Work Text:
IZUKU.
Izuku se había prometido no escribirle otra carta.
Esta vez lo decía en serio. Se lo repitió tres veces mientras guardaba sus cuadernos antes de ir a clases. Lo murmuró en voz baja mientras bajaba las escaleras de los dormitorios, como si las palabras pudieran convertirse en un conjuro contra sí mismo. Y volvió a recordarlo cuando pasó frente a Bakugo en el comedor y casi tropezó por no dejar de mirarlo.
“No más cartas”, se repitió. Era suficiente con las que ya había escrito. Demasiadas, quizás.
Y, sin embargo, como un hábito imposible de arrancar de raíz, ahí estaba otra vez. Sentado frente a una hoja en blanco, con la tenue luz amarilla de su lámpara derramándose sobre el escritorio. No debería estar despierto; hacía ya varios minutos que las luces de las habitaciones habían sido apagadas. Tendría que estar dormido, o al menos intentándolo, sobre todo teniendo entrenamiento al día siguiente con su mentor. Pero el sueño no venía.
El bolígrafo descansaba entre sus dedos, inmóvil. La punta rozaba el papel, pero no se movía. El silencio en su habitación era espeso. Solo se oía el zumbido bajo de la lámpara y el ocasional crujido de la madera al dilatarse con el frío. Afuera, el viento golpeaba con suavidad las ventanas, y cada ráfaga le recordaba la estupidez que estaba haciendo, pero no quería parar.
Solo escribe una línea y acuéstate, se dijo. Pero las líneas nunca eran solo líneas. Se extendían, se convertían en pensamientos que no lograba contener, en sentimientos que no podía negar.
Recordó la primera vez que lo había hecho: un impulso después del entrenamiento de rescate. Bakugo, de pie sobre los escombros, el traje de invierno cubriéndole los brazos hasta los guantes negros, la mirada fija, encendida, concentrada. Cada movimiento suyo parecía exacto, inevitable. Como si todo en su cuerpo supiera perfectamente lo que debía hacer.
Izuku lo observó ese día con una mezcla imposible de orgullo, respeto y una sensación que no sabía nombrar. No era solo admiración. Era algo más profundo, más inmaduro. Algo que lo hacía sentirse pequeño, y al mismo tiempo, vivo.
Había tenido un pensamiento breve “Eres tan genial. Qué suerte tiene Kirishima de ser tu mejor amigo” y luego lo había pasado a papel con la torpeza de quien exhala después de contener la respiración. Lo escondió entre las páginas de su cuaderno, en las notas donde apuntaba las mejoras del traje del rubio o de sus compañeros, como si ponerlo allí lo protegiera.
Esa misma noche, tras un entrenamiento con Todoroki e Iida, volvió a su habitación todavía con el cuerpo vibrando por el esfuerzo. El vapor de la ducha no había logrado borrar la imagen de Bakugo moviéndose en el campo, ni la sensación de ese pensamiento atrapado en su cuaderno. Apenas cruzó la puerta, su mirada fue directa hacia el estante donde lo había dejado. Sabía exactamente en qué página estaba aquel papel.
Por un instante imaginó el desastre: Bakugo leyendo la nota, sabiendo que era él quien le había escrito eso. La idea lo heló. Su primera reacción fue tan ridícula como desesperada: destruirlo, romperlo en pedazos, tragarse los restos si hacía falta. Pero una emoción distinta, más punzante, apareció antes de que pudiera hacerlo. No era miedo. Era envidia.
Envidia de Kirishima, por la facilidad con que se acercaba a Bakugo, por cómo reía junto a él sin temor a las chispas, por la sencillez con la que había roto la coraza del rubio. Molestia por cómo había dejado de mirarlo. Y, entre esa envidia y el fastidio que la acompañaba, se coló algo más: una necesidad absurda, casi infantil. Quería que Bakugo lo mirara otra vez.
Esa certeza lo golpeó de lleno. Quería provocar una reacción. Forzar un cruce de miradas. Quizá si lo lee, me pondrá atención como antes, pensó.
Antes de arrepentirse, tomó el papel, lo arrugó y lo dobló en cuatro, sintiendo cómo el aire en la habitación se volvía más denso con cada pliegue.
El pasillo olía a limpieza tardía y jabón, y la luz amarilla de los corredores dibujaba sombras alargadas. Subió las escaleras con cuidado, sintiendo cada viga bajo sus pies. Cuando llegó a la cuarta planta, algo le pareció fuera de lugar: una luz muy tenue que se filtraba desde la habitación de Kirishima. Extraño, pensó; el toque de queda había pasado hacía rato.
Se acercó en silencio hacia la habitación del pelirrojo, y entonces escuchó voces. Unos botones siendo pulsados con fuerza; luego la voz áspera del cenizo, seguida por una risa de Kaminari.
