Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-10-10
Completed:
2025-10-14
Words:
7,387
Chapters:
2/2
Comments:
6
Kudos:
27
Bookmarks:
2
Hits:
524

Cuidados intens(iv)os

Summary:

Patricia y Néstor se cuidan mutuamente porque son novios y se aman.

Notes:

Esto salió principalmente del descubrimiento de Patricia y de que él tiene la misma ropa en la playa y en ✨la escena✨ del tráiler y de teorías que fui armando a partir de eso y de los tuits enloquecidos de ayer.

Chapter Text

Aquella mañana, Patricia y Néstor habían quedado en una pequeña playa a las afueras de Valencia. A primera hora, apenas unos minutos después del amanecer, para evitar ser vistos por cualquier periodista con demasiado interés en la ya no tan inexistente historia de amor entre ellos dos.

Desde que Patricia había dejado de ser su paciente para pasar a ser atendida por Sophie Lafont, la nueva oncóloga a cargo del tratamiento experimental que había decidido probar, Néstor no dejaba de mostrarse inquieto. Según él, la estaban utilizando como conejillo de indias, como parte de un experimento cuyos resultados aún estaban muy lejos de ser concluyentes.

Estaba convencido de que a Sophie Lafont no le importaba Patricia lo más mínimo; solo le interesaban los avances que su caso podía aportarle a su carrera.

A él, en cambio… a él Patricia le importaba demasiado, y ella lo sabía. Se lo había demostrado varias veces: en aquellos besos robados a escondidas, en las tardes y noches en que se encontraban en el hospital para revisar sus analíticas, en ese silencio y miradas cómplices que solo existían entre ellos.

Aunque ya no pudiera ser su médico de forma oficial, la opinión de Néstor seguía siendo la única que realmente le importaba. Por eso lo había citado esa mañana, para hablar de lo que había podido averiguar con otros colegas. La preocupación de él, principalmente, eran los efectos secundarios que ese nuevo tratamiento podía causar en Patricia. Porque estaba convencido de que podría curarle el cáncer, sí. Pero ¿a qué coste?

Hablaron en la playa y caminaron por las calles de Valencia, Néstor vestido como siempre y Patricia lo más cubierta posible. Era mejor evitar que la vieran paseando con su exoncólogo como si fueran amigos.

O algo más.

Se separaron a media mañana, ambos dirigiéndose a sus respectivos trabajos y con la promesa de volver a verse esa misma noche. Sería la primera en toda la semana en la que Néstor no tenía guardia, y habían planeado terminar el día juntos en casa de ella, el único lugar en el que toda conversación relacionada con su salud estaba prohibida.

Le gustaba que allí pudieran ser solo ellos dos.

Pero sus planes no demoraron en arruinarse. Mientras cenaba fuera con parte de su equipo esa misma noche, Patricia recibió un mensaje:

 

Sigo en el hospital.
No creo que pueda ir hoy, perdona.

 

Frunció el ceño, algo perdida y un poco enfadada con el repentino cambio.

 

Pensaba que hoy no tenías guardia.

 

Néstor tardó unos minutos en responder.

 

Tengo unos informes pendientes.
Prefiero terminarlos antes de irme.

 

Patricia no necesitó más de tres segundos para entender qué estaba ocurriendo realmente.

Néstor siempre había sido entregado a sus pacientes, y ella admiraba eso de él. Pero también sabía que, desde hacía meses, había una sola paciente cuyas analíticas conseguían quitarle el sueño.

Se excusó para ir al baño y, una vez lejos de todos, marcó su número.

Néstor contestó al primer tono.

—¿Qué informes? —preguntó Patricia en cuanto escuchó su voz.

El suspiro al otro lado del teléfono fue respuesta suficiente.

—Néstor…

—No estoy tranquilo, Patricia. Lo sabes. —Su voz sonaba cansada, algo rendida. A ella no le gustaba nada esa obsesión que empezaba a mostrar por su caso.

—Sí —dijo, apoyando la espalda contra la pared, junto al baño—, ¿pero qué puede haber cambiado entre esta mañana y ahora?

Néstor se tomó unos segundos para responder.

—No había tenido tiempo de revisar tus nuevas analíticas hasta hace un rato y…

—¿Y qué? —interrumpió, intentando aligerar el ambiente—. ¿Más metástasis? ¿Un infarto cerebral? ¿Qué hay ahora que no hubiera ayer o la semana pasada?

Por un momento, lo único que se escuchó del otro lado fue la respiración de Néstor. Y, por un segundo, Patricia pensó en si él no estaría reviviendo todo lo que había pasado con su mujer.

Esa necesidad de salvar a alguien que ya no podía salvarse. 

