso? ¿Cinco? Maldito seas, Wilson, estabas hasta casado. Siempre te confesabas cuando le ponías los cuernos. ¿Eso también lo–
Wilson lo besó.
—Cállate —mandó. House reprimió un escalofrío. Aún no se había acostumbrado.
A House se le antojó una gilipollez al estilo de los deberes que le mandaba Nolan, pero le dio el gusto a Wilson. Incluso le dijo que no quería que le acabase guardando rencor como a sus ex-mujeres, aunque supuso que ya se sobreentendía. Prácticamente todo se sobreentendía en su amistad: por eso se le hizo raro.
Más allá de eso, su relación no sufrió ningún cambio denotable. Era como si hubiesen estado saliendo desde que se conocieron pero sin el derecho a roce. El derecho a roce era increíble, por cierto. El hecho de que pudiese manosear (no tan) libremente a Wilson delante de todo su equipo lo fascinaba. Taub lo miraba con un oculto recelo, Foreman pasaba olímpicamente, Chase se retorcía en su silla y Trece le lanzaba sonrisas cómplices. Reacciones dignas de estudio.
Las cosas con Cuddy habían vuelto a la normalidad, quitando lo de tirarle los tejos. Incluso los había felicitado, y de verdad, no por cumplir. Tenía sentido, puesto que era la única que había estado al tanto de sus sentimientos por Wilson, pero pensó que, como mínimo, lo resentiría. Rápidamente comprobó que se llevaban mejor cuando ninguno de los dos iba con segundas. Era incomprensible lo armónicos que resultaban sus días ahora que Wilson le daba besos de buenos días y lo abrazaba cuando se le moría un paciente.
Tres semanas después de que empezasen a salir, House se encontró la bañera instalada en su baño. Amplia, con una mesilla desplegable para su portátil y un pasamanos que le permitiría entrar y salir sin incitarlo a pegarse un tiro.
—He sido horrible contigo —murmuró Wilson.
House se giró para cerciorarse de que no lo había alucinado. Wilson tenía la mirada clavada en la bañera y las manos apoyadas en las caderas. Parecía haberlo dicho para sí, pero House no pudo evitar inquirir al respecto.
—¿Y eso?
Wilson gesticuló vagamente hacia la bañera.
—Porque– ¿por qué te dejé el baño con plato de ducha?
Como ocurría con muchas otras decisiones que Wilson tomaba en torno a su pierna, House lo había resentido por aquello durante un tiempo. Le gustaba, no, le encantaba que Wilson fuese egoísta, pero le mosqueaba que se quejase cada vez que usaba su bañera. Parecía haber cambiado en ese aspecto en las últimas tres semanas. House esperaba que no fuese porque estaban saliendo.
—Como te pongas caballeroso conmigo ahora voy a llamar a Brandi para que me masajee la pierna.
Wilson lo miró. Tenía los ceños fruncidos en un gesto que gritaba frustración, más hacia sí mismo que hacia House.
—No voy a ser así contigo, ya lo hemos hablado. Esto —gesticuló de nuevo— no va de eso. Va de tener, no sé, decencia básica.
—Veo que mis necesidades interfieren con tu desarrollo personal.
—Tú interfieres con todo, House. —Le dio una sonrisa ladeada. Quería besarlo—. Pero creo que parte de mi desarrollo personal es reconocer que no he sido justo contigo.
Claro que House había pasado años sin admitir su adicción y además lo hostigaba y era un hijo de puta con él a diario, pero no, no había sido justo. Siempre había tratado su adicción como si fuese un capricho suyo en lugar de un producto de su dolor crónico. Había estado ahí para él, pero no realmente, no de la manera que contaba. No cuando lo regañaba por tomar vicodina como a un niño revoltoso que roba caramelos. Era una enfermedad. Y nunca pensaba que llegaría el día en el que Wilson la reconocería como tal, así que, como no estaba emocionalmente preparado para afrontarlo, no lo hizo:
—Pues jódete, que ahora yo tengo plato de ducha y bañera. No te pongas celoso.
Wilson se rio, una risa profunda y llena de afecto. Enfermiza. Como si llevasen años casados.
—Ahora seré yo el que te robe el plato de ducha.
—Solo si es para meterme mano mientras nos duchamos.
—Te meteré mano donde quieras —Apretó los labios, serio— si me prometes que vas a ser abierto conmigo.
—Tranquilo, que abierto estaré.
—House.
Bajó la cabeza y asintió.
—Vale.
En lugar de taladrarlo por aceptar a regañadientes o mirarlo de reojo con sospecha, Wilson le sonrió y le tomó la mano.
—Vale —lo copió.
Sus ojos eran imposiblemente marrones y cálidos y líquidos y colmados de cariño y paciencia y, oh, Dios, así era cómo sus ex-mujeres se sentían cuando les sonreía. Se le iba a salir el corazón del pecho.
—Tienes toda la cara de estar cagándote encima —le dijo Wilson.
House lo besó.