“Juego de mierda. ¡No me explicaste cómo mierda se usa el escudo!” la voz de Bakugo sonó clara en el pasillo.
“Si mueres, será mi turno” dijo Kaminari entre risas seguido de Kirishima.
El sonido le atravesó el pecho como un escalofrío. Era la misma voz que lo había dejado sin aliento en el entrenamiento; una voz que, a pesar de su brusquedad, ahora habitaba en la habitación de otra persona. Un curioso valor se encendió en Izuku: tal vez porque oírlo en otro cuarto lo hizo sentir cercano y lejano al mismo tiempo. Con las manos algo temblorosas, avanzó hasta la puerta siguiente: la de Bakugo.
Se agachó y, con un movimiento casi mecánico, deslizó el papel por debajo de la puerta. Fue la acción más tímida y audaz a la vez: un aviso, una apuesta. Se dio la vuelta y volvió a su cuarto con pasos apresurados, el corazón golpeándole en la garganta.
Esa noche no pudo dormir. Se imaginó mil reacciones posibles: que pillara a Bakugo riéndose de su nota, que la tirara sin leerla, que fuera dispuesto a arrancarle la cabeza por el atrevimiento. Pero nada de aquello sucedió. Al día siguiente, la normalidad fue una pared fría: Bakugo pasó junto a él en clase y en el comedor sin mirarlo, como si no existiera. Izuku se sintió aliviado por no haber sido expuesto por su letra y, a la vez, extrañamente herido por el resultado. Ese silencio del rubio —ni burla, ni reproche, ni interés— le dio más ganas de escribir.
Las cartas se convirtieron en una cadena: la segunda por impulso, la tercera por necesidad, la cuarta y quinta porque no supo detenerse. Y Bakugo no dijo nada. No había acusaciones ni preguntas, solo un tratamiento que parecía consistir en fingir que nada ocurría. Y esa indiferencia lo empujaba a seguir.
La sexta carta nació de esa mezcla de rabia y cansancio: quería ser notado, quería que se fijara en él, pero al mismo tiempo, estaba cansado de intentarlo. Tal vez era lo que Bakugo quería, que se cansara, que lo dejara en paz. Miró el papel frente a él, y escribió con la mano algo temblorosa:
"Tal vez sea la última vez que hago esto..."
Las palabras se formaron casi solas, trazadas con la torpeza de quien intenta detener un temblor.
"En realidad, nunca sabré por qué te escribí aquella primera carta. Es algo que aún sigo pensando. Espero que no hayas leído ninguna.
Espero que hayas quemado las otras cartas.
Hazlo con esta también, Bakugo.”
Era tan extraño dirigirse a él por su apellido.
Se quedó observando lo que acababa de escribir. La tinta aún húmeda brillaba con la luz amarilla. Le pareció un error, todo. Cada palabra, cada letra, cada pausa. Pero no podía borrarlas. ¿No había sido así con las anteriores también? Dobló la hoja con cuidado: una vez, dos veces; la abrió para corregir una palabra; la cerró otra vez hasta que el papel quedó en cuatro pliegues perfectos, tibio por el calor de sus manos.
Se prometió que sería la última. Y esa vez lo sentía; no por convicción, sino por cansancio. Dejó la carta en el bolsillo de su sudadera y esperó. Cuando el dormitorio estuvo en calma, cuando los ruidos se hicieron tan lejanos que pudo distinguir el latido de su propio pecho, salió otra vez. Caminó descalzo por el pasillo frío, sintiendo el contraste entre la tibieza del papel y la helada del suelo. Se detuvo un instante frente a la puerta de Bakugo, mirando la calcomanía de la chispa que alguien le había pegado a la puerta. Se agachó, deslizó la carta por la rendija y se volvió para marcharse.
Pero entonces, un sonido lo detuvo. Un clic tan pequeño que casi no existió. La puerta se abrió.
No fue un estallido. No hubo insultos. Solo la puerta, y la figura de Bakugo en el umbral. Descalzo, con el cabello revuelto, una camiseta arrugada y pantalones oscuros que parecía ser su pijama. Sus expresión no era de sorpresa, ni parecía molesto; no había en sus ojos el habitual incendio de rabia. Lo miraba con una calma que Izuku no supo interpretar.
La carta yacía a medio camino entre la habitación y el pasillo. Katsuki, bajó la mirada y la observó por unos segundos pero no la recogió. Levantó la vista, fijándola en Izuku con una quietud que pesaba más que cualquier grito.
El silencio se volvió denso. Izuku sintió que se le iba la voz, que las excusas se volvían ridículas en su mente. Podía apartarse, fingir que se había equivocado de puerta, correr hasta su cuarto y borrar todo con el sueño. Pero algo en la postura de Bakugo, en la manera en que sostenía la mirada, le cerró todas las salidas.
