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El ala de oncología estaba sumida en un silencio que no era del todo silencio. Néstor lo sabía bien: los hospitales nunca dormían de verdad. Siempre había un zumbido de fondo, el rumor lejano de voces filtradas por paredes, el pitido amortiguado de algún monitor, el roce de suelas de goma sobre el suelo de los pasillos. Pero aquí arriba, en la planta nueva, recién inaugurada y todavía a medio ocupar, el silencio era más real.
Las luces estaban apagadas. Solo la iluminación de emergencia del pasillo se colaba por el cristal, mezclándose con el resplandor azulado del ordenador. Esa luz dual le marcaba las ojeras que llevaba semanas acumulando.
Llevaba la chaqueta de ante marrón, la misma que se había puesto esa mañana sin pensar. Los gestos automáticos eran los únicos que podía permitirse cuando la cabeza estaba en otra parte. La camiseta blanca, alguna vez impecable, ahora arrugada. Se había cambiado hacía minutos. Había fingido marcharse. Solo para volver y terminar aquí.
Frente a esta pantalla.
Las manos sobre el teclado. No tecleaba. Los dedos quietos, suspendidos sobre las teclas como si presionarlas pudiera desencadenar algo irreversible.
Y lo era.
Abrir ese archivo. Leer esos resultados. Confirmar lo que fuera que estuviera esperándole: todo eso era irreversible.
Tragó saliva, pero la garganta estaba cerrada. Se frotó los ojos con el pulgar y el índice hasta que aparecieron puntos de luz detrás de los párpados. El pecho le pesaba como si alguien le hubiera puesto las manos encima y empujara hacia abajo. Respiró despacio. Controlado. Porque si dejaba entrar demasiado aire de golpe, todo se vendría abajo.
Venga, se dijo. Hazlo de una vez.
Movió el ratón. El cursor se deslizó hasta el icono del archivo. Los resultados de las últimas pruebas de Patricia. Las que Sophie había pedido después del infarto pulmonar. Las que deberían haber llegado hacía tres días y que misteriosamente se habían "retrasado" en el sistema.
Néstor no confiaba en Sophie. No confiaba en nada que viniera de la mano de la privatización, de los nuevos gestores, de las promesas brillantes y los protocolos experimentales que sonaban demasiado bien para ser verdad. Y desde el infarto, desde que Patricia había estado en esa cama con los labios azulados y los ojos cerrados, desde que él había sentido que el mundo se detenía y todo perdía sentido... desde entonces, el miedo había echado raíces dentro de él.
Hizo clic.
El archivo se abrió con un parpadeo. Una página llena de cifras, abreviaturas médicas, gráficos de barras y líneas que representaban células, respuestas inmunitarias, marcadores tumorales. Sus ojos volaron sobre el texto, buscando, escaneando, hasta que se detuvieron en las cifras clave.
Y entonces lo vio.
El aire se le escapó de los pulmones en una exhalación lenta, temblorosa. Los números estaban ahí, negros sobre blanco, incuestionables. Remisión parcial significativa. Reducción del 60% en la carga tumoral. Marcadores inflamatorios dentro del rango normal. Sin evidencia de nueva actividad metastásica.
Néstor cerró los ojos.
Por un momento, no hizo nada. Solo respiró. Inspiró profundo, sintiendo cómo el aire le llenaba los pulmones por completo, expandiéndole las costillas, y luego lo soltó despacio, dejando que la tensión acumulada durante semanas se escapara con él.
Está bien. Va a estar bien.
Abrió los ojos y miró el monitor de nuevo, como si necesitara confirmarlo una segunda vez, una tercera. Las cifras seguían ahí. Reales. Sólidas. Buenas.
Algo parecido a una sonrisa comenzó a formarse en sus labios, todavía tímida, todavía contenida, pero verdadera. Sintió un calor extraño en el pecho, algo que no había sentido en semanas: esperanza. No la esperanza frágil y desesperada a la que te aferras cuando no tienes más opciones, sino la otra, la que se apoya en datos, en evidencia, en realidad.
Cogió el móvil.
Sus dedos temblaban ligeramente mientras desbloqueaba el teléfono y buscaba el nombre de Patricia en la lista de contactos. No había muchos mensajes entre ellos en el historial; habían aprendido a ser cuidadosos, a borrar conversaciones, a comunicarse en clave cuando era necesario. Pero ahora no importaba. Ahora solo importaba decírselo.
