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El aire de la mañana empañaba la ventana del piso de Iannis, dejando la calle como unas simples figuras borrosas por culpa de la niebla. Abrió los ojos poco a poco, había dormido tantas horas que la luz natural le dolía. El silencio en su apartamento era inmenso. Como primera acción del día, casi por inercia, se giró hacia su mesita de noche y busco su móvil.
10.47 a.m.
— Imposible —susurró con un tono trágico y somnoliento a la vez. Aunque últimamente no tuviera ganas para nada y sus sentimientos en pocas ocasiones se salían de la tristeza y el vacío, saltó de la cama, intentando desenredarse de la manta pero tropezando en el intento y maldiciendo en voz baja. Alex, el gato, lo miraba con la calma inexplicable que los gatos siempre tienen. Iannis siempre decía que entre más estresado esté el humano, más tranquilo está el gato—. ¡No me mires así! Vos también sabías que hoy te tocaba despertarte temprano.
Iannis se apresuró a buscar la camiseta que menos arrugada estuviese entre la montaña desastrosa que ocupaba la mitad de su cama. El gato respondió con un maullido despreocupado, como si estuviera riéndose de él.
— Y bien, ¿me vas a ayudar o preferís que tu otro papá me asesine? —continuó diciéndole al gato, sin darse cuenta de que estaba metiendo un brazo por el hueco de la camiseta que no era.
Una vez llegó a la cocina, agarró el transportín de Alex, que había dejado medio abierto el lunes anterior, con una pequeña mantita llena de pelos que no se había preocupado por limpiar. O quizá era que simplemente no se había acordado. Iannis prefería no pensar mucho en nada esas últimas semanas. Al intentar meter a Alex y cerrar el transportín, el gato decidió que era el momento perfecto para resistirse a entrar, estirarse y quejarse cada vez que Iannis lo agarraba con la mayor delicadeza posible para que entrase en la cajita.
— Por favor, no me hagas esto. Llegamos muy tarde —Alex, como Iannis no se hubiera imaginado de manera diferente, no cooperó.
Cinco minutos después, Iannis consiguió meterlo, con el corazón a mil, imaginándose que si Pablo ya lo odiaba, desde el segundo en el que lo viese aparecer más de una hora tarde lo mínimo que haría sería matarlo. O peor: dejarlo sin ver a Alex por el resto de su vida. Agarró sus llaves, su cartera, una chaqueta que ya se pondría a la vuelta, y justo cuando cerró la puerta, su móvil vibró y la pantalla brilló, mostrando un mensaje de él: "¿Vas a venir hoy o se te quedó el gato en la casa de tu novio imaginario?".
Iannis apretó sus labios, respiro hondo y se permitió darse unos segundos antes de responder, sus dedos temblando. Quizá esa mentira que le había dicho a Pablo para darle la apariencia de que lo estaba superando perfectamente estaba dentro de sus momentos más humildes, y recordarlo hacía que el color subiese a sus mejillas. "Ya voy. Alguien quiso dormir 12 horas anoche".
Miró a Alex, que parecía mirarlo de vuelta con total decepción.
— Si pregunta, no me refiero a mí —el gato bostezó. Iannis se apresuró a bajar las escaleras. La niebla en la calle ya se había dispersado un poco, pero para Iannis el haber salido de su casa y tener que enfrentarse al gran reto que le suponía verse con Pablo convertía al día en uno igual o más oscuro que la niebla.
El trayecto hasta la casa de Pablo fue una línea de mala suerte: todos los semáforos se le cambiaban a rojo, un autobús casi lo atropella, un taxista que lo insultó sin motivo aparente, etc. Para cuando llegó a su destino, Iannis ya estaba de mal humor. Parecía imposible que cada vez que iba a ver a su ex solo le pasaban cosas malas. Las malas energías existen y se pueden atraer, como le había repetido quinientas mil veces su hermanito Kenneth.
Subió las escaleras aún con Alex en el transportín. Este maullaba con emoción, como si ya supiera lo que se venía. Iannis tocó el timbre una vez, otra, y tuvo que hacerlo una vez más antes de escuchar pasos que se aproximaban a la puerta y, por fin, la abrían.