Y entonces Katsuki habló, con una sola palabra que no admitía marcha atrás.
“Entra”.
Izuku parpadeó, incrédulo. Esa palabra no tenía sentido viniendo de él: no sin sarcasmo, no sin gruñidos ni explosiones. Pero no había burla en su voz. Tampoco ternura. Era otra cosa. Seria. Densa.
Una orden. Entonces no tuvo elección.
BAKUGO
La primera carta la encontró un martes.
Después de haberse rendido ante la insistencia de Kirishima y Kaminari para probar un nuevo juego que habían comprado. No era habitual en él perder el tiempo con esas cosas, pero esa noche, el ruido constante de los dos idiotas lo había agotado más que los entrenamientos. Cedió solo para que lo dejaran en paz, amenazando con que sería la última vez.
Debería estar durmiendo. Lo sabía. Los entrenamientos habían vuelto a ser exigentes y no podía permitirse el lujo de distraerse. Todoroki se movía con más soltura con el fuego y el hielo. Iida resistía más velocidad. E incluso Deku había aprendido a usar las nuevas variaciones de su don con una precisión que empezaba a molestarlo.
Necesitaba mejorar. Alcanzarlo. Superarlo. Romper con esa sensación donde ahora era él quien iba un paso por detrás.
Después de un rato, y con ayuda de Kirishima, terminaron el juego. Para él, una estupidez. Tiempo perdido. Pero lo admitiría solo para sí mismo: al menos se había divertido un poco.
Cuando volvió a su habitación, el cuerpo le pesaba. Las manos, aún tibias por el mando, le dolían levemente. Encendió la luz del escritorio, y con una toalla y un pantalón, se metió al baño. No pensó en nada mientras el agua le caía encima, solo en el silencio. Pero al volver, con el cuerpo aún húmedo y el agua goteando sobre el suelo, algo lo hizo fruncir el ceño: un papel, justo frente a la puerta.
Un papel doblado sin cuidado. Sin nombre.
Frunció el ceño. Su primer pensamiento fue que sería cosa de Kaminari o de Kirishima tal vez, alguna estupidez escondida para fastidiarlo. Pero no tenía dibujos, ni nombres. El papel estaba algo arrugado pero limpio. Doblado sin precisión. Sin marcas, sin colores.
Demasiado limpio.
Se agachó, lo recogió y lo observó un instante. Era tan perfecto e inusual que le pareció sospechoso. Lo desdobló con brusquedad, preparado para encontrar cualquier cosa. Pero lo que vio lo descolocó más de lo que habría querido.
La caligrafía era inconfundible. La conocía. Esa forma redondeada de marcar las a, el ligero temblor en la k, la presión excesiva en la tilde. Reconocería esa forma de escribir incluso dormido.
Deku.
El reconocimiento fue inmediato, casi físico, como un golpe en el estómago. Sintió un tirón en el pecho, mezcla de sorpresa, incredulidad y algo que no quiso definir. No había nombre en el papel, ni señales que lo confirmaran, pero no necesitaba más. Era él. Lo sabía.
Por un momento se quedó quieto, con la nota suspendida entre los dedos. No supo si debía reírse o gritarle. Pensó en salir directo a la habitación de aquel idiota para explotarle la carta en la cara, pero algo lo detuvo.
En lugar de eso, la leyó.
“Eres tan genial. Qué suerte tiene Kirishima de ser tu mejor amigo.”
Bakugo parpadeó. Leyó la frase una segunda vez. Luego una tercera. Y una cuarta.
No sabía cómo sentirse.
Las palabras no eran ni una burla ni una alabanza. Sonaban reales. Demasiado reales. Como si lo hubieran observado con calma, sin idolatría ni desprecio. Era una voz que hablaba desde cerca, con una claridad incómoda.
No estaba acostumbrado a que lo observaran así. Ni siquiera sabía si quería que lo hicieran.
Quiso romper la carta. Quemarla, incluso. Pero no lo hizo. Solo la arrugó y la guardó en el cajón de su escritorio, con la intención de olvidarla.
Y, sin embargo, no la olvidó.
Porque llegó una segunda nota. Luego una tercera carta.
Al principio creyó que era una forma extraña de burlarse de él. Una estrategia pasivo-agresiva para vengarse, para provocarlo, como cuando lo analizaba en voz alta en medio de un entrenamiento. Pero las cartas no eran hirientes. No eran condescendientes. Eran... otra cosa.
Molestamente honestas. Casi íntimas,algunas veces.
Hablaban de cómo se movía en combate, de cómo observaba antes de atacar, del brillo que adquirían sus ojos cuando peleaba, o incluso de su sonrisa cuando ganaba. De lo que hacía sin darse cuenta.
De cosas que nadie más notaba.
¿Quién le había dado permiso para mirar tan de cerca? ¿Para escribirlo así?