—No hagas bromas, Patricia —dijo al fin, la seriedad evidente en su voz—. Hoy no.

Patricia suspiró, entre cansada y triste de repente.

—Esto no nos hace bien a ninguno de los dos, Néstor —murmuró—. Tienes que descansar. Yo te necesito descansado.

Hubo un silencio largo, de esos que pesan. De los que Patricia odiaba, porque necesitaba saber lo que él estaba pensando, cómo podía ayudarle.

—Mañana nos vemos, ¿vale? —dijo él, decidido, y Patricia supo, después de tantos meses de conocerlo, que una vez que Néstor ponía la cabeza en algo, no había quien lo hiciera cambiar. —Lo prometo.

Patricia tragó saliva, sintiendo una mezcla de emociones en su interior. Quería gritarle que dejara sus analíticas en paz y restregarle en la cara que ya no era su médico. Quería también abrazarlo, besarlo y agradecerle por preocuparse tanto.

—Está bien —respondió finalmente, sonriendo para sí antes de colgar la llamada.

Pero Patricia no se quedó tranquila. Sabía que él seguiría dándole vueltas a sus informes toda la noche; que acabaría revisando una y otra vez cada cifra, cada resultado.

Y aunque una parte de ella sentía un calor extraño, casi dulce, al pensar en lo mucho que le importaba a ese hombre, también sabía que tenía que ayudarle a salir de aquel agujero oscuro en el que se metía cuando se obsesionaba tanto.

Por eso, en ese mismo instante, Patricia supo lo que tenía que hacer.

Sin pensárselo demasiado, volvió a la mesa, cogiendo el abrigo del respaldo de la silla mientras se disculpaba con una sonrisa rápida y la excusa de que no se sentía bien. Salió del restaurante antes de que nadie tuviera tiempo de preguntarle si necesitaba ayuda.

El aire de la noche le golpeó la cara, húmedo y salado, y la brisa del mar le despejó las ideas. O quizá se las confundió más. Néstor podía tener ese efecto en ella.

Buscó su coche y agradeció internamente haber conducido ella misma esa noche. No habría sido fácil explicarle a su chofer por qué necesitaba ir al hospital a medianoche.

Intentó convencerse de que iba solo para asegurarse de que Néstor no se pasara la noche entera trabajando. No quería que él se hundiera con ella. Pero sabía que eso era solo una excusa.

La verdad era que no podía soportar la idea de que él estuviera allí, solo, pensando en ella.

Cuando llegó al hospital, el reloj del salpicadero marcaba las doce y cuarto. No eran horas para que él siguiera allí, mucho menos para que ella lo estuviera.

El edificio estaba casi vacío. Solo algunas luces encendidas en la planta de oncología rompían la oscuridad. Patricia respiró hondo y entró. Subió por las escaleras, evitando el ascensor.

Sabía exactamente a qué despacho ir.

El pasillo estaba en penumbra. Desde una de las puertas entreabiertas se filtraba una luz cálida y el sonido débil del teclado de un ordenador.

Golpeó suavemente la puerta, empujándola con el puño mientras lo hacía.

—¿Néstor?

Él levantó la vista, sorprendido. Tardó unos segundos en reaccionar, como si su cerebro necesitara asimilar que era ella quien estaba allí.

—¿Qué haces aquí? —preguntó al fin, con esa mezcla de preocupación y ternura que siempre la desarmaba. La luz azulada de la pantalla le dibujaba sombras en el rostro, y Patricia vio que llevaba la misma ropa que aquella mañana, con la chaqueta puesta.

—Lo mismo te pregunto yo.

Néstor suspiró, pasándose una mano por el pelo. Tenía la mirada cansada, los ojos enrojecidos. Sobre la mesa había varias carpetas abiertas, hojas impresas con gráficos, analíticas, datos que solo servían para atormentarle.

—Tenía que terminar de leer unos informes —murmuró—. No me quedaba tranquilo si no lo hacía.

Ella lo observó unos segundos, sin moverse del sitio.

—¿Informes míos? —preguntó finalmente.

Él no respondió, pero el leve movimiento de su mandíbula fue suficiente.

Ella sonrió, aunque sin rastro de burla.

—Sabía que no ibas a poder evitarlo.

—Ya estaba terminando. De hecho, iba de salida —dijo él, aunque a Patricia le costaba creerle.

Ladeó la cabeza mientras se apoyaba en el marco de la puerta y se cruzaba de brazos y, durante un instante, se miraron en silencio. Ese tipo de silencio que parece contenerlo todo: el miedo, el deseo, la culpa.

Patricia sonrió apenas, sin apartar la mirada.