Pablo apareció en el marco, despeinado, con una taza de café en la mano y una expresión de que todo le parecía molesto. Las ojeras le sombreaban los ojos, pero Iannis odiaba admitir que eso no lo hacía ver mal, al contrario, le daban ese aura atractiva que odiaba encontrarle todavía. Parecía que acababa de levantarse, pero de alguna manera, se seguía viendo muy, muy guapo. El tipo de guapo que un chico como Iannis prefería tener como novio y no como un revienta-pelotas que solo lo quería por su gato.
— Te dormiste otra vez, ¿no? —fue lo primero y único que dijo. “Ni siquiera un hola, un gracias” pensó Iannis.
— Buenos días a vos también —contestó alzando sus cejas.
— No empieces.
— ¿Empezar el qué? Solo digo que podrías fingir un poco de educación.
— Tú podrías fingir puntualidad y así ninguno tendría que fingir nada.
Iannis pensó en lo que esos vídeos de TikTok le recomendaban para la ansiedad. Inhalar, exhalar. Calmarse. Dejó el transportín en el suelo y abrió la rejilla. Alex salió despacio, acomodándose entre las piernas de Pablo.
— Traidor —murmuró Iannis, mirando al gato.
— Deja de hablarle a mi gato como si fuera Kenneth.
— ¿Siempre tenés que ser tan desagradable o lo hacés a propósito? —el comentario le había ofendido bastante.
— Cuando te veo. En general.
Hubo un silencio corto pero lo suficientemente incómodo como para que Alex prefiriese alejarse y subirse en el sofá. Iannis observó desde su lugar fuera de la casa todo lo que pudiese del salón de Pablo, nada había cambiado, salvo que todos los pequeños marcos que habían con fotos de ellos ya no estaban. Por lo demás, era lo mismo de siempre: las mismas plantas perfectamente regadas, los mismos libros (todos a medio leer), todo. Por alguna extraña razón ver la casa de Pablo sin él mismo dentro le dolía demasiado. Extrañaba el olor, el sofá, la televisión, la cama…
— Si no tienes más que decirme puedes irte ya —Pablo se dio la vuelta, dirigiéndose hasta el gato para acariciarlo.
Quizá lo que menos extrañaba era a Pablo.
— No te preocupes, no pensaba quedarme —contestó asqueado. Iannis se dio media vuelta, pulsando el botón del ascensor. Ahora que no tenía prisa podía darse el gusto de bajar en este.
— El lunes cuando te lo devuelva espero que no estés dormido.
Iannis apretó la mandíbula y pensó seriamente en mandar al carajo las respiraciones que había aprendido en TikTok.
— Si no querés que me quede dormido, probá con hablarme sin el tonito de que estamos en un funeral.
Iannis dejó que, sin respuesta, Pablo cerrase la puerta de manera normal, lenta, suave. Eso le molestaba más que si la hubiera cerrado de un portazo, porque significiaría que al menos Pablo aún siente algún tipo de emoción (aunque sea mala) cuando lo ve. Pero no, era indiferencia, y eso lo mataba. Escuchó a Alex maullar, y no pudo evitar sonreír un poco. Cuando estaba con él, el gato se moría por ver a Pablo, y cuando por fin estaba con Pablo, lo echaba de menos a él. Al fin y al cabo Alex estaba acostumbrado a verlos a los dos juntos y poder estar con el que quisiera cuando quisiera.
Como Iannis era un chico suertudo, el ascensor estaba roto. Tuvo que bajar los pisos de escaleras, pisando cada vez más fuerte por el mal humor que progresivamente seguía acumulando. Empujó la puerta del edificio y salió a la calle, ya no había niebla pero hacía un frío que pela. Se puso la chaqueta que se había llevado, dándose cuenta de que tenía una mancha de café, y lo peor, que era de Pablo.
Para despejarse, Iannis pensó que era buena idea ir a desayunar algo a la cafetería donde trabajaba su amigo Luigi. No iba a mentirse a sí mismo, no era su lugar favorito para un buen desayuno y su amigo no era el mejor barista que conocía, pero cualquier cosa que no fuese pensar le servía más que seguir acumulando mal humor por culpa del insípido de Carns. Cruzó la calle y se metió en la cafetería, siendo golpeado instantáneamente por el olor a pan recién hecho y café azucarado. Luigi, que parecía estar limpiando algo detrás del mostrador, asomó un poco sus ojos y sonrió al ver a su amigo.