Cada vez que las leía, sentía un nudo en el estómago. No de rabia, sino de algo más incómodo. Algo que lo hacía pensar en Deku más de lo necesario. Y eso le irritaba aún más. Era injusto. Pero, sin darse cuenta, empezó a hacerlo también. A observarlo.
En realidad, ya lo hacía desde antes, aunque nunca se había detenido a notarlo. Pero ahora era diferente: lo hacía con una atención que no era normal en él, con una precisión casi molesta, como si cada gesto del peliverde tuviera que ser analizado, comprendido, memorizado.
Lo observaba en los entrenamientos, cuando se movía con esa mezcla de torpeza y técnica que lo hacía impredecible. En los desayunos, mientras hablaba con los demás sin darse cuenta de que sus manos temblaban un poco al sostener la taza caliente. En los pasillos, cuando caminaba distraído mirando los paneles de anuncios o murmurando cosas para sí mismo.
Pequeños hábitos que antes le habrían parecido insignificantes ahora se quedaban grabados en su mente.
Cómo se rascaba la nuca cuando estaba nervioso, cómo mordía el borde del lápiz cuando pensaba, o cómo suavizaba la voz cuando hablaba con las chicas, casi con una timidez infantil.
Y lo peor era que no podía dejar de hacerlo.
Cada detalle se le quedaba pegado, como si esas observaciones fueran algo que no podía evitar, una costumbre adquirida sin permiso. Y cuanto más lo notaba, más le irritaba.
Era absurdo. No quería mirarlo. No quería interesarse. Y usó el hábito como excusa.
No se lo contó a nadie. No rompió las cartas, ni las escondió. Las guardaba todas, con el mismo cuidado con que se guardan los errores que uno no quiere admitir.
A veces las releía, en silencio, sin entender por qué. Como si en esas palabras escritas a escondidas hubiera algo que necesitaba descubrir. Un código que no lograba descifrar.
¿Por qué hacerlo así? ¿Por qué escribir, en lugar de hablar? ¿Por qué decirle cosas que nunca se atrevería a pronunciar en voz alta?
Había noches en las que de verdad quería confrontarlo.
Salir, agarrarlo del cuello del uniforme y obligarlo a admitirlo. Decirle que ya lo sabía, que no hacía falta seguir fingiendo. Pero siempre algo lo frenaba, justo antes de hacerlo.
Una parte pequeña, enterrada muy dentro, que no quería que Deku se detuviera. Y no lo hizo.
La cuarta y la quinta carta eran diferentes. Había en ellas algo más vulnerable, como si las palabras se le escaparan sin filtro. Como si estuviera empezando a hablar desde un lugar más profundo, uno al que Bakugo nunca había tenido acceso.
Podía sentirlo en la forma en que la letra parecía menos firme, en las frases que se rompían a mitad.
Y esa sensación —esa mezcla de incomodidad y curiosidad— se le quedaba pegada en la cabeza incluso después de dormir.
Hasta esa noche.
No hubo carta cuando regresó del entrenamiento.
Se duchó, se vistió con ropa limpia y apagó todas las luces, pero no pudo dormir. Se quedó tumbado boca arriba, con los ojos abiertos en la oscuridad, mientras la tenue luz verde amarillenta del despertador y proyectaba leves sombras sobre el techo.
Algo dentro de él sabía que iba a llegar. Después de todo, lo conocía.
Quince minutos después. El reloj marcó las once y media cuando lo escuchó.
Pasos suaves, como si alguien midiera cada movimiento para no hacer ruido. El leve roce de una tela contra la pared. Una respiración contenida. Su cuerpo se tensó sin que pudiera evitarlo.
Se incorporó lentamente, sin encender la luz, observando cómo una sombra se detenía frente a su puerta. La vio agacharse. Y luego, vio la carta, que diferenciada de las anteriores, era más cuidada, más perfecta. La observó temblar, seguramente por causa del mismo temblor del menor al otro lado de la puerta, y entonces lo supo.
Esa iba a ser la última.
Lo que estuviera escrito allí ya no sería solo admiración ni celos o esa estúpida atracción. Y que, si no hacía algo ahora, sabía que iba a arrepentirse después.
Caminó hacia la puerta justo en el instante en que Midoriya volvía a su habitación. Abrió con lentitud, sin apuro, dejando que el suave chirrido de la bisagra rompiera el silencio como una alarma contenida.
Izuku se quedó congelado. Dándole la espalda por unos segundos y luego volviéndose a verlo. Su rostro pálido y sus ojos perdidos. Como un niño atrapado robando dulces. Y durante un segundo, el aire pareció espeso entre los dos.
Bakugo no lo miró con rabia. No esta vez. Tenía el ceño relajado, los hombros bajos. El rostro sereno, demasiado sereno para lo que sentía por dentro.