Escribió rápido, sin pensar demasiado.
Pulsó enviar antes de arrepentirse.
Dejó el móvil sobre la mesa y volvió a mirar el ordenador. El peso que había llevado encima durante días, semanas, se había aligerado tanto que casi se sentía mareado. Como cuando llevas una mochila pesada durante horas y de repente te la quitas y el cuerpo no sabe muy bien cómo moverse sin ella.
Esperó.
La vibración del móvil sonó en el bolso de Patricia justo en mitad de una conversación que no estaba escuchando de verdad.
Estaba de pie junto a una de las mesas altas del salón de eventos, sosteniendo una copa de cava que no había probado, asintiendo en los momentos apropiados mientras el consejero de turismo le explicaba algo sobre las nuevas campañas de promoción internacional. Las luces eran cálidas, doradas, reflejándose en las lentejuelas de su vestido cada vez que se movía. Había música de fondo, risas discretas, el murmullo constante de decenas de conversaciones superpuestas.
Patricia odiaba estas cosas.
No siempre las había odiado. Hubo un tiempo en que los eventos oficiales, las galas, las cenas de compromiso formaban parte de su vida de una manera natural, casi placentera. Pero ahora todo le parecía agotador, superfluo, una representación interminable en la que tenía que sonreír y asentir y decir las cosas correctas mientras su cabeza estaba en otra parte.
Siempre estaba en otra parte últimamente.
Notó la vibración contra su cadera y el corazón le dio un vuelco antes de que pudiera controlarlo. Disculpándose con una sonrisa educada, se apartó ligeramente del grupo y sacó el móvil del bolso.
La pantalla se iluminó con el nombre de Néstor.
¿Dónde estás?
Patricia frunció el ceño ligeramente. Era tarde para ese tipo de pregunta. Respondió rápido:
En la gala de turismo. ¿Por qué?
El siguiente mensaje llegó casi de inmediato:
¿Cómo de importante es?
El estómago se le contrajo. Néstor no preguntaba esas cosas sin motivo. Miró a su alrededor, al salón lleno de gente que no necesitaba que estuviera allí realmente, a las conversaciones que podía perderse sin que el mundo se acabara.
Tirando a prescindible. ¿Qué pasa?
Vio los tres puntos parpadeando. Esperó. El corazón le latía más rápido de lo que debería.
He conseguido acceder. Tengo los resultados. ¿Puedes venir al hospital?
Se quedó completamente quieta.
El ruido de la fiesta se desvaneció a su alrededor, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Tengo los resultados. No decía si eran buenos o malos. No daba pistas. Solo eso: que los tenía.
Pero algo en el simple hecho de que le pidiera ir, de que quisiera decírselo en persona, de que no esperara hasta mañana... algo en todo eso le decía que tenía que ser ahora.
Sus dedos volaron sobre el teclado:
Voy.
No esperó respuesta. Guardó el móvil en el bolso, dejó la copa de cava en la mesa más cercana y buscó con la mirada a Emilio. Lo encontró al otro lado del salón, hablando con alguien del equipo de prensa. Se acercó, tocándole ligeramente el brazo.
—Tengo que irme —dijo en voz baja.
Emilio la miró con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—¿Ahora? Todavía faltan los discursos y...
—Ahora —repitió Patricia, con una firmeza tranquila que no admitía réplica—. Inventa algo. Lo que sea. Me llamaron del hospital, un asunto urgente, lo que quieras. Pero me voy.
No esperó respuesta. Giró sobre sus tacones y se dirigió hacia la salida, sorteando grupos de gente con una habilidad que había perfeccionado a lo largo de años de vida pública. Nadie la detuvo. Nadie se dio cuenta.
Cuando salió al aire fresco de la noche, respiró hondo. El contraste entre el calor sofocante del salón y el frescor de octubre le erizó la piel, pero no le importó.
Se detuvo un segundo en el descansillo superior de las escaleras y se llevó instintivamente los dedos a los labios. Los había estado mordiendo durante toda la conversación con el consejero de turismo, un gesto nervioso que hacía años que no tenía, desde antes de dedicarse a la política, cuando todavía se permitía mostrar ansiedad en público. Podía sentir el labio inferior ligeramente hinchado bajo las yemas de los dedos. El carmín debía estar hecho un desastre.
Le daba igual.