— ¿Qué tal hoy con el policía de la custodia compartida? —bromeó.
— Pero bueno, aquí nadie dice buenos días — escuchó la risa de Luigi, que aunque fuese provocada por molestarlo a él, le tranquilizaba el hecho de saber que tenía amigos después de todo.
— Es que no puedo evitar preguntar si apareces con esa cara de "casi no sobrevivo por ver a mi ex" cada lunes.
Iannis se sentó en la mesa de siempre, la que estaba pegada a la ventana. Era la más pequeña y la que más cerca estaba del mostrador, así que podía hablar con Luigi sin problemas.
— ¿Y qué cara querés que ponga después de verme con ese ser humano y que me trate de la mierda?
— Ninguna, ninguna. Te entiendo —Luigi comenzó a preparar el café de siempre que Iannis pedia—. Por eso no salgo con mujeres, se vive más tranquilo solo.
— No mientas, es que ninguna se te acerca.
— Amanecimos groseros hoy —el barista fingió ofenderse, llevándose una mano al pecho.
Iannis sonrió para no dejar solo a Luigi, pero después, cuando su amigo se fue a atender a otros clientes, se quedó mirando la ciudad desde la ventana.
Lo de Pablo y él no había sido un motivo especifico. Nunca lo hubo. No fue una pelea grandísima o una infidelidad, sino un conjunto de cosas pequeñas que al final se convirtieron en una bola gigante. Al principio las diferencias entre ellos eran lo que más les atraía, es divertido estar con una persona que te puede ofrecer algo distinto a lo que tú ofreces y no chocar. Pero con el tiempo, esas cosas sí que empezaron a chirriar. Cuando ambos se dieron cuenta de eso, las reacciones fueron distintas durante meses. Mientras Iannis quería decir todo lo que sentía, Pablo callaba y esperaba que, simplemente, todo fuese a mejor. Eso fue lo que desgastó la relación por completo. Iannis considera que lo peor no fue el final, el "cortamos", sino la manera en la que dejaron de apreciarse.
Iannis sabía que todo estaba perdido cuando hizo una broma y Pablo, mirándolo directamente a los ojos, no se rió. Ni una curva mínima, ni una notable risa que nacía en sus ojos. Nada. Solo se miraron el uno al otro, como si se acabasen de dar cuenta de que estaban compartiendo espacio con una persona con la que realmente no sabían que hacían. La conversación para dejarlo no fue un drama, llena de gritos o lágrimas, fue tranquila, cada uno dando su punto de vista y recordándose mutuamente que el cariño y aprecio entre ellos nunca se iría. Había terminado con Pablo diciendo “podemos ser amigos, si quieres”, a lo que Iannis dijo que sí, que por supuesto.
Entonces, ¿de dónde había salido todo el odio y asco de ahora? Eso es lo que le comía la cabeza a Iannis. Lo que no lo dejaba dormir, lo que pensaba según se despertaba. ¿Por qué si antes se habían querido tanto, y seguían siendo las mismas personas, ahora no se aguantaban?
Le llegó una notificación al móvil que lo sacó de sus pensamientos diarios sobre ese tema. Era Alejandro, el profesor de su hermano Kenneth. No es que Alejandro le gustara, pero pensó que no pasaba nada si empezaba a conocer a otro chico. No con el objetivo de formar una relación, sino de formar una amistad con alguien, un nuevo comienzo en el que quitaba a una persona que había estado en su vida y metía a otra.
"Puedes venir un poco antes, si quieres” decía el mensaje. Bueno, quizá Iannis y Alejandro estaban conociéndose un poco rápido, pero, ¿y qué? Seguro que Pablo ya tenía a otro chico, o incluso a otra chica, a él esas cosas nunca le habían costado.
Por Dios, Iannis sacudió un poco su cabeza. Había pasado de leer el mensaje de Alejandro a pensar en Pablo. Estaba harto de él, quería olvidarlo por siempre.
Luigi llegó con su café, pero Iannis se levantó, lo cogió aunque quemara un poco, y se despidió con rapidez de su amigo.