No dijo su nombre. No preguntó nada. No necesitaba hacerlo.
“Entra” susurró.
E Izuku obedeció.
Lo primero que distinguió fue el olor.
Aquel aroma que emanaba del cenizo flotaba por toda la habitación, tan presente que parecía envolverlo por completo. No era un olor cualquiera: era intenso, dulce, químico y, al mismo tiempo, familiar. Conocía bien aquella fragancia. La nitroglicerina. El mismo olor que sentía en los entrenamientos, el aire se llenaba de humo y sudor, mezclado con ese toque extraño que recordaba a azúcar quemada. Un dulce arrasado por el fuego. Como un toffee cálido, tostado justo en la superficie, como la capa de un flan recién caramelizado. No era Bakugo en sí, sino la habitación misma. Cada rincón estaba impregnado de esa esencia.
El peliverde recorrió el cuarto con la mirada: los guantes sobre la mesa, algunas vendas, el olor persistente a ceniza. Evidentemente, el rubio entrenaba allí, como siempre lo hacía. Una pequeña sonrisa quiso asomarse en su rostro, pero se desvaneció tan pronto escuchó el clic de la puerta al cerrarse desde dentro.
El sonido fue tan seco, tan definitivo, que el aire pareció contraerse dentro de la habitación. Izuku se quedó inmóvil, con los dedos helados y el corazón acelerado, como si el ruido hubiera sellado algo más que una puerta. Se giró despacio. Y ahí estaba.
De pie a unos metros frente a él, la espalda apoyada contra la madera recién cerrada, los brazos cruzados, la sombra de su cuerpo recortándose sobre la tenue luz de la luna. No dijo nada. Solo lo miró en la oscuridad, con esa extraña calma peligrosa.
Izuku tragó saliva. Estaba encerrado. Encerrado con él. Con la persona a la que había escrito seis cartas.
La última justo en el suelo frente a él, por cierto.
Ninguno se movió. Se quedaron de pie, observándose en silencio. Izuku no sabía cuántas veces había contado hasta veinte para calmarse. Sus manos temblaban, y el pulso le retumbaba en las sienes. Cada segundo que pasaba frente a esos ojos rojizos era una batalla entre el miedo y el deseo de decir algo, cualquier cosa. Pero nada sonaba lo suficientemente sensato en ese momento.
Bakugo dio un paso hacia adelante, apenas un movimiento, pero bastó para que el menor se tensara de inmediato.
El espacio entre ambos se volvió más pequeño, como si las paredes se hubieran encogido de golpe. Izuku sintió cómo el aire le pesaba en los pulmones.
Tal vez solo habían pasado unos minutos desde que había entrado, aunque a él le parecían horas. El reloj invisible dentro de su cabeza avanzaba con una lentitud insoportable, marcando cada silencio, cada mirada que no se atrevía a sostener. Ni siquiera sabía cómo había llegado a ese punto. Todo había sido un impulso: una mezcla de culpa, miedo y ese deseo estúpido, casi inconsciente, de ser descubierto.
Bakugo bajó la mirada al suelo, al papel doblado. Lo recogió sin decir nada, y lo sostuvo entre los dedos, examinándolo.
Izuku tragó saliva. Sintió cómo su garganta se cerraba mientras lo veía desenvolver la carta con calma, demasiado despacio. De vez en cuando el rubio levantaba la mirada, observándolo por el rabillo del ojo, atento a cada movimiento, a cada respiración.
"Eso no... era para ti" susurró el menor, apenas audible.
Bakugo lo miró sin expresión, aunque en el fondo de sus ojos brilló algo parecido a una chispa. Contuvo la risa amarga que quería escapar de su garganta. ¿De verdad? ¿Después de mandarle esas seis malditas cartas que tenía guardadas dentro del cajón en su escritorio iba a soltarle esa excusa?
Izuku sintió fatiga por un segundo, no estaba preparado para las consecuencias, sintió que cada inhalación dolía. No sabía dónde mirar: la cama, la mesa, el suelo, cualquier lugar menos al mayor.
El sutil sonido del papel al desdoblarse completamente, fue suficiente para hacerle dar un paso atrás. Bakugo lo estaba leyendo.
"No era para ti" repitió, esta vez con un hilo de voz más firme, aunque ni él mismo creyó en sus palabras. Lo decía porque necesitaba llenar el silencio, porque tal vez, si sonaba convincente, Bakugo lo dejaría ir.
Pero el rubio no se movió y tampoco dejó de mirarlo. En cambio, caminó hacia el escritorio. Tomó algo del cajón y dejó caer un pequeño montón de hojas sobre la mesa. Izuku lo reconoció al instante: su caligrafía, sus frases, sus cartas. Todas.
Su respiración se quebró. No había manera de negarlo.