Bajó las escaleras de la entrada, buscó con la mirada a su conductor, que esperaba apoyado contra el coche oficial.
—Al Sorolla —le dijo cuando llegó a su lado.
El conductor parpadeó, sorprendido.
—¿Al hospital, señora presidenta?
—Sí. Rápido, por favor.
No dio más explicaciones. Se metió en el asiento trasero del coche y cerró la puerta. Mientras el vehículo arrancaba y se alejaba de las luces de la fiesta, Patricia apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla. A través de sus párpados cerrados veía las luces de la ciudad deslizarse, cálidas y borrosas, como si Valencia entera estuviera desenfocada. No rezaba, nunca había sabido hacerlo, pero repetía un mantra silencioso: «que sean buenos, que sean buenos, que sean buenos».
Entró al hospital por la puerta de servicio, esquivando el control de seguridad principal. Conocía bien ese edificio; había pasado demasiadas horas entre esas paredes en los últimos meses. Subió por las escaleras en lugar de coger el ascensor, más por necesidad de moverse que por discreción. Los tacones resonaban contra los peldaños de hormigón, un ritmo constante que le ayudaba a mantener la cabeza centrada.
Tercera planta. Ala nueva de oncología.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por las luces verdes de emergencia. Sus pasos se volvieron más lentos, más cautelosos. Pasó junto a consultas vacías, despachos cerrados, hasta que llegó al que buscaba.
La puerta estaba entreabierta. A través del cristal, vio una figura sentada frente a la luz azulada de un ordenador.
Y lo vio a él.
Néstor estaba sentado frente al escritorio, de perfil a la puerta. Tenía la mirada fija en el aparato, pero había algo diferente en su postura. Los hombros no estaban tan tensos como las últimas veces que lo había visto. Las manos descansaban sobre la mesa, relajadas. Y en su rostro, apenas iluminado por la luz artificial, había... ¿una sonrisa?
Patricia empujó la puerta despacio.
El ligero chirrido de las bisagras hizo que Néstor girara la cabeza.
Y ahí estaba ella.
Patricia, con ese vestido de lentejuelas que capturaba la luz azul del monitor en pequeños destellos plateados cada vez que respiraba. El pelo perfectamente peinado, esa peluca que usaba ahora y que había elegido con tanto cuidado que casi parecía natural, el maquillaje impecable que llevaba en todos los eventos oficiales. Pero había algo diferente esta noche.
Los labios.
Normalmente los llevaba pintados con esa precisión quirúrgica que solo ella conseguía, perfectamente delineados, del color exacto que combinaba con su vestido. Pero ahora el carmín estaba corrido en las comisuras, ligeramente difuminado, como si se los hubiera estado mordiendo durante todo el camino hasta aquí. El labio inferior lucía hinchado, casi crudo, con esa textura que delataba tensión, nervios, miedo contenido.
Y aun así, incluso con el maquillaje imperfecto y esa mirada de animal asustado, estaba preciosa. Siempre lo estaba para él. Especialmente cuando dejaba que esa perfección pública se resquebrajara un poco y mostraba lo que había debajo: la Patricia real, vulnerable, humana.
Sus ojos se encontraron.
—Siéntate —dijo suavemente, señalando la silla vacía junto a la mesa.
Pero Patricia negó con la cabeza. Si se sentaba, si se permitía relajarse aunque fuera un segundo, se desmoronaría.
—Prefiero estar de pie —consiguió decir.
Néstor asintió, como si lo entendiera. No se levantó. Se quedó donde estaba, sentado frente al ordenador, con las manos apoyadas sobre la mesa. Había algo deliberado en ese gesto, en esa quietud.
—Patricia... —empezó, y en la forma en que pronunció su nombre había tanto que ella sintió que se le cerraba la garganta.
—Dímelo —lo interrumpió, y su voz salió más brusca de lo que pretendía—. Por favor. Solo... dímelo.
Néstor la miró durante un segundo más largo. Y entonces sonrió.
No una sonrisa pequeña, cautelosa, de esas que se usan para suavizar malas noticias. No. Una sonrisa amplia, genuina, que le iluminó toda la cara y le arrugó las comisuras de los ojos. Una sonrisa que ella solo había visto un puñado de veces, siempre en la intimidad de su dormitorio, siempre en momentos robados.
—Son buenos —dijo, con esa voz grave y segura—. Patricia, son buenos.