—¿Qué has visto en las analíticas? —preguntó, empezando a caminar hacia él, acercándose despacio, con los ojos fijos en los suyos.

Néstor giró apenas la silla, siguiéndola con la mirada.

—Nada nuevo —dijo, bajando la vista.

—Mientes fatal —susurró Patricia, acercándose otro paso.

Él tragó saliva, sin moverse.

Patricia alargó la mano y tocó una de las hojas sobre la mesa. Vio su nombre impreso en la parte superior de varias de ellas y, por un segundo, sintió que no era más que un caso clínico para él.

—No sabes lo que me haces sufrir —dijo Néstor, casi en un susurro. Fue tan crudo el comentario, tan poco él, y a la vez Patricia sabía que era su verdad más absoluta.

Podía sentir los ojos de Néstor clavados en ella, la intensidad con la que la analizaba, como si se asegurase de que estaba allí, con la fuerza suficiente para mantenerse de pie frente a él.

—Ya… —murmuró ella, mirándole—. Bueno, de este lado tampoco se está mucho mejor, ¿eh? —sonrió, intentando aliviarle un poco el ánimo.

Pero sabía que, en ese momento, no había manera de calmar su preocupación.

—Por eso estoy aquí. —Patricia dio un paso más hacia el escritorio, sus muslos rozando la madera—. Para ayudarte a parar.

Él la miró, sin saber qué responder.

Patricia bajó la vista a las carpetas y, sin decir nada, las fue apilando con cuidado en un solo montón.

—Ya está —dijo con calma—. Informes terminados.

Néstor la observaba desde la silla, la sombra de una sonrisa asomando en los labios. De repente, sus ojos parecieron aclararse un poco. No en su color, sino en lo que transmitían.

—No te das por vencida, ¿eh? —murmuró él, su tono de voz perdiendo parte de la preocupación que venía arrastrando desde la llamada.

—No —respondió, encogiéndose de hombros—. Alguien tiene que salvarte de ti mismo.

—¿Y tú te ofreces voluntaria?

—Siempre.

Él soltó un suspiro y se llevó una mano al cuello, cansado.

Patricia lo observó, y una sonrisa se le escapó sin querer.

—Tienes una pinta… —murmuró—. Deberías dejar que alguien te cuide un poco.

Néstor la miró de reojo, con media sonrisa.

—¿Qué propones? —preguntó, en voz baja.

Patricia ladeó la cabeza, una chispa divertida en los ojos.

—Digamos que tengo mis propios métodos —susurró. Hizo una breve pausa, sosteniéndole la mirada, y añadió—: Si estás dispuesto, claro.

Él la miró entonces, sin decir nada.

Solo esa mirada suya, tranquila, profunda, con un brillo de algo que no se atrevía a poner en palabras, bastó para que Patricia sintiera que el aire se volvía más denso entre ellos.

Néstor negó despacio, pero la sonrisa seguía ahí, mirándola con cara de adolescente enamorado. Ella aprovechó ese momento para acercarse un poco más, rodeando la mesa hasta quedar frente a él.

Néstor la siguió con la mirada, sin apartarse, y ella ladeó la cabeza, con una sonrisa que intentaba contener.

—No me mires así, que sabes lo que pasa.

Él arqueó una ceja, divertido.

—¿Así cómo?

—Así —replicó ella, acercándose un paso—. Como si no te importara nada más.

Néstor rio suave, bajando apenas la mirada.

—Ahora mismo, no.

Ella negó con la cabeza, pero la sonrisa se le escapó igual. Y entonces, sin pensarlo demasiado, se inclinó de golpe hacia él, llevando una mano a su mejilla, acercando su rostro lo suficiente para que sus narices se rozaran.

—Tonto —murmuró, con voz suave.

Él no se movió. Solo la miró, esa misma sonrisa tranquila en los labios, pero ahora más callada, más sincera.

Patricia le sostuvo la mirada unos segundos, respirando despacio.

—¿Más tranquilo? —susurró.

Néstor sonrió un poco más, sin apartarse.

—Mmm… todavía no.

Ella soltó una risita.

—Eres un médico exigente…

Sin pensárselo dos veces, se inclinó un poco más hacia él, terminando con el milimétrico espacio que separaba sus labios.

El beso fue corto, sencillo, apenas un roce de dos bocas sonrientes, como si los dos temieran que el aire a su alrededor se rompiera.

Cuando se separó, se quedó con la frente apoyada en la de él.

—¿Y ahora? —le preguntó.

Patricia se inclinó un poco más, apoyando una mano en el borde del escritorio; la posición empezaba a resultarle incómoda.

Néstor negó con la cabeza, divertido, y ella sonrió, sabiendo exactamente lo que pasaría.