"¿Estás seguro de que no era para mí?" la voz de Bakugo sonó baja, ronca, casi contenida. Levantó la última carta y la estampó contra la mesa con un golpe seco "Nerd de mierda, ni siquiera sabes mentir. ¿Qué es esto?"
Izuku no fue capaz de sostenerle la mirada.
El rubio lo observaba con una mezcla de furia y cansancio, como si aquella pregunta hubiera estado atormentándolo desde hacía semanas. Y, de hecho, lo había hecho.
Mierda, pensó Bakugo, qué bien se siente por fin preguntarlo.
Llevaba casi dos meses con esas malditas cartas, leyéndolas una y otra vez, sin entender del todo por qué no podía tirarlas.
Y ahora lo tenía frente a él: al culpable, al autor, al nerd que había escrito cada palabra que lo había dejado horas pensando en su significado.
Izuku abrió la boca para contestar, pero la cerró enseguida. Ni siquiera sabía qué decir. Todo sonaba inútil en su cabeza.
"Lo siento." murmuró, apenas un hilo de voz.
Bakugo frunció el ceño, frustrado.
"No necesito tus malditas disculpas" su voz tembló un poco, no de debilidad, sino de contención "Quiero una explicación, Deku. ¿Qué es esto? ¿Qué esperas que pase ahora? ¿Qué mierda quieres decir con esta última carta? ¿Qué quieres que haga?"
No gritaba. No había explosiones en sus manos, solo una ligera vibración, chispas diminutas que desaparecían tan rápido como aparecían. No era el enfado habitual, sino uno más complejo. Y eso le inquietaba a Izuku.
Tragó saliva, sintiendo cómo se le encogía el estómago.
"No lo sé..." fue lo único que consiguió decir. ¿Decir la verdad? ¿Mentir? No lo sabía ni él.
Bakugo soltó un suspiro, y sin decir nada más dio un paso al frente, y otro más, avanzando con una firmeza cegada, no sabiendo si quería respuestas o simplemente comprobar algo, era extraño. Cada movimiento hacía que su corazón latiera cada vez más nervioso, nublaba sus pensamientos. Parecía actuar de forma inconsciente.
El menor retrocedió sin darse cuenta, sin apartar ni un segundo la mirada de esos ojos escarlata. No era miedo lo que sentía; era esa mezcla de ansiedad y adrenalina. Su cuerpo reaccionaba por instinto, como si retroceder fuera lo único que podía hacer frente a la intensidad con la que Bakugo lo observaba.
El borde de la cama se interpuso en su camino, y tropezó con ella, cayendo sentado sin oponer resistencia. Y Katsuki no se detuvo.
El silencio en la habitación era opresivo, sólo interrumpido por la respiración entrecortada de ambos. El rubio se inclinó hacia adelante, cegado, distante de las acciones que estaba realizando, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de Izuku, y la rodilla derecha en el colchón, que cedió un poco bajo el peso. Lo encerró por completo, y el espacio entre ellos se redujo a un puñado de centímetros.
Izuku tragó saliva, notando cómo la garganta se le secaba, y levantó la vista sin poder evitarlo. El mayor estaba tan cerca que podía ver con detalle las sombras que sus pestañas proyectaban sobre las mejillas, el brillo húmedo de su piel natural, el ligero temblor en sus labios cuando exhalaba. No parecía solo enfadado, aunque su ceño seguía fruncido, en su mirada distinguió algo nuevo, una chispa. La curiosidad, tal vez. Parecía desorientado, pero tan despierto a la vez.
"Respóndeme" le pidió en un susurro, su voz ronca hizo que Izuku no se atreviera a moverse.
"¿Qué quieres que te diga? No lo volveré a hacer." respondió con una leve osadía, proyectada en apenas un susurro. Su voz sonó temblorosa, rota por la tensión, y el silencio posterior pesó tanto que podía oír los latidos en sus oídos.
Bakugo bajó la mirada, estudiando cada gesto del menor como si buscara algo que confirmara lo que ya temía. Su enojo se mantenía, claro, pero cada pensamiento lo confundía más. ¿Qué mierda hacía ese idiota escribiéndole cartas? ¿Por qué no podía dejar de pensar en eso, en él, en su voz, en cómo lo miraba ahora? Quiso hablar, decir algo que lo alejara, pero sus propias palabras se quedaron en la garganta.
"Te estoy viendo, Izuku" murmuró Bakugo con voz ronca, con una calma que no encajaba con su mirada "Te estoy escuchando también. ¿No era esto lo que querías? ¿No era lo que me pedías en tus cartas?"
Las pupilas de Izuku se dilataron, y por un momento su mente se quedó en blanco. No podía articular ninguna palabra. Comprendió en ese instante que Bakugo lo había leído todo. Quiso llorar. Enrojeció por vergüenza, y apretó la gruesa manta sobre la cama, entre sus dedos. ¿Qué era lo que había hecho? No tendría que sentirse así, ya que después de todo, él mismo había buscado esta atención. Pero buscarla y tenerla era algo diferente.