Ella parpadeó. Una vez. Dos veces. Como si las palabras necesitaran tiempo para atravesar la barrera de incredulidad que había construido a su alrededor en las últimas semanas.
—¿Buenos cómo? —susurró.
Néstor levantó una mano, lentamente, y señaló hacia la pantalla del ordenador sin apartar los ojos de ella.
—Remisión parcial significativa —continuó él, y ahora había emoción en su voz, contenida pero presente—. Sesenta por ciento de reducción de la carga tumoral. Los marcadores inflamatorios están dentro del rango normal. No hay nueva actividad metastásica.
Cada palabra la atravesaba como algo frío y necesario. Patricia sintió cómo las rodillas le flaqueaban ligeramente, cómo todo su cuerpo reaccionaba a la información antes de que su cerebro pudiera procesarla del todo.
—¿Sesenta...? —susurró, pero no pudo terminar la frase.
—Sesenta por ciento —confirmó él, y la sonrisa se ensanchó—. Patricia, está funcionando. El tratamiento está funcionando.
Recordó la conversación que habían tenido hacía apenas dos semanas, sentados en el suelo de su salón con una botella de vino a medio terminar entre ellos. Él le había explicado qué esperar de los siguientes resultados. Le había hablado de porcentajes, de estadísticas, de posibilidades realistas después de todo lo que había pasado. Ella había escuchado en silencio, con la cabeza apoyada en su hombro, mientras él le explicaba que un treinta por ciento de reducción ya sería un buen resultado. Que un cuarenta sería excelente. Que cualquier cosa por encima de eso sería... Inesperado.
"¿Y si no funciona?", le había preguntado ella en voz baja. "¿Y si los resultados son malos y todo esto... Todo lo que pasó... Ha sido para nada?
Néstor no había respondido de inmediato. Se había quedado callado, con la copa de vino entre las manos y la mirada fija en el líquido oscuro. Luego había dejado la copa en el suelo, despacio, y se había girado hacia ella con una expresión que Patricia no había sabido descifrar del todo.
"Patricia", había dicho, y había algo en su voz que le había partido el alma. "Casi te mueres. Te dio ese infarto pulmonar porque Sophie cambió el protocolo sin considerar los riesgos. Yo te lo dije. Te lo advertí, y tú..."
No era una respuesta médica. Él pareció darse cuenta, así que se detuvo ahí. Lo vio tragar saliva, como si le costara pronunciar esas palabras.
"No se trata de tener razón", había respondido él, y ahora la miraba directamente, con esos ojos oscuros llenos de algo que era miedo y rabia y ternura todo mezclado. "Se trata de que casi te vas. Y si estos resultados son malos, si todo esto no funciona, entonces buscamos otra cosa. Y otra. Y otra. Pero esta vez, por favor, confía en mí. Déjame ayudarte de verdad."
No era solo una promesa. Era una súplica.
Patricia había asentido, con lágrimas quemándole los ojos que no había dejado caer. Él había cerrado los ojos un momento, como si esas palabras le dolieran y le aliviaran al mismo tiempo. Luego se había inclinado hacia ella y la había abrazado. Y ella había enterrado la cara en su cuello y había dejado que las lágrimas cayeran por fin.
"Solo quiero que estés bien", había susurrado él contra su pelo. "Solo eso."
Ahora, de pie frente a él en esa consulta oscura, Patricia sintió cómo ese recuerdo se mezclaba con el alivio presente. Sesenta por ciento. Había funcionado. El tratamiento que casi la mata al principio ahora estaba salvándola. Y este hombre, este hombre que había tenido todas las razones del mundo para alejarse después de que ella no le escuchara, seguía aquí. Revisando sus resultados a escondidas. Dándole buenas noticias en mitad de la noche.
—Sesenta por ciento —volvió a repetir, porque necesitaba escucharlo una vez más, confirmar que era real.
—Sesenta —dijo él, sin moverse de la silla, con una sonrisa que parecía llenar todo el espacio entre ellos—. No me lo esperaba. Quiero decir, esperaba que funcionara, pero no tanto. No tan rápido.
Había emoción en su voz. Una emoción contenida, profesional todavía, pero Patricia podía ver las grietas. Conocía esas grietas. Las había visto abrirse poco a poco en las últimas semanas, cada vez que él bajaba la guardia, cada vez que dejaba de ser el doctor Moa y se convertía simplemente en Néstor.
—Néstor —dijo ahora, y su voz salió más firme—. ¿Estás seguro? ¿No puede haber un error?