Incorporándose ligeramente, alzó una pierna para pasarla por encima de las de Néstor y se sentó a horcajadas sobre su regazo, mientras él amenazaba con soltar una suave carcajada.

Esa vez, los labios de Patricia atraparon la risa que casi se le escapaba a él.

Ese beso no fue como el anterior.

Al principio fue lento, como si ambos quisieran recordar cada gesto, cada respiración. Pero pronto se volvió más profundo, más seguro, cargado de esa urgencia silenciosa que llevaban conteniendo; esa necesidad de comprobar que el otro seguía allí, que en ese momento no existía nada más.

Las manos de Néstor se quedaron quietas unos segundos, hasta que cedió y la atrajo un poco más hacia él, sus dedos clavándosele en la nuca. Patricia respondió con un leve movimiento de sus caderas, acercándose aún más, las yemas de sus dedos perdiéndose en su pelo, sin romper el beso.

El mundo fuera del despacho dejó de existir. Solo quedaban ellos, el sonido de sus respiraciones mezclándose y la certeza de que, por un instante, nada más importaba.

Después de unos segundos, se separaron lo suficiente para poder hablar.

—Parece que soy buena distrayéndote —murmuró Patricia, todavía con la respiración entrecortada.

Néstor esbozó una sonrisa, medio divertida, medio rendida.

—No siempre funciona… pero contigo parece ir bastante bien.

Patricia arqueó una ceja, fingiendo sorpresa.

—¿Contigo? ¿Así que hay otras que lo han intentado? —preguntó, con un tono de falsa indignación.

Él la miró unos segundos, y la sonrisa se le suavizó hasta volverse algo más sincera, más cansada, pero también más tranquila. Sus ojos reflejaron lo que realmente sentía. No había otras, Patricia lo sabía. Había confiado en ella lo suficiente como para dejarla entrar en su corazón después de haber perdido a su mujer cinco años atrás.

Por primera vez en toda la noche, los hombros de Néstor parecieron haber soltado todo el peso que llevaban encima.

Volviendo a acariciar su rostro, Patricia murmuró:

—No sabes lo bien que te sienta esto.

Néstor alzó la mirada hacia ella, con una calma nueva en los ojos.

—¿El qué? —preguntó, su voz apenas un hilo, casi un suspiro.

Patricia sonrió, rozándole la mejilla con el pulgar, y notó cómo el calor de su piel le subía por la mano hasta el pecho.

—Que te dejes cuidar un poco.

Él soltó una breve risa, esa que siempre le temblaba en la garganta cuando no sabía si rendirse o fingir que aún podía resistir.

—Solo cuando lo haces tú.

Patricia bajó la vista, incapaz de contener una sonrisa que le suavizó el rostro.

—Ya ves —murmuró—, no era tan difícil.

Por un instante, el silencio volvió a colarse entre ellos, pero ya no pesaba. Era un silencio cálido, lleno de esa tranquilidad que solo aparece cuando uno deja de pelear contra lo inevitable.

Permanecieron así, cerca, respirando el mismo aire, sintiendo que, al menos por esa noche, podían permitirse bajar la guardia.

—Vámonos a casa —dijo ella, casi como una caricia—. Llevas semanas sin dormir.

—Y tú llevas semanas sin rendirte —respondió Néstor, con la voz baja, algo rota—. No sé quién de los dos está peor.

Patricia sonrió. Su pulgar seguía rozando la línea de su mandíbula.

—Probablemente los dos.

Néstor entreabrió los labios, como si fuera a decir algo, pero se contuvo. Ella le sostuvo la mirada, su mano todavía en su mejilla, cálida, firme.

Él la miró un segundo más, como si dudara, como si la parte racional de su cabeza intentara recordarle todo lo que estaba en juego. Pero luego, algo en su expresión cambió, y pudo ver esa mezcla de ternura y decisión, dejando en evidencia que ya no podía seguir resistiéndose a ella.

—Vámonos —dijo Néstor finalmente, levantándose despacio.

Patricia se incorporó con él, y durante unos segundos permanecieron frente a frente, mirándose en silencio, hasta que él apagó la pantalla del ordenador. Como si finalmente estuviera dejando a un lado al médico para pasar a ser el hombre que ella necesitaba en ese momento. 

El despacho quedó envuelto en penumbra, iluminado solo por la luz del pasillo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, y algo de toda esa situación la hizo sentir una intimidad que le costaba explicar. 

Un nudo se formó en su garganta de repente, pero se obligó a contener las ganas de llorar.

En su lugar, Patricia le tomó la mano sin decir nada, y Néstor entrelazó los dedos con los suyos, cruzando juntos la puerta.