No había forma de explicar, de justificar, de retroceder. Solo podía sentir. Su respiración mezclándose con la del rubio, cada latido que resonaba como un tambor en su pecho, que no dejaba de aumentar a ritmo más nervioso.
"¿Qué esperabas que pasara?" La voz de Bakugo se escuchó más cerca, más íntima, y el menor cerró los ojos, apretando ligeramente la mandíbula, sin saber qué decir.
Una sensación húmeda y cálida apareció en su cuello, una piel erizada recorrió todo su cuerpo y un gemido involuntario se escapó de sus labios. Abrió los ojos de golpe, y allí estaba el rubio otra vez, acercando su boca al mismo lugar, dejando un rastro que lo hizo temblar de pies a cabeza nuevamente. "Qu-Kacch... No, no, Kacchan..." su voz se quebró, mezclada de sorpresa, nervios y un deleite desconocido. Espera.. pensó, pero no quiso decirlo en voz alta.
Esto no- Y fue cuando entendió el propósito de sus propias cartas. Fue entonces cuando entendió su propio deseo egoísta.
Todo lo que hizo fue por culpa de Bakugo. Todo ese impulso, esa mezcla de miedo y deseo, tenía un único objetivo: captar su atención, mantenerlo concentrado solo en él. Quería que lo mirara, que pensara en él, que lo tocara, que lo sintiera... que todo eso fuera únicamente para él.
Estaba celoso. Demasiado para admitirlo, pero no le importaba. No era amor, al menos no del todo. Tal vez no todavía. Pero había algo más profundo, más intenso, que lo obligaba a aceptar cada roce, cada beso, cada latido compartido. Ahora entendía todo. Quería a Kacchan solo para él, y no podía imaginarse compartiéndolo con nadie más.
"Kacchan" susurró Izuku. El sonido de su voz le atravesó el pecho, y por un instante Bakugo se quedó congelado, sorprendido por lo que estaba haciendo. No era solo por cómo lo había dicho, ni por el hecho de que lo llamara así, sino por todo lo que eso significaba. Era el peso de los últimos meses, de las cartas, las miradas, los silencios. Todo ese juego extraño que habían mantenido sin decir nada, y que ahora, frente a él, tenía sentido. Toda esa tensión que había nacido entre los dos y que él, de alguna forma, había permitido crecer sin detenerla.
Por primera vez, se permitió sentirlo: el calor que le subía por el pecho, la tensión en los hombros, la mezcla de enfado, nervios y... deseo. Deseo de tenerlo cerca, de reclamarlo, de no dejarlo escapar otra vez. Intentó pensar, entender qué estaba haciendo, pero todo se volvió ruido. Solo quedaba la imagen frente a él: los ojos verdes de Izuku, brillando y temblando a la vez; las pecas en sus mejillas, tan cerca que podía contarlas; sus labios, húmedos, entreabiertos, y ese pequeño gesto; esa maldita lengua pasándolos cuando se dio cuenta de que lo miraba, que le vació la mente.
Oh, mierda.
Su cuerpo se movió antes de que pudiera pensarlo. La pierna izquierda se deslizó entre las de Izuku y, con una mano, lo sujetó por la mandíbula, obligándolo a no moverse. No hubo tiempo para respirar, lo atrajo con necesidad y estampó sus labios contra los suyos. El contacto lo tensó al instante; sintió las manos ásperas del chico aferrándose a su rostro y luego a su pelo aún húmedo, pegándolo más hacia el, si eso era posible. Separó los labios, y Izuku hizo lo mismo, inhalando con rapidez antes de volver a buscarlo. Hundió su lengua en su boca, cálida, suave, y lo saboreó. Tan apetecible, tan delicioso.
Las pequeñas gotas de su pelo aún húmedo caían sobre el rostro de Izuku, pero este no se molestó en apartarlas. Estaba concentrado en el sonido que hacían sus labios, en cada roce, en cómo Bakugo chupaba su lengua o mordía su labio inferior con hambre, como si quisiera devorarlo. Parecía morir por la escasez de aire en sus pulmones, pero no quería dejar de tocarlo. “Kacchan” gimoteó en un susurro, y eso provocó que el rubio se apartara lentamente.
Lo observó alejarse unos centímetros y se lamentó de haber hablado. Bakugo se quedó quieto, recuperando el aliento con una pausa calculada, sus ojos fijos en el pecoso, como evaluando cada reacción. “Estás temblando, Izuku” dijo finalmente, su voz firme pero ligeramente jadeante, ya sin importarle el silencio que debería haber en la habitación.