Él negó con la cabeza.
—He revisado los resultados tres veces. Los números están ahí. Es real.
Patricia lo miró a los ojos. Esos ojos oscuros que la habían visto en sus peores momentos, que la habían mirado con deseo y con ternura y con miedo y con esperanza. Y en ellos vio la verdad.
Sus piernas se movieron antes de que pudiera pensarlo.
Cruzó la distancia que la separaba de él en tres pasos largos, los tacones resonando contra el suelo de la consulta. Néstor no se movió, no se levantó, solo la miró acercarse con esa expresión de ternura mezclada con asombro, con los ojos brillantes bajo el resplandor del monitor.
Patricia llegó hasta él y, sin detenerse a pensar, se inclinó y le cogió la cara.
Sus palmas encontraron la piel cálida de sus mejillas, la ligera aspereza de la barba de un día que no se había afeitado, la mandíbula tensa que, de repente, se relajó bajo su contacto. Sus dedos se deslizaron por los laterales de su rostro, los pulgares rozando los pómulos, sosteniéndolo como si fuera algo precioso y frágil.
Néstor amplió la sonrisa, con los ojos fijos en su cara, y ella sintió cómo se inclinaba casi imperceptiblemente hacia sus manos, como si hubiera estado esperando ese contacto desde hacía horas. Días. Semanas.
Cuando quiso darse cuenta, la estaba mirando de esa forma.
Esa forma que hacía que Patricia sintiera que el mundo entero se reducía a ese espacio minúsculo entre ellos. Esa forma que le decía que ella no era la presidenta de la Generalitat, ni la paciente de oncología, ni la mujer que tenía que ser fuerte todo el tiempo. Esa forma que le decía que era simplemente Patricia, y que eso era suficiente.
Más que suficiente.
Ya había visto esa mirada antes. La conocía bien. De esas noches, en la penumbra de su dormitorio, cuando todo lo urgente quedaba fuera. Pero ahora, bajo la luz del monitor y el olor a desinfectante, esa misma mirada venía con peso, con consecuencias. La sonrisa de Néstor se suavizó, se volvió íntima, sólo para ella. Sus narices se rozaron, apenas un susurro.
Los labios de Patricia quedaron suspendidos a milímetros de los de él. El recuerdo de su boca, ese sabor, su piel la facilidad con que la derribaba, la golpeó con una intensidad ya conocida. Aun así se echó hacia atrás.
El aire olía a desinfectante. A mundo real. Aquello no era su casa, no era su cama. Y eso bastó para detenerla. Como si su cuerpo hubiera sabido desde el principio que ese gesto tenía un límite, una frontera invisible que no podía cruzar. Como si el acercamiento y la retirada fueran dos caras de la misma moneda, inseparables.
Sus manos abandonaron el rostro de Néstor, deslizándose por sus mejillas antes de caer a sus costados. Dio un paso atrás, solo uno, el suficiente para romper la intimidad del momento pero no tanto como para alejarse del todo.
Se quedaron así, mirándose.
La respiración de Patricia era irregular, entrecortada. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta. Y Néstor... Néstor seguía sentado en la silla, con las manos todavía suspendidas en el aire donde sus caderas habían estado segundos antes, mirándola con esa expresión de perro enamorado que no había desaparecido.
No había sorpresa en su rostro. Ni decepción. Ni frustración. Solo ternura. Y comprensión. Como si supiera exactamente por qué ella se había detenido, como si lo hubiera anticipado desde el principio.
Porque la conocía. Conocía sus miedos, sus límites, la forma en que siempre tenía que mantener el control incluso cuando todo dentro de ella pedía lo contrario.
Patricia tragó saliva, intentando recuperar el aliento, intentando encontrar las palabras.
—Lo siento —susurró finalmente, aunque no estaba segura de por qué se disculpaba. Por detenerse. Por haber empezado. Por todo lo que no podían ser en público.
Néstor negó con la cabeza, despacio. Sus manos bajaron finalmente, posándose sobre sus propios muslos.
—No lo sientas —dijo, con voz ronca pero firme—. Estamos en el hospital. Has hecho bien.
No dijo más. No hacía falta.
Se quedaron así un momento más, mirándose en la penumbra de la consulta. Luego Néstor se levantó, despacio, y señaló hacia la puerta con un gesto de la cabeza.