— Gracias, mañana intento pasarme de nuevo, ¿sí? —alzó su mano para terminar de despedirse bien, y ni siquiera escuchó si Luigi le contestó algo después o no.
El instituto le quedaba a unas cuantas calles, pero sus largas piernas y su cerebro metiéndole prisa ayudaron a que no tardara mucho en llegar. Una vez entró en el edificio, los pasillos estaban vacíos, con un silencio extraño de ver en un lugar así. Era la hora del recreo, por lo que los profesores tenían tiempo para relajarse en las aulas. Iannis se sabía el camino hasta la clase donde impartía clases Alejandro, la clase de música.
Tocó en la puerta, y un suave “pase” lo recibió del otro lado.
— Hola —saludó, apoyándose en el marco de la puerta cuando por fin la abrió.
— Llegaste antes de lo que esperaba —contestó Alejandro, con una sonrisa tranquila y tímida.
— Iba a decir que no tenía nada mejor que hacer, pero sonaba re triste —Iannis bromeó, acercándose y tomando asiento al lado del profesor, que se encontraba cerca del piano del aula. Este rió con su broma.
— Entonces dejémoslo en que tenías mucha curiosidad en venir.
Iannis había conocido a Alejandro cuando tuvo que recoger a Kenneth del instituto por haber causado alboroto con sus amigos Jesuale y Patricio. Eran buenos chicos, pero juntos se convertían en una bola de adrenalina. Una cosa llevó a otra y terminaron intercambiando números, ahora se veían de vez en cuando.
Alejandro era un chico tranquilo, trabajador, sus vibras eran muy bonitas y era muy paciente. Daba espacio, sonreía siempre y nunca podía dejar esa faceta de ser amable. Si se pudiese resumir en una palabra, era dulce. No solo con Iannis, sino con cada persona que conocía. Era más que obvio que eso lo había convertido en el profesor favorito de casi todos, incluido el de su hermano Kenneth.
Después de un rato de charlas interesantes y risas, Iannis olvidó lo que había estado intentando olvidar, al fin. Planeó con Alejandro una salida a algún lugar un día de esos, no como cita, sino como “una oportunidad para conocerse más fuera del trabajo". Cuando el recreo estaba por terminar, Alejandro le recomendó que era mejor que se fuera para que nada resultase sospechoso. Se despidieron con un abrazo, e Iannis, una vez salió del edificio, inhaló con calma.
Cuando sacó su móvil para mirar la hora, la pantalla en negro le dejó ver su cara cansada, una que ya no brillaba desde lo de..., desde lo de ese dichoso mexicano. Sus ojeras no le sentaban tan bien como a Pablo, sin duda. Eso le dio un golpe de realidad, de que en el fondo de su corazón se seguía sintiendo solo. Muy solo. Iannis suspiró, guardó el móvil y siguió caminando como si nada, intentando que cada paso silenciara más su mente. Quiso pensar en otra cosa, en Alejandro, por ejemplo, pero sólo le hacía preguntarse si estaba cometiendo el mismo error de nuevo o estaba dando un avance significativo en su vida.
Al llegar a su casa y soltar las llaves en cualquier lugar del sofá, se permitió acostarse en el suelo y cerrar sus ojos, concentrándose en el frío y en como su respiración cada vez iba más lenta. Notó que su móvil le molestaba en el bolsillo trasero del pantalón, así que lo sacó, encendiéndolo para ver si alguna de las notificaciones que le habían llegado era interesante.
Y de hecho, lo fue y mucho. 14 llamadas perdidas y 134 mensajes de Pablo. Sí, Pablo. Decidió que era mejor idea llamarlo antes que leer todo lo que le había escrito. Solo tuvo que esperar un par de segundos para que le cogiera la llamada. Le resultó extraño escuchar a Pablo con el tono de voz de haber estado llorando durante bastante tiempo.
— ¿Qué pasó? —preguntó Iannis con preocupación. Era realmente el evento más extraño que le había ocurrido en las últimas semanas.
— No está —lloriqueó Pablo, con su voz profunda.
— ¿Quién no está? —cuestionó el argentino, empezando a desesperarse.
— Alex.