Aún podía sentir su sabor en los labios, en su lengua, y un calor familiar comenzó a recorrer su cuerpo. Notó cómo la erección se endurecía en sus pantalones, deseaba seguir degustando al peliverde. Pero sabía que no tendría que estar aquí. Hace unos minutos, su cabeza había fantaseado con estar con Izuku en esa misma cama: los sonidos que podría provocar al embestirlo, la manera en que cada gemido podría sonar en sus oídos, las posturas en las que era más cómodo deleitarse con su figura mientras se hundía en su interior… Fantasías que le hicieron apretar la mandíbula para no perderse en ellas.
No podía. No si quería que todo sucediera como él lo quería. Allí tendría que mantener el mínimo silencio para no despertar a los demás, y Bakugo quería escucharlo: quería que gimiera, que gritara, que llorara de placer y dolor. No podía hacerlo ahí, no en ese momento, no con el riesgo de que alguien los interrumpiera.
Observó al menor morderse el labio, ahora hinchado y más apetecible, y respiró hondo. No podía.
“¿Kacchan?” Hasta ese momento no había notado cómo las piernas de Izuku se habían cerrado alrededor de su cintura, sus dedos enredados en su rubio cabello mojado, su voz más ronca que antes. No podía. No allí.
Se incorporó con rapidez, maldiciendo por lo bajo y se alejó de esos ojos esmeraldas que lo miraban confundidos. Apretó la mandíbula, controlando el calor que le subía por el pecho, y luego volvió hacia Izuku con rapidez, atrayéndolo de nuevo y volviendo a saborear sus labios con más intensidad. La diferencia de altura no era mucha, pero notó cómo el peliverde alzaba el rostro para hundir más la lengua en su boca. Lo escuchó gemir y sintió temblar su miembro. “Mierda, mierda, mierda.” murmuró entre dientes, conteniendo la respiración.
Aún chupando su lengua, lo llevó hasta la puerta y lo apoyó contra ella. Pegó más su cuerpo al del menor, presionando con fuerza sin dejar de besarlo, y hundió la pierna izquierda entre las de Izuku nuevamente. Dos brazos rodearon su cuello, y volvió a tragarse un gemido que provocó en Izuku cuando mordió su labio inferior con fuerza. Se separó de él, apenas para recuperar aire.
“Nerd de mierda, hay personas durmiendo.” Entonces Izuku pareció darse cuenta de dónde estaba y de donde debería estar. Durmiendo.
Bakugo volvió a besarlo, esta vez con una delicadeza inesperada. “Kacchan, mañana tengo entrenamiento” susurró sobre sus labios y con los ojos entrecerrados. No lo dijo para detenerse, sino más bien para recordárselo a sí mismo. Bakugo chasqueó la lengua y se separó despacio de él, alejándose unos pasos hacia su escritorio, donde aún estaban las cartas, incluida la última que había leído.
“Pero quiero-” quiso decir Izuku, con la voz apenas un hilo. ¿Quiero que nos sigamos besando en tu cama? Sí, sin dudas, pero ni siquiera sabía cómo decirlo sin sonar desesperado.
“¿Quieres que, Deku?” Sus ojos se encontraron, y Bakugo notó cómo el menor luchaba por no mirarlo directamente, intentando formar una frase, mientras su respiración se aceleraba y sus manos temblaban ligeramente. Se detuvo al mirar el escritorio y luego a él, como si intentara poner sus pensamientos en orden.
Bakugo sonrió levemente mientras Izuku seguía apoyado en la puerta, observando las cartas encima del escritorio. Se acercó inclinando la cabeza ligeramente, como si analizara todo lo sucedido desde otra perspectiva. “Me pregunto si este juego será malo” susurró con una sonrisa maliciosa, inclinando la cabeza hacia él. Apoyó la mano en el picaporte y abrió la puerta lentamente, obligando a Izuku a avanzar hacia él. “Mañana tienes entrenamiento, Deku” le recordó, y sin dejar que respondiera, lo condujo fuera.
“Las cartas-” intentó decir Izuku.
“Son mías” dijo Bakugo sin vacilar. “La próxima vez que quieras darme una, solo toca la puerta. Espero saber qué hacer contigo cuando eso pase.” Izuku deseó no haber procesado tan rápido el significado de esas palabras. Su mente sucia ya había imaginado todo, y un calor intenso le subió a las orejas. El cenizo sonrió burlonamente, disfrutando de cómo había caído tan rápido en su juego.
No dijo nada más al cerrar la puerta, y unos segundos después Izuku bajaba por las escaleras hacia su habitación. Una sonrisa apareció en su rostro al llegar al pasillo; llevó la mano a los labios, para que nadie lo viera. ¿Qué había pasado? No lo sabía exactamente, pero no podía esperar para volver a escribirle una carta; quería ver hasta dónde llegaría Bakugo con él.