—Vámonos antes de que venga alguien—dijo tras apagar el monitor.
Salieron al pasillo vacío. Patricia iba delante, manteniendo esa distancia que ya era una segunda piel para ambos. Semanas de entrenamiento desapercibido: medir cada paso, pasar rozándose sin mirarse, fingir indiferencia cuando todo dentro le pedía girarse y buscarlo. Una coreografía aprendida que se había vuelto reflejo. Pero que hoy pesaba. Con la buena noticia latiendo en su pecho, le resultaba insoportable. Podía sentir a Néstor detrás, su presencia sólida y constante, y el nudo en su interior se apretaba más, tenso, sin resolver.
Llegaron a las escaleras de servicio. Néstor empujó la puerta metálica y se apartó para dejarla pasar primero. El hueco de la escalera estaba completamente desierto, iluminado solo por una luminaria blanca que recorría el techo entre cada piso. El silencio era absoluto, roto únicamente por el eco de sus pasos.
Patricia bajó el primer tramo. Los tacones resonaban contra el hormigón en un ritmo mecánico. Luego el segundo. El eco de sus propios pasos le devolvía el sonido de su respiración, todavía irregular.
Entre el segundo y el tercer piso, se detuvo.
No fue una decisión consciente. Simplemente dejó de moverse.
Néstor casi chocó contra ella.
—¿Patricia?
Ella se giró.
Y lo vio ahí, a un escalón por encima del suyo, con esa mirada preocupada y esa ternura que la estaba matando. El pelo revuelto de quien llevaba demasiadas horas despierto. La chaqueta de ante marrón que se había puesto esa mañana sin saber que terminaría aquí, en este hueco de escalera vacío, mirándola así.
Sesenta por ciento.
Iba a vivir. Tenía futuro.
Tenían tiempo.
Y ese hombre, ese que la miraba como si ella fuera lo más valioso del mundo, había estado luchando por ese futuro con ella desde el principio. Incluso cuando ella tomaba decisiones que lo herían, decisiones absolutamente equivocadas.
Algo dentro de ella se rompió.
No pensó. No calculó riesgos. No midió consecuencias.
Simplemente actuó.
Dio un paso hacia arriba, acortando la distancia entre ellos. Le cogió la cara con ambas manos, sintiendo la aspereza de su barba, el calor de su piel. Exactamente igual que hacía unos minutos. Pero, ahora, pegó su boca a la de él.
El beso explotó entre ellos con la fuerza de algo demasiado tiempo contenido.
Los labios de Néstor se abrieron de inmediato bajo los suyos, respondiendo con una urgencia que igualaba la de ella. Sus manos volaron a su cintura, tirando de ella hacia arriba, hacia él, cerrando cualquier espacio que quedara entre sus cuerpos. Patricia sintió cómo su espalda chocaba contra la pared fría del hueco de la escalera, sintió el peso sólido de Néstor contra ella, y todo en su interior rugió de alivio.
Era gratitud y deseo y alivio y celebración, todo mezclado en ese único punto de contacto entre los dos. Era un «gracias por no rendirte». Un «lo siento» por tantas cagadas, por tantas decisiones erróneas que habían puesto en peligro la realidad que ahora tenía entre las manos. Un «estoy aquí» y un «estoy viva» y un «te necesito» que nunca se había atrevido a expresar.
Profundizó el beso, abriendo la boca más, dejando que sus lenguas se encontraran, saboreándolo. Néstor hizo ese sonido bajo en la garganta, ese gemido contenido que a ella le volvía loca, y una de sus manos subió por su espalda, presionando, acercándola más, aunque ya era imposible.
Cuando finalmente se separaron, fue solo porque el aire se había vuelto necesario. Patricia dejó caer la cabeza hacia atrás contra la pared, respirando entrecortadamente, los ojos todavía cerrados. Néstor apoyó la frente contra la suya, sin aliento, sus manos todavía en su cintura, sosteniéndola.
—Sesenta por ciento —susurró ella, abriendo los ojos.
Néstor sonrió. Esa sonrisa luminosa, completa, que transformaba toda su cara.
—Sesenta por ciento —repitió, y la besó de nuevo, más suave esta vez, casi reverente.
Y en ese hueco de escalera desierto, con la luz blanca del techo proyectando sombras suaves sobre ellos y el silencio absoluto envolviéndolos como un refugio, Patricia sintió que por primera vez en meses podía respirar de verdad.
